lunes, 13 de diciembre de 2010

¡Música, maestro!

El pasado 30 de octubre asistí a uno de los mejores conciertos de toda mi vida (que, como es joven, espero me permita asistir a alguno más). Fue la parada madrileña de la gira "Symphonicities" que ha llevado Sting por buena parte del mundo, maravillosamente acompañado por la Royal Philarmonic Concert Orchestra de Londres.

Lo de "maravillosamente" no es algo "de cajón", como suele decirse, porque una orquesta no siempre va a resaltar las canciones de un cantante, como recordará alguno de nuestros más insignes intérpretes, que no cayó en que es arriesgado estar acompañado por gente con más talento...


Pero en este caso la combinación resultó fantástica, porque el señor Summer sigue poseyendo una voz privilegiada y esta Philarmonic, además de divertida (tremendos los músicos y el director), suena bastante bien.

Evidentemente, las canciones que llenaron las tres horas de concierto estaban arregladas para que pudieran acompañarlas los instrumentos clásicos de una orquesta de este tipo, si bien no faltaron la guitarra y el bajo de la mano del propio Sting y de sus colaboradores habituales: Dominic Miller e Ira Coleman. Muchas de esas canciones, todas ellas grandes hits del inglés, en solitario o con el resto de The Police, conservaban la misma melodía, ritmo y musicalidad de las originales, ganando sólo en grandilocuencia y matices instrumentales gracias a la orquesta. Fue el caso de "Every little thing", "English man in New York", "Mad about you", "Fields of gold" o "When we dance".

Pero fueron las partituras realmente modificadas para su interpretación orquestal las que me fascinaron doblemente: primero porque ya son magníficas por sí mismas, y segundo porque jamás pensé que pudieran sonar mejor que como fueron concebidas originalmente. "Roxanne", canción popera con tintes punk, fue transformada en una preciosa nana (y ojito, que ya sabemos en qué trabaja Roxanne); "Russians" pareció una auténtica sinfonía cantada, con una puesta en escena espectacular y sobrecogedora; y el "Whenever I say your name", a duo con la guapísima Jo Lawry, fue una dulce balada de dos, que amedrentaban a los mismísimos violines cuando se cantaban uno al otro.

Esa noche se demostró, a mi humilde entender, que lo popular y lo clásico no sólo pueden convivir, sino que pueden enriquecerse mutuamente (que se lo pregunten al bueno de Ralph Macchio en su "Cruce de caminos"). Pero existe todavía una concepción compartimentada y excluyente (casi hasta elitista) de la música, y de casi todo lo demás, que clasifica y separa a los aficionados de una y de otra.

Yo soy de los que piensan que si lo clásico no es popular es porque es más difícil (y caro) montar conciertos de 40 músicos que de tres, porque me niego a creer que la sinfonía nº 9 de Beethoven o la nº 40 de Mozart(entre otras muchas) no puedan gustar a todo el populus, como me niego a creer que, ya que hablo de ello, el "Every breath you take", no se considere una obra clásica de la música.

Puede que sea simplemente una cuestión de épocas. En cualquier caso, me alegro de vivir en una que me permite disfrutar de lo que se ha creado en todas ellas (sobre todo de Vanessa Mae); sin excepción.

2 comentarios:

  1. Pues totalmente de acuerdo, me encantaría que la banda sonora de nuestra vida fuese acompañada de una orqesta simphonica que la enriqueciese y la llenase de matices, hasta hacerla sublime.

    Gran concierto, añadiría que me encantó "Desert Rose". Yo fuí con mi marido, al que le regalé las mejores entradas por su cumpleaños. Espero que él haga lo mismo por mi si algún día "Seal" viniese a España a dar un concierto, con o sin orquesta.
    Espero que tu acompañante lo disfrutase tanto como tu.

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  2. Disfrutólo, disfrutólo... Y hasta quí puedo leer.

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