jueves, 17 de marzo de 2011

Para Japón, con todo mi cariño

VALOR

El muchacho recuperó la consciencia lentamente, como quien despierta de un sueño profundo. Cuando por fin abrió los ojos y vio el paisaje a su alrededor deseo que todo fuera, efectivamente, un sueño.

Su pequeña aldea no era más que humo, cenizas, teas y llamas que hacían temblar la noche. Cerca de él estaban los cadáveres de vecinos, amigos... Quemados, mutilados, sangrantes.

Jinmu se levantó, tambaleándose, pero en cuanto estuvo en pie sus piernas y su cabeza fallaron y cayó al suelo, frenando el golpe con las palmas de sus manos y levantando una nube de polvo. Se quedó así, a cuatro patas, durante unos instantes, recuperándose. Sentía sus ojos lagrimear a causa del denso humo negro, que le hería también la garganta y los pulmones. Miraba el suelo ahora grisáceo que durante años había sustentado su casa, su aldea y su vida.


Entonces oyó risas y voces atravesando ese humo negro que le dañaba; casi parecía que el propio humo se burlaba de él y de su desgracia, pero no era así. "Los bandidos" pensó. "No se han marchado".

-¡Niño! -Le gritó una voz ronca-. Deberías estar muerto, te evitarías esto, ¿eh?

Jinmu vio que el hombre que le hablaba era alto y corpulento. Vestía una basta tela negra con piezas de metal que le protegían las piernas y los brazos. Tenía dos espadas en la cintura, pero lo más aterrador era el casco que llevaba, pero no por su aspecto imponente, con una gran visera, tres crestas y una gran protección sobre el cuello, sino porque no le correspondía llevarlo: era un casco de samurái.

-¿Qué pasa, niño? -Le preguntó el bandido mientras otros se aproximaban adivinando el espectáculo-. ¿Te gusta mi kabuto? Se lo arrebaté a un viejo que no quiso dejarme cruzar un puente. Dijo que yo tenía que dejarle pasar primero, ¡y Susanowo no deja pasar a nadie!

Jinmu miraba fijamente a Susanowo.

-¡No me mires así, niño! -Le gritó-. ¿O estás pidiéndome que te mate? ¿Quieres reunirte ya con los tuyos? ¿Con tus padres? ¿Con tus abuelos, con tus hermanos y hermanas?

Lentamente, Jinmu volvió a incorporarse. Aún temblando logró permanecer de pie, y se dio cuenta de que Susanowo no era tan alto.

-¡Vaya, no eres tan niño, eh? -Y le golpeó con el puño en la cara-. O tal vez sí -se mofó cuando Jinmu cayó de nuevo.

Pero éste alzó la cabeza para mirar al bandido, escupió la sangre que inundaba su boca, pensó en su padre, en su madre, en su abuela y en su hermana, y volvió a levantarse. Nada más hacerlo Susanowo le golpeó otra vez, esta vez en la mejilla derecha, y Jinmu quedó nuevamente postrado en el suelo.

-¿Es que estás sordo, niño? -Preguntaba el bandido, irritado-. Quédate ahí y tu muerte será rápida. Estos estúpidos aldeanos no saben obedecer -dijo a sus hombres, que le animaban sonrientes y burlones.

-No confundas miedo con obediencia -dijo Jinmu sacudiéndose la ceniza de las manos.

Susanawo dejó traslucir su asombro a través de su casco. Sus seguidores enmudecieron.

-Voy a matarte ahora mismo, niño -anunció finalmente con tono grave y frío-. Como a un perro.

-Si lo haces nunca sabrás dónde está el collar de mi madre -le advirtió el muchacho en voz baja.

El bandido, que estaba desenvainando una de sus espadas, detuvo su movimiento y, con media hoja rielando fuera de la vaina, meditó sobre las palabras que había escuchado.

-Hemos registrado toda la aldea y ya tenemos todo lo que había de valor -afirmó sin mirarle-. Ese truco no va a salvarte la vida.

-¿Entonces has encontrado el collar de jade con forma de lágrima, tan verde como el mar que baña nuestras costas?

Susanowo escrutó a Jinmu durante largo rato, sopesando su pregunta para intentar descubrir si era sincera. Estaba acostumbrado a que sus víctimas se inventaran tesoros para retrasar la ejecución. Al poco observó a sus hombres, interrogándolos en silencio. Todos ellos fueron negando con la cabeza, mostrando que ninguno había hallado un collar como aquel, que podía valer el triple de cuanto sí habían saqueado.

-Levanta -ordenó Susanowo.

Jinmu se puso en pie, y el bandido le golpeó en el estómago, dejándolo sin respiración, temblando y doblado sobre sí mismo.

-Si me mientes sufrirás este dolor durante siete días y siete noches -le amenazó-. Mis hombres se turnarán, del más débil al más fuerte, hasta que me ruegues que te quite la vida.

El muchacho luchaba por volver a respirar, pero oía en la lejanía la advertencia del bandido. Transcurridos unos instantes, Jinmu se irguió, se dio la vuelta y le hizo un gesto a Susanowo para que le siguiera. El horizonte ya clareaba, y vio con más nitidez lo que quedaba de su querida aldea. No necesitaba la vista para llegar hasta su casa, y hubiera preferido no tenerla, pues de ella sólo quedaban maderos calcinados. No obstante, los sorteó con cuidado de no quemarse hasta llegar a un lugar en el centro donde había un par de tatamis casi consumidos. Jinmu tropezó con uno de los pilares, cayéndose con estruendo sobre unos cuencos y platos. Aparentemente avergonzado por su torpeza, gateó para llegar a un tatami y lo apartó.

Susanowo lo seguía entre curioso y divertido, pero cuando vio que levantaba una madera del suelo y metía la mano abrió mucho los ojos y la boca, anticipándose al hallazgo. Jinmu alzó entonces un precioso collar verde, que resplandeció con los primeros rayos del sol.

El bandido avanzó ansioso para cogerlo, momento en el que Jinmu levantó un plato que, a modo de espejo, reflejó la luz del amanecer y cegó a Susanowo. Éste apartó la vista y profirió un aullido de dolor y de sorpresa mientras se tapaba los ojos con una mano y estiraba la otra como si el tacto pudiera reemplazar temporalmente su sentido perdido.

Jinmu aprovechó la oportunidad para gatear por la estancia y revolver el suelo y las cenizas en busca del gran cuchillo de cazar de su padre. Jinmu rezó por encontrarlo mientras Susanowo seguía dando vueltas y vociferando ante las risotadas de sus hombres, que contemplaban la escena.

Al fin, Susanowo se apartó la mano de los ojos, que no dejaban de bizquear y parpadear buscando a Jinmu. En el mismo instante en que lo vio sintió un golpe en su pecho: el mango de madera de un cuchillo sobresalía de él. Sus ojos dejaron de bizquear y parpadear, quedándose muy abiertos.

El cuerpo sin vida del bandido se desplomó levantando una gran polvareda y Jinmu, muy tranquilo, se agachó, desató la cuerda del casco de Susanowo, lo cogió y se lo colocó sobre su cabeza. Luego extrajo la hoja del cuerpo caído y señaló con él a su asombrado público.

-¡Soy Jinmu, el que ha derrotado a Susanowo! -Exclamó-. ¡Él ya no manda aquí! ¡No os manda a vosotros y tampoco a mí! ¡No os tengo miedo y mataré al que se acerque!

Los hombres seguían callados, intercambiando miradas. Aquel niño ya no parecía tan niño. Uno a uno los bandidos fueron desapareciendo entre el denso humo negro que, poco a poco, abandonaba la aldea empujado por la luz del sol.

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