viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Dónde leemos determina qué leemos?

Es posible que al leer el título hayas llegado a la conclusión de que finalmente he perdido la cabeza. Déjame convencerte de que no es así.

Empezaré contándote que esta entrada viene al hilo de un dato que me comentó un gurú de los ebooks (sí, ya los hay, yo estoy a ver si me convierto en uno) sobre el menor índice de retención de contenido cuando se lee en pantalla a cuando se hace en papel. La trampa oculta en esta afirmación (basada en un estudio relativamente serio) es que se basa en la lectura en todo tipo de pantallas (de smartphones, de ereaders, de tablets y de ordenadores). Yo no tengo tablet, pero puedo asegurar (y tú también) que, efectivamente, no tengo la misma actitud, ni la misma concentración, ni el mismo tiempo cuando leo en papel que cuando leo en el monitor, porque leer en esto último se ha convertido en el equivalente a escuchar la radio mientras haces otra cosa; es algo secundario. Además, lo que se lee en ordenador suele ser algo sacado de Internet, por lo que es normal que haya un enlace a otro documento, o un banner, o ya tienes otras tres pestañas abiertas con otros documentos distintos, o estás en el trabajo y sólo te has "despistado" un segundo para leer una cosita... Bien, el caso es que leer así resulta más parecido a picotear que a leer de verdad. No hablemos ya de leer en un móvil, que requiere un esfuerzo imposible de mantener durante más de unos minutos si quieres conservar la vista.


Pero esto que pasa con los soportes ocurre también con el lugar. Ya he hecho referencia a "leer" en el trabajo, ¿pero qué pasa cuando estás en el tigre? En este caso yo he acuñado el término "lectura de váter", cuya variedad incluye revistas, tebeos, periódicos o folletos del MediaMarkt. Nada que exija una gran concentración para no desperdiciar energías en la labor principal, y nada que lamentemos perder en caso de emergencia higiénica.

Los contenidos que suelen leerse en el Metro (o en otro transporte público) son algo más profundos, pero no demasiado, también por la dificultad para concentrarse o sumergirse en la lectura. Los vagones son territorio tradicional de best-sellers, de novelas de acción, de misterio, de romance... Ni de hondas reflexiones ni de lenguaje enrevesado o muy literario, no sea que te pases la parada.

Y por fin llegamos a mi lugar favorito: el hogar. La lectura en casa, en el sillón favorito, con una bebida y música no muy alta, es un placer que puede degustarse tranquilamente, paladeando cada página, releyendo esa frase maravillosa o esa metáfora que no has entendido a la primera. Incluso subrayando (¡brrrr!), anotando (¡doble brrr!) o doblando esquinitas (esto lo tolero). Cosas que, por cierto, pueden hacerse con un ereader sin estropear el documento. Aquí se vive una experiencia de lectura plena (en una biblioteca también, más o menos).

Total, que no es tontería que el lugar en el que vamos a leer nos haga decantarnos por una lectura o por otra, y puedo garantizar que no va a sabernos igual un libro leído en un sitio que en otro. Dicho en plata: los documentos sobre esta crisis de mierda resérvalos para el excusado, La vuelta al mundo en 80 días déjala para el bus y En busca del tiempo perdido guárdalo para el sofá. Cada cosa en su sitio.

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