viernes, 6 de mayo de 2011

El antagonista, ¿cómo hacerlo?

Hacia el final de una entrada anterior ya anticipaba el papel fundamental del antagonista en las obras de ficción (lo que no significa que siempre tenga que existir, al menos como entidad). Aunque estamos acostumbrados a entender que este personaje se caracteriza por ser lo contrario al protagonista, la verdad es que resulta más correcto definirlo como quien se opone a aquél en la trama; no hace falta que sea lo opuesto, sino que basta con que actúe en oposición. Yo pienso en él como el adversario.


Hace muchos años, sobre todo a partir de la II Guerra Mundial, el antagonista ayudó a reforzar una concepción maniquea del mundo, dividido en los buenos (nosotros) y los malos (los demás). Para facilitar esa visión se presentaba al otro, al malo, como un opuesto deformado, de modo que para el mundo occidental, el antagonista era un tío feo, bajito, gordo (muchas veces de una raza distinta a la "blanca"), desagradable, cruel, estúpido, inmoral... se pueden añadir todos los apelativos negativos que uno conozca. Ese modelo contribuía a no preguntar cómo era realmente el otro, a no cuestionarse que tuviera nuestras mismas fortalezas y nuestras mismas debilidades; era el antagonista, el enemigo, un monigote que representaba todo aquello que no nos gustaba y ponía en peligro nuestra forma de vida.

Este tipo de personaje triunfó muchísimo en las novelas pulp de la época, en los cómics y, en general, en todo lo que llamamos "cultura popular". Era el villano, puesto que entonces era inconcebible que el antagonista no fuera malvado y luchara contra el héroe. El pobre perdía siempre, para alivio de la sociedad biempensante.

Usureros, terratenientes, científicos locos, magos, genios criminales, madrastras, nazis, alienígenas, robots, comunistas... la lista de estereotipos (o meras etiquetas, puesto que la esencia era siempre la misma) que se deleitaba haciendo el mal por el mal es larga, pero en algún momento la cosa cambió, y los creadores empezaron a construir antagonistas que no eran malvados porque sí, y a veces ni siquiera lo eran; empezaron a proporcionarles motivaciones reales, rasgos diferenciadores, cualidades positivas, familia... El antagonista dejaba de ser un simple obstáculo del héroe en la narración, sin interés en sí mismo, y se convertía en algo más profundo, más tridimensional. Tanto es así que, en no pocas ocasiones, el antagonista tenía más interés que el héroe, y algunos empezamos a desear, leyendo una novela o viendo una película, que fuera el "malo" quien saliera vencedor porque nos identificábamos más con él que con el salvador del mundo/sociedad/colegio/Capitolio/loquefuera.

Por tanto, está claro que resulta más atractivo para el lector/espectador y más retador (y satisfactorio) para el creador dar con un antagonista complejo, un antagonista digno del héroe, porque es precisamente ese otro, ese enemigo, quien constituirá la unidad de medida de aquél. Dicho en román paladino: el protagonista será tan bueno como lo sea su antagonista, que es quien le plantea las dificultades, quien intenta que no logre su objetivo, que pierda en el conflicto planteado en la trama. Es el opuesto, el negativo de la foto. Holmes alcanza todo su potencial cuando se enfrenta con Moriarty, Conan se engrandece en su lucha perpetua contra Toth Amon, la Compañía del Anillo no sería nada sin Sauron, Hamlet habría vivido muchísimo mejor si no fuera por Claudio, y qué decir de Charles Xavier y Erik Lensherr, por no hablar de Peter Pan y el capitán Garfio... 

Yo recomiendo poner tanto mimo en la creación del antagonista como en la del protagonista. Dotar a ambos de motivaciones, de amistades, de fortalezas y debilidades, incluso complementarias. Un fantástico ejemplo de esto, aunque no es literario, es la película "El protegido" ("The unbreakeable" en inglés, con más sentido). Un truco es pensar que el primero podría haber ocupado el papel del segundo, pero en algún momento de su historia cogió el camino equivocado, o algo le obligó a cogerlo. Quizá una desgracia familiar, un maestro inadecuado, un accidente... Hay muchas opciones. Ahora, en época de crisis, un revés financiero podría llevar a un brillante y joven economista a tratar de enriquecerse a toda costa, tal vez a imitar a Madoff, que ha resultado un villano para millones de personas, pero que antes de destaparse el pastel fue el héroe de sus familiares, amigos y clientes.

No hay que olvidar que el campeón de unos es el tirano de otros. Que uno y otro puedan confundirse en una historia es garantía de que se ha creado un gran antagonista.

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