miércoles, 23 de febrero de 2011

Sobre Adrian Wolff: ¿puede ser malvado el protagonista?

Sí, pero, y explico mi opinión. Sobre los hombros del protagonista recae el peso de la historia, porque la historia, sea dramática, romántica o épica tiene que avanzar, y el protagonista es el encargado de hacerlo, de empujarla hacia su desenlace. Lo hará más o menos deprisa, con más o menos éxito dependiendo de sus rasgos personales, de sus características que, generalmente, serán las adecuadas para esa historia. Por ejemplo, si se trata de una narración épica el protagonista será un héroe con rasgos heroicos; si es una comedia tendrás rasgos cómicos. Digo generalmente porque pueden darse contrapuntos, como en las novelas de Mundodisco de Terry Pratchett que comenté en una entrada anterior, donde Rincewind, su protagonista, es probablemente el último mago que escogerías para llevar a cabo una gesta heroica. Lo que ocurre entonces es que el protagonista acaba determinando el género de la obra y, en este caso, lo que sería una historia épica de espada y brujería se convierte en una historia cómica de espada y brujería.


Pero, aunque las características del personaje pueden ser muy variadas, siempre debe haber alguna que produzca en el lector una de estas dos reacciones: aspiración o identificación. Ya he dicho que el protagonista es el motor de la obra, pero si la obra avanza es porque el lector pasa sus páginas y para hacerlo creo que no sólo debe interesarle la trama, sino también los personajes. La mejor forma de lograrlo es darle algún elemento que le permita o bien identificarse con ellos, sentir empatía, o bien admirarlos y aspirar a parecerse a ellos. Es francamente difícil, por no decir imposible, lograr que a un espectador o lector disfrute "viviendo" una historia si quien la protagoniza le resulta absolutamente ajeno y/o despreciable. Y en este punto, por fin, llega el aspecto moral. Está claro que si alguien se engancha a un libro porque se identifica con un personaje malvado tenemos un problema (o, más probablemente, lo tendrán sus vecinos). Este problema sólo será algo menor si lo hace porque aspira a ser malvado. Es mucho más agradable y aceptable para el alma identificarse con quien lucha contra esos villanos, y seguramente por eso hay infinitamente más historias protagonizadas por héroes que por malvados, lo que favorece los finales felices y su correspondiente consuelo emocional (esta teoría la sostiene Tolkien en su ensayo sobre los cuentos de Hadas).

Uno de mis principales retos cuando empecé a escribir la saga de "Cuando cae la noche" era lograr que su protagonista, Adrian Wolff, fuera un villano que no llevara a al lector a cerrar el libro pasadas diez páginas. Lo más habitual en estos casos es dar a estos villanos un protagonismo menor, tal y como ocurría en "El silencio de los corderos", donde Hannibal Lecter se limita a ayudar a la auténtica protagonista, o en el mismísimo "Drácula", donde el vampiro es en realidad el antagonista de los héroes encabezados por Van Helsing.

No obstante, existe otra obra, también llevada al cine con gran éxito, donde su protagonista es malvado: "El padrino", de Mario Puzo. Tanto Vito como Michael Corleone (de hecho, toda la familia), se guían por una brújula moral bastante desviada que incluye una actividad tan discutible como matar a gente. No creo que nadie pueda decir que ambos protagonistas no son malvados: matan, roban, trafican, torturan... Para ellos sólo tiene valor la vida de sus familiares y la de ellos mismos.

Sin embargo, podemos admirarlos porque la maldad no es su único rasgo: son brillantes, ricos, educados, galantes, atractivos... ¿Te suena con qué especie sobrenatural comparten muchas de estas características? En cuanto a la identificación, ¿cómo no empatizar con gente de familia, responsable, que llora y ríe como nosotros? ¿Que es capaz de matar por aquellos a los que ama? Y creo que esta es la clave.

Adrian Wolff podía ser frío, cruel, racista, mentiroso, cínico, arrogante, podía usar sus capacidades del modo más dañino posible para quienes no fueran él mismo, pero para contrarrestar o minimizar todo eso también debía poseer rasgos admirables, como la belleza, la inteligencia, el encanto o la inmortalidad. ¿Pero bastaría eso? ¿Bastaba eso en el doctor Lecter, en Drácula, en Darth Vader?

No. El morbo que puede despertar un ser maravilloso matando a una persona tras otra dura poco. Hace falta una característica que nos identifique con él, y encontré una que compartimos todos, que es una debilidad y una fortaleza al mismo tiempo: la capacidad de amar. El amor puede ser causante de redención para el villano o de perdición para el héroe, lo que ya puede ser una historia maravillosa. El personaje de Adrian Wolff puede ser deleznable moralmente para el lector, pero a pesar de su inmoralidad, Adrian ama a alguien y será capaz de lo que sea por ese alguien, incluso de arriesgar su propia existencia, igual que los Corleone. Como decía Guillermo de Baskerville: "Qué pacífico sería el mundo sin amor, Adso. Y que insulso."

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