jueves, 23 de junio de 2011

Ningún hombre es una isla: los secundarios

Habiendo escrito ya sobre el protagonista, el antagonista, el compañero, la documentación y la trama sólo era cuestión de tiempo dedicarle algunas líneas a los personajes que arropan al primero y contribuyen a recordar al lector que es tan humano como él.

Una novela no puede limitarse al conflicto principal, sino que, en su afán por suspender la incredulidad, debe aportar elementos y situaciones mundanas con las que podamos identificarnos. Ni siquiera los subgéneros de fantasía o ciencia ficción se libran de la necesidad de buscar la complicidad del lector; por extraños que sean sus paisajes, artefactos o habitantes tiene que haber situaciones que resulten familiares, que vibren en el alma, que hagan al lector pensar (o incluso murmurar): yo sé lo que se siente.


Para favorecer esa conexión los secundarios ejercen un papel fundamental. En la entrada anterior escribía sobre los que tienen relación con la trama, pero no deberían ser los únicos presentes en la obra. Como reza el título de hoy, las personas vivimos rodeadas de otras y, por mucho que alguno intente negarlo, todos tenemos familiares o amigos que nos hacen la vida más agradable (paréntesis para libre uso del lector).

Así pues, el protagonista contará igualmente con padres, hermanos, amigos o novi@ que contribuirán a crear ese proceso de identificación con él. Hay que tener en cuenta que, por fascinante que sea una trama o un escenario, nada enganchará tanto a la novela como un protagonista bien construido, y nada como esos secundarios para vestirle bien, para darle carne y alma. Pero no es conveniente añadir demasiados ni dejar que todos y cada uno de ellos tenga su momento de gloria con el protagonista, ya que si interrumpen demasiado el transcurso natural de la trama el lector podría cansarse y abandonar.

Sin embargo, en algunos casos esos personajes también estarán inmersos en la línea argumental de la obra y serán piezas clave en forma de causantes del conflicto: un padre que exilia a su hijo, un hermano envidioso, una madre superprotectora… Los griegos clásicos eran maestros en estos temas, hasta el punto de que, siglos después, sus esquemas se han mantenido en la literatura y el cine. Precisamente por eso son clásicos, porque a pesar de que ya hemos llegado a la Luna, "de tal palo tal astilla" y "madre no hay más que una".

Si no queremos inmiscuir a los secundarios en la trama podemos reservarlos para los momentos de solaz de nuestro héroe o para añadirle más problemas de los que ya tiene. Un abuelo enfermo, un hermano metido en las drogas, un amigo aquejado de mal de amores… Los diálogos que mantengan son básicos para mostrar la autenticidad de la relación y, por tanto, de ellos mismos. Quizá sea en este punto donde el escritor pone más de sí mismo, donde, tras rebuscar en su alma y en sus recuerdos, pone en boca de sus personajes sentimientos y pensamientos veraces. Aquí es donde al autor se desnuda a los demás y pone a prueba ese dicho de “la belleza está en el interior”.

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