sábado, 29 de enero de 2011

El descanso de los justos: reposar el manuscrito

Existe una norma no escrita, como suelen ocurrir con las buenas normas, que dice que una novela recién terminada debe pasar un periodo de reposo olvidada en algún rincón del escritorio, y yo añadiría que también del corazón del escritor.

No es fácil cumplir esta regla, al menos, cuando uno empieza en este oficio, porque el primer deseo del autor, reconocido o no, es dar su obra a otros para que la lean y la alaben, como corresponde a personas queridas. Lo niegue quien lo niegue, hay una importante necesidad de reconocimiento en quienes escribimos. Pero algunos ni siquiera esperarán a esas primeras críticas lisonjeras y no profesionales y se lanzarán directamente a buscar editores que se queden impresionados con el talento y el buen hacer de ese escritor novel, cuya obra publicarán inmediatamente para goce de propios y extraños.

Algo así ocurre en la siempre imaginativa mente del autor bisoño, cuyo sentido de la autocrítica está empañado por el comprensible y aplaudible entusiasmo gracias al cual ha llenado páginas y páginas durante días sin más recompensa a corto plazo que la satisfacción de haber realizado una de esas tres tareas que, dicen, tenemos que cumplir los seres humanos antes de morir.

No digo que no exista la posibilidad de que una novela con la tinta aún caliente sea una maravilla digna de vender 100.000 ejemplares. Pero, desde mi experiencia, sí afirmo que una novela quedará mejor si se olvida unos meses en un cajón y se relee pasado ese tiempo. Es lo que me ha ocurrido con "Cuando cae la noche I", hasta el punto de añadir este décimo capítulo.

Mientras escribimos estamos tan inmersos en la historia y conocemos tan bien a sus personajes que no necesitamos leer lo escrito para saber qué va a ocurrir en la trama y por qué. Es decir: leemos como autor, y no como lector. Este último sabe mucho menos que el primero acerca de cuanto acontece en la novela; sólo sabe lo que está leyendo. De ahí que, al retomar el manuscrito meses después, el autor se meta en el pellejo del lector y pueda encontrar incongruencias en la trama o añorar datos que daba por supuestos como dios absoluto del universo inventado de su obra.
Hay otra razón para abandonar temporalmente una creación, aunque es peligrosa: el tiempo suele proporcionar recursos y experiencia que enriquecen, y que pueden aplicarse a lo escrito. Nuevos puntos de vista, mejor vocabulario... el peligro es no saber parar la espera. Aprender es un proceso que dura toda la vida, así pues, ¿cuándo arriesgarse a dejar de plasmar lo aprendido en la novela? ¿Cuándo decidir que ya no puede mejorarse más? ¿Cuándo saco el bollo del horno? Yo no lo sé, aunque soy consciente de que la novela que voy colgando aquí semana tras semana y capítulo tras capítulo mejoraría si la reescribiera dentro de un año, o de cinco o de diez.


Quizá sólo sea cuestión de suerte terminar definitivamente una obra en el momento adecuado, aunque no lo creo. Es algo intangible, indescriptible e indeterminado lo que lleva a un creador a darse por satisfecho con su creación. Cuentan que cuando Miguel Ángel acabó de esculpir su "Moisés" lo contempló y le dijo "¡Habla!", porque era lo único que le faltaba a su estatua para parecer humana. Paradójicamente, es el espectador el que enmudece sobrecogido al plantarse frente a esta obra de arte.

Espero que un día no muy lejano tenga la seguridad de poder decirle a una novela mía: ¡publícate!

miércoles, 26 de enero de 2011

El diálogo (comentarios a "Cuando cae la noche I")

-¿Usted no nada nada?
-Es que no traje traje.

No he podido evitar rememorar este viejo chiste para comenzar esta entrada sobre uno de los aspectos más complicados (de hacer bien) de una novela: el diálogo. Quien considere que se trata simplemente de un intercambio de frases precedidas de rayas debería probar a reproducir en papel alguna conversación breve que haya mantenido con alguien y dárselo a leer a otra persona. Es muy probable que no se entere de nada.

El primer borrador de "Cuando cae la noche I, Ascensión" comenzaba con un diálogo. Quizá por influencia del cine o del cómic siempre me ha parecido una buena forma de empezar una narración, porque coloca al espectador/lector delante de la acción y de los personajes de la obra. Posteriormente cambié de idea en favor de una descripción tradicional de la acción y del lugar, no sé muy bien por qué, la verdad. Me da la sensación de que entre los críticos y los lectores el diálogo es una especie de mal menor en la novela, un intruso que viene a romper el ritmo solemne y cadencioso del discurso del narrador.


Sin embargo, a mí me parece un recurso fundamental para dar vida y frescura a la novela y a sus personajes, y creo que el buen escritor tanto debe saber narrar bien como hacer diálogos naturales que retraten a aquellos fielmente. Esto último demuestra la complejidad de los mismos, y la capacidad del escritor para mostrarla al lector sin recurrir a la descripción. Es decir, pongamos que un protagonista es dinámico, atractivo e inteligente (vaya, he vuelto a ponerme de ejemplo), ¿cómo hablaría? ¿Cómo hacer ver al lector que el personaje es así, sin decirle que es así? Respuesta: interpretándolo y plasmando en el papel dicha interpretación.

Pero lo primero que hay que tener en cuenta para escribir un diálogo son sus reglas. Líneas independientes, rayas y guiones sirven fundamentalmente para que el lector diferencie a los interlocutores fácilmente y no se pierda, algo que puede pasar si el diálogo es largo o/y si intervienen más de dos personajes.

Dicho esto, lo realmente complicado es conseguir naturalidad y fidelidad en los diálogos. Un buen ejemplo para mí es "Cien años de soledad", donde las frases de cada personaje parecen verdaderamente suyas, resultando tan auténticas que José Arcadio y compañía parecen gente de verdad. Por el contrario, y a pesar de lo mucho que me gusta, me resulta difícil otorgar la cualidad de real a Fray Guillermo de Baskerville y sus compañeros monjes de "El nombre de la rosa", porque sus parlamentos son terriblemente extensos y rebuscados en demasiadas ocasiones: nadie habla (o hablaba) como ellos. Creo que un buen autor no puede ni debe volcar toda su erudición en sus personajes, porque no deben parecer una extensión de él mismo, sino seres independientes que hablan y actúan al margen del narrador, de manera espontánea.

Lograr esto es más fácil o más difícil cuando se trata de seres fantásticos (vampiros, elfos, fantasmas): más fácil porque no hay referentes reales en los que inspirarse, por lo que pueden representarse como cada uno quiera, y más difícil también por esto último: cada lector tendrá su versión de cómo hablan y se comportan esos seres, que coincidirá o no con la del autor. Es el problema que me encontré cuando decidí escribir la novela y que traté en una de mis primeras entradas. El veredicto, el único posible: a mí me gustan mis vampiros, a los lectores... ojalá.

Tanto en el caso de personas reales como fantásticas, la documentación puede ayudar a hacer los diálogos creíbles. Nada como ver o leer sobre policías para saber cómo hablan; lo mismo con un duque del siglo XIV o un chef del XX. Saber qué terminología emplean en sus quehaceres cotidianos contribuirá decisivamente a que ese falsificador de arte no hable como si fuera un vendedor.

Otro truco que ayuda a interpretar a los personajes para decidir su manera de interactuar con otros es cuáles son sus motivaciones y objetivos: qué quiere de la vida y de los demás y qué estaría dispuesto a hacer para lograrlo. Una de las cosas que hice al planificar la novela fue hacer una ficha de los principales personajes con estos datos, así como con sus características físicas, como se hace en teatro o cine.

Por último, si quieres escribir diálogos, recomiendo ver series, películas y teatro (leer sus guiones y tebeos también ayuda) escuchando a sus protagonistas y  atendiendo a sus expresiones para intentar describirlas, un ejercicio que sirve para escribir las frases aclaratorias que el narrador intercala en las líneas de diálogo para indicar al lector que el personaje que habla está enfadado, alegre o melancólico, por ejemplo.

-¿Te ha gustado? -preguntó el autor de la entrada esperando ansioso un comentario de su interlocutor digital.

jueves, 20 de enero de 2011

La peli "X-Men: first class", ¡retromutaciones filmicomiqueras!

No hay día que Internet y/o pirateo (a veces uno pensaría que se usan como sinónimos) no sea (o provoque) noticia. Hoy lo es porque ha servido para extender una imagen robada de la película "X-Men: first class", muy esperada por cientos de miles de fans de los ya populares X-Men (o Patrulla-X, como la conocemos en España, Hombres X en Latinoamérica). Dicha filtración ha llevado a la productora a difundir imágenes oficiales para acallar los comentarios negativos que circulaban sobre la película de Matthew Vaughn, que nos sorprendió gratamente con la gamberra y actual "Kick-Ass".
En los últimos años hemos visto que las películas de superhéroes no tienen por qué ser para niños, a pesar de que éstos (y los que les siguen en edad) se hayan convertido en el público más rentable para las productoras. La nueva saga de Batman ha sido alabada por los críticos más sesudos y los fans más acérrimos, algo que han conseguido muy pocas porque aunó una historia y una imagen adultas (muy lejos de aquella lisérgica y onomatopéyica serie de los 60). Creo que Vaughn logrará lo primero con su "First class", pero, visto lo visto en las imágenes, parece que lo segundo no.
Este grupo de superhéroes mutantes pasó a ser conocido por el gran público a través de la película "X-Men", de Bryan Singer, joven director con escasa filmografía que llamó la atención de la crítica con la sencilla, pero sorprendente, "Sospechosos habituales".

Pero los X-Men habían nacido en 1963 de la mente del prolífico guionista de cómics Stan Lee, como un grupo de adolescentes a quienes una mutación (un gen X) había conferido increíbles superpoderes. Esta creación era a las formaciones superheroicas lo que Spider-Man a los super-individuos: el máximo exponente de que tener superpoderes sólo sirve para hacerte la vida súper-difícil (osea). Los hombres X eran capaces de hazañas fuera del alcance de personas normales, pero el día a día les amargaba la existencia, porque contra la incomprensión y la envidia no hay superpoderes que valgan. Al contrario que muchos de los personajes de la histórica competidora de la editorial Marvel donde trabajaba Stan, DC Comics, las aventuras y desventuras de X-Men y compañía tenían lugar cuando iban disfrazados y cuando no. Que si mi hermano es un inútil, que si mi compañera de equipo quiere a otro, que si tengo los pies grandes, que si mi padre me odia. ¿Cómo arreglas eso lanzando rayos con los ojos?

La nueva película narrará cómo uno de esos mutantes, Charles Xavier, reunió a otros para enseñarles a enfrentarse a ese mundo sin destruirlo, y también a protegerlo de aquellos otros mutantes que pretenden conquistarlo, liderados por Erik Lensherr, amigo del primero.

Este conflicto bíblico, incluso mitológico, entre amigos que son casi hermanos no existía cuando empezaron las aventuras del grupo, sino que se desarrollaría poco a poco, a medida que las personalidades, el entorno y las relaciones de los protagonistas iban creciendo número a número y con la aportación de muchos guionistas. Esta confrontación entre formas de ver y enfrentarse a la vida nos cautivó a muchos, casi más que el elemento superheroico, a veces absolutamente descacharrante de puro ridículo. Pero la esencia era buena, era ancestral: soy poderoso y el mundo me odia, ¿le enseño a convivir conmigo o lo obligo a hacerlo bajo mi bota? ¿Acato las normas civilizadas que nos ayudan a coexistir sin matarnos o me tomo la justicia por mi mano y hago tragar sus palabras al que me ha llamado "muti de mierda"? Si tengo poder para hacer mi vida más fácil, ¿no sería natural hacerlo?
Xavier y Erik, Profesor-X y Magneto, encarnaban respectivamente esas concepciones antagónicas, asumidas o generadas por las vivencias de cada uno, marcadas las del primero por el espíritu de sacrificio y la generosidad, y por la violencia y el odio las del segundo. Un determinismo férreo los marcaba para siempre, a pesar de que alguna vez se atisbara un cambio en las psiques de uno y otro. Pero, al final, no importaba que la amistad del bueno atrajera al malo hacia la luz eventualmente o que un mundo cruel arrastrara al bueno hacia el mal: estos escarceos se producían en la vida adulta, y no tenían nada que hacer frente a las experiencias de la infancia y la adolescencia que los había convertido en lo que eran. Ya sabes: loro viejo no aprende a hablar.

Evidentemente, ambos líderes contaban con sus propias tropas y, como jóvenes que eran, tenían más propensión a los cambios en sus esquemas mentales. Pero, como buenos relatos con moraleja, en los cómics era mucho más frecuente que los esbirros malvados reconocieran sus errores y desertaran de sus propias filas para incorporarse a las de sus rivales del alma. Del mismo modo, las victorias del bando pro-convivencia eran infinitamente más numerosas y definitivas que las del pro-conquista. Sin embargo, de aquí se deriva una consecuencia que es la base de toda tragedia heroica: siempre existe un mal contra el que luchar, porque el bien gana batallas una y otra vez, pero NUNCA gana la guerra.

Esa lucha continua, ese no rendirse ni dejar de pelear aún sabiendo que poco o nada cambiará es, quizá, la principal característica del héroe, independientemente de la época que le haya tocado vivir.

viernes, 14 de enero de 2011

La importancia de la documentación (capítulo VII)

Creo que no es frecuente que, como lectores, nos demos cuenta de esta importancia en los textos no académicos. Es fácil percibir lo imprescindible de la documentación cuando leemos una tesis o un ensayo (o una biografía), pero en el caso de una novela, la documentación es como el vestuario de una película: lo ves, pero no lo valoras. Sin embargo, qué gran mejora experimentan una y otra cuando están correctamente vestidas.

Cuando hace unos años se puso de moda la llamada novela histórica, apuesto a que pocos fueron conscientes del gigantesco trabajo de "excavación" que había debajo de cada una. Creo que hay que dar las gracias a Ken Follet por sacar a relucir ese aspecto de forma evidente para todos con su "Los pilares de la Tierra", ya que, independientemente de la calidad de la narración en sí y del trabajo que acarrea en sí misma, la labor de documentación del novelista no es menos ingente, casi al contrario. Digo esto porque no es raro que, después de leer libros, revistas y periódicos sobre una época o suceso concreto para ambientar la historia que escribe, el autor encuentre una gran ayuda a la hora de desarrollar la trama y crear a los personajes. Como ejemplo reciente, y aprovechando que escribí una entrada hace poco sobre ella, se me ocurre "El asedio" de Reverte. No me cabe duda de que muchos de sus personajes están inspirados en algunos de los ejemplos reales que encontraría en su trabajo de documentación sobre nuestra Guerra de la Independencia. Dicha tarea fue tan fructífera que le sirvió para escribir no una, sino varias novelas con el mismo trasfondo que no necesitaba inventar, puesto que ha existido y ya lo han descrito otros antes.

Esta ayuda se convierte en pilar básico de la novela cuando se trata de ficción histórica (o periodística), es decir, cuando se novelan hechos reales, históricos o recientes. El primer caso que me viene a la cabeza, sin ser el único pero sí uno de los mejores, es "A sangre fría", de Truman Capote. El escritor y periodista yanqui investigó el asesinato real de una familia de Kansas sucedido en 1959 para narrarlo, así como las consecuencias posteriores, en forma de novela. Para ello, tuvo que meterse en la cabeza de los personajes reales (asesinos, víctimas y familiares), para lo que incluso se entrevistó con los reos o los policías. Por tanto, en esta novela diría que no es la documentación la que viste la narración, sino al revés: Capote narra, con su talento literario, la documentación adquirida.

Las novelas de ficción o de fantasía, como pueda ser "Cuando cae la noche", no escapan a esa labor de investigación. Al enmarcarse en ciudades reales, tuve que leer bastante sobre Berlín y Madrid para poder aportar descripciones verídicas y detalles que resulten memorables porque, a menudo, son esos detalles los que quedan en la memoria con más intensidad. Podría hacer referencia a la famosa magdalena de "En busca del tiempo perdido" de Proust, que servía para despertar toda la heptalogía precisamente por la capacidad que tienen las cosas pequeñas, los detalles, para ser recordados y hacernos recordar cosas. Un ejemplo mucho más prosaico es el de las fotos (y sus correspondientes pies) de los libros de texto que estudiaba de niño y de adolescente (y de adulto, qué coño), que se me grababan con mayor facilidad y nitidez que los propios textos. La anécdota, el detalle aparentemente insulso tiene muchísimo poder, y por eso los cuido cuando escribo. Por eso investigo las calles o los edificios de las ciudades por las que pululan mis personajes o sus ropas. Esos detalles dan cuerpo a la historia y a sus protagonistas; no hay que subestimarlos. Y te propongo un miniejercicio: la próxima vez que leas una novela de ficción busca en ella qué es lo que hace que parezca real.

Ya lo sabía el diablo...

martes, 11 de enero de 2011

¿Un mundo sin libros? II

Leo con tristeza en el boletín de Escritores.org que España ha vuelto a dejar pasar el tren del libro electrónico. El artículo es muy extenso y completo, lo que se agradece mucho, no así el contenido, que podría resumirse en esta frase: los medios para que prospere el soporte existen, la voluntad de lograrlo no.

Soy muy consciente del trabajo de los editores, cuyos esfuerzos logran una buena distribución y la visibilidad del escritor y su obra, pero tengo que censurar su actitud como responsables del escaso progreso del libro electrónico en nuestro país.


Por lo que veo y leo, el problema que ven los editores al libro electrónico (o más correctamente al lector electrónico o e-reader) como medio de difusión de novelas y resto de géneros es la piratería. El desarrollo masivo de Internet y la digitalización de todo tipo de contenidos han causado que la gente pueda acceder fácil, rápida y económicamente a dichos contenidos, ya sean películas, música o libros. Esto, que es algo maravilloso (otra cosa es la capacidad de los usuarios para filtrarlos y emplearlos) ha permitido también que una costumbre tan antigua y querida como la de prestar películas, música o libros se haya elevado a la enésima potencia. Y no nos confundamos: colgar un archivo no deja de ser una forma de compartir que, gracias a la tecnología, permite prestar a muchísima más gente que de la forma tradicional.

Es comprensible que existiendo un modo de obtener contenidos gratuitamente los productores y/o distribuidores de esos mismos contenidos quieran restringir esa capacidad masiva de prestar para no ver reducidos sus ingresos (y los de aquellos que forman parte de la industria, los trabajadores). Persiguiendo ese sistema perfecto e infalible de restricción llegaron a la anuanciadísima y esperadísima Libranda, pero nada es infalible, por lo que han vuelto a mirar al legislador para que les apoye y cree una ley ad hoc que les ampare y dificulte o prohíba "los préstamos". Dicha ley parece correr la misma suerte que el sudario que Penélope tejía y destejía anhelando la llegada de su esposo.

La consecuencia es que, temerosos de ver cómo la piratería reduce sus notables ingresos por la edición de libros (según leo les corresponde un 50% de la venta de cada ejemplar), han decidido seguir con el papel. Es comprensible, puesto que una empresa existe para ganar dinero, no para hacer caridad, ¿pero de verdad no existe una forma de proteger sus intereses sin permanecer en la edad de piedra/papel? La rueda de la Historia avanza a fuerza de aquellos que la empujan sobre los obstáculos de quienes pretenden detenerla, y éstos nunca han logrado, ni lograrán, su objetivo de forma permanente. Los editores, más que ningún otro, deberían entender esto y buscar una forma de beneficiarse de ese avance en vez de en su freno. Desde luego que la gente preferirá descargarse un libro en vez de pagar 20 euros por él, ¿pero ocurriría lo mismo si costara 10? ¿Hay estudios serios e independientes al respecto?

Es evidente que editar un libro en papel cuesta mucho dinero, ¿pero cuánto cuesta hacerlo en un formato digital? Según el artículo sólo un 10%, por lo que la reducción de los ingresos podría compensarse sobradamente con la reducción de los costes. En Estados Unidos ya lo han entendido, ¿por qué aquí no? ¿No se dan cuenta de que acabaremos comprando los libros en las tiendas de Apple, Amazon o Google? ¿No se dan cuenta de que con esa mentalidad seguiremos yendo siempre un paso (o los que sean) por detrás de quienes comprenden que hay cosas que ni pueden ni deben detenerse?

viernes, 7 de enero de 2011

"El asedio", o Moby Dick caza a Jack el Destripador

"¿Saben aquel que diu?", empezaba siempre el gran Eugenio, y empiezo así esta vez porque, a la hora de contar mis impresiones sobre "El asedio", de Pérez-Reverte, me encuentro ante la misma disyuntiva que el del chiste de "tengo dos noticias, una buena y una mala".


Creo que, en este caso, es menos dañino empezar por lo malo: la novela es larga (más de 700 páginas), está repleta de tecnicismos marineros que ralentizan la lectura (a no ser que uno sea un amante del mar y su lenguaje, en cuyo caso disfrutará como un enano) y la trama principal, si bien interesante (una suerte de transliteración hispana del Jack el Destripador inglés) no se resuelve satisfactoriamente (ojo, es mi opinión).

Siempre es bueno que un libro aporte vocabulario nuevo al lector. Conocer palabras nuevas amplía nuestros horizontes, nuestro intelecto y nuestra capacidad para expresarnos. Recuerdo todavía la lección de un profesor de filosofía que nos habló de cómo nos limita el lenguaje poniéndonos el ejemplo de los esquimales y la nieve: ellos tienen decenas de términos diferentes para describir los diferentes tipos de nieve que ven todos los días a lo largos de sus vidas: cuando cae de lado, cuando corta, cuando es suave, cuando flota, cuando tarda en derretirse, cuando es muy blanca, cuando no lo es... Nosotros, que vemos la nieve de Pascuas a Ramos nos basta el término "nieve" para hablar de ella; para los esquimales se queda pobre. Es como si nosotros le dijéramos a un amigo que hemos visto un coche chulísimo. "Coche" es demasiado general para que se haga una idea de cómo es, así que inmediatamente nos pedirá la marca, si era deportivo, potente, biplaza...

Pero cuando tenemos que recurrir al diccionario dos o tres veces por frase la cosa resulta molesta y, para no atascarnos, acabamos por prescindir de él. La consecuencia es que no podemos imaginar completamente la escena o escenas que nos describe el escritor y nos quedamos con una panorámica bastante vaga que, en este caso, se reduce generalmente a "un barco intenta dar caza (o huir) de otro sirviéndose de cañonazos". Con una edición electrónica esa búsqueda es mucho menos molesta, puesto que la mayoría (si no todos) los lectores electrónicos cuentan con un diccionario incorporado.

El error de la mala resolución de la trama es para mí el más grave, porque un final flojo o decepcionante suele destrozarme toda la obra, tanto si es una novela, como un relato o una película. El comienzo tiene que enganchar y el final tiene que rematar la faena, si no es así me quedaré con la sensación de haber perdido tiempo y dinero. Aquí el trasfondo está perfectamente logrado, igual que los personajes, la Historia no defrauda, la ficción sí.

Lo positivo de la novela es todo lo demás: ambientación, personajes, narrativa, ritmo, intensidad... La primera es tan buena (y tan realista) que uno cree estar leyendo la primera serie de los "Episodios nacionales" de Pérez Galdós. La acción transcurre en la Cádiz preconstitucional asediada por el ejército francés durante nuestra Guerra de la Independencia, y hay momentos en los que casi se puede oler la espuma del mar rompiendo contra los barcos y los arrecifes, el jerez empapar las mesas de taberna y la sangre rebosar por las heridas de cachicuernas y bayonetas.

Los personajes son la otra maravilla de "El asedio": creíbles, redondos, falibles, humanos y trágicos, como corresponde a los protagonistas de una guerra. Ayuda la cuidadosa elección de los nombres que Reverte hace en todas sus obras. En mi caso, él ha contribuido a que nombres tan españoles como Pepe, Diego o Felipe me suenen tan bien en una novela de aventuras como James, Robin o William. Gracias.

Gracias sobre todo por el personaje femenino, la "Reina" de la novela (si la has leído sabrás a qué me refiero). Siempre he sostenido que los novelistas no saben escribir personajes femeninos (o mujeres, mejor dicho), como tampoco las novelistas saben escribir personajes masculinos, más allá de niños, adolescentes o jóvenes. La Lolita de Reverte no cae en arquetipos habituales como son la tentadora, la madre o la novia, y llegó a recordarme enormemente a la Scarlett O'Hara de "Lo que el viento se llevó", de Margaret Mitchell.

El resto de personajes principales son igualmente notables, y se mueven sobre Cádiz como sus contrapartidas ajedrezísticas sobre un tablero: El Rey Tizón, los alfiles Barrull y Virués, las torres Desfosseux y Fumagal y los caballos Mojarra y, sobre todo, José Lobo, cada uno con sus peones correspondientes.

Esa identificación de Cádiz con el ajedrez es un acierto y, también, lo que conduce al error final por llevarla demasiado lejos. Todo va viento en popa hasta que se produce un giro de tuerca que fuerza la trama y su conclusión más allá de la realidad en la que navega toda la narración. Uno de los jaques me convence, el otro no. Y hasta aquí puedo leer para no destripar nada.

Concluyo: si te gusta la Historia (por cierto, yo recomendaría este libro en todos los institutos) y tienes un e-reader, "El asedio" te hará disfrutar enormemente. Caso contrario, tendrás que esforzarte por terminarla y puede que, cuando llegues al final, hasta te cabrees. Pero Lolita y Lobo lo valen.

Trama: **
Emotividad: ***
Lenguaje: ***