jueves, 27 de octubre de 2011

¿Compramos libros o marketing?

Todos hemos oído alguna vez el chascarrillo (cierto o no) de ese regalo envuelto en una caja maravillosa con lazo de seda que resultaba ser un destornillador de los chinos (o cualquier otra zarandaja). Esta coña hace años que pasó de anécdota a verdadera metáfora de la relación entre producto y marketing; y el libro es un producto.

¿Qué habrá dentro? ¿Importa?

Gustos al margen, hace tiempo que el envoltorio (la campaña de mercadotecnia) consigue más ventas que la propia calidad de lo envuelto. Toda la vida criticando a los que compraban libros por la portada y resulta que es lo que estamos haciendo, sólo que ahora la portada puede incluir una película, dos reseñas en suplementos, series de televisión, un booktrailer y tropecientos banners en la web de tu email. Si a esto añadimos que los editores siguen sin saber qué va a ser superventas, obtenemos que en el mundillo literario, da igual la supuesta calidad del producto, porque es la campaña de marketing lo que va a "garantizarla" y a lograr que se venda. Esto es: una caja de puta madre colocada en el mejor emplazamiento de los centros comerciales y un par de críticas (o premios) favorables "subvencionadas" van a conseguir que te lleves a casa lo de dentro: un libro.

Porque vamos a ver: sin en España se publican más de 10.000 títulos nuevos al año, ¿cómo coño se sabe cuáles son? ¿Alguien bucea entre las más de 1.000 editoriales de nuestro país para saber qué novedades sacan? Pues no. Sabes de aquellas que te llegan, ¿y por qué te llegan? Porque unos señores y unas señoras se encargan de que esas novedades destaquen entre el inmenso bosque literario (me temo que ya hay más madera en los centros comerciales que en nuestros campos) a través de anuncios, o de reseñas, o de eventos... Y al final acabamos eligiendo unos pocos títulos de una preselección realizada no con criterios literarios, sino económicos: las editoriales con más presupuesto consiguen que sus novedades destaquen más.

Eso no significa que en las cajas siempre haya destornilladores de los chinos; a veces encontramos joyas de verdad. Lo que sí significa es que hay otras muchas joyas que nunca llegamos a disfrutar porque crecían a la sombra de los envoltorios que llenaban nuestro horizonte.

martes, 25 de octubre de 2011

Cómo provocar terror escribiendo (bien)

Estando Halloween a la vuelta de la esquina me ha parecido que el terror literario se merecía una entrada, así que allá voy. Creo que, en general, no es nada fácil despertar emociones reales en el lector. La literatura tiene una serie de recursos que se basan exclusivamente en el lenguaje escrito, que es menos "potente" que la imagen o el sonido. Por ello el cine, la televisión e incluso la radio tienen más facilidad para despertar sentimientos instantáneos; es más sencillo y más rápido procesar estímulos visuales y sonoros que estímulos conceptuales o simbólicos. Un gato que salta inesperadamente sobre la protagonista de una película o un ruido fuerte y repentino nos hará saltar de la silla al momento, pero leer esa misma escena no provocará la misma reacción.

Adelante, ábrelo si te atreves... Y afronta sol@ las consecuencias.

Por tanto, la literatura de terror es claramente incapaz de producir sustos de los de toda la vida, lo que es una seria desventaja a la hora de generar terror. Ahora bien, que el lenguaje necesite un proceso intelectual complejo es una ventaja a la hora de generar emociones intensas y perdurables, porque el esfuerzo que hacemos es mayor. Y, además, durante la lectura nuestro cerebro recurre a nuestra experiencia para formar las imágenes que nos describe el texto, apelando a las emociones asociadas a esas vivencias. Y aquí viene la primera clave para escribir terror: describe escenas familiares, y con ello me refiero a escenas comunes a todos: una cena con amigos, una noche de tormenta, un apagón, una calle vacía... Todos hemos vivido algo así, por lo que podemos situarnos sin esfuerzo.

La siguiente clave es plantear algo extraño en esa escena, algo fuera de lugar. El miedo a lo desconocido es una de las emociones más básicas del ser humano, y hasta el elemento extraño más inocente nos genera incomodidad: un formulario que no sabemos rellenar, un niño al que ignoramos cómo hacer callar, un enchufe que no tenemos ni idea de reparar... Si pasa esto con tonterías, imagina lo que ocurre cuando lo agravas un poco, tal vez añadiendo una costra de mal aspecto a ese amigo que ha venido a cenar, cambiando el color de un relámpago, describiendo una sola ventana iluminada en un barrio completamente a oscuras, o un chirrido en esa calle aparentemente vacía.

La tercera clave es dar color a los detalles, recrearse en ellos; hazlos creíbles e intensos. Usa adjetivos y adverbios, gana tiempo con ellos ralentizando la escena. Haz que el lector "vea" a cámara lenta lo que sucede, y que la descripción de esos elementos extraños conduzca a otros aún más inquietantes, pero poco a poco.

Por último, cierra súbitamente la trampa en la que has metido al lector: pasa a la acción rápidamente, sin concesiones, sin pausas para respirar: describe ese acto tan concisa y brutalmente como puedas: el amigo, ya con los cubiertos en la mano, trincha el brazo del anfitrión en lugar del asado; un rayo abduce a la pareja que se resguardaba en un portal; de la ventana iluminada sale un ser de pura luz que se alimenta de la energía de la ciudad, incluyendo a la de sus habitantes; o una gigantesca rata devora al viandante, demostrando al lector por qué esa calle siempre está vacía.

Estos trucos son perfectos para usar en cuentos, pero también se usan en novelas, aplicándose a las escenas clave o bien alargando cada fase todo lo posible y alternándolas con pasajes "normales", que sirvan para dar reposo a los protagonistas y al lector.

Como casi siempre, lo mejor para ver realmente cómo se consigue provocar terror es leer buena literatura de terror. Personalmente recomiendo a Poe y a Lovecraft (y colegas), y también a Stephen King (de este escoge uno y ya está, será como si los hubieras leído todos).

Y poco más. Hasta mi próxima entrada... si es que sobrevivimos a esta noche.

viernes, 21 de octubre de 2011

¿Qué es el cliffhanger y cómo se hace?

La traducción que más me gusta de cliffhanger es "al borde del precipicio", y precisamente por eso se ha bautizado con este término al recurso narrativo mediante el que se procura mantener el interés del oyente, lector o espectador hasta la siguiente entrega de la obra. Para ello se sirve de una situación de suspense o de una revelación importante para los personajes o la trama, de modo que habrá que seguir la historia para descubrir cómo se resolverá o qué consecuencias tendrá lo revelado. Dicho en plata: es lo que hace que a las tres de la mañana sigas leyendo esa novela o viendo esa serie de televisión que te tiene enganchad@ hasta las trancas.

¿Se caerá o no?

De novedoso tiene poco, así que no creas que esto lo inventaron los de "24" o "Perdidos". Como antecedente plenamente documentado se me ocurre "Las mil y una noches", que podría ser del siglo X (o anterior), donde la reina Sherezade va aplazando su ejecución por orden de su reciente esposo gracias a las historias inconclusas que le relata noche tras noche. Así, Sherezade comienza una nueva cada vez, pero dejando el final para la siguiente, de forma que el rey, intrigado, decide dejarla vivir para poder satisfacer su curiosidad.

En la literatura hay muchos más ejemplos de este recurso, como en "El Quijote", pero cuando realmente empiezan a proliferar es en el siglo XIX, gracias a la publicación de novelas seriadas, llamadas folletines. Estos folletines eran un recurso más para aumentar las ventas de periódicos, que pretendían enganchar al lector poniéndole los dientes largos para que siguiera comprando. Ya he comentado algo de esto en otra entrada, poniendo a Alejandro Dumas como ejemplo. Muchas de las aventuras de sus mosqueteros empezaban y concluían en entregas diferentes, igual que hacía Sherezade. Acontece una peligrosa emboscada-se resuelve en el siguiente número; un mosquetero declara su amor-le corresponden (o no) en la entrega posterior; D'Artagnan comienza un duelo-lo acaba en el periódico del día después.

Años después la radio se apropió de este recurso para los radiodramas, que al final del episodio planteaban una situación mortal para el héroe de turno, pero el oyente no sabía si terminaba bien o mal hasta el siguiente capítulo. "¿Sobrevivirá Dick Tracy al foso de los cocodrilos? ¡No se pierda el próximo episodio en este mismo canal de su emisora!"

También se empleó en el cine, sobre todo en el mudo, de donde podría provenir el término, aunque también podría tener su origen en la escena de una novela seriada de Thomas Hardy en la que uno de los protagonistas se quedaba colgando de un precipicio. Pero el medio que más ha abusado de este recurso en menos tiempo ha sido la tele. Desde "Enredo" hasta "Dallas", pasando por "Galáctica" y "The Walking dead", infinidad de series han recurrido al cliffhanger para mantener fieles a los espectadores. Nada como plantear una boda, una posible muerte o un secreto inesperado para lograr que la audiencia no quiera perderse la siguiente temporada.

Ahora bien, para que el recurso funcione debe emplearse con moderación y cuando la trama lo exija, porque si no se corre el peligro de agotar la paciencia del personal o de olvidarse de resolver situaciones que acaban quedándose colgadas ellas mismas en el limbo de lo desconocido. Es más: si página tras página o episodio tras episodio se plantean misterios, es muy probable que unos se mezclen con otros y provoquen incoherencias que perjudiquen la suspensión de incredulidad del conjunto. Es habitual que ocurra en la televisión, ya que entre una temporada y otra suele pasar bastante tiempo, e incluso que cambien los guionistas, y registrar todos los cliffhangers es algo que no siempre se hace.

Yo confieso que es un recurso que me gusta mucho, y me gusta usarlo. En mis novelas hay unos cuantos porque pueden ser muy efectistas y son fáciles de plantear. Las novelas de misterio no son sino un cliffhanger que se va resolviendo a lo largo de toda la obra: ¿quién asesinó a Samuel Ratchett? ¿Qué ha sido de Harriet, la sobrina de Henrik Vanger? ¿Por qué mataron a Jacques Saunière?

Saber si está bien hecho es muy sencillo: si sigues leyendo es que funciona. En cuanto a cómo lograrlo... lo revelaré en la próxima entrada.

lunes, 17 de octubre de 2011

"El orden alfabético": impresionante

El adjetivo con el que califico esta novela de Juan José Millás, publicada por Alfaguara en 1998, es tramposo porque tiene varias interpretaciones, pero creo que cualquiera puede aplicarse a "El orden alfabético". La más evidente es que causa impresión, al menos a mí, y por varias razones.

La primera es por el momento en que he decidido leerla, cuando parece que, por fin, después de amagos varios, el ebook va a desembarcar con éxito en nuestras costas. Si mis augurios se cumplen y termina por imponerse al libro tradicional, novelas como "El orden alfabético" se leerán con dificultad, porque en ella los libros, como objeto, cobran vida propia y deciden huir volando de un mundo que no los necesita. Seguro que alguna vez has oído (o has pensado) la imagen de un libro desplegando sus tapas y batiéndolas hasta elevarse por los aires. Pues Millás desarrolla completamente esa imagen, esa anécdota, para crear esta novela, imaginando las consecuencias y las razones para que suceda algo así, y dotándola de un aire tan trágico como poético.


La obra está dividida en dos partes, que abarcan la etapa adolescente y la adulta del protagonista, Julio, y la primera me han recordado a "La historia interminable". Hay un desdoblamiento de mundo real y mundo imaginario tan bien hecho, tan sutil, que llega un momento en que el lector no sabe en cuál de los dos está, tal y como le ocurre también al protagonista.

La primera parte es casi mágica, de esa magia que se hace con palabras: metáforas, símbolos y símiles bellísimos que obligan a paladear el texto despacio para degustarlo en toda su dimensión.

La segunda parte es, lógicamente, más adulta, ganando en tragedia lo que pierde de magia. Al principio es desconcertante, luego inquietante y, finalmente, desasosegante. Sobre todo si compartes profesión con el autor y con el protagonista: la de periodista. Millás reflexiona y hace reflexionar sobre nuestra realidad o, más exactamente, sobre la realidad que percibimos a través de los medios, sobre la realidad que nos cuentan. No es un tema nuevo, pero sí la forma de hacerlo. El lenguaje sigue siendo bello y brillante, pero el mensaje que transporta es difícil de asimilar; El autor te hace tragar su pastilla empujándola con un licor agridulce, pero delicioso. Sólo cuando ya lo has hecho, cuando has acabado la novela, percibes el regusto amargo de todas las medicinas y, claro está, de la realidad que vemos y que, tal vez, también vivimos.

"El orden alfabético" me parece una lectura obligada para los amantes de este idioma nuestro y para quienes lo cultivan con cariño en sus escritos, por pequeños que sean. También para quienes se preguntan por la influencia de los medios de comunicación en la realidad, y para quienes nos preocupamos por la supervivencia de la lectura (que no de los libros) en un mundo gobernado, en muchos sentidos, por el espectáculo vacío de la televisión.

Trama: ***
Emotividad: ****
Lenguaje: ****

viernes, 14 de octubre de 2011

"Crazy, stupid, love" is a crazy, stupid movie

La pasada noche un tráiler astuto y atractivo me llevo a una sala oscura y me hizo lo que quiso, y encima pagué yo. La metáfora viene al pelo porque es, más o menos, el argumento de esta "Crazy, stupid, love", una de esas comedias románticas gamberras que tan bien venden los yanquis en los tráilers (los "thrillers", que dice un amigo), dirigida al alimón por Glenn Ficarra y John Requa, que sólo habían dirigido antes una película, ¡también juntos! Animado por el divertido avance, por la pareja protagonista (Steve Carell y Julianne Moore) y, cómo no, por mi encantadora esposa, fuimos a verla al cine. Y cómo pican luego los ocho euros de entrada cuando sales de una peli de estas...


Todo empieza con el único matrimonio en un restaurante que no se toca los pies por debajo de la mesa (cosa que no recuerdo haber hecho nunca, pero en fin, ¿qué sabemos aquí del amor?), clara señal de que está tocado y hundido por una cornamenta de esas que pinchan las balsas salvavidas de los trasatlánticos que se hunden. Total, que el marido aburrido, cansado y cornudo se va a llorar al bar donde el chulazo de turno (interpretado por los abdominales de Ryan Gosling) se ofrece para darle unos consejitos y recuperar su hombría. Durante esa parte y la del "entrenamiento" te ríes un par de veces, y ya. A partir de la mitad de la cinta, que es cuando pretende ponerse seria y ahondar en el conflicto matrimonial y en la personalidad del chulazo, va toda cuesta abajo a fuerza de repetir clichés y tópicos de enredo que, además, se resuelven sin arriesgarse lo más mínimo.

En fin, que aparte de Julianne Moore, que es la única que aporta calidad interpretativa a la sucesión de tontunas, no recuerdo nada que merezca la pena. De pena está Steve Carell (que me hizo reír mucho más en "Virgen a los 40"), y que desaprovecha este vehículo de lucimiento personal (es también el productor). El niño de turno es para matarlo dos o tres veces, igual que al chulazo (a este quizá ellas le perdonen), que es como un maniquí sin carisma ni gracia algunas (¿escogería Carell adrede a un actor ni fu-ni fa para que no le hiciera sombra?).

Si este fin de semana tienes ganas de comedia busca otra película, porque con esta te vas a divertir poco. Y si tu chica te insiste en ir a verla, propón una romántica 100%. Así quedarás mejor y te librarás de ver este "crazy, stupid, love", que para locuras y tonterías ya están los políticos y los bancos.

martes, 11 de octubre de 2011

Mis tres claves en una novela

Lo bueno de asistir a eventos como el que comentaba en la entrada anterior y de alternar con gente del mundillo literario no es que se aprenda (que también, aunque no siempre sobre lo que uno espera), sino que te hace pensar. Para algunos esto no tendrá nada de bueno; "¡qué piensen ellos!", que casi dijo Unamuno. Pero confieso que, después de oír hablar a profesionales de la crítica literaria, empecé a darle vueltas tanto a de qué sirve realmente la crítica (y los críticos), como si hay algún modo de hacerla objetiva. No me cabe duda de que esa es la clave: con las matemáticas no hay discusión posible, pero cuando nos movemos en el pantanoso terreno de las artes la cosa cambia. Quizá yo me hunda sin remedio en las pesadas páginas de "La Regenta", mientras tú las surcas viento en popa a toda vela. La sensibilidad de cada uno es distinta, igual que los gustos, que se van educando o maleducando con las experiencias y las lecturas.

Sin embargo, aunque la subjetividad impere y cause que obras maestras permanezcan ocultas y enterradas en un cajón mientras que desechos abominables se abren paso edición tras edición en los lineales de los hipermercados, tras mucho cavilar llegué a la conclusión de que en toda novela existen tres elementos clave que excitan tres áreas diferentes de nuestro ser: la trama, el lenguaje y la emotividad. Todos ellos están profundamente entrelazados, pero pueden aislarse bastante bien, y así apelan a nuestro intelecto, a nuestras emociones y a nuestro sentido de la estética. Para mí una gran novela debe sobresalir en esos tres, y será un desastre completo si no destaca en ninguno.

Los tres elementos del "método Calderó" (c)
Gracias a esta iluminación he decidido crear mi propio método de crítica literaria, denominado humildemente "método Calderó" (c), que servirá, como mínimo, para arropar a mi queridísimo ego en las frías noches que se avecinan (por fin). Este método consiste en representar mediante una escala del 1 al 5 (con estrellitas, lapiceros, caritas o cualquier otro símbolo disponible) el nivel de cada uno de los elementos señalados.

La trama de una novela representa el grado de complejidad de una historia, su planteamiento, avance y resolución. ¿Es un reto para la inteligencia del lector, o es tan simple como el mecanismo de la tapa del váter? ¿O ni siquiera hay una trama, sino sólo una sucesión de hechos? ¿O su final es un desastre? Pero ojo: en función del género o subgénero de la novela este elemento adquirirá un protagonismo capital (como en las policiacas), o ninguno en absoluto (como en la novela costumbrista).

La emotividad de la novela se refiere a su capacidad para generar emociones intensas en el lector, desde el terror, a la tristeza, pasando por la alegría o el odio. Dicho elemento tendrá mucho peso en la novela sentimental, pero más bien poco en la ciencia-ficción dura o en los thrillers.

Por último, el lenguaje alude al (buen) manejo del idioma y al conocimiento del mismo por parte del autor. Sonoridad, ritmo, riqueza, color, etc., producen un resultado estético que el lector capta y que lleva a describir una novela como bella o como vulgar. Siguiendo con los ejemplos, este elemento puede ser accidental o meramente funcional (en la novela policiaca) o fundamental (como en la novela romántica).

Doy por sentado que la percepción de estos elementos es subjetiva, pero creo que cualquiera podría determinar si destaca alguno de esos elementos en una novela, y la mayoría de lectores coincidiría en dicha valoración (optimista que es uno). Así pues, este método puede servir, como mínimo, para que un lector sepa si va a encontrar lo que busca en una novela: una buena historia, un uso maravilloso del lenguaje o emociones fuertes. Yo ya he comentado que, en la novela, prefiero el fondo sobre la forma, probablemente a causa de mi vocación periodística, que exige que me cuenten (y contar) hechos noticiosos. Sé que muchos prefieren lo contrario, y, de hecho, no pocos críticos y escritores consideran que la calidad de una novela, ese elemento que separa la literatura de la LITERATURA, es el lenguaje empleado y su grado de complejidad. Ya no voy a discutir si eso es correcto o no, puesto que creo que el lenguaje debe supeditarse al tipo de historia que se cuenta, por lo que el sencillo y directo puede ser tan digno como el abstruso y recargado. Sólo diré que con este método el crítico puede aportar su visión de una manera bastante objetiva, que servirá realmente al lector para decidir si la novela puede gustarle o no.

Y no es decir poco.

viernes, 7 de octubre de 2011

No está hecha la miel para la boca del asno

Honrando esta sinceridad mía tan característica me toca anunciar que esta entrada va a estar influida por el descubrimiento (tardío, lo sé) de "Lector mal-herido", un blog de crítica literaria con mucha mala leche, pero muy divertido (siempre que no se tome demasiado en serio) cuya lectura recomiendo y obra de un antiguo compañero de Periodismo que me ha demostrado que no todo lo que sale de ahí es malo.

A finales de julio escribí una entrada con mucha miga llamada "Literatura y literatura comercial: una división equívoca" a raíz de una charla a la que asistí donde Constantino Bértolo, director de la editorial Caballo de Troya, dijo que lo que se lee mayoritariamente (y por tato lo que se vende y se compra) en este país es basura. Hoy jueves se ha repetido este axioma en el mismo lugar, el curso de edición de Ámbito Cultural (que también recomiendo), pero con otros protagonistas. Todos ellos han empezado sus intervenciones cargando contra la literatura que no es literatura, que ni ellos tienen clara cuál es, pero que creen, como Constantino, que es la que tiene "éxito de público", expresión despectiva donde las haya cuando va seguida (o a continuación) de su lógica contrapartida, "éxito de crítica". Estos señores y señoras tienen un paladar ocular exquisito que les lleva a aberrar de todo lo que trate de crímenes, misterios, intrigas... Forraje para las masas, vaya; si de ellos dependiera Dumas y Verne estarían publicando en Bubok. La literatura de verdad es la que les mola a ellos, coño: las novelas de escritores pajilleros que narran (y se regodean en) sus vivencias personales, que son las que hemos tenido todos, pero contadas de forma que sólo aprecian ellos.

Esto es lo que a ti te gusta...

Minutos después los ponentes se han retractado a medias de sus duras declaraciones iniciales, lo que me ha demostrado que no son más que las líneas de un discurso que tienen aprendido para parecer inteligentes, cultos y estilosos, y así investirse de la autoridad literaria necesaria para decirnos a los demás qué es literatura y qué no. Y no les quedan más cojones que retractarse cuando la realidad demuestra, año tras año, equivocación tras equivocación, que los críticos no tienen ni puta idea de lo que vale y de lo que no. Nuria Azancot ("El Cultural") lo acababa reconociendo, como reconocía que a los críticos les toca acercarse a la tierra para conectar con los lectores, porque a los estos que hacen caso ahora es a quienes, sin interés ninguno en vender a fulanito o a menganito, o tal o cual editorial, comentan los libros que leen en Internet por amor al arte, de verdad. El marketing ya había devorado a los críticos hace tiempo, y ahora Internet los está digiriendo. Ya sabéis cuál es el siguiente paso.

...y esto es lo que le gusta a la crítica. ¡Incult@!

Pero lo mejor ha sido al final del acto (como siempre, como en todo), cuando una agente literaria ha comentado a propósito de una pregunta lo maravilloso que es el último libro de uno de los autores que representa. ¿Y de qué va esa joya? Pues es una novela de intriga con tintes sobrenaturales... Vamos, justo eso que todos decían al principio que no es literatura. No, pero esta sí, lo de Dan Brown y compañía es caca comercial, niños, pero esta es miel de la buena. ¿Por qué? Pues porque la represento yo.

Coherencia, joder, coherencia. Que ya está bien de que haya que ir de cultureta devoto de Joyce para ser crítico, editor o escritor "respetable", cuando resulta que todos os morís por hacer lo que Stephen King, J.K. Rowling o Corín Tellado. Y no pasa nada.

lunes, 3 de octubre de 2011

El rito antes de escribir, entre la necesidad y la locura

¿Por qué esta entrada se cataloga como "teoría narrativa"? Está claro que no es una lección, ni un consejo, ni una recomendación sobre el arte (o el oficio) de escribir, pero... Siempre he defendido que para escribir bien no basta con el talento. Igual que una buena espada, el talento debe afilarse antes con horas y horas en la fragua de la tinta y golpearse una y otra vez con el exigente yunque del papel en blanco. Y para lograr esas horas hace falta disciplina, y para lograr la disciplina hace falta tener la disposición adecuada una y otra vez, y ahí entra el rito, la "ceremonia", el conjunto de reglas que ayudan a nuestro cerebro a concentrarse en la tarea de escribir.


No es algo propio de los escritores, claro está. Deportistas, toreros, cantantes y un largo etcétera tienen sus ritos, que muchos llamarán manías. Pero la verdad es que, pensándolo bien, todos tenemos alguno: ¿qué es si no ese cafetito que se bebe ya en la oficina antes de empezar a trabajar, o ponerse las zapatillas, la sudadera favorita y la camiseta azul antes de ir a correr, o llevar el pañuelo de la suerte antes de la timba de póquer? Todo es para mentalizarnos de la tarea que vamos a realizar, costumbres que canalizan y concentran nuestra voluntad para cumplir esas misiones mundanas, pero fundamentales, que componen nuestras vidas.

Hace años (más de once) a mí me bastaba con sentarme delante de la máquina de escribir; era lo bueno de aquel trasto: sólo servía para escribir, así que era en lo único en que pensaba cuando introducía el folio en el carro. Había otro componente en tan sencilla ceremonia: el bote de tippex para corregir errores. No había nada que me jodiera más que escribir una "Y" en vez de una "U" y tener que levantarme a buscar el botecito blanco.

Evocando aquella época me da por pensar que mi rito era una mierda, y mirando los de algunos escritores geniales me pregunto si para serlo hace falta un rito más elaborado (o más absurdo). Isabel Allende enciende una vela antes de empezar a escribir (si es un libro nuevo lo empieza en 8 de enero) y cuando la vela se apaga deja de hacerlo; Gabriel García Márquez escribe descalzo, con una flor amarilla en la mesa y con la habitación a una temperatura concreta; Jorge Luis Borges se metía en la bañera nada más levantarse para meditar si lo que había soñado merecía escribirse; Mario Vargas Llosa necesita un orden muy concreto y rodearse de figuritas de hipopótamos...

El caso es que con los años (y la tecnología) mi rito antes de escribir se ha ido sofisticando: ahora el ordenador sustituye a la máquina de escribir, pero como este otro trasto permite hacer muchas más cosas no me basta con él para centrarme. Ahora (bueno, desde hace años), necesito también un sitio tranquilo, sin ruidos ni conversaciones, algo de beber (a ser posible un gin-tonic) y música estrictamente instrumental para no distraerme con letras (clásica o bandas sonoras). También he recurrido a la pipa, que es, probablemente, el elemento canalizador más potente que he encontrado, porque cuando uno fuma en pipa se siente automáticamente obligado a pensar cosas inteligentes y brillantes (quizá habría que obligar a todos los políticos a fumar en pipa). El problema es que mantenerla encendida no es fácil e implica frecuentes interrupciones para volver a tenerla humeando (la pipa).

¿Y tú? ¿Cuál es el tuyo?