viernes, 5 de agosto de 2011

"Capitán América", una (buena) de aventuras

Tengo 36 palos, pero viendo "Capitán América, el primer Vengador" me he sentido como si tuviera 13 ó 14. Para algunos esto no tiene por qué ser bueno y considerarán este tipo de regresiones el síntoma de carencias presentes; una añoranza bobalicona de tiempos mejores, más sencillos, más puros y más cándidos. No niego que la época que vivimos me está resultando complicada y que si uno echa de menos sus años mozos es, en parte, porque la ingenuidad de entonces hacía ver las cosas de otra forma, o no entenderlas, al contrario que ahora, que lo entiendo todo demasiado bien. Pero mi afirmación del principio viene porque me lo he pasado como un enano y porque la peli me ha recordado las que veía entonces: las sagas de Indiana Jones, de James Bond, de Regreso al futuro y hasta la de Star Wars (atención a las motos por el bosque).


Habrá muchos también que se negarán a verla porque rechazarán de pleno a su protagonista: el superhéroe yanqui por antonomasia y, de hecho, casi por definición, el Capitán América. Todos los que detestan yanquilandia por su prepotencia, su doble rasero, su guerra sucia, sus tejemanejes financieros, su comida basura y vete a saber cuantas cosas más, detestan (seguramente sin conocerlo) a este personaje tan "discreto" que lleva la mismísima bandera estadounidense de Norteamérica por uniforme. Pero yo soy el primero que detesta todo lo reseñado de los yanquis (hasta me niego a llamarlos americanos, como se llaman ellos, apropiándose vergonzosamente del nombre de todo un continente con muchos más países que el suyo) y, sin embargo, no detesto al Capi. El Capi que yo he leído durante años encarnaba el llamado "sueño americano", que podría ser el de cualquier nación democrática: uno de justicia y libertad. Y defender esos ideales le ha llevado en muchas de sus aventuras comiqueras a enfrentarse a sus propios gobernantes y, también en no pocas ocasiones, a sus propios conciudadanos. El Capi era, para mí, como ese cabrón de Pepito Grillo, pero con escudo y anabolizantes. Eso no significa que fuera por ahí obligando al personal a pensar como él, sino que apelaba a lo mejor del ser humano para convencer de que todo el mundo tiene derecho a la justicia y a la libertad. Ahora bien, si lo tuyo es la esclavitud y la opresión te va a meter una paliza.

Respecto al uniforme y el nombre... Es un superhéroe que nació en los 40 en yanquilandia, un supersoldado creado para derrotar a los nazis en el campo de batalla, así que tenía que ser el faro que ilumina en los momentos más oscuros, el estandarte en primera línea que guía y anima a los suyos hacia la victoria, un símbolo en vida. Su creación obedece a un momento muy concreto que no se debe obviar.

Y en ese momento nos pone la película dirigida con buena mano por Joe Johnston, especializado en el cine de aventuras desde que cogió la batuta en 1989 con "Cariño he encogido a los niños". Los guionistas Christopher Markus y Stephen McFeely (autores también de toda la saga de Narnia) nos cuentan el origen del superhéroe, y creo que lo bordan, sobre todo el principio. Cierto que los nazis facilitan mucho las cosas porque todos estamos de acuerdo en que son malos de cojones y hay que matarlos, pero esa misma sencillez hace que la cinta no patine metiéndose por derroteros que no le corresponden. Aquí se trata de contar cómo un muchachito con la cabeza bien amueblada consigue que le amueblen también el resto del cuerpo (ya sabes, mens sana in corpore sano) para derrotar a los del paso de ganso; y está muy bien contado. Toda la historia transcurre muy fluida, y hasta se echa de menos algo más de metraje a mitad de la proyección. Aunque no todo es perfecto: el falso final estilo "Armageddon" resulta forzado y no crea la sensación de que la heroicidad del Capitán sea la única alternativa posible. Pero venga, se acepta porque el cómic original obliga a que así suceda. Por cierto, los seguidores del personaje van a disfrutar muchísimo con los secundarios y con la recreación de todo el universo Marvel. Grandísimo trabajo.

Respecto a los intérpretes, en general están bastante creíbles, Chris Evans como el Capi por abajo y Stanley Tucci como el profesor Erskine, Hugo Weaving como Cráneo y Hayley Atwell como Peggy Carter por lo alto. Tommy Lee Jones y compañía cumplen y ya.

En cuanto al apartado técnico, el diseño es sobresaliente, los efectos especiales destacan en cuanto a la "caracterización" del Steve Rogers debilucho y flojean en las grandes escenas (la persecución del avión canta por todas partes) y los efectos de sonido y la música son de notable alto, con mi querido Alan Silvestri completamente desbocado en una peli que agradece las fanfarrias como pocas.

Hace poco alguien me escribía al hilo de mi crítica de "Transformers 3" que a las películas de este tipo no hay que pedirles historia, trama o coherencia. "Capitán América, el primer Vengador" entra en el mismo género evasivo que aquélla y le da mil vueltas precisamente porque hasta las historias simples pueden contarse bien.

Termino con dos notas frikis:
1.-quédate hasta el final de los títulos de crédito para ver un adelanto de lo que nos espera el verano que viene.
2.-si el vibranium es un metal que absorbe los impactos, ¿por qué rebota el escudo?

martes, 2 de agosto de 2011

Spider-Man Ultimate: otra muerte en la familia

Si conoces medianamente el mundo de los cómics reconocerás el título de esta entrada como un homenaje a una de las defunciones más importantes (y duraderas) del noveno arte. "Una muerte en la familia" es el nombre de la mini-saga de Batman en la que moría el Robin encarnado por el problemático Jason Todd. Aquel desenlace fue increíblemente polémico, ya que fueron los propios lectores quienes decidieron con su voto telefónico si el compañero del Caballero Oscuro sobrevivía o perecía a manos del Joker.


Dicho sistema fue un acierto para unos y una monstruosidad para otros, una especie de macabro antecedente del método de salvación por SMS de muchos concursos actuales. Ahora que lo pienso, si las televisiones/productoras adoptaran el modelo expeditivo de DC Comics nos ahorraríamos muchas horas lamentables de caja tonta. Pero en fin, la vida es un bien maravilloso al que todos tenemos derecho...

El caso es que dicho sistema no volvió a repetirse, por lo que la muerte de un personaje clave en los cómics siguió decidiéndose en los despachos de la editorial correspondiente. Sin embargo el daño ya estaba hecho, porque, a mi juicio, los lectores y por extensión las ventas adquirieron más peso que el guionista de turno a la hora de inclinar la balanza de la vida y la muerte. A partir de ese momento los iconos del tebeo yanqui ya no estaban a salvo, porque si las ventas descendían el equipo creativo contaba con un recurso impensable hasta entonces para subir su popularidad: matarlo. Antes había que crear un enemigo nuevo y más mortífero, cambiar de traje al héroe, inventarle una novia, un pariente o un oscuro secreto, lo que no garantizaba el éxito. Pero la muerte... ah, dulce muerte, reposo de los héroes, hogar definitivo de Hércules, de Aquiles, de Lancelot, de Billy el Niño, de Sherlock Holmes... ¿Definitivo?

Pero cuando un personaje consigue fama mundial y se convierte en icono su muerte pasa a ser un acontecimiento extraordinario y global. Hasta la gente que no lee cómics conoce a Superman, Batman, Spider-Man, el Capitán América y algunos más. Todos ellos han palmado ya al menos una vez, y cada vez que lo han hecho han salido en los periódicos, pero no en el Daily Planet o el Daily Bugle, sino en el New York Times, en Le Monde o en El País.


El cadáver más reciente es el de Spider-Man, pero en su versión Ultimate, un universo paralelo al tradicional de Marvel Comics, que lo creó con la intención de captar nuevos lectores que no conocieran los años y años de historietas que sus personajes llevaban a cuestas. Esto es, un chaval de 15 años sabe quién es Spider-Man, pero ignorará los detalles de su origen, cuáles son todos sus enemigos, por qué está casado o qué trabajos ha tenido, ya que el personaje nació en 1963 y, aunque el mundo de los cómics evoluciona más lentamente que el real (si no el arácnido tendría ya más de sesenta), algo evoluciona.

Ahora bien, ¿se puede dejar muerto un icono? ¿De qué viviría entonces la editorial? La fiebre de las muertes implicó necesariamente la fiebre de las resurrecciones, de modo que todos y cada uno de los personajes señalados también han acabado volviendo a la vida, lo que también suele acarrear ventas masivas. Ya me imagino a los redactores de los periódicos ficticios citados preguntando a su redactor jefe: "Oye, Perry, Superman se ha muerto de nuevo. ¿Lo sacamos en primera plana o esperamos a que resucite para contarlo todo? Es que con la cumbre de la ONU vamos un poco justos de espacio."

En la década de los 90 este estratagema de ventas alcanzó el paroxismo, y no había mes que los lectores de tebeos no encontráramos un fiambre entre sus páginas. Aquello olía mal, tanto que el recurso acabó cansando porque, además, las muertes no siempre encajaban bien con las tramas (y las resurrecciones menos), de modo que podían leerse óbitos completamente innecesarios. De contarse historias "más grandes que la vida" pasaron a narrarse patochadas de la muerte. Los cómics son terreno de lo fantástico, pero la muerte siempre había sido un límite preciso e insalvable. Si había algo que los tebeos tomaban y respetaban de la realidad cotidiana era eso. Cuando esa última barrera cayó se rompieron todas las reglas y se perdió toda la coherencia. Apareció, de manera casi visible, la mano del guionista, del editor y del mercado, tirando de los hilos de los personajes. Y no hay nada más dañino para la credibilidad de un héroe, más aún de un superhéroe, que bailar al son de personas normales y corrientes.