viernes, 30 de septiembre de 2011

"No habrá paz para los malvados", la cara oscura de Torrente

Habrá quien me tilde de insensato por insinuar parecidos entre la última película del director Enrique Urbizu, "No habrá paz para los malvados", y la zafia saga de Santiago Segura; lo comprendería. Pero es que el esperpento de policía de Torrente bien podría ser una parodia extrema del inspector Santos Trinidad (magnífico nombre), protagonista de la cinta reseñada. Santos es bebedor, mujeriego, callejero, de vuelta de todo... y Torrente es eso mismo visto con las lentes de la comedia burda y vulgar. Con esto no quiero decir que Urbizu (también guionista junto a Michel Gaztambide) y/o José Coronado (que interpreta al inspector) se hayan inspirado en Torrente para crear su personaje, pero sí que ambos cineastas se han fijado, seguramente, en el mismo arquetipo: el policía veterano, marcado, cansado y cínico a fuerza de patearse las calles y ver la realidad tal como es.


Los quince primeros minutos de "No habrá paz para los malvados" son de una crudeza de matadero, tensos de arañar la butaca y atravesados por la mirada cortante de Coronado, que da vida a un policía que preferirías que no te ayudara salvo en caso de extrema necesidad. Si estuviera asignado en tráfico él solo acababa con el aparcamiento en doble fila. La secuencia que precipita toda la película es sorprendente de principio a fin (sobre todo a fin) y pone los pelos de punta.

A partir de ahí acompañaremos a Santos en su caza del hombre, dos pasos por delante de la jueza Chacón (Helena Miguel) y de sus propios compañeros, dirigidos por Leyva (Juanjo Artero). La investigación de Santos está cuidada con detalle para que todas las piezas encajen sin chirriar, aunque a veces se hace difícil seguir sin perderse todo el proceso que le lleva de un personaje a otro. Puede que el protagonista sea un borracho autodestructivo, pero no es nada tonto. Sin una pausa, encadenando un indicio tras otro, Santos avanza en su búsqueda, una búsqueda que no tiene nada que ver con la justicia, con el honor, ni con servir y proteger. Y ese es otro de los atractivos de la película: como un error descomunal puede acabar desembocando en un acierto.

Pero (siempre hay un pero), el cuidado que se ha puesto en esa paradoja y en esa trama que encaja como un buen puzle parece haber provocado que se descuide a quienes la ejecutan y a quienes la investigan. Se está hablando mucho de la interpretación de José Coronado, muy comedida, controlada, como un tigre domado que no saca todo lo que tiene dentro pero que, aun así, deja ver que podría matarte. El problema es que el espectador nunca sabe exactamente qué le ha llevado a ser como es, una persona peligrosa y de vuelta de todo, pero muy dañada. Aquí y allá se dan pinceladas de qué ocurrió, pero personalmente me hubiera gustado que Santos mostrara esa humanidad herida, ese dolor y su causa, en vez de limitarse a mitigarlo con cubatas una y otra vez.

Algo parecido ocurre con los secundarios, esbozados, pero no perfilados. La jueza parece más máquina que persona (y una llamada de su hija no basta para desmentirlo); Leyva aparenta ser un buen tipo, un poli honesto y ya; el compañero de Santos (Rodolfo Sancho) es el típico escudero novato que respeta al veterano y poco más; y así podría seguir con todos. Es obvio que ni se puede ni se debe definir completamente a los secundarios, porque una película no da para tanto, pero se echa en falta otros personaje que sirva de contrapunto al protagonista para arroparle un poco.

La labor de dirección de Urbizu me parece sobresaliente, con una gran elección de planos y un ritmo adecuado para cada momento, aunque a veces me falta un poco de dinamismo. Siempre critico la excesiva cámara al hombro de las pelis yanquis, pero la verdad es que me hubiera gustado verla un poco en "No habrá paz para los malvados". Y comento dos detalles puntuales, uno positivo y otro negativo: el movimiento de cámara siguiendo a un Santos acuchillado casi al final de la película; y las dos últimas secuencias, que me parecen innecesarias y le restan fuerza al final (yo hubiera cerrado con el plano de Santos sentándose en la silla revólver en mano). Para gustos los colores.

Conclusión: una buena película policiaca que, sin llegar a ser redonda, está bien contada, perfectamente hilvanada y notablemente interpretada. Santos Trinidad es un perfecto hijo de puta, pero mola.

martes, 27 de septiembre de 2011

"A dance with dragons"-"Un baile con dragones"... pero de los lentos

No, la quinta entrega de la saga "Canción de hielo y fuego" de George R. R. Martin aún no ha sido publicada en Español o Castellano (como prefieras llamarlo). Pero haber trabajado como traductor de inglés tiene ciertas ventajas, así que decidí leerlo en su idioma original, cuyo título tal vez se traduzca de una forma menos literal, como "Bailando con dragones", que la verdad es que me gusta más; pero eso ya es otro tema.


El caso es que no envidio al traductor (seguramente traductora, Cristina Macía, la de las entregas anteriores). Hace meses hice una entrada en la que hablaba de mi opinión sobre esta obra y de por qué creo que se está alargando mucho más de lo debido. Ya comenté que el cuarto volumen me pareció el chicle que te has tomado hace dos horas, que sólo vale para estirarlo y que carece completamente de sabor. Este "Baile con dragones" me ha resultado casi más de lo mismo, y digo casi porque esta vez sí vuelven los personajes importantes, o quizá sería más correcto hablar de personajes originales, aquellos que ya aparecían en el primer libro, "Juego de tronos", y con los que ya hemos cometido el error de encariñarnos, por feos, bastardos, discapacitados, insignificantes o manipuladores que sean. Vuelven Tyrion (por cierto, Emmy para su intérprete, Peter Dinklage, en la serie de TV), Jon, Bran, Arya y Cersei junto a algunos otros que tampoco sabíamos (o recordábamos) dónde se habían quedado en esta epopeya detallista hasta la náusea.

Esa es mi principal queja de "A dance with dragons": demasiada información irrelevante. Demasiadas descripciones de los banquetes, de los estandartes, de las vestimentas, de los parajes, de los rostros... La novela tiene 1.036 páginas sin contar los anexos, así que es muy probable que en nuestro idioma supere las 1.100, y también he comentado que me cuestan mucho las historias taaaan largas. Martin escribe muy bien, tiene mucha fuerza, pero la pierde toda cuando obliga al lector a leer mil anécdotas intrascendentes antes de dar el golpe de efecto o, sencillamente, de contar realmente qué ocurre con los personajes y la trama. Leer esta quinta entrega es un auténtico esfuerzo que a mí ni siquiera me ha compensado. Martin abusa del suspense generado y tarda mucho en resolverlo (cuando lo hace), esperando enganchar al lector página tras página. Es como si nuestra abuelita nos hubiera repetido aquello de "¿Para quién es este caramelito?" durante dos horas antes de dárnoslo; al final prefieres conseguir el caramelito de otra forma.

Sin destripar nada diré que he leído muy pocos momentos que justifiquen tanta paja (el primero lo encontré pasada la página 730), pero es que, además, no se concentra en ellos. Para mí es incomprensible que el autor dedique líneas y líneas al árbol genealógico de una casa menor y de sus cuitas con otra casa vecina, pero no me detalle los acontecimientos clave o me deje su conclusión nuevamente suspendida. No puede seguir tomo tras tomo sin resolver situaciones con la intención de dejarlo todo para el final.

Yo ya creo que el verdadero “mérito” de R.R. Martin es mostrar lo peor de la naturaleza humana con dureza diamantina. Los monstruos más terribles de "A dance with dragons" (y de la saga en general), no son los dragones, ni los huargos, ni los caminantes blancos: somos nosotros, armados con lanzas, espadas y mentiras. Si en su historia hubiera fusiles, aviones y carros de combate Martin sería un presentador del telediario de las tres, no un novelista.


Me comentaba un amigo que el escritor había dicho que tenía una especie de miedo escénico a escribir el final de la saga porque no quería decepcionar a los fans, pero debería haberse preocupado de no decepcionarlos antes, porque ahora puede que ni siquiera queramos leerlo. Si eres un/a seguidor/a incondicional te gustará "Un baile con dragones", seguro. Pero si eres de los que ya ha tenido dificultades para acabar los tres primeros tal vez prefieras que te hagan un resumen del 4º y de este 5º. Es más, Martin también ha dicho que la serie de TV no seguirá la trama de los libros a partir del 3º, "Tormenta de espadas". ¿Será porque nadie vería una temporada protagonizada por secundarios?

Y termino con mi apuesta sobre el final de "Canción de hielo y fuego": el invierno más terrible de las últimas décadas se abate sobre los Siete Reinos escoltando a los Otros que han rebasado el Muro y a su Guardia, pero Daenerys y sus dragones logran derrotarlos. Veo a Jon Nieve por ahí, no sé muy bien por qué, y a Bran. Quizá habría que ir preparando una porra...

Trama: ***
Emotividad: **
Lenguaje: **

viernes, 23 de septiembre de 2011

"True blood", 4ª temporada: muchos sherifs y pocos indios

La madrugada del domingo pasado se concedieron los premios Emmy de la televisión, en cuyas categorías no estaba nominada "True Blood" ("Sangre Fresca" en España, "Sangre verdadera" en Latinoamérica); y no me extraña. La primera temporada, allá por 2008, fue una revelación, aunque tampoco optara a los premios mencionados (sí a otros). HBO, fiel a su estilo (y a su política) de hacer y emitir series realistas, creó una especie de "Melrose Place" sureño o de versión adulta de "Crepúsculo" con vampiros que bebían sangre a vena abierta, follaban sin recato y arrancaban brazos si alguien les tocaba los colmillos. Todo ambientado en un lugar tan mágico como Lousiana, con sus pantanos, su cajún, su provincianismo y sus monstruos (si bien habría que atribuir buena parte del mérito a la escritora de las novelas en que está basada, Charlaine Harris). Y funcionó de coña: hacía tiempo que no se veía a vampiros tan hijos de puta como estos, aunque pudieran enamorarse.


Desgraciadamente para mí, esta cuarta temporada recién finalizada ha pecado precisamente de monstruos. A Bon Temps le pasa lo que a Smallville o a Sunnydale: la población sobrenatural supera con creces (al menos aparentemente) a la humana. Allí le das una patada a una piedra y salen tres vampiros, dos hombres lobo, dos brujos, hada y media, cuatro espíritus, dos cambiantes... Es demasiado para la suspensión de mi incredulidad, que le saca un dedo a toda esa caterva de seres de ultratumba enrollados unos con otros; no consigo creerme nada de lo que me cuentan. No hay población en este mundo que pueda resistir tanto exceso. Si yo viviera allí haría las maletas y me largaría definitivamente, aunque quizá me lo pensaría dos veces si fuera fémina. No quiero parecer machista, pero entiendo que las telespectadoras disfruten esta serie más que nosotros. If I were a woman (que decía la canción ;) alucinaría con los prominentes colmillos de Eric Northman o los poderosos cuartos traseros de Alcide, pero como no es el caso tengo que conformarme con la cursilería Hello Kitty de Sookie, nada más y nada menos que la protagonista. Y si no te gusta el/la protagonista de una serie...

Todo esto tiene sentido si recordamos que la autora de esta historia es una mujer que, lógicamente, ha hecho algo dirigido al público con el que mejor conecta, que es el femenino; igual que Stephenie Meyer, pero sin la vena mormona. Hay demasiado sentimiento

Volviendo a la cuarta temporada, con sus anomalías demográficas ya adelantadas en la tercera, señalar que el último capítulo es, para mí, uno de los ejemplos más evidentes de que retomar un tema ya resuelto es un grandísimo error de difícil solución, que, efectivamente, no se soluciona bien sino todo lo contrario: resulta forzado, totalmente inverosímil (y hablo de una serie de vampiros) y anticlimático. La parte buena de dicho episodio es aquella que presagia las tramas de la próxima temporada, por lo que no deja con mal sabor de boca gracias a la promesa de "delicias" por llegar.

Lo mejor de esta etapa ha sido el nuevo Eric, que provoca situaciones muy divertidas, y el personaje originario de... ¡Logroño! Maravillosa ciudad riojana donde pasé años maravillosos. Destacar también la producción, tan fantástica como siempre, y a Pam Ravenscroft (interpretada por Kristin Bauer) que tiene la mejor frase de la temporada, justamente en el último episodio.

En fin, que la cuarta temporada de "True Blood" gustará a los incondicionales de la serie (o de los personajes masculinos, o de Sookie) y decepcionará a los que, como yo, creen que una serie de vampiros puede sostenerse sólo con vampiros, que ya tienen bastante, los pobres.

martes, 20 de septiembre de 2011

El ritmo en la narración, ¿eres de blues o de rock?

Saber imprimir ritmo a una narración es un conocimiento valiosísimo necesitado de práctica y de talento; no digo que yo lo tenga, sólo que me parece imprescindible. Poseerlo permite hacer cosas bellísimas, como imitar con palabras el flujo de un río, la caída de la nieve o la cadencia de los truenos en una tormenta (y otras cosas). Aquí puede percibirse claramente que el lenguaje no son sólo palabras, como la música no son sólo notas. Su disposición, su ensamblaje y su sonido imprimen ritmo al discurso (por esto es tan difícil traducir fielmente un texto). Leer obras originales en el propio idioma (sobre todo poesía) ayuda a identificarlo (y a reproducirlo), como también lo hace tener buen oído.


Me atrevo a decir que el ritmo de la narración y la trama son dos elementos determinantes a la hora de abandonar un libro o seguir leyéndolo hasta el final. Puedo perdonar los personajes chuscos, el lenguaje simple (o demasiado recargado), la maquetación abigarrada o al autor insoportable, pero el mal ritmo... buf. Voy a ponerme lírico en vez de erótico diciendo que es como bailar con alguien que te pisa constantemente: aguantas uno y ya.

Claro que también me atrevo a decir que conseguir un buen ritmo es una de las cosas más difíciles que hay a la hora de escribir, precisamente porque requiere un buen dominio del lenguaje y de la estructuración, siendo el primero la argamasa (y los ladrillos) del segundo. La trama es, en mi opinión, el armazón que nos ayudará a decidir qué partes o capítulos tendrán que ser más lentos y cuáles más rápidos. Si, por ejemplo, tenemos pensado que el protagonista va a rememorar un momento apacible de su infancia optaremos por un ritmo lento, mientras que si queremos reseñar sus actividades banales o una juventud intrascendente optaremos por uno más rápido.

Para conseguir el primero pueden emplearse reflexiones, enumeraciones y descripciones detalladas, con frases largas llenas de adjetivos, subordinadas, adverbios... La clave es ralentizar la acción o detenerla completamente. Imagina que le haces una foto a la escena que tienes en mente o que quieres contarla a cámara lenta. Tener un vocabulario extenso contribuirá a no repetirse para no aburrir al lector, así como recurrir a sinónimos que alarguen las frases y bajen el tempo. Por ejemplo: "el tren se acercaba vomitando un humo plúmbeo, espeso, denso como nubes de tormenta."

La figura del narrador suele cobrar en este caso un papel dominante, puesto que es quien cuenta la historia, aunque los personajes pueden contribuir directamente con sus diálogos. Sin son cortos aceleran la lectura y son fantásticos como preludio a un enfrentamiento. Si son largos, explicativos, será casi como si el tiempo se detuviera, y son muy adecuados para escenas románticas "clásicas", nada del aquí te pillo aquí te mato. Pero esto no son mandamientos, sino recomendaciones generales.

Conseguir un ritmo lento es relativamente más sencillo: cualquiera que escriba con cierta frecuencia se habrá dado cuenta de que es más fácil acortar un texto que alargarlo. Pero lograr ese ritmo no será siempre cuestión de quitar palabras (resumen) o historia (elipsis), sino también de dominio del lenguaje para poder expresar algo con términos cortos o dar sensación de velocidad mediante la puntuación adecuada. Por ejemplo, en un duelo de espadas: "Nuestro héroe midió al bandido con ojo experto. Desenvainó el sable, fintó a derecha, giró muñeca y embistió de frente. El otro sintió el acero, retrocedió un paso y avanzó dos; lanzó estocada que atravesó capa, pero no carne. Detuvo un lance, esquivó un segundo y sintió un tercero. Su vida fluyó por el tajo abierto del costado, sangre y aire desparramándose sobre el camino junto con un último aliento maldiciendo a su enemigo: 'al Infierno". Las pausas cortas en este caso reproducen (o lo intentan) el ritmo de la lucha, el cruce de espadas: tocar, parar, tocar, parar... y exhalar.

Como en la esgrima, como con casi todo, es cuestión de practicar, practicar y practicar.

jueves, 15 de septiembre de 2011

"El espía que surgió del frío", una historia con mayúsculas

El título de la entrada viene a santo de que, aunque se trata de una novela de ficción, el trasfondo es Historia de la que se estudia (o de la que se vive). El autor de "El espía que surgió del frío", John le Carré (pseudónimo de David John Moore Cornwell), fue monje antes que fraile, esto es: trabajó como espía antes de escribir sobre espías. Así que conocía ese mundo de primera mano, como también conocía la época en que se desarrolla la acción de la novela, porque es la misma que estaba viviendo. Pero ahora que lo pienso despacio, quizá esta obra no sea ficción; quizá Le Carré vivió realmente una historia parecida, o se la contaron. Qué coño, seguro que en un universo paralelo es novela histórica, y en el nuestro los profesores deberían recomendarla para ilustrar el periodo de la Guerra Fría, más concretamente, la que se libraba en Berlín.


Se publicó por primera vez en 1963, y gustó a público y a crítica, tanto que la novela de espías dejo de ser un subgénero denostado, pulp o como quiera uno llamar a esa literatura indigna de los paladares selectos (comercial, dirían hoy). No es una novela larga, lo que agradezco, pero tiene de todo. Bueno, de todo no: alegría no hay, ninguna, pero compensa esa ausencia con una doble dosis de drama y de pesimismo. Una obra que pretende ser realista no puede contener chistes cuando explica un oficio y un tiempo como aquellos, con el mundo dividido literalmente por un muro plantado en mitad de una ciudad, y a cada lado de ese mundo una ideología diferente, justificando un sistema económico diferente, temerosa de que la otra le robara terreno, y con ello personas, y con ello recursos. Le Carré habla de todo eso por boca de sus personajes, que casi ni ven ese paisaje, ese bosque, porque lo suyo es ver los árboles que tienen delante.

Al protagonista, Alec Leamas, un espía británico curtido, cincuentón pero deseoso de seguir como agente de campo en vez de como oficinista, le llega el turno de abandonar el trabajo en Berlín... o no. Le Carré es muy hábil engañando al lector, tanto como engañando al protagonista, porque no debo de andar muy equivocado si afirmo que la única constante en el espionaje es el engaño. Por muy protagonista que sea, el señor Leamas no es más que un peón en manos de jugadores cuyo tablero es un mapamundi, y el gran acierto de la novela es, precisamente, que al contarse desde el punto de vista del peón nunca sabemos cuál es la verdadera estrategia. Vemos que el peón se mueve, que se come otra pieza, que le bloquea un caballo... Pero sólo al final de la partida entendemos qué ha ocurrido con las demás piezas y quién ha ganado.

El autor también es un maestro describiendo personajes, seres humanos con fortalezas y debilidades. Y que nadie espere un agente perfecto, como tampoco lo es el James Bond de otro fraile que antes fue monje, Ian Fleming. La pátina de glamour se la dio el cine, que convirtió en galán a un hijo de puta (es lo que tiene oler a franquicia, cosa que no le pasó a los espías de Le Carré). Leamas no llega al nivel de frialdad y cinismo de Bond, y quizá por eso pase lo que pasa. Tampoco parece ser demasiado listo, porque mientras Bond goza de una autonomía superlativa, a Leamas le falta iniciativa y le sobra lealtad; esa lealtad que caracteriza a los estúpidos o a los que prefieren no cuestionarla porque saben que descubrirían cosas que les harían desertar. Es un soldado, un peón, un pobre diablo a través de cuyos ojos leemos un mundo pasado, neblinoso y bipolar donde el fin justifica los medios. Y John le Carré lo muestra con crudeza, con un estilo directo, llano, y con un final apoteósico que te deja un minuto con la vista muerta en la última frase.

Trama: ****
Emotividad: ***
Lenguaje: ***

lunes, 12 de septiembre de 2011

"Super 8", superentretenida

El primer comentario que me salió al terminar la película fue: “la generación siguiente a la nuestra (los chavales que ahora tienen 10-12 años) ya tiene su ‘E.T. el extraterrestre”. Si en la entrada que escribí sobre la peli del Capitán América decía que me devolvió a la adolescencia, “Super 8” me ha devuelto a la infancia, cuando disfrutaba con “Los Goonies”, “Daryl", "El vuelo del navegante" y la mencionada “E.T.”

Yo creía que las pelis de ese estilo ya no existían; cosas como “Sólo en casa”, “Jumanji” o “Spy Kids” me parecían bodrios de una calidad muy por debajo de las que yo veía; es lo que tiene la edad. Sin embargo, “Super 8” me ha parecido una gozada apta para peques y para no tan peques. Ahora bien, esto podría ser porque la sombra de Steven Spielberg es alargada, y aunque no la dirige, sí la produce. Lo que quiero decir es que el supuesto director de la cinta, J. J. Abrams(que creció viendo las pelis del maestro), ha mimetizado tanto el estilo de Spielberg que los talluditos como yo salimos del cine con un ataque eufórico de nostalgia.

No es lo mismo...
...pero se parece
Tampoco quiero negarle su mérito a Abrams: copiar a un genio no es fácil, y el primer Spielberg lo era. Este tándem combina como nadie la aventura con el intimismo: la película enlaza sin saltos ni fisuras la secuencia gamberra con la sentimental, el plano general con el plano corto. Nunca se pierde (salvo quizá al final) explicando detalles secundario que a nadie interesan, ni en conflictos artificiales ni en explosiones de más. El ritmo es perfecto: una subida constante en la que se disfruta del paisaje, hasta llegar a la cima, donde te paras a contemplar, ya con calma y completamente, con el viaje concluido, el fantástico panorama que se intuía al principio.

El guión, igualmente firmado por Abrams, tampoco es muy original; no deja de ser una vuelta de tuerca de algo que ya nos contaron en 1982. Los diálogos resultan naturales, o al menos a los de mi quinta nos lo parecen. Téngase en cuenta que la época en que sucede la historia no es la actual; ¿y cuál es? Pues 1979, qué cosas… Los niños que la protagonizan podríamos ser yo y mis amiguetes, no mis hijos; otro motivo para calificar a la película de nostálgica. La pregunta es si Abrams lo ha hecho porque le resultaba más sencillo hacer el film recurriendo a su propia infancia como inspiración o porque así atraía a las butacas a los niños de hoy y a sus padres, los niños de entonces.

En cuanto a los actores, Joel Coutney (el niño protagonista) no le llega a la altura del betún a su contrapartida femenina, Elle Fanning que, tal y como ocurre dentro de la ficción, nos deja con la boca abierta. Las correspondientes figuras paternas, Kyle Chandler y Ron Eldard (que configuran un juego de espejos brillante, cada uno tocado por la tragedia, cada uno con su manera de afrontarla) cumplen muy dignamente. Y los chicos de la pandilla… aceptables, unos más y otros menos. El doblaje en Español no ayuda en esta ocasión, lo siento.

En el apartado técnico no hay objeción ninguna; los efectos corren a cargo de la que sigue siendo la mejor compañía del mundo, Light & Magic. La música está bien (Michael Giacchino, colaborador habitual de Abrams), aunque estoy seguro de que no se la encargaron a John Williams para que las semejanzas con la susodicha "E.T."ya no resultaran completamente sangrantes.

Y el final… Ay, el final. Una vez más veo la mano de Spielberg, dando ese toque de más que a veces tenían sus películas, ese momento ñoño, tan innecesario como efectista que buscaba la lágrima como el dedo que se mete en el ojo. Como si la película no hubiera sido lo bastante emocionante. Abrams comete el mismo error con una escena que pretende ser una metáfora de la aceptación de la pérdida, del pasar página, del seguir adelante. Me sobró totalmente y para mí no hay nada peor que joder el final de una historia maravillosa. Vamos, que yo hubiera metido la tijera en el montaje.

Aun así, es una cinta muy recomendable, muy bien contada, muy divertida y muy entrañable. Aunque stoy deseando que salga en DVD para confirmar mi comparación.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Pistas en la narración (comentarios a "Ascensión")

Por aquí ya he dejado patente mi afición a las historias de misterio, quizá porque me gusta intentar desentrañarlo antes de que el autor lo resuelva. Creo que este tipo de narraciones permiten cierta interactuación entre el creador y el público (al contrario que otros géneros) porque éste puede recurrir a su inteligencia para encontrar las pistas diseminadas por la obra y hacer conjeturas; es una especie de juego, aunque para que exista es necesario que, efectivamente, el escritor disponga indicios a lo largo de las páginas.


Existen novelas (y películas y series de TV) de misterio que no favorecen esa interacción porque no exponen pistas, tal vez con el objetivo de sorprender al lector. Sirvan como ejemplo las novelas de Sherlock Holmes, en las que sólo el genial detective tenía conocimiento de datos cruciales para la resolución del crimen. Es decir, Holmes (y el narrador) revelaban al final del relato tanto los indicios como lo que se deducía de ellos. En la reciente película sobre el personaje ocurría lo mismo: los planos no mostraban lo que veía Sherlock; sólo cuando éste reconstruía los hechos explicando sus hallazgos nos los enseñaba la cámara.

Lo mismo hacían Agatha Christie o Edgar Allan Poe; igual Joseph Conrad o John le Carré, aunque todos hacían notar, generalmente a través del narrador y sus descripciones de los personajes, que había gato encerrado. Una expresión llamativa o una exclamación inesperada de los protagonistas ponían al lector sobre aviso, pero sin saber exactamente por qué.

Sí recuerdo una novelita muy entretenida llamada “El misterio de la Isla de Tökland”, de Joan Manuel Gisbert, que resultaba un verdadero puzle para el lector porque la narración daba realmente la oportunidad de descubrir los retos que se planteaban a los personajes.

Pero para establecer ese juego no hace falta ceñirse al misterio principal: los pequeños también lo permiten. En “Cuando cae la noche I-Ascensión” me propuse plantear incógnitas que el lector pudiera despejar gracias a algunas “miguitas de pan”. Por ejemplo, en el primer capítulo no menciono hasta el final la naturaleza de Adrian Wolff, pero hay multitud de detalles que lo revelan antes de que lo haga él, empezando por el título. También la cita, un versículo del Evangelio según San Juan que alude a la oscuridad y su capacidad para ocultar fechorías; también el primer párrafo, una descripción con adjetivos como “rojas”, “hemorrágicos”, “desangrada” alusivos a la sangre. Si a eso añadimos que Adrian recuerda un Sol abrasador, ¿a qué conclusión se puede llegar?

Pero hay más: una extraña nota llega a casa de Helena; dice poco, pero la firma un “Doctor”. Capítulos después el lector se entera de que el creador de Adrian es un tal “Faust”, supuestamente desaparecido antes de ser juzgado por crímenes horribles. Al lector avispado le llamará la atención esa combinación, y seguramente recuerde cierto personaje legendario, de origen alemán, famoso por haber hecho un trato con quien no debía.

¿Y qué hay del poderoso vampiro egipcio llegado a Madrid recientemente? ¿Ha muerto? ¿Sabía algo del paradero del gran Marcos Augusto? Nuestro protagonista no sabe nada de él, pero su gente le da una pista importante en sus pesquisas al ponerle tras la pista del niño-vampiro. ¿Por qué lo hacen?

Sin embargo, quizá el mayor enigma de la novela, más aún que aquel que trae a Adrian Wolff a Madrid, sea el magnífico juego de ajedrez flotante, cuyas piezas parece que nadie puede mover… aunque se muevan. ¿Quién lo hace? ¿Quiénes juegan la partida? No dudes, querid@ lector(a), que la pieza que avanza al final es una pista clave. En esta novela todo tiene una razón. ¿Aceptas su desafío?

martes, 6 de septiembre de 2011

"El Alquimista", una lectura recomendable (y tramposa) para tiempos oscuros

Una vez más es probable que ya hayas leído este libro, porque no es precisamente una novedad ni la obra desconocida de un autor ignorado. "El Alquimista" de Paulo Coelho se publicó por primera vez en 1988 y desde entonces ha vendido más de 65 millones de ejemplares y se ha traducido a 63 idiomas. No está mal.


Era un libro que quería leer desde hace tiempo, pero también he comentado alguna vez que lo malo de hacer una lista de lecturas obligadas es que cada vez que la revisas tachas tres y añades cinco... Lo cual no deja de ser una alegría, porque no sé qué cojones haría si un día descubriera que ya los he tachado todos. ¿Ver la tele?

En fin, el caso es que quiso la Providencia (o quizá el Alma del Mundo) que leyera el libro este año, un año especialmente difícil, o especialmente negativo, o especialmente incierto. Un año en el que resulta complicado ver este país (y casi todos los demás) con optimismo. Los remedios para mirar la realidad desde una perspectiva más alegre son diversos, y hace unas semanas un editor comentaba que si los libros de autoayuda le permiten a uno a dormir mejor, bienvenidos sean. "El Alquimista" no es precisamente un libro de autoayuda, aunque a mi entender, podría considerarse el siguiente paso: la autoayuda novelada.

Nada más empezar la edición de Espasa Calpe (que incluye un apéndice didáctico que me hizo pensar que estaba entrando en una secta) me dio la sensación de estar leyendo una parábola o una fábula más extensa de lo habitual.Ya en el prefacio Coelho señala que se trata de un libro simbólico, cosa que se percibe rápidamente viendo la simplicidad con que se describe a Santiago, el protagonista de este viaje interior, de esta pequeña odisea cuyo destino es, como en todas las verdaderas odiseas, la comprensión de uno mismo, de sus deseos, sus capacidades y sus limitaciones. Esa simplicidad, así como la vaguedad deliberada con que se describen al resto de personajes y parajes, favorecen enormemente la identificación del lector con el protagonista y con sus experiencias a lo largo del libro.

El argumento es muy sencillo: un pastor decide partir a la búsqueda de un tesoro con el que ha soñado. El estilo también lo es, así como el lenguaje. De hecho, creo que no hay nada complicado en esta obra, salvo una cosa que son dos: aplicar sus enseñanzas (que implica a su vez creer que lo son). A lo largo de "El Alquimista" varios personajes aconsejan al protagonista acerca de su sueño, de si podría hacerlo realidad y de cómo lograrlo. Esos consejos, esas lecciones fundamentales serían tres: que todas las personas reconocen en su juventud cuál es su "leyenda personal" (su gran objetivo en la vida, diría); que cuando deseas algo realmente el Universo entero conspira para que lo consigas; y que el amor es la fuerza que transforma y mejora el "Alma del mundo" (algo equivalente a la conciencia colectiva).

Como he comentado, el simbolismo de la obra, su falta de detalles, contribuye a que el lector se vea reflejado en Santiago, el actor principal y, por tanto, la sensación de que hemos vivido momentos como los que vive él. Seguramente tendremos la sensación de que una vez, hace años, soñamos con ser o hacer algo, y que en algún momento de la vida tomamos el camino equivocado, olvidando nuestra meta, nuestra "leyenda personal". Pero Coelho, a través de su libro, anima a Santiago (al lector) a emprender ese camino, por difícil que parezca, porque al final el Universo a través de encuentros, de casualidades, nos ayuda a lograrlo.

El libro resulta por tanto muy agradecido de leer, y uno se siente animado tras hacerlo; embargado por esa sensación de "¿y por qué no retomar ese proyecto que me hacía tanta ilusión?" Sólo por esto ya recomiendo leerlo, sobre todo ahora, y por eso también señalo que "El Alquimista" podría ser el siguiente eslabón en la cadena del libro de autoayuda.

Ahora bien, mi opinión es que este libro es una trampa, y lo explico: podemos pensar que las "leyes" que expone Coelho lo son porque queremos creer que lo son, porque nos agrada cómo justifican experiencias que hemos vivido, porque parecen ajustarse a una realidad maravillosa en la que todos podemos ser felices. Pero mi teoría es la inversa: Coelho (un hombre muy inteligente, no me cabe duda) sabe que todos hemos tenido sensaciones y experiencias similares a las de Santiago, y ha creado ad hoc leyes de cuento para explicarlas (que le han servido para construir su libro). Si te hace feliz creer en ellas, adelante, toma la pastilla azul... y felices sueños.

Trama: **
Emotividad: ***
Lenguaje: **

viernes, 2 de septiembre de 2011

Vuelta a la realidad... ¿o no?

Hola de nuevo. Para much@s ya se han terminado los días de asueto y toca remangarse y volver a la dura realidad (muchos llevan meses instalados en ella). También es verdad que la transición ha sido más suave que otros años gracias al empeño de los medios de comunicación (gracias, chatos), que durante todo el verano se han encargado de recordarnos que la economía está hecha una mierda, que vamos a la recesión, que las bolsas bajan y que en todas partes cuecen habas.

Así las cosas resultaba bastante complicado disfrutar debidamente de una cervecita en la playa, de un tinto de verano en la montaña o de un buen libro en una tumbona. Resultaba complicado evadirse para “cargar las pilas” con la banda sonora del apocalipsis financiero sonando de fondo a todas horas.

A mi sombra le ha pasado como a la de Peter Pan. Quiere quedarse en Nunca Jamás

Esa evasión, grande o pequeña, acababa convirtiéndose en el Santo Grial, en el Puente del Arco Iris, en el Arca perdida… Pero buscando, buscando al final se encontraba. Y, ¿quién sabe?, buscando, buscando quizá has llegado aquí, donde nos evadiremos juntos.

Bienvenid@.