miércoles, 11 de enero de 2012

El "histórico" primer encuentro de Rodrigo con Aristeo

En esta entrada adelanto, en exclusiva, cómo se conocieron Rodrigo y Aristeo, dos importantes personajes de mi trilogía, Cuando cae la noche. Podréis leerlo completo muy pronto, en el tercer y último volumen: Apocalipsis.


CAPÍTULO VIII


  Babieca piafaba, nervioso. El enorme caballo norteafricano sangraba por el flanco derecho, donde un virote de ballesta había logrado atravesar la armadura ligera que le cubría parte del cuerpo y de la cabeza. Su jinete, casi agotado,  lo controlaba con una sola mano y con los estribos, volviéndolo a izquierda y a derecha para asestar espadazos a los soldados musulmanes que, armados con lanzas, trataban de desmontarlo.
  Rodrigo resollaba del esfuerzo y buscaba un hueco que le permitiera pasar entre sus emboscadores o alcanzarlos con la espada. Entre él y su pequeño séquito habían matado a cinco infieles, pero quedaban tres, y ahora estaba solo. No cabía culparse por confiar en que los almorávides cejarían en su empeño de recuperar la taifa de Valencia tras la derrota en Sagunto. Ahora tenía que salir del cerco antes de que cayera el sol o estaría perdido; herido y en la oscuridad, Babieca jamás llegaría a la fortaleza. Años antes el castellano hubiera podido prolongar la lucha algo más, pero a sus cincuenta años le pesaban el yelmo y la cota de mallas, y sus mandobles carecían de la fuerza de antaño. No era un hombre joven, pero no quería morir. Aún no.
  A la desesperada espoleó a su montura para que cargara hacia delante y arrollara a uno de los almorávides, pero una lanza se interpuso en la trayectoria, frenando en seco a Babieca, que relinchó asustado. Por el rabillo del ojo Rodrigo vio a uno de ellos agacharse; si estaba recogiendo una de las ballestas del suelo estaba perdido.
  Reculó sin perder de vista a los lanceros y azuzó al caballo, que con una rápida coz golpeó al moro en un costado y lo envió rodando por el suelo. Jinete y montura estaban dando la vuelta para salir al galope cuando uno de los soldados les cortó el paso, lanza en ristre. La punta recogió el último rayo de sol, antes de que se hundiera en el horizonte, llevándose las esperanzas del caballero.
  Pensando en su esposa Jimena y en encontrarse con su hijo caído, Rodrigo picó espuelas para sacrificar a Babieca bajo el acero almorávide y, con suerte, caer sobre el portador. Pero entonces el caballo se encabritó, tirando al suelo a su jinete. Así postrado, Rodrigo creyó que un ángel corría hacia él para salvarlo, pues una cruz lo recorría de arriba abajo.
  Al enfocar la vista distinguió que su protector era un hombre enorme, con una túnica vieja y desgarrada que lucía una gran cruz carmesí. Se movía con velocidad inaudita, trazando arcos mortales con un espadón que descendía del cielo como un rayo divino. Al poco, los gritos de los moros cesaron, y el cruzado envainó el montante y socorrió al caído.
  –¿Os encontráis bien, mi señor? –preguntó con voz algo ronca.
  Tenía el pelo negro, y caía como la melena de un león sobre sus anchos hombros. Su rostro era pálido y lampiño, marmóreo, con ojos oscuros pero titilantes en las cuencas, sombrías como cuevas.
  Rodrigo aceptó la mano que le tendía, más grande que la suya, y notó la fuerza tremenda que lo izaba como quien levanta a un niño.
  –Os agradezco la ayuda, caballero –le dijo solemne–. Me veía derrotado, al fin.
  –Que el Cielo me valga si permito que Rodrigo Díaz caiga estando yo cerca –le correspondió con una amplia sonrisa–. Menos aún bajo las cimitarras de los infieles.

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