miércoles, 13 de agosto de 2014

Un mundo un poco más feo

Si la muerte de mi gata me empujó a escribir la entrada anterior, la de otra felina me ha llevado también a escribir esta. Mala cosa cuando lo que impulsa la creatividad es la llegada de la Parca...

Un día antes de la desaparición de Lauren Bacall fallecía Robin Williams, y aunque esto me produjo una repentina tristeza (no sé hasta qué punto su señor Keating de "El club de los poetas muertos" contribuyó a mi pasión por la literatura), enterarme de lo de la Bacall hizo que me faltara el aire.


Por mucho que diga que soy mayor, ella no fue una actriz de mi generación. Pero la tele, la denostada tele, llenó mis ojos con los suyos cuando yo era niño. Ni siquiera era una mirada en color, pero la luz agrisada de sus ojos eternamente entornados me descubrió lo que es la belleza. La misma belleza que me deja embelesado contemplando el movimiento fluido de un lince, el Laocoonte de Agesandro, la noche estrellada de Van Gogh o las piernas de Karolina Kurkova.

Lauren Bacall tenía además una voz profunda alejada de los cánones femeninos de la época (incluso de ahora), unos labios fecundos y unos pómulos dignos de la más exquisita calavera. Para colmo, directores y guionistas de cine se percataron de que su elegancia innata era el atuendo perfecto para vestir la inteligencia. Por eso los papeles que le dieron nunca fueron los de Marilyn. Y algo de esa inteligencia (si no toda) debía de ser auténtica, porque la belleza no bastaría para atrapar hasta el final a un Bogart tres veces divorciado y veinticinco años mayor que ella.

La muerte ha terminado de convertir a Lauren Bacall en leyenda, aunque su ausencia contribuya a volver este mundo un poco más feo. Esa es, al final, la razón de que me haya faltado el aire y de que con este improvisado panegírico intente conservar el recuerdo evanescente que dejan las diosas cuando ya no creemos en nada.


jueves, 5 de junio de 2014

Epitafio

Francisco Umbral escribió mucho sobre sus gatos y gatas. Él decía que eran seres superiores por su belleza y su inteligencia. Otro escritor, William Blake, le dedicó un poema al tigre, y se preguntaba en él "qué mano u ojo inmortal había osado trazar su temible simetría". Esa simetría temible por su belleza ultraterrena nos ha fascinado desde el principio de los tiempos, pero para poder disfrutarla sin temor a perder la vida recurrimos a los gatos, más pequeños pero igualmente hermosos.

Hoy he perdido a la mía, aunque es más probable que fuera ella mi dueña y no al revés. Tenía ese perfil aristocrático que comparten los felinos, y una cola interrogante que me recordaba todas esas preguntas a las que no encuentro respuesta. Ignoro, por ejemplo, adónde vamos cuando nos marchamos de aquí. Ella ha desvelado ese misterio para sí misma, lo que no deja de ser una actitud muy gatuna. Quizá donde está ahora sus zarpas dibujan cometas en el cielo, o tal vez atrapan ratones en una eterna noche de verano.

Yo solo sé que mi marquesa naranja no está conmigo, que su ausencia me deja un nudo en el estómago y una bola de pelo que me angustia la garganta y no logro tragar ni devolver. Me queda su recuerdo, y una pena tan profunda como la alegría de haber disfrutado de su compañía.

Adiós, Gaia.

martes, 22 de abril de 2014

La odisea del cuco

Creo que era Rosa Montero (si no lo fue le pido perdón a ella y a quien realmente lo dijera) quien hablaba del “huevo” para referirse a la idea original de la que germina una novela. Yo prefiero la metáfora de la semilla, y la semilla de la que brotó “La odisea del cuco”, mi última novela, fue el amor por los libros.

Desde que empecé a autoeditar la trilogía de “Cuando cae la noche” y este blog, he defendido el ebook y he cantado sus bondades, pero hubo quien entendió esta actitud como un menosprecio del libro tradicional. Me consta que he cabreado a lectores, libreros, editores y autores por apoyar incondicionalmente el ebook y augurarle un negro futuro a su versión analógica. Supongo que es consecuencia de la tendencia del ser humano a etiquetar, simplificar y confundir complementario con opuesto, o a competidor con enemigo.

Así que en 2012 estaba yo buscando una idea para una novela rodeado de esa animadversión por parte de los románticos y acérrimos adalides del libro de Gutemberg, cuando el subconsciente me traicionó y buscó un modo de reconciliarme con ellos, de caerles bien; de encajar.

 comprar odisea del cuco

“La odisea del cuco” podría catalogarse como novela romántica, porque hay romance, aunque el principal no es entre dos personas, sino entre  dos personas y los libros. Me he criado rodeado de ellos, les tuve (les tengo) un respeto superlativo; pocas cosas me gustaban más de pequeño que abrir un libro nuevo, cuidándome de no separar mucho las tapas, como si temiera desvirgarlo y hacerle perder la magia. A lo mejor creía que si lo abría mucho se escaparían las palabras que contenía.

No solo escribí la novela guiado por ese amor, sino que busqué aquello que, todavía, no puede hacerse con un ebook y sí con un libro. Y esa ventaja comparativa es la palanca que empuja la trama página a página hasta el desenlace. A día de hoy sigo sin saber si alguien tuvo la ocurrencia antes que yo; es muy probable. Si algún lector lo sabe, espero que me lo cuente.

Terminé “La odisea del cuco” el año pasado, y tras reposar en el disco duro y en el cajón, ha llegado el momento de que vea la luz. Ha querido el destino, que al final somos cada uno, que sea entre la muerte de Gabriel García Márquez y la conmemoración del de Miguel de Cervantes. Ambos autores y sus obras aparecen en mi novela, pues sería imposible escribir sobre el amor a los libros sin citar a esos dos gigantes. “Cien años de soledad” y “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” son dos de esas maravillas que consiguen hacerme creer en Dios, porque me parece imposible que algo tan imperfecto, mezquino y egoísta como el ser humano pueda crear algo tan bello. Solo tengo fe cuando leo buena literatura.

domingo, 26 de enero de 2014

Hasta la próxima

Tenía que haber escrito esta entrada hace meses, pero no lo hice, seguramente porque implicaba entornar, que no cerrar, un capítulo de mi vida. Quizá pensaba que algún día lo retomaría, y me engañaba a mí mismo como el tipo que pretende ir al gimnasio, "de verdad de la buena, que esta sí que sí". Pero al final, por unas cosas o por otras, no encuentra el momento. Y eso me ha pasado a mí, que no encontraba el momento de volver a escribir aquí. "Mucho lío", que solemos decir.

En cualquier caso, no me gustan las despedidas a la francesa, entre otras cosas porque no es raro en la vida reencontrarse con esa persona que, con todas las de la ley, puede escupirte en la cara por no haber tenido los huevos de decir adiós como es debido. Y dado que a mí podrían hacérmelo setenta y tres personas que han retozado conmigo más o menos asiduamente entre letras de bits y píxeles, tengo que despedirme como merecen, con respeto y agradecimiento. Gracias por leerme.

Este blog empezó el 11 de noviembre de 2010, que unas veces me parece muchísimo tiempo y otras un simple suspiro. Objetivamente hablando, este "Pájaros en la cabeza" tiene más años que los hijos de unos cuantos amigos; me ha parecido una observación importante. Durante una larga temporada creció a buen ritmo, hasta alcanzar las 167 entradas (168 con esta), pero hace algunos meses que se estancó. Quizá alcanzó toda la altura que le correspondía. Siempre queremos que nuestros hijos sean más de lo que son, no vemos sus límites, pero la realidad es que los tienen. Es jodido, pero es así; queremos que lleguen a la Luna, y las más de las veces se quedan anclados en la tierra sirviendo copas, firmando impresos o pasando artículos en una caja registradora.

No obstante, todos los hijos nos sorprenden, así que no descarto que un día este vástago mío se rebele contra su destino, me mande a la mierda y diga que las cosas no son así. Ese día estaré muy orgulloso, y por eso esto no es un adiós definitivo.

Nos leemos.