martes, 26 de junio de 2012

¿Todos esos momentos se perderán?

Era parte del genial monólogo de un genial personaje escrito e interpretado por un genial actor. Rutger Hauer encarnaba a un perdido Roy Batty en busca de su humanidad en "Blade Runner", un clásico del cine que al principio, el día de su estreno, hace 30 años, nadie pensó que fuera a serlo. Dirigida magistralmente por un joven Ridley Scott, de quien actualmente no hace falta decir nada, la cinta pilló al público con el pie cambiado. La peli se anunciaba como de ciencia ficción, pero como lo que triunfaba por aquel entonces era la saga de "La Guerra de las galaxias", la gente debió de creer que iba a ver algo parecido. Craso error.


En "Blade Runner" no había explosiones en el espacio, ni sables de luz, ni trucos jedi, ni héroes vestidos de blanco batallando con villanos vestidos de negro. La verdad es que, a pesar de la voz en off del protagonista, el detective Rick Deckard (interpretado por el actor que también hacía del personaje más humano de la saga mencionada), Harrison Ford, no había nada sencillo en "Blade Runner". El conflicto filosófico que impulsaba su trama era de una profundidad desconocida en lo que la mayoría de la gente espera de la ciencia ficción. Quizá si hubieran sabido que la historia original en que se basaba (muy tangencialmente) era una novela corta llamada "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas" escrita por Philip K. Dick, habrían sabido a qué atenerse. Para él, como para otros autores, la ciencia ficción era una excusa que les servía para jugar con una serie de cuestiones fundamentales para el ser humano: ¿qué somos? ¿Para qué servimos? ¿Qué nos hace únicos? ¿Adónde vamos como especie?

Los bellos replicantes de Ridley Scott "replicaban" estas preguntas como harían niños de gran inteligencia y escasa experiencia. Una de las cosas que recuerdo más vividamente de esa película que descubrí años después de su estreno, siendo adolescente, es a Roy Batty haciendo pucheros, como haría un crío ante un reproche, un disgusto o la negativa de un adulto. Él, como sus demás compañeros, es una máquina fabricada a imitación del ser humano, pero con muy pocos años por delante. Al hacerlos, Tyrell, el gran dios creador de estos seres perfectos, no tuvo en cuenta cómo sus potentes cerebros artificiales reaccionarían ante la vida y la muerte, ante el amor o la frustración. Tyrell no anticipó, como quizá habría hecho un filósofo pero no un ingeniero, que sus creaciones quisieran vivir.

Pero claro, el espectador no entendía nada. El espectador asistía maravillado a un diseño de producción espectacular, de coches voladores, grandes pantallas en rascacielos infinitos y callejuelas húmedas, sucias y atestadas. ¿Qué futuro era ese? ¿Hermoso y deslumbrante para unos pocos elegidos y gris y deprimente para todos los demás? Cuanto más nos acercamos al 2019, más creo que el equipo de la película acertó bastante en sus suposiciones, quitando los coches que vuelan. ¿Y los replicantes? ¿Estamos muy lejos de esas réplicas exactas de los seres humanos?

Esta película despertó mi interés por la cibernética y la inteligencia artificial, y desde entonces procuro tener un ojo puesto en las noticias sobre ambas disciplinas para hacerme una idea de dónde estamos y adónde vamos. En la primera ya hemos avanzado muchísimo, y lo haremos más en la presente década; en lo segundo hay un problema aparentemente insoluble como consecuencia de las propiedades de los materiales usados, que podría solucionarse cuando se empleen otros materiales; materiales orgánicos. Es posible que los expertos acaben admitiendo que la creación de inteligencia artificial pasa por la creación de seres con neuronas y dendritas, con órganos y sentidos. Por la creación, en definitiva, de seres orgánicos muy parecidos a los humanos. Y ya sabemos formas extremadamente placenteras de hacer eso, ¿no?

"Es hora... de morir"

Divago, como sucede inevitablemente cuando uno se pone a pensar en cuestiones filosóficas. Y creo que ese fue el problema de "Blade Runner"; un problema que sigue apareciendo hoy con otras películas que no acaban con los títulos de crédito. Películas que te hacen pensar y divagar cuando llegas a casa, que te hacen querer subir a hablar con el Hacedor para preguntarle unas cuantas cosas; que te hacen odiarle cuando te da respuestas que no te satisfacen; que te hacen pensar que todas esas divagaciones, que todos tus recuerdos, que toda tu vida podría perderse en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

3 comentarios:

  1. Una de mis películas favoritas, me encanta, cómo olvidar la "replicante" Rachell y toda la trama de novela negra futurista

    ResponderEliminar
  2. Todo un clásico, Iván. A mí también me encantó, y me llevó a divagar durante mucho, mucho tiempo, qué es lo que sucederá cuando le tomemos el gustillo a eso de ser y actuar como los dioses. Cada vez somos más y más longevos, es cierto; pero también, por desgracia, nos estamos volviendo más desnaturalizados.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. Grandísima peli, desde luego. Da para escribir mucho más: la música, los efectos, la iluminación, las interpretaciones, las mil y una versiones del director... Pero o me cortaba con la entrada o todavía estaría escribiéndola. Es curioso que en su día no gustara y años después se convirtiera en referente del cine de CF. Yo ya puse por qué creo que pasó? ¿Coincidís vosotros?

    ResponderEliminar