jueves, 27 de septiembre de 2012

Más opciones para publicar, más opciones para comprar

Ultimando la charla sobre el vampiro como personaje literario que daré en El Corte Inglés de Portal del Ángel, en mi querida Barcelona, vuelvo a comprobar lo difícil que resulta que los medios especializados se hagan eco del evento. Cosa similar ocurre con los blogs e incluso con el público en general, y atribuyo gran parte de este desinterés a mi condición de escritor autoeditado.

Es lógico, desde luego, pero queriendo profundizar un poco en la cuestión, me encuentro en la red virtual con numerosos artículos y entradas vilipendiando a estos autores, a sus obras y hasta la posibilidad de la autoedición. No faltan voces, tan bajitas como las de los propios autopublicados, eso sí, que claman por la imposición de filtros en Amazon y en otras plataformas de autoedición para que lo que llega al público tenga una calidad mínima, por el bien de los lectores.

Imagen de Contrapoeticam.blogspot.com

Este último punto me parece absurdo por varias razones. La primera, porque limitar la entrada de autores llevaría a dichas plataformas a renunciar a unos ingresos muy jugosos; la segunda, porque convertiría esos mismos negocios en editoriales de facto; y el tercero, porque obligaría a la adopción de unos criterios de filtro que no implicaría la calidad de las obras. ¿Acaso todos los libros publicados por editoriales son buenos? ¿Y qué significa que un libro sea bueno? Ya sabemos todos lo subjetivo que es este terreno, y que lo que puede parecer magnífico a un lector no tiene por qué parecérselo a otro. A lo largo de los siglos, editores y críticos (y autores) han intentado hallar esa fórmula filosofal que convierte una novela en un éxito de ventas, y me atrevo a señalar que siguen sin encontrarla.

Como bien sabemos todos gracias a Internet, es imposible ponerle puertas al campo, y hacerlo en este terreno fértil de la autoedición conlleva implícitamente la presunción de que el lector es un pobre diablo que va a gastarse su dinero en libros que no merecen la pena. Yo no me tengo por tonto y, sin embargo, varias veces he comprado libros publicados por grandes editoriales que me han supuesto una pérdida de euros y de tiempo. Esto mismo me ha ocurrido con películas, alimentos, música... No obstante, me gusta disponer de la posibilidad de equivocarme, y preferiría que no hubiera nadie "garantizando" la idoneidad de mis compras (salvo cuando pongan en peligro mi integridad física, se entiende).

Además, esa actitud paternalista sobre qué debe publicarse en función de su supuesta calidad, acaba acarreando el mensaje de que lo autopublicado es malo porque no ha salido por el canal tradicional. Este prejuicio debería desterrarse como excusa para no adquirir una obra autoeditada, porque es un filtro en sí mismo que niega la posibilidad de leer obras de calidad. Marcel Proust autopublicó su primera edición de "En busca del tiempo perdido"; Jane Austen pagó por que publicaran "Sentido y sensibilidad"; Virginia Woolf publicó varias obras a través de la editorial que tenía con su marido; James Joyce llegó a comprometerse a pagar de su bolsillo los ejemplares de "Dublineses" que no se vendieran...

No pretendo compararme con esos escritores; no me corresponde a mí, sino a los lectores. Y ahí está el quid de la cuestión: si ese prejuicio causa que no se lean mis obras, o las de cualquier otro autor o autora que haya recurrido a la autoedición por los motivos que sean (eso daría para muuuuchas entradas más), se pierde la posibilidad de hacer la comparación. Se pierde la posibilidad de encontrar algo que valga la pena, y hoy día hay medios más que suficientes para asumir el riesgo: extractos gratuitos de las obras, blogs públicos, entrevistas a los autores... Hoy día es mucho más sencillo encontrar información sobre un autor y su obra gracias a Internet. Algunos dirán que la mayor parte de lo que se halla es publicidad encubierta, pero eso mismo ocurre también en el mundo real. ¿Acaso las opiniones y reseñas que vierten los medios no están condicionadas por el grupo editorial al que pertenecen? ¿O por las amistades más o menos claras entre autores? ¿O por el simple desconocimiento del librero de turno, incapaz de formarse una opinión veraz sobre cada libro que le llega día tras día?

Me viene a la cabeza el famoso "busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo". La autoedición fácil y barata ha hecho que haya mucho que comparar. ¿de verdad eso es algo negativo?

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