jueves, 15 de septiembre de 2011

"El espía que surgió del frío", una historia con mayúsculas

El título de la entrada viene a santo de que, aunque se trata de una novela de ficción, el trasfondo es Historia de la que se estudia (o de la que se vive). El autor de "El espía que surgió del frío", John le Carré (pseudónimo de David John Moore Cornwell), fue monje antes que fraile, esto es: trabajó como espía antes de escribir sobre espías. Así que conocía ese mundo de primera mano, como también conocía la época en que se desarrolla la acción de la novela, porque es la misma que estaba viviendo. Pero ahora que lo pienso despacio, quizá esta obra no sea ficción; quizá Le Carré vivió realmente una historia parecida, o se la contaron. Qué coño, seguro que en un universo paralelo es novela histórica, y en el nuestro los profesores deberían recomendarla para ilustrar el periodo de la Guerra Fría, más concretamente, la que se libraba en Berlín.


Se publicó por primera vez en 1963, y gustó a público y a crítica, tanto que la novela de espías dejo de ser un subgénero denostado, pulp o como quiera uno llamar a esa literatura indigna de los paladares selectos (comercial, dirían hoy). No es una novela larga, lo que agradezco, pero tiene de todo. Bueno, de todo no: alegría no hay, ninguna, pero compensa esa ausencia con una doble dosis de drama y de pesimismo. Una obra que pretende ser realista no puede contener chistes cuando explica un oficio y un tiempo como aquellos, con el mundo dividido literalmente por un muro plantado en mitad de una ciudad, y a cada lado de ese mundo una ideología diferente, justificando un sistema económico diferente, temerosa de que la otra le robara terreno, y con ello personas, y con ello recursos. Le Carré habla de todo eso por boca de sus personajes, que casi ni ven ese paisaje, ese bosque, porque lo suyo es ver los árboles que tienen delante.

Al protagonista, Alec Leamas, un espía británico curtido, cincuentón pero deseoso de seguir como agente de campo en vez de como oficinista, le llega el turno de abandonar el trabajo en Berlín... o no. Le Carré es muy hábil engañando al lector, tanto como engañando al protagonista, porque no debo de andar muy equivocado si afirmo que la única constante en el espionaje es el engaño. Por muy protagonista que sea, el señor Leamas no es más que un peón en manos de jugadores cuyo tablero es un mapamundi, y el gran acierto de la novela es, precisamente, que al contarse desde el punto de vista del peón nunca sabemos cuál es la verdadera estrategia. Vemos que el peón se mueve, que se come otra pieza, que le bloquea un caballo... Pero sólo al final de la partida entendemos qué ha ocurrido con las demás piezas y quién ha ganado.

El autor también es un maestro describiendo personajes, seres humanos con fortalezas y debilidades. Y que nadie espere un agente perfecto, como tampoco lo es el James Bond de otro fraile que antes fue monje, Ian Fleming. La pátina de glamour se la dio el cine, que convirtió en galán a un hijo de puta (es lo que tiene oler a franquicia, cosa que no le pasó a los espías de Le Carré). Leamas no llega al nivel de frialdad y cinismo de Bond, y quizá por eso pase lo que pasa. Tampoco parece ser demasiado listo, porque mientras Bond goza de una autonomía superlativa, a Leamas le falta iniciativa y le sobra lealtad; esa lealtad que caracteriza a los estúpidos o a los que prefieren no cuestionarla porque saben que descubrirían cosas que les harían desertar. Es un soldado, un peón, un pobre diablo a través de cuyos ojos leemos un mundo pasado, neblinoso y bipolar donde el fin justifica los medios. Y John le Carré lo muestra con crudeza, con un estilo directo, llano, y con un final apoteósico que te deja un minuto con la vista muerta en la última frase.

Trama: ****
Emotividad: ***
Lenguaje: ***

5 comentarios:

  1. No me gustan los libros donde en sus portadas el nombre del escritor es mas grande que el título de la novela.

    Dime tocapelotas, pero es que me repatean los ególatras.

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  2. Ten en cuenta una cosa: la mayoría de las veces ese tema lo decide la editorial, no el autor. Y normalmente lo aplican cuando el autor(a) ya es muy conocido, cuando ya es una marca famosa, digamos. Si ves el rótulo "Colgate" o "Porsche" ya sabes lo que son, no te hace falta que también ponga "pasta de dientes" o "deportivos".
    Y en este caso te aseguro que hay otras ediciones en las que "John le Carré" está escrito con letras más pequeñas que las del título. No castigues esta novela por eso, en serio.

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  3. Ya lo sé, soy un tipo lleno de prejuicios idiotas. Aunque entiendo que tienes razón y muchas veces no es cosa del autor.
    No juzgo la novela por eso. Únicamente es un dato más a tener en cuenta. Si algún día me publican les exigiré que mi nombre sea mas pequeño que el título.

    Hablando de prejuicios. ¿Te he hablado nunca de la regla del 25?
    http://zervio.blogspot.com/2011/01/la-regla-del-25.html

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  4. Zervio, puede que algún día te recuerde esto de poner tu nombre en pequeño ;)
    He leído lo del 25; no es mala regla, la verdad. Es cierto que te perderás cosas, pero probablemente también leerás más.

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  5. Ojalá me lo puedas recordar. Estoy enfrascado en un proyecto de sci-fi en el cual estoy dedicando muchas ilusiones. Aunque no me considero un buen escritor (¿se puede decir "escritor" a estas horas?...), me gusta el resultado.
    Solo espero que le guste a alguien. Y si no al menos me quedará la experiéncia...

    En fin, no te rayo más. Me apunto a la lista "El espia que surgió del frío". Esa temática conspiranoica me es interesante.

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