jueves, 23 de agosto de 2012

Felicidades, maestro Kelly

Hace muchos años, tantos que me doy cuenta de lo viejo que soy, quise ser bailarín y no escritor. Mariconadas, que dirán unos; los niños tenían que desear ser policías, astronautas o bomberos. Sirva en mi defensa que también quise ser todo eso, porque de pequeños queremos ser todo aquello que nos impresione, y a mí me impresionó enormemente un tipo que bailaba en la tele haciendo un ruido mágico con las suelas de los zapatos. 

Por aquel entonces yo no sabía quién era Gene Kelly, como tampoco sabía quién era Fred Astaire, pero cada que vez que la caja tonta (yo juraría que antes no lo era tanto) salía una película de estos dos, yo me pegaba a la pantalla. Recuerdo especialmente unos programas navideños que ambos presentaban al alimón, donde se mostraban algunas de las escenas de los musicales de los años dorados de Hollywood: uno u otro bailaba solo, con mujeres de piernas esculturales o incluso con dibujos animados. Y los cabrones casi parecían volar más que caminar. No había nada mejor.


Siempre pensé que Astaire dominaba más el claqué, mientras que Kelly movía las piernas con tal indiferencia, con tal falta de esfuerzo, que parecían un organismo aparte, independiente del cuerpo. Los dos me gustaban, pero tengo que admitir que la famosa escena que daba título a "Cantando bajo la lluvia" era mi preferida. Aún hoy, veintitantos años después de verla por primera vez, sigue consiguiendo sacarme una sonrisa, por nublado que tenga el día.

Yo creo que alguien tendría que condensar ese número en una píldora que pudiéramos tomar en cualquier momento para así quitarle gravedad a nuestras cuitas diarias, a esas que nos llueven con insistente persistencia desde no se sabe dónde. En vez de valiums y prozac nos tomaríamos una dosis de singinintherain y a correr, o a bailar, vaya.

Finalmente, mis ambiciones como bailarín acabaron bastante antes que las de Billy Elliot, aunque tuve una recaída años después por culpa de MC Hammer y Michael Jackson. De hecho, confieso que jamás me recuperé del todo, y sigo sufriendo ataques de epilepsia bailonga cada vez que uno de sus temazos suena en el garito de turno.

Todo eso lo empezó el maestro Gene Kelly, que hoy 23 de agosto habría cumplido cien añitos. La verdad es que no tengo ni idea de dónde estará, de si su espíritu vagará por ahí, o si se habrá reencarnado, pero sí sé que desde que le vi bailar hace veintitantos años la lluvia repiquetea el suelo de una forma distinta, como si alguien danzara ligero sobre esas dichosas nubes de tormenta.

Feliz cumpleaños.

No hay comentarios:

Publicar un comentario