jueves, 20 de diciembre de 2012

El origen de una novela

En el debate posterior a mi última charla sobre el vampiro como personaje literario, en Valladolid, uno de los asistentes me preguntó si tenía algún proyecto literario para el futuro y, afortunadamente, le contesté que sí. Digo afortunadamente porque es una de esas preguntas que, respondida negativamente, deja en mal lugar. Siempre hay que decir que sí, porque en caso contrario habrá quien piense que lo tuyo ha sido flor de un día y hasta ahí has llegado.

Bueno, pues tengo proyectos literarios en mente, uno de los cuales aparecerá muy pronto. El otro, una nueva novela, tardará más en salir, pero saldrá. ¿Y de dónde saldrá? Pues de mi cabeza, aunque para llegar ahí tiene que haber pasado algo antes. Yo empleo la metáfora de la semilla para referirme a este proceso creativo, igual que otros escritores hablan del huevo, del parto, de incontinencia literaria...

El caso es que la semilla es esa idea fundamental que va a dar origen a una novela, y se mete en el cerebro a través de los ojos y los oídos, porque has leído algo que te ha inspirado una historia, o has visto una imagen que te hace preguntarte cómo y por qué se produjo, o has escuchado una conversación interesante sobre una cuestión que pide a gritos ser explicada... Si esa idea es lo bastante fuerte no podrás sacártela de la cabeza y, poco a poco, cuando tu mente esté tranquila, irá nutriéndola con recuerdos, con frases, con escenas... La semilla habrá arraigado.

Imagen del blog www.midedodidactico.blogspot.com

A partir de ese momento, tus conocimientos y experiencias serán el abono del que esa semilla se nutrirá, hasta que brote y alcance una dimensión que tu mente no pueda abarcar. Todo ha ido bien en esa "maceta", pero ya ha crecido tanto que se desborda, y necesita salir para que le dé el aire, necesita espacio para seguir progresando, pues encerrada en un sitio tan reducido como es nuestro cerebro, acabará por marchitarse y morir. Ha llegado el momento del trasplante.

Creo que dicha operación es mi momento favorito del proceso creativo de una novela, porque es cuando la semilla que ya es una pequeña planta empieza a tener hojas por las que corre la tinta. Al principio son pocas, y brotan desordenadamente pero, con trabajo, toman la forma que deseas hasta convertirse en un arbolito: un melancólico sauce, un elegante ciprés, un majestuoso roble... Al contemplarlo desde fuera puedes determinar cómo quieres que crezca y qué aspecto tendrá. Además, en el exterior puedes regarlo con las ideas de terceros e iluminarlo con las miradas de otras personas. Ya no eres el único que ve su evolución, y tanto el aire de los consejos como el granizo de las críticas agitará la copa del árbol, arrancando las hojas muertas (y probablemente algunas vivas).

Y así, pasadas unas cuantas estaciones, aquella semilla que se implantó en tu cabeza y arraigó con fuerza dará sus frutos. Quizá sean pequeños y exquisitos, o grandes y vulgares. Podrán ser dulces o amargos, secos o jugosos, pero serán fruto de tu empeño, tu constancia y tu talento. Y como acabo de demostrar que escribir un libro y plantar un árbol no dejan de ser una misma cosa, solo te quedará tener un hijo. Pero eso ya es otra historia.

lunes, 17 de diciembre de 2012

"El hobbit", una chusta inesperada

Cuando se hace habitual la sensación de haber tirado el dinero en el cine, toca plantearse si lo que falla son las películas o uno mismo. Cada vez me cuesta más salir de la sala satisfecho, reconociendo que durante dos horas me he olvidado del mundo y he disfrutado en compañía de otros espectadores anónimos que participan de esta experiencia solitaria y colectiva a la vez que es ir al cine. Yo creo, francamente, que "El hobbit, un viaje inesperado", no es una buena película, pero también tengo que señalar que siento un respeto enorme por la obra de Tolkien, como nos ocurre a todos con aquellas obras que nos impresionan durante la adolescencia. Por eso detesto el tratamiento que hace Peter Jackson de los personajes, algo que ya se veía en "El Señor de los anillos".


Ese tratamiento consiste en hacer que prácticamente toda la población de la Tierra Media sea estúpida (y chabacana) hasta lo indecible, sobre todo los enanos, aunque nadie se salva: hobbits, magos, trasgos... Lo de los elfos es un caso aparte, porque si bien no son estúpidos, su amaneramiento y su solemnidad rayan en lo ridículo. Cada vez que sale Galadriel creo estar viendo un anuncio de perfume. Yo no encuentro aquí a los personajes de Tolkien, sino una suerte de parodias que, con la excusa del realismo, resultan desagradables (lo de Radagast y la mierda de pájaro es una blasfemia).

El otro aspecto que no me gusta de la película es cómo Peter Jackson fuerza la épica en las escenas, que resultan antinaturales a más no poder. No voy a ponerme en plan Garci y a citar a John Ford y su "Diligencia", pero algo de eso falta. Primeros planos al héroe, poses de cómic y fanfarrias a toda tralla señalan al espectador imbécil "el momento".  Y no, no es necesario marcar tanto.

Y, por último, la avaricia desmedida de Peter Jackson (y de los productores) lleva a estirar el chicle hasta el infinito para sacar toda la pasta posible de una nueva saga que no debería serlo. Los guionistas (entre los que está el propio Jackson) se han inventado personajes e historias para llevar esta cinta hasta las casi tres horas, y supongo que esa será también la duración de las siguientes películas. Entre eso, las persecuciones de videojuego y los interminables planos de recurso con la jacksoniana Nueva Zelanda de protagonista, mejor entrar en la sala prontito y con un café cargado.

A ver si es que me estoy haciendo mayor...

jueves, 13 de diciembre de 2012

"A salto de mata" hace fácil lo difícil

Decidí leer esta novelita autobiográfica de Paul Auster a raíz de un comentario que un anónimo dejó en una reseña que hice de otra obra del escritor estadounidense. Me picó la curiosidad, y como tanto La trilogía de Nueva York como Brooklyn Follies me gustaron, pensé que pasaría un buen rato. Y acerté de pleno, pues sus escasas 172 páginas de la edición de batalla de Seix Barral me duraron apenas un par de días.

Pero hubo otra cosa que me impulsó a hacerme con este A salto de mata, y fue un pasaje concreto reproducido en la contraportada: "El escritor no 'elige una profesión', como el que se hace médico o policía. No se trata tanto de escoger como de ser escogido, y una vez que se acepta el hecho de que no se vale para otra cosa, hay que estar preparado para recorrer un largo y penoso camino durante el resto de la vida."


Quien pase por este blog habitualmente ya sabrá que mi intención es dedicarme a esto del escribir (aunque, siendo sincero, llevo haciéndolo unos cuantos años), así que cuando leí las palabras reproducidas se apoderó de mí el narcisismo más absoluto, y esa sensación de que al leer A salto de mata estaría leyendo sobre mí mismo me empujó definitivamente a comprar el libro y a devorarlo. Si la identificación con el protagonista de cualquier historia es clave para conectar con ella y apreciarla, es lógico que esta me haya encantado. Mi objetividad periodística me permite, como mucho, señalar que quien no tenga mis inquietudes literarias encontrará esta autobiografía entretenida y de fácil lectura, pero poco más.

Ciertamente, los años mozos de Auster son bastante peculiares, o al menos lo son sus interlocutores, unos personajes marcados principalmente por el fracaso que parecen vaticinar el aparente destino del verdadero protagonista. Uno tras otro se sucede una lista de perdedores que viaja en el mismo tren que el escritor, tal vez con una idea más clara sobre donde están y donde van a terminar, porque Auster sabe adonde quiere llegar, pero no tiene ni idea de cómo hacerlo.

Y así, picoteando las oportunidades que se presentan aquí y allá, el escritor va sobreviviendo hasta que con 34 años una de sus flechas da en la diana y deja de dar bandazos. El caos es lo que gobierna en la vida, por mucho que nos creamos al timón. Tal vez podamos trazarnos un rumbo, pero los vientos tienen la mala costumbre de apartarnos de él, y solo perseverando mucho volveremos a la ruta inicial, sabe Dios cuánto tiempo después.

En cuanto al estilo, creo que, como siempre, tengo que destacar la sencillez en todo, que no es fácil de conseguir. La del lenguaje es la más evidente, pero también la de estructura, que no puede ser más lineal. Cronológicamente asistimos al crecimiento de Auster, que destaca los capítulos más anecdóticos de su vida y extrae de ellos lecciones e ideas importantes. Nada de recrearse en novietas, defunciones o amistades, que suelen ser los hitos en la existencia de cualquier persona. Él se detiene en encuentros casuales, en trabajos insustanciales y en aventuras banales, pero siempre provocando la sonrisa del lector, agridulce en muchas ocasiones.

Resumiendo: si eres de esas personas que tienen el gusanillo de escribir, esta A salto de mata debería estar ya en tu biblioteca, porque además resulta muy inspiradora. Si no, pasarás un rato agradable leyendo las peripecias de un joven y futuro gran escritor; que ya es mucho más de lo que ofrece la tele normalmente.

Lenguaje: ***
Trama: ***
Emotividad: ***

domingo, 2 de diciembre de 2012

De conferencias, charlas y otras aventuras

Este viernes 7 de diciembre daré, probablemente, la última charla del año sobre el vampiro como personaje literario. Después de hacerlo en Murcia, Valencia, Madrid y Barcelona, toca Valladolid, preciosa ciudad de grato recuerdo a la vista, el oído y el paladar. Y al margen del interés del tema en sí, para un@s mucho, para otr@s ninguno, ¿qué utilidad tienen las conferencias impartidas por escritores?

Es evidente que en el caso del escritor de renombre, un evento de este tipo sirve para ponerle en contacto con sus lectores, que tendrán ocasión de preguntarle, saludarle, babearle, etc. Pero cuando el escritor es menos conocido que los concursantes de "Gandía Shore", ¿entonces qué? ¿Alguien saca algo?

Yo he venido aquí a hablar de mi libro, bla, bla, bla...

Yo diría que los asistentes tienen la oportunidad de conocer un poco al conferenciante, y eso puede ser fundamental a la hora de apostar por sus libros. Saber qué tal se expresa, si resulta interesante, si sabe de lo que habla y, por tanto, de lo que escribe... Al verle cara a cara, el lector potencial puede hacerse una idea bastante buena del nivel del escritor. Es verdad que juzgar la obra por el autor no siempre resulta bien, pero es bastante mejor que no tener nada. Y con esto no me refiero al flechazo o al rechazo instantáneo que suele darse al conocer a una persona. Por ejemplo, Camilo José Cela nunca me ha caído bien, pero su calidad literaria es innegable, igual que la de Paco Umbral. Ninguno era simpático, pero ambos demostraban un conocimiento del idioma que adelantaba que sus obras estarían magníficamente escritas, como mínimo. Otra cosa es que te interesen los temas de sus libros.

¿Y el autor? ¿Qué obtiene el conferenciante de estos eventos? Publicidad, claro; visibilidad, aunque sea poca. Pero, sobre todo, creo que obtiene ideas y perspectivas diferentes a las suyas sobre el tema a tratar. Por mucho que sepa alguien de un tema, sigue sabiendo de él desde su propia subjetividad. Igual que cuando se mira un paisaje, dos observadores en dos puntos diferentes lo contemplarán de modos distintos. Apreciarán cosas que al otro se le escapa, no por saber más o menos (que también), sino por hacerlo desde un ángulo diferente. 

En este caso concreto de los vampiros literarios, siempre he salido de los eventos con ideas nuevas, con verdades que creía irrefutables vueltas del revés como un calcetín. Y eso vale mucho. Si a eso le añadimos unas copas de buen Ribera...

viernes, 23 de noviembre de 2012

Aguardando "La profecía"

A menos de un mes del fatídico 21 de diciembre, fecha prevista por los mayas para el fin del mundo actual y el supuesto comienzo de un nuevo ciclo, he terminado de leer la otra profecía, la novelada por David Seltzer hace 36 años de nada. Al igual que "El exorcista", también fue llevada al cine con gran acierto, nuevamente porque el autor tenía experiencia como guionista. De hecho, parece ser que primero se escribió el guión y después la novela.

A ver quién tiene huevos de darle un caramelito...

Precisamente de ahí viene mi único pero a "La profecía": la simplicidad del lenguaje y abundancia de diálogos debido, indudablemente, a que la novela se concibió como guión de una película, que tiene sus propias fórmulas, diferentes de las literarias. La contrapartida es que la novela se lee de un tirón (apenas 275 páginas) porque no requiere esfuerzo ninguno y el ritmo es muy rápido. Hablar de la historia a estas alturas es innecesario, pues todo el mundo conoce ya de qué va eso de "La profecía", por mucho que los mayas intenten desbancar al Anticristo como artífice del Apocalipsis final.

Sí quiero destacar el comienzo de la novela, primero por el contraste que se establece entre los fenómenos narrados (uno astronómico y el otro terrenal), y segundo por la inquietante reflexión sobre cómo los pasajeros de aviones en vuelo sobrevivirían a un supuesto cataclismo en la tierra. El final de "La Profecía" pretendía ser igualmente interesante, pero no pasa de efectista. En pantalla cuela mejor, y hay que señalar que fueron el productor y el director de la película quienes lo eligieron y obligaron al escritor a cambiar el que había escrito. Estoy prácticamente seguro de que hoy día habría sucedido al revés, pues ahora proyectar en la pantalla un final tan infeliz restaría espectadores y, por tanto, beneficios.

No hay mucho más que comentar, la verdad. La novela es muy entretenida, pero el saber cómo acaba y el disponer del magnífico producto original del que salió hace innecesario leerla, salvo para quienes tengan mucha curiosidad por ver los detalles que he señalado. Me parece mucho mejor recomendar ver ese producto inicial, la película, para disfrutar de las judiadas del tierno infante (si tengo un hijo jamás le regalaré un triciclo) y de la estremecedora partitura de Jerry Goldsmith, que le valió el Óscar ese año. 

Lenguaje: **
Trama: ***
Emotividad: ***

domingo, 11 de noviembre de 2012

¡Y van dos!

Pues sí, hoy día 11 de noviembre este blog cumple dos añitos, y de acuerdo con su normal desarrollo, ya habla y camina solito. Es verdad que no siempre pronuncia las palabras correctas y que tropieza de cuando en cuando con todo tipo de paredes pero, como es cabezota, insiste en volver a levantarse y seguir pa'lante.


Entre esos tropezones yo destacaría su desesperante sistema de comentarios, que funciona o no según el navegador y la pericia y paciencia de su timonel, y mi negativa a escribir entradas más breves y más adecuadas al medio y a los apresurados tiempos que corren hoy más que nunca. Soy consciente de que encontrarse con uno de mis "chorizos" en pantalla anima poco a su lectura, pero yo vengo de la prensa, y estoy acostumbrado a los textos largos, aquellos que van más allá del titular y que procuran información.

Con esto no quiero decir que todo lo que se escriba debe tener una densidad y profundidad digna de un agujero negro; yo disfruto un chascarrillo y un teletipo tanto como cualquiera, pero nunca he sido de los que prefieren los fogonazos y el ruido sobre la reflexión y el conocimiento. Los textos de hoy de muchos blogs y microblogs (sí, twitter, me refiero a ti), son una especie de comida rápida intelectual que satisface rápidamente, pero que nunca se recuerda demasiado tiempo. Y no solo se engulle con rapidez, también con facilidad: el cerebro apenas necesita trabajar para digerir lo que se nos cuenta.

Por contra, aquello que requiere algo de esfuerzo suelde dejar una huella más duradera, precisamente porque nos obliga a poner algo de nuestra parte, a trabajar un poco. Y así, al abandonar los lugares comunes, el terreno mil veces recorrido, nuestros sentidos y nuestro cerebro tienen que trabajar, comprender y reflexionar. Igual que un músculo, solo forzándolo un poco se pondrá a tono y crecerá.

Habrá quien no quiera crecer, quien prefiera quedarse cómodamente en sus dominios, quien no quiera a arriesgarse a pensar en cosas nuevas o ver nuevos puntos de vista por miedo a darse cuenta de que quizá tenga que cambiar de opinión sobre algo. Supongo que hay que respetar esa opción, y si es la tuya es probable que este blog te parezca un coñazo insufrible.

Pero si eres de l@s que prefieren invertir su tiempo en alimentar los pájaros que anidan en tu cabeza, espero que disfrutaras de los dos años de este blog, y que sigas haciéndolo en los que están por cumplirse.

jueves, 1 de noviembre de 2012

"Sky-fall"; y el guión también se cayó

Siempre me han gustado las pelis de James Bond, desde las más antisoviéticas de Connery (las más auténticas), hasta las más poperas de los últimos años (aunque confieso que Brosnan siempre me pareció demasiado señorito para encarnar al agente secreto). Y una de las que más me gusta, es "Casino Royale", donde el polémico, embrutecido y visceral Daniel Craig mostraba los inicios del personaje y los motivos de su gélida e implacable personalidad. La película triunfó, sin embargo, creo que a la larga podría hacerle daño a la saga, ya que tanto "Quantum of solace" como esta "Skyfall" parecen querer competir con ella; es como si "Casino Royale" se hubiera convertido en el ejemplo a seguir y aquella con la que se compararán todas las que vengan. Pero es que dicha cinta no es una típica peli Bond, sino que con la excusa de marcar el renacimiento del personaje, permitía unas licencias que valen para una vez, pero que si las aplicas a todas conviertes al agente en otra cosa.


Así, este Bond vuelve a ser "humano", y con ello me refiero a que es vulnerable, falible, emocional e introspectivo. Habrá quien le guste, claro que sí, pero no es James Bond. Yo lo acepto una vez si es para que me expliquen cómo era antes, pero no más. Con esto no quiero decir que "Skyfall" sea mala, de hecho tiene cosas magníficas, como la clásica secuencia inicial (absolutamente espectacular), los característicos créditos (qué lejos quedan ya algunos tan cutres como los de "The living daylights") y hasta el malo, que permite a Bardem excederse un poco con gestos e histrionismos varios, para bien. La factura en general de la película me parece excepcional, sobre todo en las escenas de acción, cosa que me sorprendió de un director como Sam Mendes, más habitual de géneros más pausados. Iluminación y fotografía me parecen igualmente sobresalientes, y las interpretaciones en general son más que aceptables. Pero...

La canción de Adele ya anticipa un tono melancólico que se apodera de la película en la segunda mitad. Nada de fanfarrias, ni de la potente percusión ni los metales que caracterizan las numerosas bandas sonoras de las pelis de Bond. Y precisamente en esa mitad de la cinta, a partir del falso final, todo se viene abajo; hasta aquí la película de James Bond. Y empieza otra cosa, que no es necesariamente mala, pero que no es lo que uno espera.

Ahora bien, lo peor de todo, es el tremendo agujero de guión, claro ejemplo de incapacidad para salir del follón en el que se ha metido el guionista, y si hablo del final de "Perdidos" todo el mundo entiende a qué me refiero. A veces esos agujeros se tapan con explosiones, ruido, tetas y demás, pero esta vez no cuela, y así sale uno del cine pensando: ¿y para qué cojones ha hecho esto, si no le hacía falta? Ese agujero, las escenas McGyver y el fracaso de la misión terminan por derrumbar un edificio bellísimo que podría haber sido una catedral y se queda en grandes almacenes. Pena, penita, pena.

domingo, 14 de octubre de 2012

Sobre esos finales difíciles

Tarde o temprano alguien te dice que no le ha gustado tu obra. Es inevitable, y es bueno por dos cuestiones fundamentales: para aprender a encajar las críticas adversas y para asumir que es imposible gustar a todo el mundo.

A quien hace la crítica negativa solo cabe darle las gracias, por haber comprado la obra, por haberla leído y por haber tenido el valor de reflejar públicamente su decepción. En mi caso concreto ha sido alguien que ha disfrutado mucho con Ascensión y Génesis, pero ha maldecido el final de Apocalipsis. Y la comprendo perfectamente: pocas cosas me joden más que leer un libro o ver una peli o una serie sobresaliente con un final decepcionante. Acabo castigando todo el conjunto, por muy bien que lo pasara hasta la conclusión.

No en todos los finales son felices y comen perdices.

Tengo que confesar que a medida que escribía Apocalipsis, cuyo final ya había concebido diez años antes, durante la primera publicación de Ascensión en el año 2000, aumentaba mi ansiedad, sabiendo que me acercaba a ese punto fatídico en que el camino de la historia se dividía en dos. Diez años antes tenía muy clara la ruta a tomar, en una época en la que mi objetivo con la trilogía no era ganar dinero, sino contar la historia que yo quería, la historia que me hubiera gustado leer. Ni por un instante se me pasó por la cabeza lo que le gustaría leer a un tercero.

Pero diez años después, con la tentación pecuniaria brindada por las posibilidades de la autopublicación, llegó la duda. Ya he escrito sobre este asunto, pero esta lectora desencantada me ha llevado a retomarlo y añadir algunas cosas. Tan dubitativo estaba ante la encrucijada que consulté con mi mujer, dotada con todo el sentido común que a mí me falta. Y me dijo que escribiera un final del que me sintiera orgulloso, tanto si la obra se vendía bien como si no, porque en este último caso siempre me arrepentiría de traicionarme.

Y así lo hice, gracias a la absoluta (y aterradora) libertad que proporciona no tener editor. Bien es cierto que, de haberlo tenido, probablemente me habría aconsejado que la obra hubiera tenido más probabilidades de gustar con el otro final. Me hubiera dado, además, otros argumentos para conducirme por ese otro camino. Y me hubiera advertido también de que el desenlace que yo prefería y que de hecho escribí, supondría mi suicidio literario.

No sé si finalmente lo será. Sí sé que disfruté y sufrí como un animal escribiéndolo. Sí sé que tuve que recordarme una y otra vez que solo era ficción, una historia inventada que ni ha ocurrido ni ocurrirá jamás. Y creo sinceramente que si el lector o la lectora tienen que hacer ese mismo esfuerzo, será un buen final. aunque no nos guste.

jueves, 4 de octubre de 2012

Duelo de plumas

En algún blog he visto la narración de duelos virtuales entre películas y series de televisión, así que se me ha ocurrido hacer lo mismo con libros. Concretamente, con los que reseñé hasta noviembre del año pasado; doce obras que se enfrentan novelescamente hasta que solo queda una. El destino (es decir, un servidor) ha querido que se emparejen de la siguiente forma:

PRIMERA FASE
-La historiadora contra A dance with dragons (Danza de dragones)


El nombre del viento-La trilogía de Corum
El valiente niño-hechicero Kvothe utiliza su magia simpática para que las espadas de acero de Corum se ablanden, poniendo al pobre noble en desventaja. Sin embargo, justo cuando Kvothe pretende aburrir hasta la muerte a su contrincante contándole su desventurada infancia, aparecen Elric, Erekosë y Dorian Hawkmoon, las otras encarnaciones del Campeón Eterno que habitan el multiverso, y mientras dos sujetan a Kvothe, un tercero le decapita usando a Stormbringer. Por pesado.

El asedio- El espía que surgió del frío
Justo cuando iban a batirse en duelo sus protagonistas, el comisario Tizón y el agente Leamas, sus correspondientes autores deciden que semejante enfrentamiento no quieren perdérselo, así que los orgullosos Reverte y Le Carré cogen sus armas y se disponen a fajarse. Desgraciadamente, el español ha escogido un sable, y el inglés una Beretta...

La paja en el ojo de Dios-El gran diseño
Mientras Stephen Hawking y Leonard Mlodinow toman el té con los protagonistas humanos de la novela de Larry Niven y Jerry Pournelle, los astutos pajeños modifican la silla electrónica del físico británico para que aumente exponencialmente su masa hasta convertirla en un agujero negro que sirve de agujero de gusano para llevar a todos los presentes hasta el hogar de los pajeños. 

Brooklyn follies-El orden alfabético
Este sanguinario enfrentamiento se prolonga durante horas, en las que la sencillez elegante de la novela de Paul Auster no consigue penetrar la densidad lingüística de Juan José Millás. Finalmente, sucede algo maravilloso cuando ambos estilos se fusionan y dan lugar a Brooklyn alfabético, la primera y mejor novela del autor Paul Millás.

Excusas para no pensar-El alquimista
El pastor Santiago cree que este encuentro forma parte de su leyenda personal porque, después de todo, cuando deseas algo realmente el Universo entero conspira para que lo consigas. Al parecer, el Universo ha querido poner a Eduard Punset en su camino, que le hace ver que todos los consejos que le han dado sus maestros no son más que artificios para disfrazar que lo que Santiago quiere de verdad es forrarse gracias a la especulación con ovejas. Así pues, el pastor decide comprar todas las que pueda para obligar a la gente a pagárselas a él a un precio superior. Punset se indigna y, en un arrebato histórico, le mete la cabeza en el acelerador de partículas de Ginebra y lo pone en marcha.

 La historiadora-A dance with dragons (Danza de dragones)
Brevísima lucha en la que Daenerys intenta dirigir sus dragones contra Drácula, que muestra su rango en la Orden del Dragón, logrando que las criaturitas reconozcan a su verdadero señor y decidan zamparse a la joven aspirante al trono de Poniente. Viéndolo todo perdido, Tyrion decide someterse y dejarse convertir en vampiro. Incapaz de sentir frío, emprende la conquista de los espectros más allá del Muro por encargo de Tepes.

SEGUNDA FASE


La trilogía de Corum-El espía que surgió del frío
La semifinal empieza fuerte, con las aventuras de espada y brujería de Corum frente a las andanzas muy realistas de un espía en la Guerra Fría. Tras medirse cuidadosamente ambos adversarios, Alec Leamas le suelta a Corum un gancho en la barbilla que lo sienta de culo en el mundo real, cargándolo ipso facto con una hipoteca, dos hijos, una mujer y seis meses de paro. Pero gracias a su ojo y mano mágicas, el aventurero invoca a sus numerosas víctimas desde el reino de los muertos para que se hagan cargo de sus deudas, su familia y el bueno de Leamas. No obstante, asqueado por la durísima realidad del mundo real, Corum vuelve a su plano.

Brooklyn alfabético-La historiadora
Duelo interesante por las diferencias que ambas obras presentan en varios aspectos fundamentales de cualquier novela, como el estilo, la trama, el léxico... Al final, la yincana tenebrosa de La historiadora no basta para imponerse a la claridad, la belleza y la elegancia narrativas de Brooklyn alfabético. Tristemente, esta obra solo existe en la mente de este modesto periodista y escritor, por lo que tras vencer en este duelo, se disuelve con la esperanza de ser escrita algún día.

La paja en el ojo de Dios-Excusas para no pensar
Cuando Eduard Punset ve que el futuro descrito por Larry Niven y Jerry Pournelle posee grandes adelantos técnicos y escasos adelantos emocionales, comprende que el ser humano siempre buscará su propio beneficio y no el de los demás, que de producirse será simplemente como efecto colateral. Triste y cariacontecido, tirará la toalla para dedicarse por entero a la cría de gambusinos en cautividad.


TERCERA FASE (gran final)

La trilogía de Corum contra La Paja en el Ojo de Dios
Duelo en la cumbre de la literatura de ficción: una representante de la fantasía heroica contra otra de la ciencia ficción. Ambas obras fundamentales escritas en los años 70, que han quedado un tanto achacosas, superadas por las novelas posteriores que inspiraron. Espadas mágicas contra armas láser; conflictos dimensionales contra guerras siderales; invocaciones pavorosas contra naves espaciales. Pero que los alienígenas de Niven y Pournelle se llamen "pajeños" acaba por decantar la batalla en favor de Corum, que se descojona de risa junto con miles de lectores, incluido un servidor. Bien por La trilogía de Corum.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Más opciones para publicar, más opciones para comprar

Ultimando la charla sobre el vampiro como personaje literario que daré en El Corte Inglés de Portal del Ángel, en mi querida Barcelona, vuelvo a comprobar lo difícil que resulta que los medios especializados se hagan eco del evento. Cosa similar ocurre con los blogs e incluso con el público en general, y atribuyo gran parte de este desinterés a mi condición de escritor autoeditado.

Es lógico, desde luego, pero queriendo profundizar un poco en la cuestión, me encuentro en la red virtual con numerosos artículos y entradas vilipendiando a estos autores, a sus obras y hasta la posibilidad de la autoedición. No faltan voces, tan bajitas como las de los propios autopublicados, eso sí, que claman por la imposición de filtros en Amazon y en otras plataformas de autoedición para que lo que llega al público tenga una calidad mínima, por el bien de los lectores.

Imagen de Contrapoeticam.blogspot.com

Este último punto me parece absurdo por varias razones. La primera, porque limitar la entrada de autores llevaría a dichas plataformas a renunciar a unos ingresos muy jugosos; la segunda, porque convertiría esos mismos negocios en editoriales de facto; y el tercero, porque obligaría a la adopción de unos criterios de filtro que no implicaría la calidad de las obras. ¿Acaso todos los libros publicados por editoriales son buenos? ¿Y qué significa que un libro sea bueno? Ya sabemos todos lo subjetivo que es este terreno, y que lo que puede parecer magnífico a un lector no tiene por qué parecérselo a otro. A lo largo de los siglos, editores y críticos (y autores) han intentado hallar esa fórmula filosofal que convierte una novela en un éxito de ventas, y me atrevo a señalar que siguen sin encontrarla.

Como bien sabemos todos gracias a Internet, es imposible ponerle puertas al campo, y hacerlo en este terreno fértil de la autoedición conlleva implícitamente la presunción de que el lector es un pobre diablo que va a gastarse su dinero en libros que no merecen la pena. Yo no me tengo por tonto y, sin embargo, varias veces he comprado libros publicados por grandes editoriales que me han supuesto una pérdida de euros y de tiempo. Esto mismo me ha ocurrido con películas, alimentos, música... No obstante, me gusta disponer de la posibilidad de equivocarme, y preferiría que no hubiera nadie "garantizando" la idoneidad de mis compras (salvo cuando pongan en peligro mi integridad física, se entiende).

Además, esa actitud paternalista sobre qué debe publicarse en función de su supuesta calidad, acaba acarreando el mensaje de que lo autopublicado es malo porque no ha salido por el canal tradicional. Este prejuicio debería desterrarse como excusa para no adquirir una obra autoeditada, porque es un filtro en sí mismo que niega la posibilidad de leer obras de calidad. Marcel Proust autopublicó su primera edición de "En busca del tiempo perdido"; Jane Austen pagó por que publicaran "Sentido y sensibilidad"; Virginia Woolf publicó varias obras a través de la editorial que tenía con su marido; James Joyce llegó a comprometerse a pagar de su bolsillo los ejemplares de "Dublineses" que no se vendieran...

No pretendo compararme con esos escritores; no me corresponde a mí, sino a los lectores. Y ahí está el quid de la cuestión: si ese prejuicio causa que no se lean mis obras, o las de cualquier otro autor o autora que haya recurrido a la autoedición por los motivos que sean (eso daría para muuuuchas entradas más), se pierde la posibilidad de hacer la comparación. Se pierde la posibilidad de encontrar algo que valga la pena, y hoy día hay medios más que suficientes para asumir el riesgo: extractos gratuitos de las obras, blogs públicos, entrevistas a los autores... Hoy día es mucho más sencillo encontrar información sobre un autor y su obra gracias a Internet. Algunos dirán que la mayor parte de lo que se halla es publicidad encubierta, pero eso mismo ocurre también en el mundo real. ¿Acaso las opiniones y reseñas que vierten los medios no están condicionadas por el grupo editorial al que pertenecen? ¿O por las amistades más o menos claras entre autores? ¿O por el simple desconocimiento del librero de turno, incapaz de formarse una opinión veraz sobre cada libro que le llega día tras día?

Me viene a la cabeza el famoso "busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo". La autoedición fácil y barata ha hecho que haya mucho que comparar. ¿de verdad eso es algo negativo?

viernes, 21 de septiembre de 2012

"True Blood" T5, la vuelta de los vampiros como Dios manda

No suelo comentar temporadas de las diferentes series porque entonces este blog sería solo de tele, pero es que la última temporada de "True Blood" me ha dejado con tan buen sabor de boca que no puedo dejar pasar la oportunidad de escribir algo positivo, que en estos tiempos no me resulta fácil.

No soy muy fan de la serie porque incluye una ristra de personajes que me quema bastante, sobre todo la protagonista, tan dulce que provoca la muerte de cuanto diabético se asome a la pequeña pantalla. Además, tampoco me gusta que los humanos corrientes sean lo menos corriente de todo lo que hay, peeeero, había que darle una oportunidad a la 5ª temporada porque anunciaba el regreso del mejor (el peor) vampiro de la serie: el bueno (el cabrón) de Russell Edgington. Uno de esos raros especímenes que tiene claro lo que es y lo que tiene que hacer para prolongar su existencia, le pese a quien le pese.


Pero es que además del ansiado regreso, la clave de la serie es una trama político-religiosa de dimensiones literalmente bíblicas que dio a la comunidad vampírica la profundidad que ansiaba desde que empezó la serie. Por fin sale a la luz la filosofía y los objetivos de la Autoridad inmortal, esa organización hermética y todopoderosa que aboga por la coexistencia entre vampiros y humanos. Reuniones secretas, reliquias sagradas, agendas ocultas, agentes dobles, traición, política y mucha, mucha religión, me llevaron a devorar capítulo tras capítulo como si fuera un auténtico adicto.

De forma paralela discurren otras tramas menores, ligadas a los secundarios de "True Blood" que, sinceramente, me sobran mucho, si bien reconozco que aportan colorido y coña a la serie. Y qué diablos, sirven como entremeses divertidos que ni pueden ni deben tomarse en serio: un negro gay con poderes psíquicos, un sheriff lelo que preña a un hada, un follaca con más pistolas de las que puede manejar... Venga vale, no está mal que una serie se ría de sí misma.

En definitiva, me lo he pasado bomba (pero una pena cómo resuelven lo de Russell). No te pillo desprevenido si te cuento que escribo sobre vampiros, pero no del estilo juvenil y romántico tan de moda. Los míos son más cabrones, más sedientos de sangre y poder, así que encajan bastante con los de esta 5ª temporada de "True Blood". Si eres de l@s que creen que estas sanguijuelas inmortales y amorales deben ser más como Drácula que como Cullen, te encantará esta nueva remesa de sangre fresca. Si no, tírate a por la de "Vampire diaries" y fórrate la carpeta.

lunes, 17 de septiembre de 2012

"El exorcista" sigue en la brecha

Hace unos meses comenté en la presentación de una antología de relatos de terror en la que participé que no recordaba cuándo había sido la última vez que me asusté leyendo un libro, y no porque fuera malo, sino porque su objetivo fuera causar miedo. Decía entonces que la tele, el cine y los videojuegos muestran imágenes violentas, sangrientas y terribles con tal frecuencia que se han convertido en algo intrascendente y banal, anestesiando así nuestra sensibilidad. Hace no muchos años, la visión de la sangre, de un cuerpo mutilado o de una ejecución, ponía los pelos de punto al ciudadano medio. Entonces escribir de terror era fácil, y Poe o Lovecraft conseguían ser tildados de locos enfermos por describir escenas inimaginables por el común de los mortales.

Desde entonces, el nivel de lo macabro y lo escatológico han ido subiendo peldaños en todos los medios, y las imágenes acabaron demostrando que, efectivamente, valían más que mil palabras, sobre todo en el ámbito del terror. Pero a principios de los 70, un libro todavía podía acojonar bastante, y eso fue lo que hizo "El exorcista", del escritor y guionista William Peter Blatty. Bien, pues este es uno de esos pocos libros que sigue logrando acojonar a día de hoy.


Seguramente no sea solo mérito de la obra en sí, sino del apoyo que recibe de la película rodada un año después de su publicación, guionizada magníficamente por el propio autor (tanto que le valió un Óscar de la Academia). Es imposible leer esta novela de 350 páginas sin recordar las estremecedoras escenas de Regan vomitando, masturbándose con un crucifijo o provocando a los exorcistas de turno. A ese estremecimiento contribuye que la historia se basara en un hecho real, al margen de cuál fuera la explicación auténtica de los hechos acontecidos. Pero jamás la conoceremos, y eso favorece también la aparición del terror al pasar las páginas del libro, porque entra en juego la imaginación del lector, y la imaginación, como han demostrado tantos artistas a lo largo de la historia, es lo más terrorífico de todo.

En cuanto al estilo de la novela, yo no diría que es brillante, ni mucho menos, pero sí efectivo. Es verdad que algunas descripciones, sobre todo las de personajes, son francamente buenas, y al completarse con monólogos interiores el resultado es magnífico: tanto el padre Karras, como Chris MacNeil (la sufrida madre de Regan) son personajes redondos. También determinados ambientes se reflejan maravillosamente, y el ritmo impecable de la novela sube al lector en una montaña rusa que tendría un final incierto si no fuera porque todos hemos visto la película. ¿Dónde están los peros, entonces?

En los diálogos. En muchas ocasiones son tan largos y los incisos o acotaciones del narrador tan escasos, que resulta fácil perderse en la lectura y no saber quién está diciendo qué. Yo achaco esto al trabajo de Friedkin como guionista, puesto que en la pantalla podemos ver hablando a cada uno de los personajes que participan, no así en una narración. De hecho, bajo mi punto de vista, creo que el trabajo que hizo para adaptar la novela a la gran pantalla fue mínimo. Por tanto, ¿vale la pena leerla habiendo visto la película? O, en el caso de saber nada de ninguna, ¿es mejor leer una o ver la otra?

Si eres aficionad@ a la literatura de terror, yo te aconsejo leerla. Pero leerla en casa, en tu sillón favorito, con una de esas lámparas que arrojan una isla de luz sobre ti, dejando en tinieblas el resto de la habitación. Porque será entonces cuando compruebes, como hice yo, que todavía es posible sentir terror leyendo un libro, y cerrar sus tapas (o apagar el ereader) sabiendo que el mal que contienen quedará allí atrapado hasta que volvamos a abrirlas. 

O tal vez no.

Lenguaje: ***
Trama: ***
Emotividad: ****

viernes, 7 de septiembre de 2012

"Todos tenemos un plan", que no es ver esta peli

Un amigo me dijo hace poco que da pena leer mi blog últimamente porque no me gusta nada: ni libros, ni pelis, ni nada de nada. Y me hizo pensar si no tendría algo de razón y me estaré convirtiendo en un escritor frustrado incapaz de contentarse con nada, pero es que después de ver cosas como "Todos tenemos un plan", de la directora novel Ana Piterbarg... Pues tiende uno a transmutarse en Carlos Pumares, glorioso crítico de cine con el que te reías un montón siempre que no te lo tomaras demasiado en serio, porque era vitriólico a más no poder.


"Todos tenemos un plan" es un relato del hastío y la desesperación de un tipo que no sabe cómo escapar de su propia vida, cuando en realidad solo hay UNA forma de conseguirlo realmente. Es una continuación de primeros planos larguísimos donde los actores ponen cara de sufrir mucho, cosa que no termina de justificar los actos del protagonista, un doblemente torturado Viggo Mortensen que, por alguna razón desconocida (quizá un ataque de nostalgia a las cuatro de la mañana) aceptó trabajar en el proyecto. Si lo que quería era demostrar sus dotes actorales debería hacer una comedia, porque la mueca de angustia vital ya se le ha quedado grabada en el rostro, y una sesión de risas (¿sería capaz de hacer reír al público?) nos haría bien a todos.

Con el resto del elenco ocurre lo mismo, y aunque entiendo que la peli es un drama de padre y muy señor mío, se echa de menos algún descanso para el espectador, algún retiro momentáneo donde refugiarse de tanta miseria y tanta villanía. Y si a la perversidad de personajes y trama añadimos la lentitud con que transcurre, el resultado es que al final de la cinta uno acaba hecho mierda por dentro y por fuera. Yo no sé qué vida habrá tenido la joven directora y guionista de este desfile de perdedores, pero no la envidio. Soy un firme defensor de las historias jodidas que exponen con crudeza las miserias del alma humana, pero hay que contarlas muy bien para que el espectador o el lector las disfrute. La saga de "El Padrino" se disfruta porque está muy bien hecha, aunque cada final te deja hecho trizas. "La lista de Schindler" consigue que uno sienta vergüenza de ser humano, pero su factura es impecable, aunque Spielberg alargara la conclusión más de lo debido.

Si eres de l@s que gozan con el dramatismo más extremo, lo pasarás en grande (siempre que entiendas bien el argentino, claro). Si no, gástate la pasta en otra cosa, y ni puto caso a quienes dicen que este cine es cultura y el de palomitas no.

lunes, 3 de septiembre de 2012

"Cuentos completos V" de K. Dick o la estafa de Minotauro

El título es dañino, pero esa editorial no merece menos por sacar al mercado uno de los peores productos que recuerdo, no tanto por su contenido en sí, como por el continente. Soy de los que piensan que, si el libro pretende sobrevivir a su equivalente digital, tendrá que vestirse con sus mejores galas: una buena portada, un buen papel, una maquetación atractiva, ausencia de errores ortotipográficos... En definitiva, necesitará una buena edición. Y lo que Ediciones Minotauro ha hecho con esta antología de relatos del escritor Philip K. Dick es todo lo contrario.


Yo compré el volumen atraído por la figura del autor, que ha escrito una de mis obras de ciencia ficción favoritas, Ubik, así como la novela en la que se basó la película Blade Runner. No hubo nada que me atrajera de la fea portada de cartón, ni del papel, ni de ninguno de los elementos físicos de este libro de 446 páginas. Hasta me costó pagar los 24 euros de rigor, pero comprar un libro siempre es una apuesta: unas veces ganas y otras pierdes.

Cuando empiezo a leer, mis expectativas aumentan gracias al extraordinario prólogo de Thomas M. Disch, donde dice que existen escritores para escritores y escritores para lectores. Echando la vista atrás, me doy cuenta de que dicho prólogo es lo mejor del libro, porque a medida que avanzo por las páginas y los relatos descubro que mi querido autor se excedió con su ración diaria de drogas psicodélicas (hasta el mejor escriba hace un borrón). No obstante, alguno consigue entretenerme, como el de La guerra con los Fnuls. Pero al llegar a la página 94 veo que algo anda mal con la composición de las páginas, porque o yo soy un lerdo, o Dick hizo una elipsis salvaje en el relato Una odisea terrícola, o los de Ediciones Minotauro se han saltado texto. Este último sospechoso se perfila como el asesino cuando en la página 110 me golpea en los ojos un "vello" (de pelo) escrito con b. A partir de ahí las erratas se suceden sin parar, y esta obra culmen del desatino editorial alcanza el clímax en la página 342, con unos saltos de línea que dejan la frase coja y a mí cagándome en los revisores de Ediciones Minotauro, si no en el traductor, Manuel Mata.

Así pues, entre los despropósitos de la editorial y los desvaríos del propio Dick (varios de los cuentos aquí publicados eran inéditos,cosa que no me extraña lo más mínimo), la experiencia de leer este "Cuentos completos V" ha sido una de las más desafortunadas (y caras) de mi vida. No soy de quemar libros, pero si al final llega el Apocalipsis y me encuentro en un mundo sin calefacción ni luz, este ejemplar arderá en una hoguera para proporcionarme, por fin, una pequeña satisfacción.

Lenguaje: **
Trama: ***
Emotividad: **

viernes, 31 de agosto de 2012

"Mercenarios 2": más y mejor cuanto menos te la creas

Cuando vi la primera parte de esta nueva saga, que promete estirarse tanto como las caras de algunos de sus protagonistas, no albergaba expectativa alguna, más allá de la diversión que me produciría ver a los héroes hipervitaminados de mi infancia y adolescencia. Es una sana actitud que permite disfrutar de cualquier actividad sin prejuicios y sin la predisposición al encandilamiento de la que se aprovechan los magos para hipnotizar a sus víctimas. Tanto rollo para admitir que la peli me entretuvo mucho.


Ayer jueves fui a ver la segunda parte, con el imaginativo título de "Mercenarios 2" (no dejo de pensar en el original, mucho más adecuado de "Los Prescindibles") tratando de compensar mi entusiasmo con un escepticismo cimentado en ese sabio refrán de "segundas partes nunca fueron buenas". Lo que no consigo nunca es llegar el estado de encefalograma plano que recomiendan a la hora de ver cine de este tipo para evitar que sus habituales agujeros en el guión me jodan la película; como si el guión no formara parte de ella. Esto es como si vas a ver a un cómico y te dicen que no te preocupes de entender los chistes, porque así lo pasarás mejor.

Nada más empezar ya estoy tirado por los suelos ante una escena introductoria que sigo sin saber si homenajea o parodia los clásicos de acción de los 80, década bendita con un cine de acción sangriento y excesivo que se difuminó ante la llegada de nuevos héroes, más asépticos, más estilizados y más ingenuos. No digo peores, sino diferentes. Lejos de perder fuelle, "Mercenarios 2" se va hinchando a base de batidos proteínicos y frases mitológicas, conformando la cinta con mayor número de guiños por metraje cuadrado que recuerdo. Guiños dirigidos a todos esos espectadores que, como yo, se criaron con "Rambo", "Commando", "Depredador", "Desaparecido en combate" y "Doble impacto". Por esa razón considero improbable que quien tenga menos de 30 años disfrute este despelote de tiros y testosterona como lo hice yo y otros tantos viejunos. Rememorando precisamente el comienzo de la peli, no me extrañaría que un joven sano y actual me tomara por loco al verme muerto de la risa mientras los malos de turno estallaban en una bola de sangre atravesados por las balas de los héroes. No le parecería raro si estuviéramos viendo un "Saw" o un "Hostel", pero esto es otra cosa.

El gran mérito de "Mercenarios 2" es que se trata de una película de acción de las de antes, pero que explota la rica mitología fílmica ochentera como quien hace un chiste privado. Sus protagonistas son una suerte de Quijotes en un mundo creado por y para los personajes que una vez interpretaron. Y así, hacen una parodia y un homenaje inconsciente y tremendamente divertido repitiendo la estructura, los personajes y la trama de ese  cine tan pasado de vueltas como ellos mismos.

Pero hay otra cosa que diferencia a esta "Mercenarios 2" de las cintas de acción de hoy, como "Transformers", "Battleships" y demás basuras: la falta de pretensiones, la carencia de excusas profundas y motivaciones supuestamente complejas. En resumen: la ausencia de disfraces recargados y por ello inverosímiles alrededor de la trama. Y precisamente esa falta de complejidad impide la existencia de agujeros en el guión, cuya brillantez se evidencia cada vez que los protagonistas hacen mención a esos pasados que ya no recuerdan, pero que nosotros sí. 

Nadie en toda la película pretende que te la creas, que pienses que existen tipos como esos, capaces de hacer cosas como esas; no tienes que meterte en ella. Y ahí está lo que la diferencia de las pelis ochenteras que originaron "Mercenarios". Es cuando asumes esa verdad cuando, paradójicamente, la disfrutas plenamente. Y se disfruta mucho.

jueves, 23 de agosto de 2012

Felicidades, maestro Kelly

Hace muchos años, tantos que me doy cuenta de lo viejo que soy, quise ser bailarín y no escritor. Mariconadas, que dirán unos; los niños tenían que desear ser policías, astronautas o bomberos. Sirva en mi defensa que también quise ser todo eso, porque de pequeños queremos ser todo aquello que nos impresione, y a mí me impresionó enormemente un tipo que bailaba en la tele haciendo un ruido mágico con las suelas de los zapatos. 

Por aquel entonces yo no sabía quién era Gene Kelly, como tampoco sabía quién era Fred Astaire, pero cada que vez que la caja tonta (yo juraría que antes no lo era tanto) salía una película de estos dos, yo me pegaba a la pantalla. Recuerdo especialmente unos programas navideños que ambos presentaban al alimón, donde se mostraban algunas de las escenas de los musicales de los años dorados de Hollywood: uno u otro bailaba solo, con mujeres de piernas esculturales o incluso con dibujos animados. Y los cabrones casi parecían volar más que caminar. No había nada mejor.


Siempre pensé que Astaire dominaba más el claqué, mientras que Kelly movía las piernas con tal indiferencia, con tal falta de esfuerzo, que parecían un organismo aparte, independiente del cuerpo. Los dos me gustaban, pero tengo que admitir que la famosa escena que daba título a "Cantando bajo la lluvia" era mi preferida. Aún hoy, veintitantos años después de verla por primera vez, sigue consiguiendo sacarme una sonrisa, por nublado que tenga el día.

Yo creo que alguien tendría que condensar ese número en una píldora que pudiéramos tomar en cualquier momento para así quitarle gravedad a nuestras cuitas diarias, a esas que nos llueven con insistente persistencia desde no se sabe dónde. En vez de valiums y prozac nos tomaríamos una dosis de singinintherain y a correr, o a bailar, vaya.

Finalmente, mis ambiciones como bailarín acabaron bastante antes que las de Billy Elliot, aunque tuve una recaída años después por culpa de MC Hammer y Michael Jackson. De hecho, confieso que jamás me recuperé del todo, y sigo sufriendo ataques de epilepsia bailonga cada vez que uno de sus temazos suena en el garito de turno.

Todo eso lo empezó el maestro Gene Kelly, que hoy 23 de agosto habría cumplido cien añitos. La verdad es que no tengo ni idea de dónde estará, de si su espíritu vagará por ahí, o si se habrá reencarnado, pero sí sé que desde que le vi bailar hace veintitantos años la lluvia repiquetea el suelo de una forma distinta, como si alguien danzara ligero sobre esas dichosas nubes de tormenta.

Feliz cumpleaños.

lunes, 20 de agosto de 2012

Más allá de los Juegos Olímpicos

Una semana después de la clausura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 me da por comentar algunos aspectos extradeportivos que me han llamado la atención muchísimo más que las payasadas de Usain Bolt o las tropemil medallas del tiburón fumeta de Baltimore.

Ya en la ceremonia inaugural observé que los comentaristas de RTVE iban a dar más juego que las propias olimpiadas: entre lo estupendo que les parecía todo y la GRAN importancia de las mujeres según la Escario (se le vio un poco el plumero), estaba claro que las medallas se las iba a llevar la delegación de esa tele que pagamos todos. Según he leído, 123 profesionales viajaron a la capital británica para informarnos constantemente de todas y cada una de las competiciones, por absurdas que fueran.Y a mí me gustaría saber para qué cojones hacía falta tantísima gente (y en ese grupo no están los "comentaristas técnicos", viejas glorias retiradas que saben un huevo de lo suyo, pero poco o nada de cómo informar).

Claro que algunos de los periodistas desplazados tampoco es que hayan informado muy bien. Cuando en mitad de una retransmisión uno empieza a escuchar cosas como "les está cayendo la del pulpo" o "el estadio está petado", me da por preguntarme qué licenciatura estudié yo y cuál estudiaron ellos. Sé que me hago viejo porque empiezo a contar historias de la mili y a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo me crié con aquello de que los medios estaban para informar, formar y entretener, y desde hace algún tiempo las dos primeras partes de aquel mantra se han disipado en favor de la tercera. Visto lo visto, toca volver a otro viejo clásico como es el de si la sociedad es como es por influencia de los medios, o de si estos son así por influencia de la sociedad. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?

¿Y este cuánto habría cobrado por ir a cubrir los Juegos?

Si los encargados de informar al público son los más preparados, no quiero ni imaginarme cómo son los que trabajan entre bambalinas. Vale que en el terreno del periodismo el deporte es un área tradicionalmente más libre que otras, pero hablar de "la del pulpo" y "estadios petados" me parece llevar el coloquialismo al extremo. Si a esto añadimos las perlas de los comentaristas técnicos, como Almudena Cid, diciendo en directo "cagada" y "otra cagada", pues apaga y vámonos. Luego todo el sector se pregunta, angustiado, que por qué se venden menos periódicos y por qué la gente no confía en los medios tradicionales para informarse.

Otras cifras que llamaron mi atención fueron el número de deportistas de nuestra delegación (entre 282 y 293, la cifra varía según la fuente) y el de técnicos (197). Según la Wikipedia, la nuestra fue la sexta mayor de los Juegos, sin embargo, las 17 medallas que obtuvo la colocan en 21ª posición del medallero. Creo que algo falla, siempre que uno no escuche TVE, para la que todo fue fantástico.

Y concluyo con lo mejor de estos Juegos Olímpicos de Londres 2012 (para mí, claro): la organización empleó a jóvenes psicópatas para portar las medallas en las correspondientes ceremonias de entrega. He buscado imágenes para que lo compruebes, pero solo he encontrado esta, y no es de las más llamativas, pero he visto otras en las que el muchacho de turno avanzaba con la mirada perdida y una sonrisa como la que lucía el bueno de Nicholson en "El resplandor". Miedito.

miércoles, 8 de agosto de 2012

"Prometheus" no robó el fuego, sino mi tiempo y mi dinero

Érase una vez, hace muchos años, un novato director de cine llamado Ridley Scott filmaba una obra maestra del cine de terror y ciencia ficción llamada "Alien, el octavo pasajero". Hay que reconocer que el mérito no fue solo suyo, puesto que en la película confluyeron una serie de factores y personas que contribuyeron decisivamente al magnífico resultado. La interpretación, la música, la iluminación, el diseño y el guión se sumaron a la dirección y el montaje para crear una obra excelente que lo sigue siendo con el paso de los años. No envejece, la jodía.

Su éxito acarreó secuelas diversas, unas mejores y otras peores, pero todas diferentes a la primera que, para mí, seguía observando a las demás desde la cima. Y 33 años después de aquel octavo pasajero, el mismísimo creador, Ridley Scott, estrena "Prometheus", una especie de precuela que prometía mucho en su magnífico tráiler y que me ha parecido infinitamente peor que todas y cada una de las secuelas del problemático alienígena.


Las razones de mi disgusto son diversas, y al igual que Scott no estuvo solo en su primer y brillante "Alien", tampoco lo ha estado en su pretenciosa y vacía "Prometheus". La música de esta, destete de un compositor de cine primerizo (hasta ahora había sido supervisor y editor musical) no le llega a la partitura de Goldsmith ni a la suela de los zapatos. Las interpretaciones de todo el reparto son lamentables, y van de lo pasado de rosca de Noomi Rapace (siempre está intensa) a lo indiferente de Idris Elba (le da igual TODO). Los efectos especiales para las criaturas, tan digitales y tan modernos, son incapaces de competir con un tío flaco vestido con un traje que ponía los pelos de punta (¿alguien más se ha dado cuenta de que la gente de WETA tiene fijación con los gusanos y los calamares?). Y el guión... Creo que "Prometheus" es el ejemplo perfecto de cómo un guión malo implica una película mala; no hay dios creador que la salve: diálogos absurdos, personajes superficiales e incoherentes, actitudes y comportamientos incomprensibles, elementos de la historia que sirven para justificar cualquier cosa, situaciones inverosímiles... Los guionistas Jon Spaihts y Damon Lindelof apenas habían escrito para cine, y espero que dejen de hacerlo después de esto.

Ridley Scott no podía hacer mucho para arreglar el despropósito, y probablemente es quien menos culpa tiene, aunque se ve demasiado que ha seguido la misma estructura que para "Alien", por mucho que diga que son muy diferentes. Supongo que esos parecidos también son culpa de los guionistas, que han tratado de repetir la fórmula añadiendo una profundidad que podría haber resultado en algo bueno si no fuera por todo lo demás. Y así, al final sale uno con una sensación de déjà vu que no le cabe en el pecho, con casi dos horas menos de vida y con ocho euros faltando en la cartera. 

Lo peor de todo: que en el cine nadie pudo oír mis gritos.

martes, 24 de julio de 2012

A "Los Pilares de la Tierra" les sobran metros

Atacar un éxito de ventas suele ser fácil y arriesgado al mismo tiempo. Fácil por la simplicidad de sus técnicas y recursos narrativos, y arriesgado por la legión de seguidores dispuesta a devolver el golpe al crítico en cuestión. El caso de "Los Pilares de la Tierra" es exactamente de libro: la obra es de una sencillez pasmosa y ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo.

Tod@s, incluso quienes no habíamos leído esta obra de Ken Follet, sabíamos que trataba de la construcción de una catedral, por lo que abarcaba un periodo bastante largo. El comienzo me pareció realmente intrigante, y las acertadas descripciones me metieron rápidamente en la época y el lugar. Desgraciadamente, pasado un centenar de páginas, la novela va cuesta abajo. En ningún momento volverá a alcanzar ese nivel inicial, sino que la trama se desliza lentamente por el camino del tópico, de la repetición y de un maniqueísmo insoportable e inverosímil, con buenos muy buenos y malos muy malos, todos ellos de una complejidad solo aparente.


Creo que la única metáfora de la novela está en el título, pues entiendo que Follet escribe sobre los impulsos o las razones que mueven al ser humano, y por extensión, las naciones y el mismo mundo. Cosas como el amor, el deseo, la venganza y la perseverancia son los temas fundamentales de la novela, sus pilares, y confieso que recurrí a cada gota de esta última para terminar las 1.357 páginas que tiene la cuidada edición especial de la editorial Debols!llo. A partir de la número 900 fue especialmente duro, porque la repetición de estructura y temas es tan cansina que me llevaba a buscar las últimas línea de texto como quien sale del agua tras una inmersión demasiado larga. Yo buscaba una sorpresa final, un desenlace que justificara tanta palabrería y tanta fama. No lo hubo: los buenos ganan y los malos pierden de un modo que me recordó el viejo chiste, ese del matón que acaba rompiéndose la mano después de golpear hasta la inconsciencia al pardillo de turno.

Este "Los Pilares de la Tierra" me recordó a otro gran éxito, inesperado en aquella ocasión: "El nombre de la rosa", de Umberto Eco. O tal vez esa semejanza fuera intencional; la misma época, una trama histórica de fondo, un monje protagonista, cientos de páginas... Quizá Follet pretendía imitar la fórmula del italiano, o quizá no. Sí consiguió un éxito comparable, y también que dicha trama histórica me importara un comino. Se supone que juega un papel importante en la trama principal, más cercana al individuo, pero me resultó innecesaria. Si esta novela tuviera 300 o 400 páginas menos me hubiera resultado entretenida, que es lo más que se le puede pedir a un libro. Pero, una vez más, me he visto arrastrándome penosamente por un mar de tinta hasta llegar a esa isla desierta llamada "Fin".

Lenguaje: **
Trama: ***
Emotividad: **

sábado, 21 de julio de 2012

"El caballero oscuro: la leyenda renace"; un cóctel desmedido de simbolismo, política y cómic

Creo que tengo el mismo problema que Chris Nolan cuando se puso a escribir su "El Caballero oscuro: la leyenda renace": quiero contar muchas cosas y tengo poco espacio. Si lo meto todo corro el riesgo de aburrir o cansar al personal, aunque habrá quien agradezca mi afán enciclopédico. Sin embargo, en el caso de Nolan, no se trata de hacer referencias a todas y cada una de las obras maestras de los cómics de Batman, sino a su intención de dotar de profundidad política y moral a un relato que no lo necesita. Este es, en mi modestísima opinión, el gran fallo de esta gran película de Batman.


Uno de los grandes aciertos de la primera parte de esta trilogía es que Nolan encontró el equilibrio entre la ingenuidad propia de los cómics y la profundidad de una novela. La trama era relativamente sencilla, y la grandeza la ponían los personajes, sus orígenes y motivaciones. Pero ya en la segunda, el guionista y director  empezó a cambiar las tornas, añadiendo una complejidad a la trama que se le fue de las manos en algunos momentos (lo de las bombas y los barcos con civiles y presos como lección de moral fue un desastre). En la tercera ese fallo se eleva a la enésima potencia, y en su telaraña terrorismo-crisis-revolución-liberación, Batman acaba siendo una mosca con armadura; se pierde en una inmensidad que despista y abruma también al espectador. Me pregunto si no habrá sido culpa de todos los que dijeron que aquella segunda parte fue una obra maestra (que no lo es) y por eso ha intentado clonarla, pero a lo bestia.

Como siempre, soy muy duro con los errores, pero eso no significa que no me haya gustado la peli. De hecho, he disfrutado bastante, de principio a fin, en gran parte por ese afán de Nolan de meter el universo del personaje en la película, porque no me puedo creer que todo haya salido de su cabeza y que los parecidos con cómics clásicos hayan sido casualidades. Hay cosas del "Año uno" y "El regreso del señor de la noche" de Frank Miller, de "The cult", de Jim Starlin y hasta de "Kingdom come" de Mark Waid, por no hablar de cierta escena mítica que todos esperábamos y que, efectivamente, sale. Dos horas y cuarenta minutos dan para mucho, aunque no para condensar con buen ritmo política y cómic.


En cuanto a los actores, paso a comentarlos uno a uno, tras comentar que he visto la peli doblada, y que siendo un firme defensor del doblaje que se hace en nuestro país, esta vez me he llevado algún chasco.

-Christian Bale no aporta nada nuevo a lo que ya le hemos visto hacer en las dos entregas anteriores; quizá exagere algo más la faceta dramática, demasiado, a mi entender. Gana mucho más cuando hace de chulo o cuando se pone la máscara.
-Gary Oldman sigue tan pasado como siempre, más aún por culpa del doblaje. Cada vez estoy más convencido de que este hombre no tiene registros neutros: va del bajo al alto sin pasar por en medio. Si hubiera un regulador de intensidad se lo bajaría dos o tres puntos.
-Morgan Freeman hace de Morgan Freeman y le pagan por ello, pero sus años le ha costado.
-Tom Hardy impone bastante como Bane, la verdad, pero necesito verlo en versión original para olvidarme de esa mezcla de Darth Vader y mr. Crujidor de Danet que le pone el doblador. 
-Anne Hathaway me ha sorprendido gratamente como Catwoman, porque pensé que era demasiado mona y achuchable para estar convincente. Pero está genial, un poco peor cuando le toca repartir estopa.
-Michael Caine es sencillamente el puto amo. Si en la película Bane es el cerebro y Batman el bajo vientre, Alfred es el corazón. Es el único que ha conseguido emocionarme, y el cabrón lo consigue con una simple mirada y un gesto. Otro al que quiero oír en versión original.
-Joseph Gordon-Levitt tiene un papel jodido porque su personaje es una especie de puente entre los demás, pero absolutamente desconocido en los cómics (más o menos). Me pregunto si su acto final justifica toda su existencia en la película.

Mi conclusión es que "Batman: la leyenda renace" gustará a los seguidores del personaje y decepcionará a todos los demás, menos a los más culturetas, que se empalmarán viendo (y analizando) las evidentes connotaciones político-morales de una peli que, al final, se ponga Nolan como se ponga, es una peli de superhéroes que visten mallas y saltan tejados. Si la complicas demasiado te la cargas. Menos mal que el final es épico como pocos.

jueves, 19 de julio de 2012

El ojo y la mano o la importancia de saber qué uso darle a algo

El pasado 17 de julio informaron de que unos investigadores yanquis y otros españoles coordinados por el director del Centro de Medicina Regenerativa, Juan Carlos Izpisúa, habían logrado convertir células de sangre del cordón umbilical en células neuronales en muy pocos pasos, dificultando así que dichas células desarrollaran algún tipo de cáncer a causa de su manipulación. Las aplicaciones futuras de este procedimiento pueden ser realmente positivas... o terriblemente siniestras.

Hace miles de años los antepasados del ser humano se pusieron a utilizar herramientas, básicamente palos y piedras. Unos las empleaban para alcanzar frutos de los árboles a los que no llegaban sin ayuda, y otros decidieron usarlas para arrebatarles las frutas a esos mismos precursores. El mismo utensilio tenía dos aplicaciones diferentes, ambas provechosas, aunque una resultaba bastante perjudicial para las cabecitas de una parte de la comunidad homínida. Con los siglos, el provecho potencial de las herramientas ha ido en aumento, y hemos pasado de coger cuatro peras a cosechar miles de hectáreas. Pero claro, también hemos pasado de romperle la crisma a un neandhertal, a desintegrar a cien mil personas a la vez.


De un tiempo a esta parte damos más importancia al desarrollo de las Ciencias que al aprendizaje de las Humanidades. Cosas como la Historia, la Filosofía o la Ética han sido desterradas al osario del conocimiento inútil, mientras que las Matemáticas, la Física y la Química se ensalzan como saberes deseables por su utilidad material. Dicho en plata: la química puede producir medicamentos y su venta riqueza; la Filosofía solo genera dolores de cabeza y dudas existenciales de nulo valor práctico. ¿Pero qué conocimientos nos dicen cómo emplear los productos obtenidos mediante las Mates, la Física y la Química? ¿Por qué no emplear el procedimiento de transformación de células de cordón umbilical en neuronas para hacerme más listo? ¿O en crear una computadora biológica compuesta de millones de millones de neuronas que haría todo tipo de cálculos en un santiamén? Esto es ciencia ficción de momento, pero también lo fueron los motores eléctricos y de explosión anticipados por Julio Verne que hoy mueven automóviles y carros de combate.

No es buena idea despreciar las Humanidades y dejar que las Ciencias nos dirijan, en vez de ser nosotros quienes las dirigimos por donde creemos oportuno. Hay pocas escenas más desoladoras que la de un pueblo primitivo conquistado por los avances tecnológicos del presente por no haber pasado antes por cada uno de los escalones que llevó hasta la cima. Yo he visto aldeas tailandesas postradas ante el poder hipnótico de la televisión, cuyas antenas sobresalían de las chozas como si fueran las garras metálicas de un dios ciego ansioso de adoradores. No quiero ni pensar lo que ocurriría si les dieran un colisionador de hadrones. El bosón de Higgs sería la menor de nuestras preocupaciones.

martes, 17 de julio de 2012

Mutaciones terroríficas: de escritor a gurú

El pasado 12 de julio di una charla sobre los vampiros en la literatura en la sede madrileña de Ámbito Cultural en El Corte Inglés de la calle de Serrano. Como ponente me resultó muy interesante, como ya me lo parecieron las que di en FNAC de Murcia y Alicante, y me gusta creer que también gustó a los asistentes. Comento esto porque en las charlas que son precisamente eso, y no clases magistrales, siempre hay un enriquecedor intercambio de ideas que ayuda a comprender algunas cosas y "a darle al tarro", gloriosa metáfora de "devanarse los sesos".

¡Qué planta y qué saber estar!

En ese último debate que comento, donde se habló no solo de vampiros, sino también de ebooks, autoedición y del panorama editorial español, uno de los asistentes me preguntó cómo podía lucharse contra la piratería cuando el escritor, al contrario que el músico, no tiene la posibilidad de dar recitales como forma alternativa de obtener ingresos. Después de todo, el escritor gana un porcentaje de los libros que vende, y punto. ¿Seguido? Pues sí, seguido, porque quien escribe también puede hacer "bolos", y sirvan de claro ejemplo mis charlas comentadas. Sus beneficios económicos se derivan por un lado del estipendio acordado con el foro correspondiente y, por otro, de que los asistentes compren los libros del autor para conocer su obra. Total, que una labor genuinamente introspectiva como la de escribir se complementa con una mucho más extrovertida que lleva al autor a convertirse en una de las criaturas más terroríficas e insustanciales de los tiempos que vivimos: el gurú.

Este término religioso tradicionalmente positivo ha acabado formando parte del arsenal de la ironía y el sarcasmo por culpa de unos cuantos genios de la mercadotecnia que se lo adjudicaron para vender aire (o motos) con mayor autoridad. A poco que uno escuchara y analizara los discursos de estos estafadores modernos se daba cuenta de que el contenido útil brillaba por su ausencia. Total, que si a día de hoy a uno le consideran un gurú, pueden estar alabándole o insultándole: o de verdad sabe un huevo de su especialidad, o no tiene ni puta idea de nada pero me está vendiendo lo contrario.

Sea como fuere, uno puede ganar dinero siendo un gurú, bien impartiendo conferencias, bien escribiendo libros sobre cómo sobrevivir a la crisis, o como tertuliano en la tele. Y es muy probable que al escritor no le quede más remedio que convertirse en uno para ganarse la vida. Que nadie piense que los autores viven exclusivamente de sus libros, porque se llevarán un chasco, y no digo esto para desanimar a nadie con aspiraciones literarias. Un escritor y editor español me abrió los ojos hace meses con este ejemplo: un autor recibe un 10% (como mucho) de cada libro que vende; si el libro cuesta 20 euros se lleva 2 euros. ¿Cuántos libros tiene que vender al año para ganar un sueldo bruto anual de 30.000 euros? Pues 15.000 libros, y los escritores españoles que venden eso pueden contarse con los dedos de las manos, aunque ninguna editorial publica los ejemplares vendidos de cada título, quizá para que no estallen las envidias, los odios y las miserias.

Ya me veo en "La noria" explicando por qué Lucy Westenra practicaba el bestialismo o por qué a Adrian Wolff le gustan los garitos de Lavapiés. ¿Querrá el Darwinismo que evolucione de novelista a gurú? Miedito.