martes, 29 de marzo de 2011

Planteamiento, nudo y desenlace, ¿en ese orden?

No, aunque es el más sencillo. La verdad es que esta división en tres partes es algo muy básico que todos conocemos; tanto que para detectarla no hace falta ni que nos la hayan enseñado. Cualquiera puede distinguir esas partes en una narración, pero la gracia está en preguntarse el por qué del orden que presentan.

Tradicionalmente, y por ser lo más natural en todas las cosas, se emplea el esquema principio-clímax-final. Después de todo, cualquier suceso nace, crece y muere; todo tiene una causa y una consecuencia, en ese orden. Nuestras mentes lo aceptan bien a fuerza de verlo todos los días, por eso lo más sencillo a la hora de contar algo es reproducirlo en orden, y así hacen la mayoría de escritores, cineastas, etc. Quizá sea lo más adecuado cuando lo que predomina es la historia en sí, la sucesión de acontecimientos. También cuando la trama es compleja y hay que facilitar su seguimiento y comprensión a través de una estructura sencilla.

Pero el autor puede alterar ese orden, y plantear la narración desde la mitad, desde el meollo, desde la res o cosa, vaya. Sería la famosa estructura in media res, que coloca al lector o espectador en medio del acontecimiento principal, ya sea un asesinato, un viaje, una reunión o lo que se nos ocurra. En la "Ilíada" Homero nos mete en la batalla entre aqueos y troyanos, como también sucede (y sé que alguno querrá matarme por esta comparación) con "La Guerra de las galaxias: una nueva esperanza", que empieza con un Destructor imperial asaltando la nave de la princesa Leia, sin que sepamos quiénes son unos y otros, por mucho que el texto corrido inicial nos diga que hay una rebelión.

Este tipo de estructura contribuye muchísimo a enganchar al lector, primero porque la narración suele ser dinámica (o más dinámica que la empleada en el planteamiento) y segundo porque le hace preguntarse por qué ha ocurrido ese acontecimiento en el que se ve inmerso desde el principio. En los casos anteriores, ¿por qué hay dos bandos? ¿A qué se debe el enfrentamiento? ¿Quiénes ganarán?

Algunas de esas preguntas no se hacen cuando la narración empieza por el final (in extrema res), con todo el pescado vendido, que se diría. La trama se ha resuelto, la guerra ha concluido, el asesino ha sido descubierto. Me viene a la cabeza "Crónica de una muerte anunciada", de Gabriel García Márquez, que empieza con la muerte del personaje que ha desatado el conflicto en la obra. Un gran ejemplo cinematográfico de esta estructura es "Sospechosos habituales", de Bryan Singer.

También es una estructura eficaz para atrapar al lector/espectador, puesto que, si bien conoce el desenlace (o una parte) desconoce qué lo ha causado. Lo normal es que tanto en esta estructura como en la anterior la parte siguiente sea el planteamiento y que la obra termine cerrando como un círculo, esto es, volviendo al punto en el que comenzó la narración para que todo encaje. Bien hecho es muy efectista, y da una sensación de perfección muy satisfactoria al final.

Teóricamente serían posibles más estructuras combinando planteamiento con final y acabando con el clímax, empezando por el final, seguido del clímax y terminando por el planteamiento, o iniciar la obra in media res, continuar por el desenlace y finalizar con el planteamiento, pero eso ya son saltos sin red de los que ahora mismo no tengo ejemplos, aunque seguro que los hay, sobre todo en cine y en televisión. El problema principal que veo es que acabar por el planteamiento parece desaconsejable porque implica que la obra iría perdiendo interés: ¿una vez te han explicado y resuelto el conflicto para qué seguir leyendo? Parece más adecuado cuando se pretende dar protagonismo a la estructura en vez de la propia trama o a los personajes, lo que no va conmigo (de momento).

A mí a la hora de escribir me sale la estructura clásica, pero creo que voy a hacer un esfuerzo por cambiar eso...

miércoles, 23 de marzo de 2011

Sobre el oficio de escribir

Me vas a perdonar el taco, pero resulta acojonante cuán fácilmente se "olvidan" las destrezas que dejan de practicarse durante un tiempo. Esto viene a cuento de que desde hace días no escribía en el blog por razones que espero revelar próximamente, y me está costando Dios y ayuda recuperar ese pulso que siempre he creído tener para contar cosas (perdóname también la presunción).

Pero también es cierto aquello de que "el que tuvo, retuvo", de modo que cualquier actividad que hayamos practicado con frecuencia está relativamente grabada en nuestro cerebro y nuestros músculos, de forma inconsciente. Así que, aunque el regreso a dicha actividad resulte costoso al principio, en seguida vuelve uno por sus fueros.

¿Y a santo de qué viene esta reflexión? Pues de que creo firmemente que los genios creadores (músicos, dramaturgos, novelistas...) no nacen de la noche a la mañana, sino que son fruto de la constancia en su arte. No discuto la existencia de factores genéticos o ambientales que favorezcan el genio, pero mucho menos niego que, como dicen los ingleses: "practice makes perfect". Vamos, que la perfección nace de la práctica.


Creo que cualquier cosa se hará mejor después de haberla repetido muchas veces, sin perjuicio de que la primera de ellas salga bien (y digo bien, no genial), ya sea por casualidad o por tener talento para ello. Alguno dirá que la frescura o espontaneidad de esa primera obra puede dar un resultado superior al obtenido posteriormente como resultado del dominio de la correspondiente técnica, pero no lo creo. "Ulises" no fue la primera obra de Joyce, ni el "Thriller" la de Michael Jackson, ni "Tiburón" la primera de Spielberg. Todos ellos, e incontables más, ya habían escrito muchas páginas, cantado muchas estrofas o dirigido muchas escenas, independientemente del talento que poseyeran.

En ellos se ha dado esa feliz coincidencia de trabajar en lo que les gusta(ba) y, precisamente como les gustaba, se pasa(ba)n horas haciéndolo, practicando, mejorando y aprendiendo.

En el caso concreto de escribir, para hacerlo bien hay que escribir mucho y, desde luego, conocer la técnica, para lo que suele ser necesario estudiar además de practicar. Porque al contrario de lo que algunos piensan, escribir no lo hace cualquiera, como tampoco cualquiera puede operar del corazón. Para realizar ambas actividades son necesarios unos conocimientos. Cosas como la sensibilidad o la pericia son pluses, pero lo primero es lo primero: uno no puede esperar ganarse la vida escribiendo si desconoce la gramática o la ortografía, y no deberíamos permitir que nadie lo hiciera

Así que escribir, escribir y escribir, pero conociendo las normas. Primero, para escribir correctamente y, segundo, para saber transgredirlas con éxito.

jueves, 17 de marzo de 2011

Para Japón, con todo mi cariño

VALOR

El muchacho recuperó la consciencia lentamente, como quien despierta de un sueño profundo. Cuando por fin abrió los ojos y vio el paisaje a su alrededor deseo que todo fuera, efectivamente, un sueño.

Su pequeña aldea no era más que humo, cenizas, teas y llamas que hacían temblar la noche. Cerca de él estaban los cadáveres de vecinos, amigos... Quemados, mutilados, sangrantes.

Jinmu se levantó, tambaleándose, pero en cuanto estuvo en pie sus piernas y su cabeza fallaron y cayó al suelo, frenando el golpe con las palmas de sus manos y levantando una nube de polvo. Se quedó así, a cuatro patas, durante unos instantes, recuperándose. Sentía sus ojos lagrimear a causa del denso humo negro, que le hería también la garganta y los pulmones. Miraba el suelo ahora grisáceo que durante años había sustentado su casa, su aldea y su vida.


Entonces oyó risas y voces atravesando ese humo negro que le dañaba; casi parecía que el propio humo se burlaba de él y de su desgracia, pero no era así. "Los bandidos" pensó. "No se han marchado".

-¡Niño! -Le gritó una voz ronca-. Deberías estar muerto, te evitarías esto, ¿eh?

Jinmu vio que el hombre que le hablaba era alto y corpulento. Vestía una basta tela negra con piezas de metal que le protegían las piernas y los brazos. Tenía dos espadas en la cintura, pero lo más aterrador era el casco que llevaba, pero no por su aspecto imponente, con una gran visera, tres crestas y una gran protección sobre el cuello, sino porque no le correspondía llevarlo: era un casco de samurái.

-¿Qué pasa, niño? -Le preguntó el bandido mientras otros se aproximaban adivinando el espectáculo-. ¿Te gusta mi kabuto? Se lo arrebaté a un viejo que no quiso dejarme cruzar un puente. Dijo que yo tenía que dejarle pasar primero, ¡y Susanowo no deja pasar a nadie!

Jinmu miraba fijamente a Susanowo.

-¡No me mires así, niño! -Le gritó-. ¿O estás pidiéndome que te mate? ¿Quieres reunirte ya con los tuyos? ¿Con tus padres? ¿Con tus abuelos, con tus hermanos y hermanas?

Lentamente, Jinmu volvió a incorporarse. Aún temblando logró permanecer de pie, y se dio cuenta de que Susanowo no era tan alto.

-¡Vaya, no eres tan niño, eh? -Y le golpeó con el puño en la cara-. O tal vez sí -se mofó cuando Jinmu cayó de nuevo.

Pero éste alzó la cabeza para mirar al bandido, escupió la sangre que inundaba su boca, pensó en su padre, en su madre, en su abuela y en su hermana, y volvió a levantarse. Nada más hacerlo Susanowo le golpeó otra vez, esta vez en la mejilla derecha, y Jinmu quedó nuevamente postrado en el suelo.

-¿Es que estás sordo, niño? -Preguntaba el bandido, irritado-. Quédate ahí y tu muerte será rápida. Estos estúpidos aldeanos no saben obedecer -dijo a sus hombres, que le animaban sonrientes y burlones.

-No confundas miedo con obediencia -dijo Jinmu sacudiéndose la ceniza de las manos.

Susanawo dejó traslucir su asombro a través de su casco. Sus seguidores enmudecieron.

-Voy a matarte ahora mismo, niño -anunció finalmente con tono grave y frío-. Como a un perro.

-Si lo haces nunca sabrás dónde está el collar de mi madre -le advirtió el muchacho en voz baja.

El bandido, que estaba desenvainando una de sus espadas, detuvo su movimiento y, con media hoja rielando fuera de la vaina, meditó sobre las palabras que había escuchado.

-Hemos registrado toda la aldea y ya tenemos todo lo que había de valor -afirmó sin mirarle-. Ese truco no va a salvarte la vida.

-¿Entonces has encontrado el collar de jade con forma de lágrima, tan verde como el mar que baña nuestras costas?

Susanowo escrutó a Jinmu durante largo rato, sopesando su pregunta para intentar descubrir si era sincera. Estaba acostumbrado a que sus víctimas se inventaran tesoros para retrasar la ejecución. Al poco observó a sus hombres, interrogándolos en silencio. Todos ellos fueron negando con la cabeza, mostrando que ninguno había hallado un collar como aquel, que podía valer el triple de cuanto sí habían saqueado.

-Levanta -ordenó Susanowo.

Jinmu se puso en pie, y el bandido le golpeó en el estómago, dejándolo sin respiración, temblando y doblado sobre sí mismo.

-Si me mientes sufrirás este dolor durante siete días y siete noches -le amenazó-. Mis hombres se turnarán, del más débil al más fuerte, hasta que me ruegues que te quite la vida.

El muchacho luchaba por volver a respirar, pero oía en la lejanía la advertencia del bandido. Transcurridos unos instantes, Jinmu se irguió, se dio la vuelta y le hizo un gesto a Susanowo para que le siguiera. El horizonte ya clareaba, y vio con más nitidez lo que quedaba de su querida aldea. No necesitaba la vista para llegar hasta su casa, y hubiera preferido no tenerla, pues de ella sólo quedaban maderos calcinados. No obstante, los sorteó con cuidado de no quemarse hasta llegar a un lugar en el centro donde había un par de tatamis casi consumidos. Jinmu tropezó con uno de los pilares, cayéndose con estruendo sobre unos cuencos y platos. Aparentemente avergonzado por su torpeza, gateó para llegar a un tatami y lo apartó.

Susanowo lo seguía entre curioso y divertido, pero cuando vio que levantaba una madera del suelo y metía la mano abrió mucho los ojos y la boca, anticipándose al hallazgo. Jinmu alzó entonces un precioso collar verde, que resplandeció con los primeros rayos del sol.

El bandido avanzó ansioso para cogerlo, momento en el que Jinmu levantó un plato que, a modo de espejo, reflejó la luz del amanecer y cegó a Susanowo. Éste apartó la vista y profirió un aullido de dolor y de sorpresa mientras se tapaba los ojos con una mano y estiraba la otra como si el tacto pudiera reemplazar temporalmente su sentido perdido.

Jinmu aprovechó la oportunidad para gatear por la estancia y revolver el suelo y las cenizas en busca del gran cuchillo de cazar de su padre. Jinmu rezó por encontrarlo mientras Susanowo seguía dando vueltas y vociferando ante las risotadas de sus hombres, que contemplaban la escena.

Al fin, Susanowo se apartó la mano de los ojos, que no dejaban de bizquear y parpadear buscando a Jinmu. En el mismo instante en que lo vio sintió un golpe en su pecho: el mango de madera de un cuchillo sobresalía de él. Sus ojos dejaron de bizquear y parpadear, quedándose muy abiertos.

El cuerpo sin vida del bandido se desplomó levantando una gran polvareda y Jinmu, muy tranquilo, se agachó, desató la cuerda del casco de Susanowo, lo cogió y se lo colocó sobre su cabeza. Luego extrajo la hoja del cuerpo caído y señaló con él a su asombrado público.

-¡Soy Jinmu, el que ha derrotado a Susanowo! -Exclamó-. ¡Él ya no manda aquí! ¡No os manda a vosotros y tampoco a mí! ¡No os tengo miedo y mataré al que se acerque!

Los hombres seguían callados, intercambiando miradas. Aquel niño ya no parecía tan niño. Uno a uno los bandidos fueron desapareciendo entre el denso humo negro que, poco a poco, abandonaba la aldea empujado por la luz del sol.

lunes, 14 de marzo de 2011

"La trilogía de Corum", fantasía clásica, fantasía fantástica

A mi edad y leyendo clásicos, pensará alguno. Pero es que me faltan tantos todavía (clásicos y años) que a veces me resulta frustrante saber que no podré leerlos todos, y que son aún más las novedades que se me van a quedar por el camino...

En fin, en este caso comento la obra de un autor que es una leyenda viva del género fantástico y que, sin embargo, no alcanzó las expectativas que tenía sobre él cuando leí hace años las aventuras de su personaje más conocido, Elric de Melniboné. El autor es el inglés Michael Moorcock (también periodista y músico) que ha ganado numerosos premios literarios internacionales en el género, entre ellos el Nebula, el World Fantasy (por toda su obra) y el John W. Campbell Memorial, curiosamente, ninguno de ellos por las novelas sobre Elric.

En su momento pensé que mi decepción con las aventuras del héroe albino se debía exclusivamente a la traducción española de la edición de Martínez Roca, pero esa ausencia de premios, así como las opiniones de otros amigos me han confirmado que no es de las mejores obras de Moorcock.


Pero, en el caso que me ocupa esta vez, la trilogía de Corum, sí hubo premio, concretamente el August Derleth (otorgado anualmente por la British Fantasy Society) por los volúmenes I y III, "El caballero de las espadas" y "El rey de las espadas" en 1972 y 1973. Sí, ha llovido mucho, pero como he comentado reverencio a los grandes autores por la calidad de su trabajo y también (quizá sobre todo) porque son quienes abrieron camino para que otros pudieran asfaltarlo después.

Corum Jhaelen Irsei de la Túnica Escarlata es un príncipe de los Vadhagh, una raza similar a la élfica (quizá incluso emparentada de alguna forma según se desprende de las novelas) que vive en una época que podría denominarse medieval en un mundo paralelo al nuestro. De hecho, ese paralelismo define uno de los dos conceptos fundamentales de casi toda la obra del escritor, el de multiverso. Este concepto establece que existen infinidad de mundos o universos que no son sino versiones diferentes del mismo, por lo que se basaría directamente en la teoría física de los universos paralelos que Hugh Everett propuso pocos años antes de la publicación de las aventuras de Corum y de las otras versiones de dicho héroe. Efectivamente, si el multiverso lo conforman versiones de uno solo, algunos personajes también tendrían sus versiones alternativas, lo que lleva al otro concepto fundamental de sus obras: el campeón eterno.

El campeón eterno es un héroe a su pesar, forzado a salvaguardar a sus seres queridos y a sí mismo de los horrores de su mundo, generalmente provocados por los dioses, por lo que siempre acaba enfrentándose a ellos. Existe una versión de este héroe en todos los universos del multiverso, por lo que constituye una especie de punto tangencial entre ellos y, por tanto, entre casi toda la obra de Moorcock. Así, otra versión del príncipe Corum es el mencionado Elric de Melniboné, que vive en su mundo correspondiente, al igual que Dorian Hawkmoon o Erekosë. Estas versiones del mismo individuo han llegado a encontrarse en algunas novelas, siempre en momentos de gran peligro, lo que supuso una novedad en su época y una invención tan fantástica como las propias tramas.

Las tramas de entonces, claro, que hoy día nos parecerían sencillas, casi pueriles. En Corum se reduce a la búsqueda de venganza. Por contra, creo que su desarrollo y su conclusión no han perdido ni fuerza, ni frescura, ni osadía. Moorcock pone a su atormentado personaje contra las cuerdas, enfrentado a situaciones imposibles de las que pocas veces sale ileso, sobre todo psicológicamente. De hecho, en sus numerosas confrontaciones con los dioses es habitual que estos héroes comprendan su papel de marionetas y que vean que, para librarse de él, deben considerarse seres libres capaces de forjar sus propios destinos, en resumen: de decir "no" a sus dioses.

Otro aspecto que me ha gustado de esta trilogía son las descripciones, ni demasiado largas (un auténtico vicio de nuestra época que sigue sin gustarme nada) ni demasiado escasas, con símiles y metáforas sencillas pero evocadoras y efectivas, al igual que el lenguaje en sí.

Como nota negativa, aparte de la trama, destacaría el carácter del protagonista, que me resulta poco realista para corresponder a un héroe que lucha por su vida y la de sus allegados. Es demasiado introvertido, demasiado sensible y cultivado, demasiado autocompasivo como para imaginármelo destrozando a espadazos a hordas de enemigos. Supongo que ese carácter reflexivo es necesario para mostrarle como un personaje trágico, un héroe que no quiere serlo y que hubiera preferido quedarse en su suntuoso palacio fumando hierbas aromáticas y leyendo poemas en la antigua lengua. Es algo que puede resultar atractivo al principio, pero que acaba cansando a fuerza de repetirse página tras página y que, en mi opinión, no cumple el objetivo de Moorcock de criticar o ridiculizar a los héroes más clásicos (y para él más planos o maniqueos) del género.

En definitiva, esta trilogía de Corum ("El caballero de las espadas", "La reina de las espadas" y "El rey de las espadas") me ha gustado bastante. Me he divertido mucho y, situándome en los años en que fue escrita, me parece llena de aciertos e ideas extraordinarias. Pero si eres de los que prefieren obras más modernas y rompedoras creo que te va a saber a poco.

Trama: ***
Emotividad: **
Lenguaje: ***

miércoles, 9 de marzo de 2011

¿Un mundo sin libros? III

Cada vez aparecen más noticias, oficiales y oficiosas, sobre el ebook y su impacto en el modelo de negocio tradicional. Yo ya me he posicionado absolutamente a favor de este invento por su comodidad en todos los sentidos y, aunque vaya a convivir con el libro de papel durante un tiempo, creo que al final el primero acabará imponiéndose. ¿Y qué opciones tendrán las editoriales cuando el creador puede hacer llegar su producto directamente al lector? ¿Y las librerías?


Creo que aún podrían realizar algunas acciones sin "perder los papeles". Por ejemplo, como garantes de calidad: ante un panorama electrónico atiborrado de obras literarias, aquellas avaladas por las editoriales podrían destacar sobre las otras por haber sido seleccionadas por profesionales de la literatura. Esto implica regirse por criterios estrictamente literarios, y también contar con una plantilla numerosa de lectores/críticos que separen el grano de la paja. Si el abaratamiento de costes de producción y distribución permite sacar más títulos al mercado y a precios más bajos, ¿por qué no hacerlo?

Otra función podría ser mejorar o ampliar el contenido de las obras (siempre con el beneplácito del autor) con el objetivo de aprovechar los recursos de los ereaders para mejorar la lectura. Añadir música, documentos, críticas, biografías... Es algo que se está haciendo ya, y que no significa que haya que convertir el libro en una película o un documental; se trata de enriquecerlo, no de transformarlo.

La defensa de los intereses del autor debería ser otro imperativo para la editorial, sin ceñirse exclusivamente a sus derechos. Abarcaría más tareas, como la representación, la promoción, la consultoría... Las editoriales deberían ser agentes de sus autores y defenderlos y protegerlos como activos valiosos que son. No digo que no lo hagan ya, pero debería ser su mantra.

En cuanto a las librerías... la verdad es que resulta complicado asignarles un puesto en una cadena que está convirtiéndose en llavero. ¿Qué eslabón le corresponde, si es que le corresponde alguno? La distribución y venta pasa a realizarse en Internet, y ahí es donde deben mudarse las librerías. Desde portales atractivos y con una perfecta funcionalidad podrían ofrecer reseñas, críticas, fragmentos, chats con los autores y los editores, ejemplares personalizados, ofertas...

Como decía, el modelo de negocio cambia, y con ello las funciones de sus profesionales. Probablemente dejarán de existir los dependientes, los técnicos de imprenta, los mozos de almacén, los conductores de los camiones, pero serán sustituidos por otro tipo de profesionales: lectores y correctores, informáticos, asesores de prensa y comunicación, abogados, documentalistas, etc. Esto ha ocurrido y ocurrirá en todos los sectores que sufren una revolución. Ya no hay herreros, ni mozos de cuadra, ni tipógrafos, ni fogoneros, ni telegrafistas... El progreso acarrea la desaparición de ciertas actividades y de sus profesionales, pero también la aparición de otros nuevos.

Toca renovarse o morir y, afortunadamente, puede hacerse.

domingo, 6 de marzo de 2011

Piratería en Internet, la venganza del usuario

¿Quién no tiene en casa discos de vinilo, cintas de casete, de vídeo (VHS, Beta o 2000 los menos), minidiscs, cartuchos de videoconsola y/o cedés que ya no puede disfrutar? ¿Quién no conserva el tocadiscos de aquella cadena de música, o ese walkman querido o ese discman o reproductor de vídeo, o esa Playstation o Megadrive que ya no funciona y que tanto dinero cuesta reparar (si es que se puede)?


No hace tantos años de esos soportes y esos aparatos. Cinco, diez, quince años... ¿Y los DVD? Ya van cediendo terreno a los discos de Blu-ray cuando hace nada eran el no va más de la calidad digital. ¿Y las televisiones? Catódico, plasma, LCD, LED... ¿Cuántos euros, pesetas, dólares, pesos, etcétera hemos gastado en soportes que nos permitían disfrutar de la cultura y el ocio y que ya no lo hacen porque "la tecnología avanza"? ¿Porque vivimos en un mundo que sólo puede seguir girando si se sigue consumiendo, si se sigue comprando, si se siguen sustituyendo aparatos por otros más modernos que estarán igualmente obsoletos dos años después?

Desde hace aproximadamente dos décadas todo se renueva a velocidad de vértigo; los aparatos ya no se reparan, se sustituyen por otros. En un excelente reportaje titulado "Comprar, tirar, comprar" se analizaba más profundamente este fenómeno, donde hay muchas partes interesadas.

Pero hay una, al menos, que no lo está, y es fundamental: el usuario, el consumidor final, que se ve prácticamente obligado a tirar lo que acaba de comprar. Pero, aunque los usuarios no tenemos tanto dinero ni poder, ni influencia como las otras partes involucradas en esta cadena interminable, tenemos la ventaja del número: somos muchos. Paradójicamente, es por esa ventaja por lo que interesamos a las otras partes, sobre todo a las empresas que venden sus productos: unos muchos comprando los inventos de unos pocos proporcionan muchos beneficios.

¿Pero qué ocurre cuando uno de esos inventos se desmadra? ¿Qué ocurre cuando uno de esos inventos funciona para servir realmente a los intereses de los usuarios, de los muchos y no de los pocos? ¿Qué ocurre cuando ese invento contribuye a mermar el poder de los soportes para retener el ocio y la cultura? ¿Qué ocurre cuando de uno solo de esos soportes pueden disfrutar miles, millones de personas, de usuarios cansados de gastarse sus euros, pesetas, dólares o pesos en soportes y reproductores que no dejan de cambiar?

Pasa que ya no hay que gastarse más, o que hay que gastar menos. Pasa que decimos basta, le pese a quien le pese, incluso si tiene poco que ver con esa explotación permanente de nuestros bolsillos, como puede ser (hay que joderse) el autor de los contenidos. Un autor que parecía tener el mismo peso que el usuario en ese proceso monstruoso de producción, distribución y venta de SU producto: ninguno.

Pero las cosas han cambiado para usuarios y para creadores. Internet ha acortado las distancias entre unos y otros, y eso no hay leyes, ni soportes ni consumismo que lo cambie. La piratería está mal, pero quizá fuera la única salida que le quedaba a un pueblo soberano cansado de que lo explotaran. Cada parte está jugando sus cartas y, al final, la tecnología (Internet) nos ha hecho ver a los usuarios que, aunque las nuestras son peores, son muchísimas más que las del resto de jugadores.

¿Apuestas?

jueves, 3 de marzo de 2011

Cine y literatura, un matrimonio de conveniencia

Tras este fin de semana cinéfilo me parece oportuno escribir un poquito sobre las relaciones maritales entre cine y literatura, después de haberlo hecho sobre literatura y cómic y cine y cómic.

Este maridaje estaba prácticamente destinado a producirse por tratar ambas artes de hacer fundamentalmente lo mismo: contar historias. Debido a motivos técnicos, la literatura fue la primera en empezar, y si ésta se apoyó en la tradición oral para urdir y fijar sus relatos, el cine hizo lo propio con aquélla cuando le llegó el turno. Tanto es así que una de las primeras películas con argumento de la historia del cine está basada en una novela de Julio Verne: "Viaje a la luna", rodada por George Méliès en 1902.


El enorme éxito conseguido dejó claro que el cine había llegado para quedarse, y que era posible, cuando no recomendable, adaptar al nuevo medio historias ya existentes. Después de todo, ahorraba trabajo en el guión y una buena historia siempre lo es, ¿no? Pues no.

El cine es movimiento, casi por definición, de modo que, ¿cómo adaptar grandes novelas cuyos personajes permanecen en el mismo lugar página tras página? ¿Y si se sumergen a menudo en un profundo monólogo interior? ¿Y si apenas hay acción? El tiempo fue probando que adaptar con éxito historias así para el cine era casi imposible, así que buscaron aquellas que transcurrían en parajes increíbles con los que asombrar al espectador y que sirvieran de escenario a la acción. Peeeeeeero... aunque era fantástico enseñar al espectador cosas que en los libros sólo podía imaginar, el cine tenía que competir precisamente con esa imaginación, con la subjetividad del sujeto. Y claro, cada uno, como individuo, imaginará los parajes y personajes descritos en una novela como quiera (o pueda), y no siempre coincidirán con los de director y  compañía. Un actor mal escogido para el papel protagonista podía echar por tierra una superproducción porque el público no quería ver traicionada su propia representación del personaje. Peeeeeeero... a medida que surgieron las estrellas de Hollywood se ha llegado a un proceso inverso según el cual, al leer una novela, asignamos a sus personajes los rasgos de actores conocidos.

Total, que un buen libro no garantiza una buena película, pero sí ayuda. ¿Mis favoritas? "La lista de Schindler", "El puente sobre el río Kwai", "Tiburón", "El exorcista", "Todos los hombres del presidente", "Drácula", "Casino Royale", "Cuenta conmigo", "Blade runner" y "El nombre de la rosa".

Estas dos últimas son para mí las mejores representantes de dos tipos diferentes de adaptación de una novela. La primera es la libre o creativa, puesto que consiste en coger los elementos principales de una obra, como son la trama, la época y la mayoría de los personajes, reinventando lo demás. Esto es: adaptando realmente el lenguaje literario al cinematográfico, volviendo la obra más visual, menos densa, más rápida.

La segunda la llamaré "fidedigna", puesto que, a pesar de lo que digan muchos, la película "El nombre de la rosa" y su novela homónima son prácticamente dos gotas de agua: la historia, su desarrollo, los diálogos, los ambientes, incluso el trasfondo histórico, bastante complejo... Todo se ha respetado en la película.

Dos formas diferentes de hacer lo mismo. Que salga bien o mal dependerá, al final, de ti.