viernes, 8 de julio de 2011

El espectáculo mágico (tampoco demasiado) de "La muerta enamorada"

El pasado domingo asistí a la última función de “La muerta enamorada”, un espectáculo de magia (con un poquito de teatro) creado y ejecutado por el mago Yunke, en el teatro Alcázar de Madrid. Este título tan gótico (tomado del relato homónimo de Théophile Gautier) es toda una declaración de intenciones, puesto que el espectáculo pretende contar mediante la magia un cuento de terror inspirado en la obra de clásicos autores románticos como el propio Gautier, E.T.A. Hoffmann y, sobre todo, Edgar Allan Poe.

Se me ocurren pocas fusiones más atractivas que la de magia y terror gótico, hasta el punto de que el único autor que se me ocurre capaz de hacer sombra a los mencionados para un espectáculo parecido sería Howard Phillips Lovecraft (aunque entonces quizá fuera necesario más presupuesto). Sin embargo, el riesgo de contar con un gancho tan atractivo es que, si las expectativas no se cumplen (como así me ha ocurrido), de ese mismo gancho acaba colgando la soga alrededor del cuello del mago.


El argumento que sostiene los 75 minutos de actuación es el extraño suicidio de una mujer enamorada de un mago que la resucitará, trayendo de vuelta algo más que el espíritu de su amada, algo malvado con lo que tendrá que luchar. En el transcurso de la historia hay diferentes trucos de magia, intercalados con música y voz en off (párrafos de obras de los autores reseñados leídos e interpretados por el actor Pepe Mediavilla, doblador de Morgan Freeman) que ayuda al espectador a seguir el desarrollo de los acontecimientos. Pero hay que decir que el peso del espectáculo recae en la magia, aunque la prosa elegida, intensa y bien leída se agradece, no así la música, extractos de bandas sonoras bien conocidas (como “Drácula” o “La lista de Schindler” entre otras), cuyas transiciones están horriblemente ensambladas.

Pero la magia tampoco alcanza el nivel que esperaba, primero porque a veces no tiene absolutamente nada que ver con la historia que pretende contar (o adornar), y segundo porque parecen trucos del Magia Borrás. Esto es así en la primera media hora del espectáculo, durante la que números de sombras chinescas, cuerdas con nudos que van y vienen y mariposas volando sobre abanicos me llevaron a arrepentirme de haber pagado 30 euros (las entradas más caras) por un asiento en la sexta fila del patio de butacas (recomiendo las de palco, más elevadas y más evocadoras).

En defensa de Yunke tengo que señalar que él mismo ha declarado que no está satisfecho con los primeros 20 minutos, demasiado lentos, y que trabajará en ellos para ofrecer una versión mejorada en febrero. El problema es que no se trata sólo de una cuestión de tempo, sino de magia demasiado infantil (alguno dirá que toda la magia es infantil) y sin relación ni con el relato.

Pero, pasada esa media hora la magia destaca, al fin, sobre la escenografía, la música y la voz, imbricándose adecuadamente en el espíritu gótico de Poe y compañía: alquimia, levitaciones, decapitaciones, empalamientos y posesiones colman unas expectativas que, tras lo visto, se habían rebajado al mínimo como alternativa al cabreo absoluto y consiguiente abandono de un teatro con muchísimo encanto, decimonónico, que recomiendo visitar para sentirse en otra época por unos momentos.

Así pues, a pesar de que alguno de esos números no está ejecutado con toda la limpieza que debería, el espectáculo consigue remontar el vuelo, arrancar aplausos y, sobre todo, animar a releer los cuentos de Poe con música de fondo para dejar que sea la propia imaginación la que resucite a los muertos, muestre fantasmas en el cementerio y abra las puertas del mismísimo Infierno.

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