martes, 20 de septiembre de 2011

El ritmo en la narración, ¿eres de blues o de rock?

Saber imprimir ritmo a una narración es un conocimiento valiosísimo necesitado de práctica y de talento; no digo que yo lo tenga, sólo que me parece imprescindible. Poseerlo permite hacer cosas bellísimas, como imitar con palabras el flujo de un río, la caída de la nieve o la cadencia de los truenos en una tormenta (y otras cosas). Aquí puede percibirse claramente que el lenguaje no son sólo palabras, como la música no son sólo notas. Su disposición, su ensamblaje y su sonido imprimen ritmo al discurso (por esto es tan difícil traducir fielmente un texto). Leer obras originales en el propio idioma (sobre todo poesía) ayuda a identificarlo (y a reproducirlo), como también lo hace tener buen oído.


Me atrevo a decir que el ritmo de la narración y la trama son dos elementos determinantes a la hora de abandonar un libro o seguir leyéndolo hasta el final. Puedo perdonar los personajes chuscos, el lenguaje simple (o demasiado recargado), la maquetación abigarrada o al autor insoportable, pero el mal ritmo... buf. Voy a ponerme lírico en vez de erótico diciendo que es como bailar con alguien que te pisa constantemente: aguantas uno y ya.

Claro que también me atrevo a decir que conseguir un buen ritmo es una de las cosas más difíciles que hay a la hora de escribir, precisamente porque requiere un buen dominio del lenguaje y de la estructuración, siendo el primero la argamasa (y los ladrillos) del segundo. La trama es, en mi opinión, el armazón que nos ayudará a decidir qué partes o capítulos tendrán que ser más lentos y cuáles más rápidos. Si, por ejemplo, tenemos pensado que el protagonista va a rememorar un momento apacible de su infancia optaremos por un ritmo lento, mientras que si queremos reseñar sus actividades banales o una juventud intrascendente optaremos por uno más rápido.

Para conseguir el primero pueden emplearse reflexiones, enumeraciones y descripciones detalladas, con frases largas llenas de adjetivos, subordinadas, adverbios... La clave es ralentizar la acción o detenerla completamente. Imagina que le haces una foto a la escena que tienes en mente o que quieres contarla a cámara lenta. Tener un vocabulario extenso contribuirá a no repetirse para no aburrir al lector, así como recurrir a sinónimos que alarguen las frases y bajen el tempo. Por ejemplo: "el tren se acercaba vomitando un humo plúmbeo, espeso, denso como nubes de tormenta."

La figura del narrador suele cobrar en este caso un papel dominante, puesto que es quien cuenta la historia, aunque los personajes pueden contribuir directamente con sus diálogos. Sin son cortos aceleran la lectura y son fantásticos como preludio a un enfrentamiento. Si son largos, explicativos, será casi como si el tiempo se detuviera, y son muy adecuados para escenas románticas "clásicas", nada del aquí te pillo aquí te mato. Pero esto no son mandamientos, sino recomendaciones generales.

Conseguir un ritmo lento es relativamente más sencillo: cualquiera que escriba con cierta frecuencia se habrá dado cuenta de que es más fácil acortar un texto que alargarlo. Pero lograr ese ritmo no será siempre cuestión de quitar palabras (resumen) o historia (elipsis), sino también de dominio del lenguaje para poder expresar algo con términos cortos o dar sensación de velocidad mediante la puntuación adecuada. Por ejemplo, en un duelo de espadas: "Nuestro héroe midió al bandido con ojo experto. Desenvainó el sable, fintó a derecha, giró muñeca y embistió de frente. El otro sintió el acero, retrocedió un paso y avanzó dos; lanzó estocada que atravesó capa, pero no carne. Detuvo un lance, esquivó un segundo y sintió un tercero. Su vida fluyó por el tajo abierto del costado, sangre y aire desparramándose sobre el camino junto con un último aliento maldiciendo a su enemigo: 'al Infierno". Las pausas cortas en este caso reproducen (o lo intentan) el ritmo de la lucha, el cruce de espadas: tocar, parar, tocar, parar... y exhalar.

Como en la esgrima, como con casi todo, es cuestión de practicar, practicar y practicar.

6 comentarios:

  1. Mmmm... Creo que soy una mezcla, pero en general me gusta el ritmo agil y contundente, que diga algo sin explayarse innecesariamente. Escribo novelas y periodisticamente. Me encuentras en la seccion de Ideas Latinas de www.contacto-latino.com Eres bienvenido a escribir en nuestra seccion Voces. Me gusto mucho el nombre de tu blog. Saludos!

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  2. A mí me pasa igual, Ani; creo que hay capítulos que requieren un tempo pausado y otros uno más rápido. de hecho, creo que conjugar ambos en una obra (aunque uno predomine sobre el otro) contribuye a sorprender al lector y a que no se aburra.

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  3. Hola, creo que en los buenos escritores el ritmo lo crean espontaneamente, eso que llamamos estilo.
    Este texto de Cortazar en Rayuela, me parece rebuscado y nada entendible aunque sea muy ritmico. Ya comienza con amalaba el noema, creo que es un acto de autentica noesis.
    Como en el fragmento: "El tren se acercaba vomitando un humo plúmbeo, espeso, denso como nubes de tormenta."
    En mi opinión sobra el demostrativo plúmbeo, ya que lo especifica en espeso, denso como nubes de tormenta. Esto al menos era lo que me enseñaban en el taller de literatura. A huir de la afectación y el rebuscamiento.
    Gracias, volveré a buscar cosas interesantes para la narración.
    Saludos cordiales

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  4. Muy probablemente los buenos lleguen a lograr el ritmo adecuado de manera espontánea, pero para lograrlo habrán tenido primero que leer y escribir mucho. Desde luego que existe el talento innato, pero necesita de práctica para desarrollarse (es mi teoría, claro).
    Yo sí entiendo a qué se refiere Cortázar en su texto, casi sólo por el ritmo, pero es posible que haya más interpretaciones.
    Y en el ejemplo del tren, claro que sobraría el adjetivo (que no es un demostrativo, sino un especificativo), a no ser que quiera dar un ritmo lento a la escena, alargando a propósito la descripción de su llegada para que el lector sienta cómo se va acercando a él.
    Un saludo.

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  5. Hola, Iván. Muy interesante la entrada y explicativa la metáfora de la esgrima.
    En materia de párrafos largos y "plúmbeos" o cortos y dinámicos, en la vida hay tantos y diversos ritmos, no sólo abundan los infartos, también existen otras enfermedades crónicas.
    Quizás es la frase lo que debemos cultivar. Que al menos en cada página haya una perla que colectar.

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  6. Pues hablando metafóricamente, si las palabras son los ladrillos de cualquier narración, las frases serían los muros, Así que, ciertamente, ningún edificio se sostiene sin unos muros en condiciones. Al menos los de carga.

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