viernes, 31 de diciembre de 2010

¡Gracias y feliz año nuevo!

Estoy muy contento por dos motivos: el primero es que termina un año bastante duro y empieza uno nuevo. Esto no significa que vaya a ser mejor, pero ya sabes lo que se dice de la esperanza...


El segundo es que comencé este blog hace menos de dos meses y ya ha tenido más de 1.000 visitas. Sin ser un experto, creo que es una cifra considerable y, además, redonda. Por haber contribuido a ello te doy las gracias.

Para celebrar ambas cosas he decidido colgar aquí el primer capítulo de la segunda parte de "Cuando cae la noche". No destripa nada de lo que sucede en la primera, pero sí la enriquece. Estará on-line desde el 1 de hasta el Día de Reyes. ¿Qué mejor regalo para un lector que lectura?

¡Hasta el 2011!

lunes, 27 de diciembre de 2010

El narrador, ese grandísimo desconocido (sobre el capítulo VI de "Cuando cae la noche I")

Es paradójico que el "personaje" al que más texto corresponde en cualquier novela sea en el que menos nos fijamos habitualmente como lectores. Después de todo, salvo en la narración en primera persona, no es quien protagoniza la historia, sino "sólo" quien nos la cuenta.

Confieso que, cuando planeaba la novela, lo que más me costó decidir fue el tipo de narrador, porque la narración autobiográfica es mi favorita (como en "El corazón de las tinieblas" o "El Lazarillo de Tormes"), pero la temática y el desarrollo de la novela no lo aconsejaba. En un mundo poblado de vampiros capaces de hazañas extraordinarias, como leer las mentes y provocar ilusiones, es necesario un narrador que las explique para no desconcertar al lector. Lógicamente, el protagonista podría explicar sus "milagros", pero no los del resto. Además, ese método no me permitiría exponer la psicología de los demás personajes, ni escribir capítulos basados en ellos donde el protagonista estuviera ausente, puesto que, como narrador, sólo puede contar de lo que sabe. Por ello resulta muy auténtico, muy real, pero también muy limitado.

La narración a cargo de un testigo narrador tampoco era adecuada por motivos similares. Este personaje cuenta la historia en tercera persona como testigo de la misma, al modo de Watson en las novelas y relatos de Sherlock Holmes. Creo que es perfecto para el género del misterio, puesto que (como el autobiográfico) sólo puede contar aquello que presencia, por lo que las acciones de los demás personajes (tanto las del protagonista como las del criminal) son desconocidas por el lector si el testigo no está delante cuando acontecen. Sólo al final, cuando la trama se descubre ante él, nos la descubre a nosotros. Esto permite aumentar la tensión y la sorpresa, como sucede cuando Holmes desaparece, dejando al buen doctor (y al lector) preguntándose qué diablos irá a hacer.


Llegué pues a la conclusión de que la única opción que tenía para escribir mi novela era recurrir al narrador omnisciente, el menos natural y el más completo de todos. Él sabe lo que ha pasado, lo que pasa y lo que va a pasar, así como las motivaciones y relaciones de todos los personajes. Puede explicar al lector cómo el protagonista usa sus poderes sobrenaturales, por qué lo hace y qué sienten al verlo quienes le rodean. Es perfecto para sumergir al lector en un mundo diferente del que conoce, que funciona con reglas desconocidas y está poblado por seres extraños que no puede ver, como la Tierra Media de "El Señor de los Anillos". Si la historia la hubiera contado Frodo habría ganado en realismo, pero nos habríamos perdido los sucesos simultáneos a su odisea, como la alianza con Bárbol, la subsiguiente derrota de Saruman o las batallas de Helm y Gondor.

El narrador omnisciente de "Cuando cae la noche I" te permitirá saberlo todo o, más bien, todo lo que creo que debes saber...

viernes, 24 de diciembre de 2010

¡Felices fiestas!

Que estos días podamos disfrutar de la literatura y el ocio en compañía de los que más queremos.


¡Y espero cumplir como cada finde y colgar un capítulo nuevo!

miércoles, 22 de diciembre de 2010

"Sherlock", la serie

Desde niño ha sido (y sigue siendo) uno de mis personajes favoritos. Ni Poirot, ni Dupin, ni por supuesto Miss Marple ni la señora Fletcher. Holmes tenía frente a ellos el paradójico carisma de quien no tiene ninguno; es decir, Holmes es frío, antipático, distante, calculador, implacable, en definitiva, es inhumano.
El bueno de Watson venía a equilibrar todos esos defectos, y por ello en mi entrada anterior empleaba a esta pareja como ejemplo de definir mediante la oposición. Pero, yendo más allá, son ejemplo de cómo dos individuos pueden constituir, en realidad, uno solo.

Una de las grandes virtudes de la miniserie "Sherlock", emitida en España por TNT, es su fidelidad, en ese aspecto, a la pareja concebida por Sir Arthur Conan Doyle. Pareja que ha sido magníficamente actualizada a la época contemporánea, tan llena de monstruos y claroscuros como el Londres victoriano. Así, Holmes es un detective consultor que lleva parches de nicotina en vez de fumar en pipa, mientras que Watson es un médico militar que sirvió en la última campaña en Afghanistán y relata en un blog los casos de su compañero de piso (sí, también en el 221 B de Baker Street-recomiendo visitar el museo dedicado al detective en casi esta dirección de la city).


Tanto Benedict Cumberbatch como Martin Freeman hacen un buen trabajo interpretando a sus respectivos personajes, si bien es precisamente la elección de los actores (demasiado jóvenes en mi opinión), uno de los fallos de la serie. Supongo que esto ha sido decisión de los productores, con vistas a capturar la horquilla de edad más amplia posible, pero creo que merma la verosimilitud del relato que un treintañero (si es que llega) como este Sherlock sea tan respetado en la sociedad londinense que lo acoge (en vez de mandarlo a tomar por culo la primera vez que contradice a la autoridad correspondiente).

El otro fallo, a mi parecer, es que la razón más poderosa para que Watson se una a Holmes es que uno es Watson y el otro Holmes. Es decir: al basarse la serie en las novelas y relatos, sus versiones televisivas están condenadas a entenderse, cuando cualquier persona se buscaría un piso de soltero antes de soportar las clases magistrales (y los desprecios) del cerebrito de turno.

Obviando estas pegas, la serie es muy entretenida, está muy bien hecha, maravillosamente ambientada y perfectamente interpretada. Por cierto, verla en inglés tiene la ventaja de escuchar la gran voz del protagonista (aparte de la evidente de captar la interpretación "real") y el gran inconveniente de perderse los razonamientos del detective (a no ser que se domine el inglés de verdad, de verdad, porque son muuuuuy rápidos).

Para terminar, aviso que los episodios (sólo tres, hasta la ya anunciada próxima temporada) son largos, así que cuidado si decides poner uno a horas tardías tocando madrugar al día siguiente. A los de mi quinta comentarles también que es muy probable que el protagonista les recuerde al de "El secreto de la pirámide" (y también hallarán parecidos entre la música de la serie y la película), una peli muy simpática que narraba la adolescencia/juventud del detective y un primer encuentro con Watson.

Y, cuando termines la miniserie, siempre quedará su versión facultativa: el doctor House, elemental.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Tú me completas, aunque no quieras: parejas en la literatura

Cuando queremos ver nuestro aspecto buscamos un espejo. Yo no soy mi reflejo (ni tú el tuyo), pero se me parece bastante. Para verme mi psique, mis valores, mi moral y mi forma de ver la vida recurro a otro tipo de reflejos, que son los que me devuelven mis amigos, mis familiares e incluso mis enemigos.

En literatura, y en cualquier método de narración en general (cine, teatro...) es un recurso fundamental definir a los personajes oponiéndolos a otros, de modo que es el contraste lo que permite al lector conocerlos. Para ejemplificar esto me toca volver al Quijote, que lo tiene todo, incluido el epítome de este recurso (al menos para mí): Alonso Quijano versus Sancho Panza.

Sus diferencias morales e intelectuales se anuncian ya en sus diferencias físicas: uno es alto, delgado, distinguido, y el otro es bajo, gordo y vulgar. La imagen etérea y despegada del primero contrasta completamente con la del otro, rotunda y terrenal, y así se refuerza en sus conversaciones. Gracias a esos diálogos sabemos cómo son cada uno, les comprendemos.

Pasando a otra pareja famosa, pero en un soporte más catódico, los agentes Mulder y Scully de Expediente-X se enfrentaban en continuas dialécticas que los retrataban. En cine ha tenido que llegar Guy Ritchie para enseñar al mundo que el doctor Watson de su "Sherlock Holmes", igual que el original de Conan Doyle, no era la mera comparsa simplona y torpe del genial detective que habían hecho creer al mundo durante años aquellas películas de los 40, interpretadas por Basil Rathbone y Nigel Bruce.

En "Cuando cae la noche I" la pareja está conformada por Adrian y Sara, que obedecen a ese gran axioma físico de que "los opuestos se atraen". Sara va a mostrar al lector muchos de los rasgos psicológicos de Adrian (y al revés) con mayor eficacia de lo que podría hacerlo el narrador de la historia. Ambos van a ser el espejo del otro, devolviéndose un reflejo magnificado de sus grandezas y sus miserias.

Pero aún hay otro espejo más eficaz que el compañero de aventuras: el villano. El villano es la medida del héroe, y éste sólo puede ser excepcional si el otro también lo es. Son las dos caras de la moneda, que no pueden existir por separado. El enfrentamiento entre los dos a lo largo de una narración es una dialéctica sin conversación, cuya síntesis definitiva no es tanto la resolución de la trama como la fusión de héroe y villano; la comprensión de los motivos del otro, su aceptación y, a veces, incluso el respeto mutuo.

Esa confrontación aún no ha llegado en esta novela, pero ya queda menos...

lunes, 13 de diciembre de 2010

¡Música, maestro!

El pasado 30 de octubre asistí a uno de los mejores conciertos de toda mi vida (que, como es joven, espero me permita asistir a alguno más). Fue la parada madrileña de la gira "Symphonicities" que ha llevado Sting por buena parte del mundo, maravillosamente acompañado por la Royal Philarmonic Concert Orchestra de Londres.

Lo de "maravillosamente" no es algo "de cajón", como suele decirse, porque una orquesta no siempre va a resaltar las canciones de un cantante, como recordará alguno de nuestros más insignes intérpretes, que no cayó en que es arriesgado estar acompañado por gente con más talento...


Pero en este caso la combinación resultó fantástica, porque el señor Summer sigue poseyendo una voz privilegiada y esta Philarmonic, además de divertida (tremendos los músicos y el director), suena bastante bien.

Evidentemente, las canciones que llenaron las tres horas de concierto estaban arregladas para que pudieran acompañarlas los instrumentos clásicos de una orquesta de este tipo, si bien no faltaron la guitarra y el bajo de la mano del propio Sting y de sus colaboradores habituales: Dominic Miller e Ira Coleman. Muchas de esas canciones, todas ellas grandes hits del inglés, en solitario o con el resto de The Police, conservaban la misma melodía, ritmo y musicalidad de las originales, ganando sólo en grandilocuencia y matices instrumentales gracias a la orquesta. Fue el caso de "Every little thing", "English man in New York", "Mad about you", "Fields of gold" o "When we dance".

Pero fueron las partituras realmente modificadas para su interpretación orquestal las que me fascinaron doblemente: primero porque ya son magníficas por sí mismas, y segundo porque jamás pensé que pudieran sonar mejor que como fueron concebidas originalmente. "Roxanne", canción popera con tintes punk, fue transformada en una preciosa nana (y ojito, que ya sabemos en qué trabaja Roxanne); "Russians" pareció una auténtica sinfonía cantada, con una puesta en escena espectacular y sobrecogedora; y el "Whenever I say your name", a duo con la guapísima Jo Lawry, fue una dulce balada de dos, que amedrentaban a los mismísimos violines cuando se cantaban uno al otro.

Esa noche se demostró, a mi humilde entender, que lo popular y lo clásico no sólo pueden convivir, sino que pueden enriquecerse mutuamente (que se lo pregunten al bueno de Ralph Macchio en su "Cruce de caminos"). Pero existe todavía una concepción compartimentada y excluyente (casi hasta elitista) de la música, y de casi todo lo demás, que clasifica y separa a los aficionados de una y de otra.

Yo soy de los que piensan que si lo clásico no es popular es porque es más difícil (y caro) montar conciertos de 40 músicos que de tres, porque me niego a creer que la sinfonía nº 9 de Beethoven o la nº 40 de Mozart(entre otras muchas) no puedan gustar a todo el populus, como me niego a creer que, ya que hablo de ello, el "Every breath you take", no se considere una obra clásica de la música.

Puede que sea simplemente una cuestión de épocas. En cualquier caso, me alegro de vivir en una que me permite disfrutar de lo que se ha creado en todas ellas (sobre todo de Vanessa Mae); sin excepción.

martes, 7 de diciembre de 2010

¿Por qué un protagonista extranjero? (comentarios al capítulo IV)

¿Por qué Adrian Wolff y no Francisco de Salamanca? ¿Si la acción tiene lugar en España y los implicados son españoles, tiene sentido un protagonista alemán?

La literatura está llena de ejemplos como este, desde el "Vuelva usted mañana" de Larra, hasta "El americano impasible" de Graham Greene o las "Crónicas marcianas", de Bradbury, donde probablemente lo único que tienen en común es la presencia de un protagonista foráneo.

Esto permite al lector "ver" las costumbres, cultura, oriundos y escenarios de una forma más sorprendente a como lo haría si el personaje fuera del lugar, caso en el que nada le extrañaría y ni se molestaría en meditar sobre su entorno o quienes le rodean. Esta perspectiva ajena puede ser muy enriquecedora, y recomiendo aplicarla siempre que uno sale de paseo por su propia ciudad. Digo esto porque es muy probable que cuando se visita otro país se piense "esto no lo tenemos en España"; nada mejor que ponerse esos mismos ojos cuando se recorren las calles de siempre y compararlas con las de fuera.

Cerrado este paréntesis, el protagonista extranjero sirve, además, para generar un misterio adicional a la trama en sí, puesto que los lugareños no le conocen. El resultado es que mientras uno intenta averigüar qué motor empuja la historia, los otros intentan saber quién es el visitante. Esto favorece mucho el diálogo y vuelve el relato muy dinámico.

Si además la sociedad en la que entra el protagonista es muy hermética, los conflictos surgen con enorme naturalidad. La novela se transforma en una carrera de obstáculos donde aquél no sólo lucha contra el responsable del hecho que investiga, sino también contra buena parte de sus anfitriones, molestos por su intrusión.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Toda saga tiene (que tener) un final: Canción de hielo y fuego

En la entrada anterior escribía sobre el suspense como forma de enganchar al lector. Hacer esto bien, sin incluir elementos artificiales que interrumpan el flujo natural de la historia, no es nada fácil.

El mejor ejemplo de adicción literaria que me he encontrado "recientemente" es la saga de novelas "Canción de hielo y fuego", del estadounidense George R. R. Martin, una historia épica-medieval con tintes fantásticos cuyo núcleo no es más que una guerra por el trono, lo que da título a su primer volumen: "Juego de tronos".


El estilo vigoroso, el realismo y, sobre todo, la brillantez con la que describe a los personajes (por dentro y por fuera), así como su distanciamiento de los tópicos del género fantástico me atraparon desde el principio. Buena parte de la obra podría catalogarse de novela histórica si no fuera porque la historia narrada no sucedió realmente, pero es que Martin ha leído mucha Historia, sobre todo del período que podría considerarse coetáneo del que enmarca su saga (los siglos del XII al XV y, más concretamente el de las guerras de las rosas inglesas).

La existencia de abundantes personajes y la ausencia de un protagonista claro facilita el uso del suspense, puesto que el número de situaciones (y posibles desenlaces)es directamente proporcional al número de aquéllos. Si a esto añadimos el elemento fantástico (bastante discreto), el volumen de posibilidades se eleva hasta la cifra que se aplique para medir la imaginación del autor.

Igual que a mí, la saga ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo, y aquí es donde ese suspense tan bien logrado ha acabado hiriendo gravemente a la gallina de los huevos de oro. Ese suspense causante de riqueza para su autor ha debido de despertar la codicia del editor, que parece haber pedido (no sé si ordenado) que la historia se alargue hasta derrotar las pupilas del lector más agradecido.

El cuarto volumen, "Festín de cuervos", publicado en España en el 2007, es (para mí) un paréntesis interminable y antitético con respecto al resto de la obra, puesto que paraliza la evolución de los personajes y la trama que la caracterizaba. Se crea un suspense falso en el lector, que avanza penosamente entre sus páginas con la vana esperanza de que se resuelva alguna de las situaciones planteadas líneas ha.

Ese cuarto volumen y que a estas alturas siga sin terminarse el quinto (que ha dado lugar a todo tipo de rumores, incluyendo la supuesta muerte del autor), han rebajado notablemente mi grado de adicción a la saga, y creo que no es el único caso de desintoxicación por aburrimiento entre el público. Quizá para devolverlo a sus niveles normales se ha anunciado la inminente aparición de la serie de televisión basada en "Canción de hielo y fuego", que podría ser el nuevo episodio de amor catódico-literario desde aquel "Pájaro espino" o un desastre absoluto si el señor Martin no concibe (y sobre todo escribe) un final capaz de provocar tanta sorpresa y afición como su primer volumen. Mucho me temo que si no, efectivamente, se acercará el invierno para la saga.

domingo, 28 de noviembre de 2010

¡Te pillé! (sobre enganchar al lector)

Atrapar al lector es, quizá, el objetivo final de una novela; ser leída de cabo a rabo es el fin para el que fue creada como producto. Pero lograr eso es cosa del autor; cuando tienes la obra entre manos no hay marketing, consejos ni opiniones que valgan; eso queda atrás desde el momento en que la adquieres.

En esa labor juegan un papel fundamental no tanto el lenguaje usado (que sí lo hace en poesía, donde el fondo queda sometido a la forma), como la historia y los personajes. A medida que la narración avanza vamos sabiendo más de una y otros, pero es fundamental revelarlos poco a poco y dejar siempre algún misterio sin resolver que empuje al lector a seguir leyendo.

Cuando comencé la novela quise seguir esa teoría, así que me propuse plantear pequeños enigmas en cada capítulo, supeditados al enigma principal. Así, mientras en el primer capítulo se plantea cómo comenzó la relación entre Adrian y Helena, en el segundo aparece una presencia desconocida interesada en la pareja, mientras que en el tercero se anticipa la aparición de dos importantes personajes de la sociedad vampírica española en la que se adentra el protagonista.


Esta forma de novelar, con capítulos que avanzan soluciones a la vez que plantean nuevas incógnitas alcanzó su perfección y su independencia como género en el folletín decimonónico francés, así denominado porque se publicaba por entregas u hojas ("feuillet" es "hoja" en francés) en los periódicos para mejorar las ventas. Si bien la calidad literaria no era lo más destacado, el suspense con el que finalizaba cada una de esas páginas enganchaba al público de tal forma que al día siguente adquirían su nueva ración.

Para mí, esos folletines son los más claros antecedentes de los best-sellers de hoy día, y "Los Tres Mosqueteros", de Alejandro Dumas, su mejor exponente. Acción a raudales, relaciones tormentosas, héroes muy heroicos y villanos muy malvados ayudaban a pasar un rato muy entretenido arrinconando una realidad basante deprimente. ¿No recuerda eso a algo?

¿Es casualidad que las sagas más leidas y vistas tengan un marcado trasfondo sobrenatural, muy alejado del día a día que nos toca vivir? Vampiros, monstruos, alienígenas... Parece que cuanto más terrible es nuestra realidad con más ansia buscamos otras que nos ayuden a olvidarla.

Y yo creo que si lo consigue, esa novela, folletín o best-seller cumple el fin para el que fue creado, cumple con su destino. Si lo logra con más o menos brillantez lo dejo a los críticos; ¡yo sólo quiero mi dosis!

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ese maravilloso hijo bastardo: el cómic

Si en la entrada anterior me refería a la asociación entre literatura y música en esta voy a referirme al hijo bastardo surgido del amor confeso entre literatura y cine: el cómic.

Surgido de las páginas de los tabloides estadounidenses y considerado durante décadas entretenimiento menor y popular, poquito a poco fue ganando el respeto de la sociedad "culta" gracias a la mejora de los elementos visuales y los literarios, pasando de entretenimiento para niños a "cine para pobres" y, finalmente, a noveno arte.

En ningún tebeo he visto tan claramente el romance entre letras e imágenes como en la saga de John Blacksad del dibujante Juanjo Guarnido y el guionista Juan Díaz Canales.


John Blacksad es la versión coloreada del arquetipo de detective privado de las novelas de Raymond Chandler, Dashiell Hammett, creadores de los inmortales Philip Marlowe y Sam Spade respectivamente. Sus novelas negras se consideraron también un subgénero menor de la literatura, pero, como en el caso del cómic, su consumo masivo y su creciente calidad acabaron elevándolas de categoría.

A ese consumo masivo coadyuvaron las adaptaciones cinematográficas y el carisma de su protagonista más recordado: Humphrey Bogart, que hizo suyo al personaje del detective privado: un tipo ingenioso, inteligente, observador y lleno de vicios que, sin embargo, es infinitamente más ético que la mayoría de los secundarios que le rodean, ya sean policías, empresarios, políticos o mujeres fatales.

El John Blacksad de Guarnido y Canales bebe directamente de esas fuentes y se nota: ambientes sórdidos, soluciones rápidas, sencillas y violentas a misterios más o menos complejos, secundarios maravillosos y diálogos agudos, cortantes y mordaces. Pero especialmente hay un dinamismo, una plasticidad y un ritmo cinematográfico que convierte toda la saga (y muy especialmente los tomos dos y tres de los cuatro publicados hasta ahora) en una bella y oscura obra maestra del "cómic negro" de la que sus progenitores se sentirían orgullosos, si no celosos. Y no hablo de dibujante y guionista, sino de cine y novela. ¡Qué tremendo polvo echasteis!

domingo, 21 de noviembre de 2010

Música y literatura (comentarios al 2º capítulo)

La combinación de música y literatura es, probablemente, uno de los mejores cócteles con los que emborracharse hasta perder el sentido de la realidad.

También existe la posibilidad de unirlas de forma más íntima, como poniéndole música a un poema para convertirlo en una canción o escribiendo sobre música de manera "literaria".

Thomas Mann convertía buena parte de su "Doktor Faustus" en un ensayo sobre la música, obsesión del protagonista de su obra, Adrian Leverkühn.

Yo no pretendía tanto al describir la interpretación de Helena (el nombre elegido tampoco es casual); tan sólo que el lector sintiera mínimamente lo que siente este otro Adrian al escucharla. Ese virtuosismo de la primera violinista de la Filarmónica de Berlín (galardón equivalente, quizá, a la cima de la interpretación instrumental), es el fundamental elemento de Helena que cautiva al protagonista, más incluso que su belleza.


Anne-Sophie Mutter, la "encarnación" de Helena

La elección de la pieza también es premeditada: por un lado, el tercer movimiento del Verano de Vivaldi va a provocar toda una tormenta en las vidas de humana e inmortal; por otro, es una de mis piezas clásicas favoritas, y recomiendo encarecidamente escucharla, por su belleza elemental, su fuerza y su intensidad primarias.

Pero la música tiene una presencia más sutil y más profunda en este capítulo. Y es que el conflicto entre Helena y Adrian, su relación, está perfectamente descrita en una de las estrofas de "Moon over Bourbon street", una canción de Sting inspirada precisamente en "Entrevista con un vampiro", de Anne Rice:
"How could I be this way
when I pray to God above
I must love what I destroy
and destroy the thing I love"

La de Adrian y Helena es la típica relación imposible que tantas historias (y música) ha originado, incluyendo la de Drácula y Mina. Los vampiros se alimentan de humanos, que son poco más que animales indefensos, impotentes, incapaces de resistirse a los poderes de aquéllos. ¿Qué arma pueden usar para no convertirse en víctimas, en corderos en el matadero? Paradojicamente, una que no es un arma, pero que ha causado más conflictos que ninguna otra cosa en este mundo.

Pero, ¿pueden amar los vampiros? ¿Cuáles serían las consecuencias? Puede un lobo que lucha por ascender en la manada encapricharse de un delicioso corderillo? 

Quizá es que la música amansa a las fieras.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Esa dichosa primera frase

Yo no padezco el conocido "miedo a la hoja en blanco", ni creo que lo padezcan el resto de profesionales del escribir en general. Padezco la congoja de la primera frase.

Me explico: cuando finalmente me pongo ante la susodicha hoja es porque sé sobre lo que quiero escribir y tengo una idea bastante concreta de cómo quiero hacerlo. Tanto si es una noticia, un reportaje, una nota de prensa o una novela, sé lo que quiero contar, ¿pero cómo lo empiezo?

Esa es la clave; una vez tengo el primer párrafo lo demás viene rodado, como cuando arrojas una piedra por una pendiente. El primer empujón dota de inercia al relato, sólo hay que añadir detalles para que crezca, hasta que incluso los mismos personajes te hablan, te cuentan lo que van a hacer a continuación, en definitiva: cobran vida propia. La historia, claro está, les sigue a ellos y fluye hasta su final.

¡Pero qué difícil es dar ese empujón! Ese gancho que atrapará al lector, como hace un buen titular. Jamás he comprado libros por la cubierta, pero sí por su comienzo. Si es (me parece) bueno, estoy seguro de que el resto también lo es.

Para mí el ejemplo más claro de esto es el Don Quijote. Estaréis hartos de leerlo, pero no puedo dejar de escribirlo:

"En un lugar de la Mancha,
de cuyo nombre no quiero acordarme,
no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero,
adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor".

Su ritmo es tan perfecto que es casi un verso, y describe maravillosamente a su protagonista, pero resulta sencilla.

Una apuesta menos segura: el comienzo del Capitán Alatriste, de Pérez-Reverte:

"No era el hombre más honesto ni el más piadoso,
pero era un hombre valiente."

Otra vez aparece un ritmo perfecto y una manera original de hablar del protagonista sin pretensiones ni alardes. ¿Cuánto tiempo lleva lograr algo así? ¿Cuantos borradores y pruebas? ¿Cuánto de técnica, cuánto de talento, cuánto de experiencia?

A quienes piensan que ser escritor es llenar páginas de frases yo les digo que es escribir una frase que valga todas las páginas. Y además la primera, por eso me acojona.

martes, 16 de noviembre de 2010

¿El auténtico vampiro? (comentarios al primer capítulo)

Esta novela surgió, en buena parte, para reivindicar la figura del auténtico vampiro, desde mi punto de vista, claro.

Aunque cuando empecé a escribirla el fenómeno "Crepúsculo" ni se imaginaba (por cierto, el crepúsculo es "cuando cae la noche", y si veis más parecidos avisadme, por favor), sí se había estrenado hacía tres años la "Entrevista con el vampiro" con Cruise, Pitt y Banderas, adaptación de la novela homónima de Anne Rice, y triunfaba bastante la serie "Buffy, la cazavampiros".

En una los vampiros eran seres románticos y sensibleros, y en la otra eran rematadamente patéticos, física e intelectualmente.

Mi concepción de este ser de la noche se acercaba mucho más a la que reflejaba Stoker en su novela (y que Coppola respetó bastante en su adaptación cinematográfica) y también, aunque en menor medida, a la de Stephen King en su "El misterio de Salem's Lot" (en la que los vampiros causaban verdadero terror, también en la serie de Tobe Hooper). En ambas, tres rasgos básicos definían la psique del vampiro: sus poderes sobrenaturales, su inmortalidad y su necesidad de alimentarse de sangre humana.

Sumándolo todo, para mí el vampiro era/es poderoso, paciente, arrogante ¿y cruel? ¿Es cruel un lobo o un tiburón? Siendo los vampiros tan diferentes de los seres humanos, ¿se les puede aplicar la moral y las leyes humanas? ¿Son malvados por alimentarse de ti y de mí, o es por haber sido malvados en vida por lo que ahora tienen que matar?

El Drácula de Stoker se transformaba en vampiro como consecuencia de una maldición que ponía precio a su inmortalidad: alimentarse de sus semejantes, un acto contra-natura, un delito a los ojos de los hombres y un pecado a los ojos de Dios. Esa misma inmortalidad garantizaba, además, una existencia perseguida por unos y repudiada por Otro.

En cualquier caso, el vampiro es una criatura fascinante para todos.

En cuanto al título de la obra, tras muchas vueltas me decanté por uno que delimitaba el marco temporal de la acción, puesto que toda ella (y buena parte de la de la saga completa) se desarrolla de noche por razones obvias.

Escogí un verbo ("cae") por deformación profesional: los titulares en periodismo deben contener un verbo para dar sensación de dinamismo y actualidad. Visto lo visto, quizá debí optar por un sustantivo...

La cita bíblica que le sigue está muy relacionada con esa temporalidad, y proporciona otra explicación a la aversión de los vampiros por la luz. Una diferente, pero muy acertada: la oscuridad impide ver lo que se hace y, por tanto, arropa a quienes cometen actos censurables, prohibidos, delictivos o pecaminosos. Desde que se inventó la luz eléctrica ha perdido bastante validez, pero en las ciudades sigue habiendo callejones tenebrosos...

El subtítulo también tiene su miga, pero no es momento de desvelarla.

Sobre el capítulo en sí, es una introducción, el clásico planteamiento de toda narración: existe un problema y la misión del protagonista es resolverlo. Pero el protagonista no es lo que parece, claro. Si bien a lo largo del capítulo se insinúa qué es, el lector no lo descubrirá realmente hasta la última frase. A partir de ahí empieza el juego.

Os espero con la luz encendida... por si acaso.

viernes, 12 de noviembre de 2010

¿Un mundo sin libros?

Allá por el 2001, en la clase de Nuevas Tecnologías del máster de ABC que cursaba un servidor por esas fechas, comentamos la noticia del perfeccionamiento de la tinta electrónica y la publicación en Internet de "Riding the bullet" de manos de Stephen King.
Rápidamente saltaron unos cuantos compañeros diciendo que aquello nunca funcionaría porque el libro era insustituible, inherente al ser humano y que, además de la propia lectura, el placer está en tocar y poseer el objeto.
Sin embargo, a mí me salió del alma vaticinar en voz alta que al libro "le quedaban 10 años de vida". Paradojas de la vida, Hitler calentó los ánimos de sus fieles quemando libros y a mí casi me meten en la hoguera por atreverme a decir que tan preciados objetos acabarían siendo poco más que cenizas en la siguiente década.
Esta anécdota no pretende enaltecer mis virtudes como pitoniso, sino servir como excusa para, 9 años después del suceso, compartir opiniones y re-encender el debate sobre el futuro del libro y, por extensión, del papel impreso. ¿Seguirán agitando sus páginas como pájaros de libertad o flotarán invisibles en un mar de electrones?

jueves, 11 de noviembre de 2010

Por qué

Pájaros.

En mi mente llevo miles de ellos. Algunos son negros como cuervos, graznan y revolotean hasta oscurecer mi vista y mis horizontes, mis sueños y mis esperanzas. Me asustan, me acobardan.

Otros son obsesivos y recurrentes, como buitres enmarcando una parte del cielo. Dan vueltas y vueltas sin llegar a ninguna parte.

Una mayoría son vistosos, cantarines y ligeros, y me entretienen con sus colores y sus sonidos durante un tiempo, hasta que pasa otro de plumaje más vivo o piar más musical.

Y los menos son majestuosos y trascendentes, como águilas nobles que me agarran con fuerza y me transportan muy lejos, atravesando el firmamento con alas poderosas e incansables. Ellos me llevan a lugares con los que sueño, más allá de mi alcance mortal.

Todos albergamos pájaros.