viernes, 20 de abril de 2012

Cuando cae la noche III-Apocalipsis

Se acabó. Hasta aquí ha llegado Adrian Wolff, el vampiro que creé siguiendo la tradición del Drácula de Bram Stoker. Él dio vida a un villano inmortal, un ser tan terrorífico como fascinante que bebía de muchas obras y autores anteriores, grandes románticos que convirtieron el mito en personaje literario.

Desde entonces el personaje ha ido cambiando, se ha adaptado a cada época como solo los clásicos pueden hacerlo, manteniendo casi siempre su esencia, los rasgos que son encarnación de los temores y los deseos atávicos del ser humano: el miedo a la muerte, a la sangre y a la oscuridad; y el deseo del poder y de la vida eterna.


A lo largo de su vida literaria, ha pasado de villano a héroe, de monstruo inmoral a criatura trágica; de visión repulsiva a objeto de deseo. Así, es imposible no encontrar un vampiro que no nos atraiga de alguna manera, en nuestros sueños o en nuestras pesadillas.

En esta trilogía que comencé hace más de una década dejo mi visión de este clásico, sabiendo que encantará a un@s y horrorizará a otr@s. Nada me satisfaría más. 

Gracias, Polidori; gracias, Hoffman; gracias, Le Fanu; gracias, Kuttner; gracias, Matheson; gracias, King; gracias, Rice.

Muchas gracias, Stoker, por hacer nuestras vidas un poquito más emocionantes.

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