lunes, 17 de septiembre de 2012

"El exorcista" sigue en la brecha

Hace unos meses comenté en la presentación de una antología de relatos de terror en la que participé que no recordaba cuándo había sido la última vez que me asusté leyendo un libro, y no porque fuera malo, sino porque su objetivo fuera causar miedo. Decía entonces que la tele, el cine y los videojuegos muestran imágenes violentas, sangrientas y terribles con tal frecuencia que se han convertido en algo intrascendente y banal, anestesiando así nuestra sensibilidad. Hace no muchos años, la visión de la sangre, de un cuerpo mutilado o de una ejecución, ponía los pelos de punto al ciudadano medio. Entonces escribir de terror era fácil, y Poe o Lovecraft conseguían ser tildados de locos enfermos por describir escenas inimaginables por el común de los mortales.

Desde entonces, el nivel de lo macabro y lo escatológico han ido subiendo peldaños en todos los medios, y las imágenes acabaron demostrando que, efectivamente, valían más que mil palabras, sobre todo en el ámbito del terror. Pero a principios de los 70, un libro todavía podía acojonar bastante, y eso fue lo que hizo "El exorcista", del escritor y guionista William Peter Blatty. Bien, pues este es uno de esos pocos libros que sigue logrando acojonar a día de hoy.


Seguramente no sea solo mérito de la obra en sí, sino del apoyo que recibe de la película rodada un año después de su publicación, guionizada magníficamente por el propio autor (tanto que le valió un Óscar de la Academia). Es imposible leer esta novela de 350 páginas sin recordar las estremecedoras escenas de Regan vomitando, masturbándose con un crucifijo o provocando a los exorcistas de turno. A ese estremecimiento contribuye que la historia se basara en un hecho real, al margen de cuál fuera la explicación auténtica de los hechos acontecidos. Pero jamás la conoceremos, y eso favorece también la aparición del terror al pasar las páginas del libro, porque entra en juego la imaginación del lector, y la imaginación, como han demostrado tantos artistas a lo largo de la historia, es lo más terrorífico de todo.

En cuanto al estilo de la novela, yo no diría que es brillante, ni mucho menos, pero sí efectivo. Es verdad que algunas descripciones, sobre todo las de personajes, son francamente buenas, y al completarse con monólogos interiores el resultado es magnífico: tanto el padre Karras, como Chris MacNeil (la sufrida madre de Regan) son personajes redondos. También determinados ambientes se reflejan maravillosamente, y el ritmo impecable de la novela sube al lector en una montaña rusa que tendría un final incierto si no fuera porque todos hemos visto la película. ¿Dónde están los peros, entonces?

En los diálogos. En muchas ocasiones son tan largos y los incisos o acotaciones del narrador tan escasos, que resulta fácil perderse en la lectura y no saber quién está diciendo qué. Yo achaco esto al trabajo de Friedkin como guionista, puesto que en la pantalla podemos ver hablando a cada uno de los personajes que participan, no así en una narración. De hecho, bajo mi punto de vista, creo que el trabajo que hizo para adaptar la novela a la gran pantalla fue mínimo. Por tanto, ¿vale la pena leerla habiendo visto la película? O, en el caso de saber nada de ninguna, ¿es mejor leer una o ver la otra?

Si eres aficionad@ a la literatura de terror, yo te aconsejo leerla. Pero leerla en casa, en tu sillón favorito, con una de esas lámparas que arrojan una isla de luz sobre ti, dejando en tinieblas el resto de la habitación. Porque será entonces cuando compruebes, como hice yo, que todavía es posible sentir terror leyendo un libro, y cerrar sus tapas (o apagar el ereader) sabiendo que el mal que contienen quedará allí atrapado hasta que volvamos a abrirlas. 

O tal vez no.

Lenguaje: ***
Trama: ***
Emotividad: ****

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