martes, 2 de agosto de 2011

Spider-Man Ultimate: otra muerte en la familia

Si conoces medianamente el mundo de los cómics reconocerás el título de esta entrada como un homenaje a una de las defunciones más importantes (y duraderas) del noveno arte. "Una muerte en la familia" es el nombre de la mini-saga de Batman en la que moría el Robin encarnado por el problemático Jason Todd. Aquel desenlace fue increíblemente polémico, ya que fueron los propios lectores quienes decidieron con su voto telefónico si el compañero del Caballero Oscuro sobrevivía o perecía a manos del Joker.


Dicho sistema fue un acierto para unos y una monstruosidad para otros, una especie de macabro antecedente del método de salvación por SMS de muchos concursos actuales. Ahora que lo pienso, si las televisiones/productoras adoptaran el modelo expeditivo de DC Comics nos ahorraríamos muchas horas lamentables de caja tonta. Pero en fin, la vida es un bien maravilloso al que todos tenemos derecho...

El caso es que dicho sistema no volvió a repetirse, por lo que la muerte de un personaje clave en los cómics siguió decidiéndose en los despachos de la editorial correspondiente. Sin embargo el daño ya estaba hecho, porque, a mi juicio, los lectores y por extensión las ventas adquirieron más peso que el guionista de turno a la hora de inclinar la balanza de la vida y la muerte. A partir de ese momento los iconos del tebeo yanqui ya no estaban a salvo, porque si las ventas descendían el equipo creativo contaba con un recurso impensable hasta entonces para subir su popularidad: matarlo. Antes había que crear un enemigo nuevo y más mortífero, cambiar de traje al héroe, inventarle una novia, un pariente o un oscuro secreto, lo que no garantizaba el éxito. Pero la muerte... ah, dulce muerte, reposo de los héroes, hogar definitivo de Hércules, de Aquiles, de Lancelot, de Billy el Niño, de Sherlock Holmes... ¿Definitivo?

Pero cuando un personaje consigue fama mundial y se convierte en icono su muerte pasa a ser un acontecimiento extraordinario y global. Hasta la gente que no lee cómics conoce a Superman, Batman, Spider-Man, el Capitán América y algunos más. Todos ellos han palmado ya al menos una vez, y cada vez que lo han hecho han salido en los periódicos, pero no en el Daily Planet o el Daily Bugle, sino en el New York Times, en Le Monde o en El País.


El cadáver más reciente es el de Spider-Man, pero en su versión Ultimate, un universo paralelo al tradicional de Marvel Comics, que lo creó con la intención de captar nuevos lectores que no conocieran los años y años de historietas que sus personajes llevaban a cuestas. Esto es, un chaval de 15 años sabe quién es Spider-Man, pero ignorará los detalles de su origen, cuáles son todos sus enemigos, por qué está casado o qué trabajos ha tenido, ya que el personaje nació en 1963 y, aunque el mundo de los cómics evoluciona más lentamente que el real (si no el arácnido tendría ya más de sesenta), algo evoluciona.

Ahora bien, ¿se puede dejar muerto un icono? ¿De qué viviría entonces la editorial? La fiebre de las muertes implicó necesariamente la fiebre de las resurrecciones, de modo que todos y cada uno de los personajes señalados también han acabado volviendo a la vida, lo que también suele acarrear ventas masivas. Ya me imagino a los redactores de los periódicos ficticios citados preguntando a su redactor jefe: "Oye, Perry, Superman se ha muerto de nuevo. ¿Lo sacamos en primera plana o esperamos a que resucite para contarlo todo? Es que con la cumbre de la ONU vamos un poco justos de espacio."

En la década de los 90 este estratagema de ventas alcanzó el paroxismo, y no había mes que los lectores de tebeos no encontráramos un fiambre entre sus páginas. Aquello olía mal, tanto que el recurso acabó cansando porque, además, las muertes no siempre encajaban bien con las tramas (y las resurrecciones menos), de modo que podían leerse óbitos completamente innecesarios. De contarse historias "más grandes que la vida" pasaron a narrarse patochadas de la muerte. Los cómics son terreno de lo fantástico, pero la muerte siempre había sido un límite preciso e insalvable. Si había algo que los tebeos tomaban y respetaban de la realidad cotidiana era eso. Cuando esa última barrera cayó se rompieron todas las reglas y se perdió toda la coherencia. Apareció, de manera casi visible, la mano del guionista, del editor y del mercado, tirando de los hilos de los personajes. Y no hay nada más dañino para la credibilidad de un héroe, más aún de un superhéroe, que bailar al son de personas normales y corrientes.

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