domingo, 27 de febrero de 2011

Cine, cine, cine, más cine por favoooor...

...que cantaba Aute. En la víspera de la entrega de los Oscars, me parecía casi obligatorio escribir sobre cine y, habiendo miles de perspectivas desde las que abordarlo, me he decantado por la más personal: el cine que me gusta.

Nuestra edad determina en buena parte el cine que vemos, puesto que, por mucho que existan los reproductores caseros, los estrenos (como la actualidad) mandan. Somos hijos de nuestro tiempo, así que somos hijos de lo que leemos, de lo que oímos y, desde luego, de lo que vemos. Por mi edad, entonces, he bebido del cine de los ochenta y de los noventa y, también por mi edad, el género que más me ha marcado de momento es el de aventuras.

Cuando somos niños y jóvenes, por nuestra escasa experiencia vital, lo que buscamos son ídolos a los que admirar. Después, ya con mayor recorrido, nos fijamos más en personas con las que identificarnos. Así pues, yo buscaba héroes, y las pantallas estaban llenas de ellos. Yo quería ser Luke Skywalker, Karate kid o Marty McFly. Quería vivir aventuras extraordinarias, tener un maestro maravilloso y ganar el corazón de la princesa porque, a esas edades, queremos princesas. Luego las cosas cambian, pero eso ya es otro tema.

Desgraciadamente, el cine fantástico no era demasiado valorado por la Academia de Cine Estadounidense, me imagino que debido a la edad de sus componentes, más proclives a apoyar personajes e historias con las que identificarse por lo que ya he comentado. Pero en las taquillas... en las taquillas ya era otra historia. Películas como "La Guerra de las galaxias", "Superman", "Regreso al futuro" o "En busca del Arca perdida" recaudaban más que ninguna pero estaban condenadas a llevarse los llamados premios técnicos (efectos especiales, de sonido, maquillaje, montaje...) mientras otras como "Toro salvaje", "En el estanque dorado" o "Memorias de África" ganaban los importantes, merecidamente, desde luego, pero siendo menos rentables.

Esto ha ido cambiando poco a poco: el cine fantástico y de aventuras fue haciéndose cada vez mayor hueco en la Academia, hasta el punto de que en 2004 la tercera parte de "El Señor de los anillos" lo ganó prácticamente todo, Oscars principales incluidos. ¿Significa esto que este tipo de cine ha mejorado o que los jurados han cambiado sus preferencias? Yo me inclino por lo segundo.

Volviendo a mis diez pelis favoritas (es imposible nombrarlas todas) y a los premios que han ganado, vea y compare con las suyas:

-El Imperio contraataca, de 1980, ganó el Oscar al mejor sonido y ni siquiera tuvo nominaciones importantes, pero yo le hubiera dado uno a Darth Vader, otro a Han Solo y otro al maestro Yoda.

-Cantando bajo la lluvia, de 1952, no ganó ningún Oscar, pero tiene, para mí, una de las diez mejores escenas de todos los tiempos. Es imposible que Gene Kelly cantando y bailando no te saque de un día malo.

-E.T., de 1982, se llevó el Oscar a mejores efectos visuales, de sonido, banda sonora y sonido, los principales se los llevó Gandhi. Me da igual, esta historia de amistad intergaláctica me sigue emocionando como cuando era crío y la escena final es comparable a esa otra trágica y maravillosa despedida de Casablanca.

-Braveheart, de 1995, sí ganó los Oscars a mejor película y mejor director. Si en el diccionario buscas la palabra "épica" te sale una foto de Mel Gibson corriendo en kilt por las highlands escocesas. Casi logró que deseara morir igual que William Wallace. Y no me importa lo más mínimo que no se ciña a la historia real.

-Seven, también de 1995 no ganó ningún Oscar (ya sabes que sí lo hizo la de arriba), pero recuerdo poquísimas pelis que me hayan tenido tan pegado a la butaca como esta. El John Doe de Kevin Spacey y el Lecter de Anthony Hopkins son los monstruos humanos más aterradores del cine. El guión, el montaje y la música me siguen poniendo los pelos como escarpias.

-En busca del Arca perdida, de 1981, ganó los Oscars de dirección artística, efectos visuales, montaje y sonido. Es la película de aventuras definitiva y tiene la mejor escena introductoria de la historia del cine.

-Con la muerte en los talones, de 1959, no se llevó ninguna estatuilla de la Academia, pero esta tiene una de las mejores escenas finales de la historia del celuloide. Y el héroe corriente de Cary Grant es antológico.

-Alien, de 1979, sólo ganó el Oscar a los mejores efectos visuales, pero creo que no hay otra película que me hiciera cagarme de miedo como esta. La Ripley de Sigourney Weaver es el epítome de las heroínas.

-Lady Halcón, de 1985, no obtuvo ningún premio de la Academia. No importa: me enamoré perdidamente de Michelle Pfeiffer y sigo queriendo ser el valiente y honorable Capitán Etienne Navarre.

-La gran evasión, de 1963, tampoco ganó Oscars, pero a mí me parece la película de fugas por antonomasia y, cuando voy en mi moto me siento como Steve McQueen.

Y, claro está, hoy quiero que gane "Origen".

miércoles, 23 de febrero de 2011

Sobre Adrian Wolff: ¿puede ser malvado el protagonista?

Sí, pero, y explico mi opinión. Sobre los hombros del protagonista recae el peso de la historia, porque la historia, sea dramática, romántica o épica tiene que avanzar, y el protagonista es el encargado de hacerlo, de empujarla hacia su desenlace. Lo hará más o menos deprisa, con más o menos éxito dependiendo de sus rasgos personales, de sus características que, generalmente, serán las adecuadas para esa historia. Por ejemplo, si se trata de una narración épica el protagonista será un héroe con rasgos heroicos; si es una comedia tendrás rasgos cómicos. Digo generalmente porque pueden darse contrapuntos, como en las novelas de Mundodisco de Terry Pratchett que comenté en una entrada anterior, donde Rincewind, su protagonista, es probablemente el último mago que escogerías para llevar a cabo una gesta heroica. Lo que ocurre entonces es que el protagonista acaba determinando el género de la obra y, en este caso, lo que sería una historia épica de espada y brujería se convierte en una historia cómica de espada y brujería.


Pero, aunque las características del personaje pueden ser muy variadas, siempre debe haber alguna que produzca en el lector una de estas dos reacciones: aspiración o identificación. Ya he dicho que el protagonista es el motor de la obra, pero si la obra avanza es porque el lector pasa sus páginas y para hacerlo creo que no sólo debe interesarle la trama, sino también los personajes. La mejor forma de lograrlo es darle algún elemento que le permita o bien identificarse con ellos, sentir empatía, o bien admirarlos y aspirar a parecerse a ellos. Es francamente difícil, por no decir imposible, lograr que a un espectador o lector disfrute "viviendo" una historia si quien la protagoniza le resulta absolutamente ajeno y/o despreciable. Y en este punto, por fin, llega el aspecto moral. Está claro que si alguien se engancha a un libro porque se identifica con un personaje malvado tenemos un problema (o, más probablemente, lo tendrán sus vecinos). Este problema sólo será algo menor si lo hace porque aspira a ser malvado. Es mucho más agradable y aceptable para el alma identificarse con quien lucha contra esos villanos, y seguramente por eso hay infinitamente más historias protagonizadas por héroes que por malvados, lo que favorece los finales felices y su correspondiente consuelo emocional (esta teoría la sostiene Tolkien en su ensayo sobre los cuentos de Hadas).

Uno de mis principales retos cuando empecé a escribir la saga de "Cuando cae la noche" era lograr que su protagonista, Adrian Wolff, fuera un villano que no llevara a al lector a cerrar el libro pasadas diez páginas. Lo más habitual en estos casos es dar a estos villanos un protagonismo menor, tal y como ocurría en "El silencio de los corderos", donde Hannibal Lecter se limita a ayudar a la auténtica protagonista, o en el mismísimo "Drácula", donde el vampiro es en realidad el antagonista de los héroes encabezados por Van Helsing.

No obstante, existe otra obra, también llevada al cine con gran éxito, donde su protagonista es malvado: "El padrino", de Mario Puzo. Tanto Vito como Michael Corleone (de hecho, toda la familia), se guían por una brújula moral bastante desviada que incluye una actividad tan discutible como matar a gente. No creo que nadie pueda decir que ambos protagonistas no son malvados: matan, roban, trafican, torturan... Para ellos sólo tiene valor la vida de sus familiares y la de ellos mismos.

Sin embargo, podemos admirarlos porque la maldad no es su único rasgo: son brillantes, ricos, educados, galantes, atractivos... ¿Te suena con qué especie sobrenatural comparten muchas de estas características? En cuanto a la identificación, ¿cómo no empatizar con gente de familia, responsable, que llora y ríe como nosotros? ¿Que es capaz de matar por aquellos a los que ama? Y creo que esta es la clave.

Adrian Wolff podía ser frío, cruel, racista, mentiroso, cínico, arrogante, podía usar sus capacidades del modo más dañino posible para quienes no fueran él mismo, pero para contrarrestar o minimizar todo eso también debía poseer rasgos admirables, como la belleza, la inteligencia, el encanto o la inmortalidad. ¿Pero bastaría eso? ¿Bastaba eso en el doctor Lecter, en Drácula, en Darth Vader?

No. El morbo que puede despertar un ser maravilloso matando a una persona tras otra dura poco. Hace falta una característica que nos identifique con él, y encontré una que compartimos todos, que es una debilidad y una fortaleza al mismo tiempo: la capacidad de amar. El amor puede ser causante de redención para el villano o de perdición para el héroe, lo que ya puede ser una historia maravillosa. El personaje de Adrian Wolff puede ser deleznable moralmente para el lector, pero a pesar de su inmoralidad, Adrian ama a alguien y será capaz de lo que sea por ese alguien, incluso de arriesgar su propia existencia, igual que los Corleone. Como decía Guillermo de Baskerville: "Qué pacífico sería el mundo sin amor, Adso. Y que insulso."

sábado, 19 de febrero de 2011

Cuando cae la noche I-Ascensión

Hubo un tiempo en que la visión de una sola gota de sangre bastaba para generarnos aprensión.
Hubo un tiempo en que el Mal sonreía con colmillos blancos y afilados.
Hubo un tiempo en que la oscuridad nos hacía sentir vulnerables e inseguros.
Esta novela va a recordarte de nuevo todo eso que has olvidado.

viernes, 18 de febrero de 2011

"El nombre del viento" es MacGuffin

Probablemente no todo el mundo (todo el mundo que lee este blog, claro, un selecto club ;-) entienda la referencia del título. Un MacGuffin es una cosa, un elemento, un algo más o menos sin determinar que empuja a los personajes a avanzar en la trama de una novela, una película... Esa es su única relevancia, y a veces su auténtica naturaleza no se revela jamás, pero sin ese detonante, sin esa excusa, la historia no avanza (y generalmente ni siquiera arranca).

En este caso, la búsqueda del nombre del viento es lo que empuja a Kvothe, el prota, a convertirse en... Bueno, la verdad es que cuando terminamos las 872 páginas seguimos sin saberlo.


Al lío: aparte de lo anterior, tengo un problema con esta novela, y ni siquiera me lo ha creado su autor, Patrick Rothfuss, sino su equipo de mercadotecnia (sí, esta palabra existe, lo juro). Casi desde que salió al mercado se la comparó con "El Señor de los Anillos" o "Canción de hielo y fuego", y las comparaciones son odiosas, sobre todo cuando sales perdiendo. Estoy seguro de que Patrick no es tan arrogante como para equipararse a Tolkien (de Martin no voy a decir nada porque le va a pasar, si no le ha pasado ya, como a la proverbial gallina de los huevos), porque las diferencias son tan abismales como las Minas de Moria. Es como comparar un cometa con una galaxia: el primero está bien, brilla, disfrutamos con su estela, pero se nos olvida en seguida. Una galaxia... en fin, siempre sabemos que está ahí, y siempre nos parece maravillosa.

Con esto no quiero decir que "El nombre del viento" no me haya gustado, sencillamente es que me he quedado igual que si no la hubiera leído. Es entretenida, hay una mezcla entre fantasía clásica y modernez bastante novedosa (a veces me recuerda un poco a las novelas de Terry Pratchett de Mundodisco), aunque no sé si es producto del original o de la traducción, y tiene la cantidad justa de elementos fantásticos, lo que puede atraer también a los lectores que reniegan de elfos, dragones y demás parafernalia fantasiosa. Además, la narración es muy ágil, el vocabulario sencillo y el ritmo bastante bueno. Entonces, ¿por qué no me ha conquistado? Pues, desgraciadamente, por un elemento fundamental: el protagonista.

Kvothe me parece el repelente niño Vicente. Tan brillante, tan hábil, tan encantador, tan mono... es insufrible. No puedo evitar pensar que el autor tuvo problemas en el cole por ser el listo de la clase y lo ha reflejado en su novela, lo cual está muy bien, seguro que es una terapia fantástica, pero... sencillamente no me resulta simpático. (Modo irónico on): Pero, oh, no tiene dinero, qué desgracia, es pobre pero trabaja para pagarse las clases en la universidad nocturna y perseguir su sueño... (modo irónico off). Por no mencionar que la historia de chico diferente que acaba convirtiéndose en héroe ya está un poco trillada, desde el Gavilán de Terramar de Ursula K. Leguin hasta el Ender de Orson Scott Card, o Luke Skywalker, qué coño. Y todas estas me parecen bastante mejores que la de Kvothe.

En fin, seguramente las expectativas que tenía se han visto frustradas y por eso esta crítica está resultando algo dura. Supongo que la clave está en lo que hayas leído antes de "El nombre del viento". Si ya conoces todas las lecturas que he mencionado esta novela te hará pasar un rato agradable sin más (que no es poco, la verdad). Si no, es muy posible que te parezca fantástica, fresca y divertida, y te abra las puertas a un "archivo" lleno de obras mágicas donde escapar un rato. O dos, tal y como está el percal por esta realidad nuestra.

Trama: **
Emotividad: **
Lenguaje: **

lunes, 14 de febrero de 2011

¿Cuánto falta?-Sobre la extensión de una novela

¿Cuánto debe durar un buen beso? Pues esto es lo mismo, depende de infinidad de factores. Lo único seguro es que si te ha gustado siempre te parecerá corto.

Normalmente lo que menos contribuye a alargar una novela es, paradójicamente, la trama. No importa lo complicada que pueda parecer: siempre podrá resumirse en una o dos líneas. En realidad son los elementos "externos" que la rodean y la visten los que prolongan la narración. Los personajes deben definirse, sus conversaciones importantes, como sus pensamientos, deben contarse, los obstáculos con que se encuentran tienen que ser explicados... y así se lía la madeja hasta conformar un ovillo de páginas.


Ahora que se aproxima el final puede verse que la trama de "Cuando cae la noche I" es bastante sencilla: hay que encontrar a alguien. En "Crimen y castigo" (ojo, no estoy comparando) todo puede reducirse a la comisión e investigación de un robo con homicidio, pero corta, lo que se dice corta no es.

En un relato o un cuento lo que se hace precisamente es ceñirse a la trama, "descuidando" lo demás para reducirlo a su mínima expresión. Esta labor de síntesis no es nada sencilla, pero si se hace bien es como pulir un diamante.

Confieso que prefiero los relatos y las novelas cortas a los novelones, porque soy de esos lectores ansiosos por saber cómo se resuelven las cosas. Es decir, no soy demasiado paciente. Y como escritor, las obras cortas tienen otra ventaja para mí sobre las largas, y es que, lógicamente, resulta más sencillo mantener el interés del lector porque la menor extensión ayuda a que existan menos pasajes flojos, menos valles en la narración que, si se suceden, pueden provocar la deserción inmediata, a no ser que existan factores externos a la obra, como el nombre del escritor, las críticas, el márketing...

También resulta más fácil sorprender al lector con un cuento o una novela breve. El señor Tyrell, el "Creador" de la película "Blade runner" le decía a su criatura que "la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo". Es una metáfora bellísima que aplico a muchísimas cosas y que me maravilla por su precisión científica. Una de esas cosas es la literatura, de modo que, por regla general, las obras que más me han deslumbrado eran bastante más breves que otras que sólo me han entretenido. Mantener la brillantez durante muchas páginas requiere una cantidad de talento (y también de oficio)equivalente a la energía con que arde una estrella.

De momento no alargo demasiado mis obras, no tanto por modestia como porque me aterroriza la idea de aburrir al lector. Quizá por influencia del cine me encanta la acción, y sufro muchísimo con los monólogos interiores, los soliloquios y las descripciones interminables. Me gusta que pasen cosas, y escribo en consecuencia.

No obstante, es habitual que al escribir una novela no sea tanto el autor como los personajes los que deciden su extensión, y me explico: si estos están bien definidos e integrados en la historia llegará un momento en el que parecerán interactuar por sí mismos, "dictando" al escritor qué van a decir y cómo van a actuar. Es una experiencia asombrosa que he tenido la suerte de vivir, pero procuro cerrarles la boca (y sus inquietudes metafísicas) cuando creo que superan el límite de la naturalidad.

Concluyo: una novela de 800 páginas no tiene por qué ser mejor que una de 150, pero determinar la extensión ex-ante me parece muy difícil y muy arriesgado. Creo que es algo que debe surgir de forma natural con el desarrollo de la obra, y recomiendo al escritor novel que, una vez acabada, se la deje leer a otro y le pregunte si le ha parecido larga o corta. Una opinión externa no debe considerarse una sentencia, pero sí puede servir de guía.

martes, 8 de febrero de 2011

"Origen", gran película, enorme final

El que avisa no es traidor: si NO has visto la película NO leas esta entrada, porque voy a escribir sobre su final y sé que resulta bastante molesto que lo destripen.

Hecha la advertencia y libre de culpa, declaro que la última película de Christopher Nolan me pareció soberbia. ¿Tramposa? También. ¿Complicada? Mucho, pero soberbia al fin y al cabo. Aspira a ocho Oscars, entre ellos Mejor película, Mejor Guión original (curiosamente no Mejor director) y Mejor Banda sonora, pero si nos guiamos por los Globos de Oro (no) conseguidos, es probable que no gane ninguno. No diré injustamente, porque confieso que no he visto las demás películas nominadas y, por eso mismo, no voy a basar mi juicio en comparaciones.

Técnicamente "Origen" me parece irreprochable; también creo que los personajes están bien interpretados, aunque el mérito recae prácticamente en los hombros del protagonista, Dom Cobb, encarnado por Leo DiCaprio, que aguanta todo el peso dramático del film, con alguna concesión a Marion Cotillard, que le da la réplica como su ¿difunta? esposa, Mal.

El problema de esta película es la materialización de la idea del sueño dentro del sueño, con sus correspondientes equivalencias temporales, creadas ad hoc para poder expresarlo en lenguaje cinematográfico. Así contado ya es difícil, pero llega a comprenderse de una forma más intuitiva que racional, y el resultado final es satisfactorio, original y resultón. De hecho, la concatenación de "patadas" oníricas y reales me pareció narrativa y cinematográficamente impresionante.

Esa idea de un sueño dentro de otro y de la confusión entre sueño y realidad no es algo nuevo, y aquí tengo que citar la obra de un escritor español, "Niebla", de Miguel de Unamuno, donde el protagonista se cree real, y no el sueño del autor, como acaba revelándole éste. Estoy seguro de que habrá otros precedentes, pero supongo que el orgullo patrio me ha llevado por estos derroteros.


Alrededor de esa idea, representada por la pequeña peonza, gira toda la película. La operación de "inception", de originar una idea en la mente de alguien en vez de robársela, sólo es la excusa, el andamio que rodea el núcleo de la obra. ¿Está despierto el protagonista? ¿O está viviendo en un sueño perfectamente detallado, en un limbo? En la película nos cuentan que los arquietectos de los sueños son tan hábiles que pueden imaginar entornos reales casi idénticos a la realidad, y por ello los soñadores crean objetos personalizados y únicos imposibles de imitar. Sólo ellos saben cómo sus "tótems" interactúan con la realidad, de modo que, si lo hacen de manera imprevista, sabrán que están en un sueño.

Y a esa revelación nos lleva la película. A una grandiosa escena final en la que Cobb, triunfante, por fin vuelve al hogar del que tuvo que huir. Esa llegada es la que enfoca la cámara, que se centra en su acto de comprobar si está despierto haciendo rodar su tótem, pero que abandona en favor de sus hijos antes del veredicto. Aquí el encuadre y el lento movimiento de la cámara, perfectamente acompañado por la música, va pasando del ansiado encuentro al tótem, que sigue girando, y sigue girando... Hasta que un rápido fundido a negro nos deja con la duda de si caerá, lo que implicaría que Cobb está realmente despierto, o seguirá rodando como sólo podría hacer si fuera un objeto irreal, al margen de las leyes físicas, en un mundo soñado.

Seguramente esta duda no gustara a muchos espectadores, que prefieren que el director les revele claramente la verdad, pero a mí me encantó porque hasta ese momento no me planteé la posibilidad de que todo fuera un sueño (ni creo que lo hiciera nadie). Esa duda fue una sorpresa que, al estar abierta, permite a cada uno tener el final que quiera. ¿El protagonista ha tenido éxito en su misión? ¿Se ha librado del recuerdo y se ha perdonado a sí mismo? Entonces la peonza caerá. Para los que preferimos los finales atípicos el tótem girará más tiempo del que debería, así que Cobb estaría atrapado en un sueño.

Como decía, todo es muy intuitivo, y probablemente no resista un análisis lógico. Pero por algo el cine (como la literatura) es un arte, y no una ciencia exacta.

jueves, 3 de febrero de 2011

La suspensión de la incredulidad (o la madre del cordero)

Término rimbombante donde los haya, es la traducción literal de una expresión inglesa acuñada por el poeta Samuel Taylor Coleridge (suspension of disbelief), que viene a decir que nuestra capacidad de rechazar una historia o concepto fantasioso queda aparcada o "suspendida"; esto es, que voy a creerme lo que me cuentas, por irreal que parezca, en favor de mi diversión y goce.

Generar esta suspensión es absolutamente clave en las novelas de ficción, ya que si el lector tiene constantemente la sensación de que la historia es falsa, por imposible, difícilmente seguirá leyéndola. Imaginemos a un amigo que nos cuenta una milonga: a no ser que le queramos muchísimo, le pediremos que se deje de cuentos y nos diga la verdad. Con una novela fantástica ocurre algo parecido. Las inconsistencias deben ser lo bastante leves como para que las pasemos por alto (como sucedía en las obras de Shakespeare), o estar tan bien contadas que las admitamos para poder ver adónde nos lleva la trama.

Si estás leyendo "Cuando cae la noche I" y aceptas los sucesos que se narran y a los personajes que la protagonizan he conseguido suspender tu incredulidad. Ojo, es evidente que sabes que los vampiros no existen (¿?), pero cuando lees la novela y te sumerges en su mundo, admites la realidad contenida como posible. Volviendo al inevitable "Quijote", las novelas de caballería que leía don Alonso eran tan buenas creando esa suspensión (o el pobre lector tenía la cabeza tan perjudicada), que el hidalgo creyó que lo que contaban no sólo era auténtico en las obras, sino también en el mundo en el que él vivía.

Por tanto, aunque la expresión es relativamente moderna (1817), la intención de generarla no, y se basa en algo tan atávico como hacer creíble lo increíble a fuerza, por ejemplo, de mezclar elementos reales con otros fantásticos o desconocidos.Tanto la ciencia ficción como la ficción histórica han recurrido a esa técnica, pero los casos más extremos de suspensión de incredulidad se dan en el género fantástico o de espada y brujería, donde los elementos reales son la excepción, y no la regla. En estas novelas de caballería llevadas al extremo los humanos (cuando los hay) conviven con todo tipo de seres imaginarios, practican magia, matan dragones y cohabitan con dioses/as (bien, esto último algunos lo logramos en la realidad ;). Si están bien escritas aceptamos esas realidades, pero no como hacían los griegos con sus relatos, puesto que ellos creían sinceramente en el Olimpo, en hidras y en héroes, de igual modo que los vikingos creían en el Ragnarok, en dioses tuertos y en doncellas de la muerte. Lo novedoso y maravilloso de la suspensión es que dura el tiempo que dediquemos a leer el libro, a ver la película, a presenciar la obra de teatro o a jugar al videojuego. Durante ese tiempo nos evadimos de nuestra realidad para disfrutar de una historia que nos atrapa.

Una circunstancia que contribuye a suspender la incredulidad al leer "Cuando cae la noche" es que los vampiros son tan conocidos, tan icónicos, que resulta fácil creer que son reales. Todo el mundo sabe que beben sangre, que son pálidos y no tienen pulso, pero sí poderes sobrenaturales. Cuando un lector lee sobre ellos no tiene que esforzarse por visualizarlos ni por comprenderlos. Cada autor les da su toque particular, pero sólo son detalles que no sólo no restan credibilidad al estereotipo, sino que pueden incluso proporcionarle verosimilitud. Por ejemplo, un creador puede decidir que sus inmortales lo son porque fueron sujetos de experimentos con un ADN que ordena a las células que se regeneren continuamente. Si para apoyar esto el autor se documenta sobre este tipo de mecanismos recurriendo a revistas médicas y las cita en su obra, facilitará que el lector crea en esos vampiros.

La ciencia es un gran recurso para generar suspensión de incredulidad, pues nadie lo sabe todo. Un escritor de ciencia ficción puede recurrir a enormes campos gravitatorios capaces de curvar el espacio para explicar los viajes de una galaxia a otra. ¿Es algo posible? Ahora mismo no, pero hace años tampoco lo era recorrer el mundo en 80 días. Si el autor logra mantener la suspensión de la incredulidad más allá de su libro es que es un verdadero artista, un profeta o un político.

martes, 1 de febrero de 2011

Adios, Barry, y gracias



Me enteré anoche, tarde, en ese momento en el que todas las cosas se sienten más, quizá porque el cansancio del día ha hecho mella en la cabeza y el corazón, y ni uno ni otro están en condiciones de defenderse. La coraza ha caído pesadamente sobre el suelo de casa, donde creemos estar a salvo de agresiones y malas noticias.

Pero la tele, maldito chisme omnipresente sin el que parece ya imposible vivir, insiste en hacerte llegar las miserias y las tristezas de un mundo que, a veces, produce personas maravillosas. Y ayer, esa tele me informó de que una de esas personas maravillosas que me alegraba la vida y me emocionaba el alma se marchó, definitivamente. Se llamaba John Barry, era británico, tenía 76 años y escribía música. Era músico.

Músico de los grandes, al menos para mí. De esos que imaginan sonidos bellos, que juntos hacen melodías bellas de las que, al ser interpretadas, te hacen vibrar nosequé dentro. Algo que, por ateo que me declare, me dice que somos algo más que química, por mucho que Punset se empeñe en decirme lo contrario.

Barry empezó a hacer bandas sonoras de películas en 1960 (habiendo conseguido ya algún éxito para televisión con su banda) y ya no paró. Pero claro, cuando una de tus primeras obras es la música de James Bond, aunque oficialmente sólo se consideraran arreglos a la partitura original, ¿cómo van a dejar que te dediques a otra cosa? Pero, a pesar de que el archifamoso tema se le adjudicase a otro, la productora siguió confiando en él para la saga, y así, se desquitó componiendo temas absolutamente suyos que, a lo largo de 11 películas, conformarían un sonido característico, una combinación jazz de instrumentos de viento y cuerda que, al escucharla pensamos en James Bond. Lo empezó con "Goldfinger", porque la anterior, "Desde Rusia con amor", es una balada fantástica que marcaría los temas románticos de toda la saga, como en "Sólo se vive dos veces" o "Diamantes para la eternidad".

Además de esas joyas, Barry componía otras, como las que le hicieron merecedor de dos Óscar (y Globos de Oro) en la década de los 60 ("Nacida libre" y el "León en invierno"), premio que volvió a ganar con una de esas obras que por sí solas ya valen la eternidad: "Memorias de África". A estas alturas ya se ha dicho y escrito todo de ella, y yo sólo voy a añadir que, cuado Dios creó el horizonte, se olvidó de añadirle esta música.

Cinco años después compondría una partitura parecida para una película igualmente rica en paisajes sobrecogedores, y que también le valdría un Óscar: Bailando con lobos. En ambas, la fotografía era un actor más cuyas líneas de guión eran las notas de Barry. Y debo decir que sus interpretaciones fueron tan conmovedoras como las de Meryl, Robert o Kevin.

John fue uno de esos músicos que me hicieron ver (u oír) lo importante que es la música en el cine, algo que ya debieron de imaginarse cuando empezaron las proyecciones y pusieron a un tipo al piano para que reforzara las emociones que generaban las escenas del cine mudo. Pero esto ya es otra historia...