jueves, 20 de enero de 2011

La peli "X-Men: first class", ¡retromutaciones filmicomiqueras!

No hay día que Internet y/o pirateo (a veces uno pensaría que se usan como sinónimos) no sea (o provoque) noticia. Hoy lo es porque ha servido para extender una imagen robada de la película "X-Men: first class", muy esperada por cientos de miles de fans de los ya populares X-Men (o Patrulla-X, como la conocemos en España, Hombres X en Latinoamérica). Dicha filtración ha llevado a la productora a difundir imágenes oficiales para acallar los comentarios negativos que circulaban sobre la película de Matthew Vaughn, que nos sorprendió gratamente con la gamberra y actual "Kick-Ass".
En los últimos años hemos visto que las películas de superhéroes no tienen por qué ser para niños, a pesar de que éstos (y los que les siguen en edad) se hayan convertido en el público más rentable para las productoras. La nueva saga de Batman ha sido alabada por los críticos más sesudos y los fans más acérrimos, algo que han conseguido muy pocas porque aunó una historia y una imagen adultas (muy lejos de aquella lisérgica y onomatopéyica serie de los 60). Creo que Vaughn logrará lo primero con su "First class", pero, visto lo visto en las imágenes, parece que lo segundo no.
Este grupo de superhéroes mutantes pasó a ser conocido por el gran público a través de la película "X-Men", de Bryan Singer, joven director con escasa filmografía que llamó la atención de la crítica con la sencilla, pero sorprendente, "Sospechosos habituales".

Pero los X-Men habían nacido en 1963 de la mente del prolífico guionista de cómics Stan Lee, como un grupo de adolescentes a quienes una mutación (un gen X) había conferido increíbles superpoderes. Esta creación era a las formaciones superheroicas lo que Spider-Man a los super-individuos: el máximo exponente de que tener superpoderes sólo sirve para hacerte la vida súper-difícil (osea). Los hombres X eran capaces de hazañas fuera del alcance de personas normales, pero el día a día les amargaba la existencia, porque contra la incomprensión y la envidia no hay superpoderes que valgan. Al contrario que muchos de los personajes de la histórica competidora de la editorial Marvel donde trabajaba Stan, DC Comics, las aventuras y desventuras de X-Men y compañía tenían lugar cuando iban disfrazados y cuando no. Que si mi hermano es un inútil, que si mi compañera de equipo quiere a otro, que si tengo los pies grandes, que si mi padre me odia. ¿Cómo arreglas eso lanzando rayos con los ojos?

La nueva película narrará cómo uno de esos mutantes, Charles Xavier, reunió a otros para enseñarles a enfrentarse a ese mundo sin destruirlo, y también a protegerlo de aquellos otros mutantes que pretenden conquistarlo, liderados por Erik Lensherr, amigo del primero.

Este conflicto bíblico, incluso mitológico, entre amigos que son casi hermanos no existía cuando empezaron las aventuras del grupo, sino que se desarrollaría poco a poco, a medida que las personalidades, el entorno y las relaciones de los protagonistas iban creciendo número a número y con la aportación de muchos guionistas. Esta confrontación entre formas de ver y enfrentarse a la vida nos cautivó a muchos, casi más que el elemento superheroico, a veces absolutamente descacharrante de puro ridículo. Pero la esencia era buena, era ancestral: soy poderoso y el mundo me odia, ¿le enseño a convivir conmigo o lo obligo a hacerlo bajo mi bota? ¿Acato las normas civilizadas que nos ayudan a coexistir sin matarnos o me tomo la justicia por mi mano y hago tragar sus palabras al que me ha llamado "muti de mierda"? Si tengo poder para hacer mi vida más fácil, ¿no sería natural hacerlo?
Xavier y Erik, Profesor-X y Magneto, encarnaban respectivamente esas concepciones antagónicas, asumidas o generadas por las vivencias de cada uno, marcadas las del primero por el espíritu de sacrificio y la generosidad, y por la violencia y el odio las del segundo. Un determinismo férreo los marcaba para siempre, a pesar de que alguna vez se atisbara un cambio en las psiques de uno y otro. Pero, al final, no importaba que la amistad del bueno atrajera al malo hacia la luz eventualmente o que un mundo cruel arrastrara al bueno hacia el mal: estos escarceos se producían en la vida adulta, y no tenían nada que hacer frente a las experiencias de la infancia y la adolescencia que los había convertido en lo que eran. Ya sabes: loro viejo no aprende a hablar.

Evidentemente, ambos líderes contaban con sus propias tropas y, como jóvenes que eran, tenían más propensión a los cambios en sus esquemas mentales. Pero, como buenos relatos con moraleja, en los cómics era mucho más frecuente que los esbirros malvados reconocieran sus errores y desertaran de sus propias filas para incorporarse a las de sus rivales del alma. Del mismo modo, las victorias del bando pro-convivencia eran infinitamente más numerosas y definitivas que las del pro-conquista. Sin embargo, de aquí se deriva una consecuencia que es la base de toda tragedia heroica: siempre existe un mal contra el que luchar, porque el bien gana batallas una y otra vez, pero NUNCA gana la guerra.

Esa lucha continua, ese no rendirse ni dejar de pelear aún sabiendo que poco o nada cambiará es, quizá, la principal característica del héroe, independientemente de la época que le haya tocado vivir.

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