viernes, 31 de diciembre de 2010

¡Gracias y feliz año nuevo!

Estoy muy contento por dos motivos: el primero es que termina un año bastante duro y empieza uno nuevo. Esto no significa que vaya a ser mejor, pero ya sabes lo que se dice de la esperanza...


El segundo es que comencé este blog hace menos de dos meses y ya ha tenido más de 1.000 visitas. Sin ser un experto, creo que es una cifra considerable y, además, redonda. Por haber contribuido a ello te doy las gracias.

Para celebrar ambas cosas he decidido colgar aquí el primer capítulo de la segunda parte de "Cuando cae la noche". No destripa nada de lo que sucede en la primera, pero sí la enriquece. Estará on-line desde el 1 de hasta el Día de Reyes. ¿Qué mejor regalo para un lector que lectura?

¡Hasta el 2011!

lunes, 27 de diciembre de 2010

El narrador, ese grandísimo desconocido (sobre el capítulo VI de "Cuando cae la noche I")

Es paradójico que el "personaje" al que más texto corresponde en cualquier novela sea en el que menos nos fijamos habitualmente como lectores. Después de todo, salvo en la narración en primera persona, no es quien protagoniza la historia, sino "sólo" quien nos la cuenta.

Confieso que, cuando planeaba la novela, lo que más me costó decidir fue el tipo de narrador, porque la narración autobiográfica es mi favorita (como en "El corazón de las tinieblas" o "El Lazarillo de Tormes"), pero la temática y el desarrollo de la novela no lo aconsejaba. En un mundo poblado de vampiros capaces de hazañas extraordinarias, como leer las mentes y provocar ilusiones, es necesario un narrador que las explique para no desconcertar al lector. Lógicamente, el protagonista podría explicar sus "milagros", pero no los del resto. Además, ese método no me permitiría exponer la psicología de los demás personajes, ni escribir capítulos basados en ellos donde el protagonista estuviera ausente, puesto que, como narrador, sólo puede contar de lo que sabe. Por ello resulta muy auténtico, muy real, pero también muy limitado.

La narración a cargo de un testigo narrador tampoco era adecuada por motivos similares. Este personaje cuenta la historia en tercera persona como testigo de la misma, al modo de Watson en las novelas y relatos de Sherlock Holmes. Creo que es perfecto para el género del misterio, puesto que (como el autobiográfico) sólo puede contar aquello que presencia, por lo que las acciones de los demás personajes (tanto las del protagonista como las del criminal) son desconocidas por el lector si el testigo no está delante cuando acontecen. Sólo al final, cuando la trama se descubre ante él, nos la descubre a nosotros. Esto permite aumentar la tensión y la sorpresa, como sucede cuando Holmes desaparece, dejando al buen doctor (y al lector) preguntándose qué diablos irá a hacer.


Llegué pues a la conclusión de que la única opción que tenía para escribir mi novela era recurrir al narrador omnisciente, el menos natural y el más completo de todos. Él sabe lo que ha pasado, lo que pasa y lo que va a pasar, así como las motivaciones y relaciones de todos los personajes. Puede explicar al lector cómo el protagonista usa sus poderes sobrenaturales, por qué lo hace y qué sienten al verlo quienes le rodean. Es perfecto para sumergir al lector en un mundo diferente del que conoce, que funciona con reglas desconocidas y está poblado por seres extraños que no puede ver, como la Tierra Media de "El Señor de los Anillos". Si la historia la hubiera contado Frodo habría ganado en realismo, pero nos habríamos perdido los sucesos simultáneos a su odisea, como la alianza con Bárbol, la subsiguiente derrota de Saruman o las batallas de Helm y Gondor.

El narrador omnisciente de "Cuando cae la noche I" te permitirá saberlo todo o, más bien, todo lo que creo que debes saber...

viernes, 24 de diciembre de 2010

¡Felices fiestas!

Que estos días podamos disfrutar de la literatura y el ocio en compañía de los que más queremos.


¡Y espero cumplir como cada finde y colgar un capítulo nuevo!

miércoles, 22 de diciembre de 2010

"Sherlock", la serie

Desde niño ha sido (y sigue siendo) uno de mis personajes favoritos. Ni Poirot, ni Dupin, ni por supuesto Miss Marple ni la señora Fletcher. Holmes tenía frente a ellos el paradójico carisma de quien no tiene ninguno; es decir, Holmes es frío, antipático, distante, calculador, implacable, en definitiva, es inhumano.
El bueno de Watson venía a equilibrar todos esos defectos, y por ello en mi entrada anterior empleaba a esta pareja como ejemplo de definir mediante la oposición. Pero, yendo más allá, son ejemplo de cómo dos individuos pueden constituir, en realidad, uno solo.

Una de las grandes virtudes de la miniserie "Sherlock", emitida en España por TNT, es su fidelidad, en ese aspecto, a la pareja concebida por Sir Arthur Conan Doyle. Pareja que ha sido magníficamente actualizada a la época contemporánea, tan llena de monstruos y claroscuros como el Londres victoriano. Así, Holmes es un detective consultor que lleva parches de nicotina en vez de fumar en pipa, mientras que Watson es un médico militar que sirvió en la última campaña en Afghanistán y relata en un blog los casos de su compañero de piso (sí, también en el 221 B de Baker Street-recomiendo visitar el museo dedicado al detective en casi esta dirección de la city).


Tanto Benedict Cumberbatch como Martin Freeman hacen un buen trabajo interpretando a sus respectivos personajes, si bien es precisamente la elección de los actores (demasiado jóvenes en mi opinión), uno de los fallos de la serie. Supongo que esto ha sido decisión de los productores, con vistas a capturar la horquilla de edad más amplia posible, pero creo que merma la verosimilitud del relato que un treintañero (si es que llega) como este Sherlock sea tan respetado en la sociedad londinense que lo acoge (en vez de mandarlo a tomar por culo la primera vez que contradice a la autoridad correspondiente).

El otro fallo, a mi parecer, es que la razón más poderosa para que Watson se una a Holmes es que uno es Watson y el otro Holmes. Es decir: al basarse la serie en las novelas y relatos, sus versiones televisivas están condenadas a entenderse, cuando cualquier persona se buscaría un piso de soltero antes de soportar las clases magistrales (y los desprecios) del cerebrito de turno.

Obviando estas pegas, la serie es muy entretenida, está muy bien hecha, maravillosamente ambientada y perfectamente interpretada. Por cierto, verla en inglés tiene la ventaja de escuchar la gran voz del protagonista (aparte de la evidente de captar la interpretación "real") y el gran inconveniente de perderse los razonamientos del detective (a no ser que se domine el inglés de verdad, de verdad, porque son muuuuuy rápidos).

Para terminar, aviso que los episodios (sólo tres, hasta la ya anunciada próxima temporada) son largos, así que cuidado si decides poner uno a horas tardías tocando madrugar al día siguiente. A los de mi quinta comentarles también que es muy probable que el protagonista les recuerde al de "El secreto de la pirámide" (y también hallarán parecidos entre la música de la serie y la película), una peli muy simpática que narraba la adolescencia/juventud del detective y un primer encuentro con Watson.

Y, cuando termines la miniserie, siempre quedará su versión facultativa: el doctor House, elemental.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Tú me completas, aunque no quieras: parejas en la literatura

Cuando queremos ver nuestro aspecto buscamos un espejo. Yo no soy mi reflejo (ni tú el tuyo), pero se me parece bastante. Para verme mi psique, mis valores, mi moral y mi forma de ver la vida recurro a otro tipo de reflejos, que son los que me devuelven mis amigos, mis familiares e incluso mis enemigos.

En literatura, y en cualquier método de narración en general (cine, teatro...) es un recurso fundamental definir a los personajes oponiéndolos a otros, de modo que es el contraste lo que permite al lector conocerlos. Para ejemplificar esto me toca volver al Quijote, que lo tiene todo, incluido el epítome de este recurso (al menos para mí): Alonso Quijano versus Sancho Panza.

Sus diferencias morales e intelectuales se anuncian ya en sus diferencias físicas: uno es alto, delgado, distinguido, y el otro es bajo, gordo y vulgar. La imagen etérea y despegada del primero contrasta completamente con la del otro, rotunda y terrenal, y así se refuerza en sus conversaciones. Gracias a esos diálogos sabemos cómo son cada uno, les comprendemos.

Pasando a otra pareja famosa, pero en un soporte más catódico, los agentes Mulder y Scully de Expediente-X se enfrentaban en continuas dialécticas que los retrataban. En cine ha tenido que llegar Guy Ritchie para enseñar al mundo que el doctor Watson de su "Sherlock Holmes", igual que el original de Conan Doyle, no era la mera comparsa simplona y torpe del genial detective que habían hecho creer al mundo durante años aquellas películas de los 40, interpretadas por Basil Rathbone y Nigel Bruce.

En "Cuando cae la noche I" la pareja está conformada por Adrian y Sara, que obedecen a ese gran axioma físico de que "los opuestos se atraen". Sara va a mostrar al lector muchos de los rasgos psicológicos de Adrian (y al revés) con mayor eficacia de lo que podría hacerlo el narrador de la historia. Ambos van a ser el espejo del otro, devolviéndose un reflejo magnificado de sus grandezas y sus miserias.

Pero aún hay otro espejo más eficaz que el compañero de aventuras: el villano. El villano es la medida del héroe, y éste sólo puede ser excepcional si el otro también lo es. Son las dos caras de la moneda, que no pueden existir por separado. El enfrentamiento entre los dos a lo largo de una narración es una dialéctica sin conversación, cuya síntesis definitiva no es tanto la resolución de la trama como la fusión de héroe y villano; la comprensión de los motivos del otro, su aceptación y, a veces, incluso el respeto mutuo.

Esa confrontación aún no ha llegado en esta novela, pero ya queda menos...

lunes, 13 de diciembre de 2010

¡Música, maestro!

El pasado 30 de octubre asistí a uno de los mejores conciertos de toda mi vida (que, como es joven, espero me permita asistir a alguno más). Fue la parada madrileña de la gira "Symphonicities" que ha llevado Sting por buena parte del mundo, maravillosamente acompañado por la Royal Philarmonic Concert Orchestra de Londres.

Lo de "maravillosamente" no es algo "de cajón", como suele decirse, porque una orquesta no siempre va a resaltar las canciones de un cantante, como recordará alguno de nuestros más insignes intérpretes, que no cayó en que es arriesgado estar acompañado por gente con más talento...


Pero en este caso la combinación resultó fantástica, porque el señor Summer sigue poseyendo una voz privilegiada y esta Philarmonic, además de divertida (tremendos los músicos y el director), suena bastante bien.

Evidentemente, las canciones que llenaron las tres horas de concierto estaban arregladas para que pudieran acompañarlas los instrumentos clásicos de una orquesta de este tipo, si bien no faltaron la guitarra y el bajo de la mano del propio Sting y de sus colaboradores habituales: Dominic Miller e Ira Coleman. Muchas de esas canciones, todas ellas grandes hits del inglés, en solitario o con el resto de The Police, conservaban la misma melodía, ritmo y musicalidad de las originales, ganando sólo en grandilocuencia y matices instrumentales gracias a la orquesta. Fue el caso de "Every little thing", "English man in New York", "Mad about you", "Fields of gold" o "When we dance".

Pero fueron las partituras realmente modificadas para su interpretación orquestal las que me fascinaron doblemente: primero porque ya son magníficas por sí mismas, y segundo porque jamás pensé que pudieran sonar mejor que como fueron concebidas originalmente. "Roxanne", canción popera con tintes punk, fue transformada en una preciosa nana (y ojito, que ya sabemos en qué trabaja Roxanne); "Russians" pareció una auténtica sinfonía cantada, con una puesta en escena espectacular y sobrecogedora; y el "Whenever I say your name", a duo con la guapísima Jo Lawry, fue una dulce balada de dos, que amedrentaban a los mismísimos violines cuando se cantaban uno al otro.

Esa noche se demostró, a mi humilde entender, que lo popular y lo clásico no sólo pueden convivir, sino que pueden enriquecerse mutuamente (que se lo pregunten al bueno de Ralph Macchio en su "Cruce de caminos"). Pero existe todavía una concepción compartimentada y excluyente (casi hasta elitista) de la música, y de casi todo lo demás, que clasifica y separa a los aficionados de una y de otra.

Yo soy de los que piensan que si lo clásico no es popular es porque es más difícil (y caro) montar conciertos de 40 músicos que de tres, porque me niego a creer que la sinfonía nº 9 de Beethoven o la nº 40 de Mozart(entre otras muchas) no puedan gustar a todo el populus, como me niego a creer que, ya que hablo de ello, el "Every breath you take", no se considere una obra clásica de la música.

Puede que sea simplemente una cuestión de épocas. En cualquier caso, me alegro de vivir en una que me permite disfrutar de lo que se ha creado en todas ellas (sobre todo de Vanessa Mae); sin excepción.

martes, 7 de diciembre de 2010

¿Por qué un protagonista extranjero? (comentarios al capítulo IV)

¿Por qué Adrian Wolff y no Francisco de Salamanca? ¿Si la acción tiene lugar en España y los implicados son españoles, tiene sentido un protagonista alemán?

La literatura está llena de ejemplos como este, desde el "Vuelva usted mañana" de Larra, hasta "El americano impasible" de Graham Greene o las "Crónicas marcianas", de Bradbury, donde probablemente lo único que tienen en común es la presencia de un protagonista foráneo.

Esto permite al lector "ver" las costumbres, cultura, oriundos y escenarios de una forma más sorprendente a como lo haría si el personaje fuera del lugar, caso en el que nada le extrañaría y ni se molestaría en meditar sobre su entorno o quienes le rodean. Esta perspectiva ajena puede ser muy enriquecedora, y recomiendo aplicarla siempre que uno sale de paseo por su propia ciudad. Digo esto porque es muy probable que cuando se visita otro país se piense "esto no lo tenemos en España"; nada mejor que ponerse esos mismos ojos cuando se recorren las calles de siempre y compararlas con las de fuera.

Cerrado este paréntesis, el protagonista extranjero sirve, además, para generar un misterio adicional a la trama en sí, puesto que los lugareños no le conocen. El resultado es que mientras uno intenta averigüar qué motor empuja la historia, los otros intentan saber quién es el visitante. Esto favorece mucho el diálogo y vuelve el relato muy dinámico.

Si además la sociedad en la que entra el protagonista es muy hermética, los conflictos surgen con enorme naturalidad. La novela se transforma en una carrera de obstáculos donde aquél no sólo lucha contra el responsable del hecho que investiga, sino también contra buena parte de sus anfitriones, molestos por su intrusión.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Toda saga tiene (que tener) un final: Canción de hielo y fuego

En la entrada anterior escribía sobre el suspense como forma de enganchar al lector. Hacer esto bien, sin incluir elementos artificiales que interrumpan el flujo natural de la historia, no es nada fácil.

El mejor ejemplo de adicción literaria que me he encontrado "recientemente" es la saga de novelas "Canción de hielo y fuego", del estadounidense George R. R. Martin, una historia épica-medieval con tintes fantásticos cuyo núcleo no es más que una guerra por el trono, lo que da título a su primer volumen: "Juego de tronos".


El estilo vigoroso, el realismo y, sobre todo, la brillantez con la que describe a los personajes (por dentro y por fuera), así como su distanciamiento de los tópicos del género fantástico me atraparon desde el principio. Buena parte de la obra podría catalogarse de novela histórica si no fuera porque la historia narrada no sucedió realmente, pero es que Martin ha leído mucha Historia, sobre todo del período que podría considerarse coetáneo del que enmarca su saga (los siglos del XII al XV y, más concretamente el de las guerras de las rosas inglesas).

La existencia de abundantes personajes y la ausencia de un protagonista claro facilita el uso del suspense, puesto que el número de situaciones (y posibles desenlaces)es directamente proporcional al número de aquéllos. Si a esto añadimos el elemento fantástico (bastante discreto), el volumen de posibilidades se eleva hasta la cifra que se aplique para medir la imaginación del autor.

Igual que a mí, la saga ha cautivado a millones de lectores en todo el mundo, y aquí es donde ese suspense tan bien logrado ha acabado hiriendo gravemente a la gallina de los huevos de oro. Ese suspense causante de riqueza para su autor ha debido de despertar la codicia del editor, que parece haber pedido (no sé si ordenado) que la historia se alargue hasta derrotar las pupilas del lector más agradecido.

El cuarto volumen, "Festín de cuervos", publicado en España en el 2007, es (para mí) un paréntesis interminable y antitético con respecto al resto de la obra, puesto que paraliza la evolución de los personajes y la trama que la caracterizaba. Se crea un suspense falso en el lector, que avanza penosamente entre sus páginas con la vana esperanza de que se resuelva alguna de las situaciones planteadas líneas ha.

Ese cuarto volumen y que a estas alturas siga sin terminarse el quinto (que ha dado lugar a todo tipo de rumores, incluyendo la supuesta muerte del autor), han rebajado notablemente mi grado de adicción a la saga, y creo que no es el único caso de desintoxicación por aburrimiento entre el público. Quizá para devolverlo a sus niveles normales se ha anunciado la inminente aparición de la serie de televisión basada en "Canción de hielo y fuego", que podría ser el nuevo episodio de amor catódico-literario desde aquel "Pájaro espino" o un desastre absoluto si el señor Martin no concibe (y sobre todo escribe) un final capaz de provocar tanta sorpresa y afición como su primer volumen. Mucho me temo que si no, efectivamente, se acercará el invierno para la saga.