sábado, 29 de enero de 2011

El descanso de los justos: reposar el manuscrito

Existe una norma no escrita, como suelen ocurrir con las buenas normas, que dice que una novela recién terminada debe pasar un periodo de reposo olvidada en algún rincón del escritorio, y yo añadiría que también del corazón del escritor.

No es fácil cumplir esta regla, al menos, cuando uno empieza en este oficio, porque el primer deseo del autor, reconocido o no, es dar su obra a otros para que la lean y la alaben, como corresponde a personas queridas. Lo niegue quien lo niegue, hay una importante necesidad de reconocimiento en quienes escribimos. Pero algunos ni siquiera esperarán a esas primeras críticas lisonjeras y no profesionales y se lanzarán directamente a buscar editores que se queden impresionados con el talento y el buen hacer de ese escritor novel, cuya obra publicarán inmediatamente para goce de propios y extraños.

Algo así ocurre en la siempre imaginativa mente del autor bisoño, cuyo sentido de la autocrítica está empañado por el comprensible y aplaudible entusiasmo gracias al cual ha llenado páginas y páginas durante días sin más recompensa a corto plazo que la satisfacción de haber realizado una de esas tres tareas que, dicen, tenemos que cumplir los seres humanos antes de morir.

No digo que no exista la posibilidad de que una novela con la tinta aún caliente sea una maravilla digna de vender 100.000 ejemplares. Pero, desde mi experiencia, sí afirmo que una novela quedará mejor si se olvida unos meses en un cajón y se relee pasado ese tiempo. Es lo que me ha ocurrido con "Cuando cae la noche I", hasta el punto de añadir este décimo capítulo.

Mientras escribimos estamos tan inmersos en la historia y conocemos tan bien a sus personajes que no necesitamos leer lo escrito para saber qué va a ocurrir en la trama y por qué. Es decir: leemos como autor, y no como lector. Este último sabe mucho menos que el primero acerca de cuanto acontece en la novela; sólo sabe lo que está leyendo. De ahí que, al retomar el manuscrito meses después, el autor se meta en el pellejo del lector y pueda encontrar incongruencias en la trama o añorar datos que daba por supuestos como dios absoluto del universo inventado de su obra.
Hay otra razón para abandonar temporalmente una creación, aunque es peligrosa: el tiempo suele proporcionar recursos y experiencia que enriquecen, y que pueden aplicarse a lo escrito. Nuevos puntos de vista, mejor vocabulario... el peligro es no saber parar la espera. Aprender es un proceso que dura toda la vida, así pues, ¿cuándo arriesgarse a dejar de plasmar lo aprendido en la novela? ¿Cuándo decidir que ya no puede mejorarse más? ¿Cuándo saco el bollo del horno? Yo no lo sé, aunque soy consciente de que la novela que voy colgando aquí semana tras semana y capítulo tras capítulo mejoraría si la reescribiera dentro de un año, o de cinco o de diez.


Quizá sólo sea cuestión de suerte terminar definitivamente una obra en el momento adecuado, aunque no lo creo. Es algo intangible, indescriptible e indeterminado lo que lleva a un creador a darse por satisfecho con su creación. Cuentan que cuando Miguel Ángel acabó de esculpir su "Moisés" lo contempló y le dijo "¡Habla!", porque era lo único que le faltaba a su estatua para parecer humana. Paradójicamente, es el espectador el que enmudece sobrecogido al plantarse frente a esta obra de arte.

Espero que un día no muy lejano tenga la seguridad de poder decirle a una novela mía: ¡publícate!

2 comentarios:

  1. Muy buena reflexión. Descubro esa cuestión al escribir mi propio libro, sin ser un profesional. ¿Cuando parar? Quizás cuando sentimos que le hemos dado lo mejor, y hasta algo de espíritu, que es lo que nutre el lector, o el observador de una escultura. Sin espíritu, no habremos dado suficiente, y no tendremos la consciencia del todo tranquila para encontrar este sueño de los justo ;-) Así que quizás es la calidad de nuestro sueño la que nos guía para saber si lo hemos hecho suficientemente bien ;-)

    Un cordial saludo,
    Olivier.

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    1. Algo de eso hay, Olivier. He dicho y oído muchas veces que al escribir tiene que dejarse uno pedacitos del alma. Si el lector los percibe, está bien escrita.
      Un saludo.

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