lunes, 30 de enero de 2012

¿Hay que escribir el final que querría el lector?

Llega un momento en la escritura de un libro (casi diría en la creación de todo relato) que al autor le toca escribir el final. Suele ser un momento agridulce, porque por un lado significa que está a punto de terminar un trabajo que ha acarreado un esfuerzo y un tiempo considerables, pero por otro le acerca al veredicto del público, grande o pequeño. Y, seguramente, ese pensar en la reacción de los lectores saca las dudas de la caja de Pandora donde habían estado hasta entonces y sustrae al escritor de su absoluta subjetividad para con su obra: deja de verla desde dentro para verla desde fuera. Y así surge la gran pregunta: ¿gustará a la gente?


Yo era de los que pensaban que un escritor debe escribir para sí mismo, que es el modo de ser completamente honesto y de disfrutar plenamente lo que se crea. Pero a lo largo de los años he hablado con escritores profesionales que han admitido que piensan en el lector. Estoy seguro de que esto sucede con los bestsellers o, al menos, con los que se escriben con intención de serlo. Por mucho que las editoriales digan que no hay una fórmula mágica, sí hay unos ingredientes que ayudan: cierto grado de intriga, personajes potentes, pero asequibles (humanos, diría alguno) y un lenguaje culto, pero sencillo. ¿Y qué hay del final?

Creo que no yerro demasiado si digo que la mayoría preferimos los finales felices. No hablo de puestas de sol edulcoradas, ni de niños alegres que matarían a un diabético. Me refiero a un final donde el conflicto se soluciona satisfactoriamente (y de manera verosímil), donde hay esperanza, donde, por exponerlo llanamente, "los buenos ganan". Dado que entre la mayoría también hay escritores, también la mayoría de estos escribirá finales felices. ¿Pero y si el autor siente que el final debe ser otro? ¿Y si la historia, su desarrollo y el de sus personajes pide a gritos una conclusión "negativa"?

Hace poco vi el final alternativo de la película "Seven", del genial David Fincher (ahora de moda, pero ya entonces filmaba unos créditos increíbles). Era bastante más optimista que el original, y encajaba bastante bien. Sin embargo, no fue el escogido. ¿Por qué? No me extrañaría nada que la película hubiera ganado más espectadores si su director la hubiera terminado de la otra manera. Tengo amigos y amigas que salieron del cine como si les hubieran dado una paliza, con esa sensación de náusea mental porque tu cerebro quiere expulsar un estímulo que lo ha dejado hecho mierda por dentro. En el subgénero literario distópico abundan finales infelices, preñados de malos augurios, casi jactándose de los happy endings de cuento por irreales. ¿Tuvieron en cuenta los gustos de la mayoría? ¿Pensaron: si acabo el libro así no lo va a comprar ni Perry? ¿Hay que ser honesto y terminar como uno cree que debe hacerlo, o hay que intentar escuchar al "yo externo", al lector potencial?

martes, 17 de enero de 2012

"El topo" versus "MI-Protocolo fantasma": espías de ayer y hoy

Quiso el destino que un jueves viera "El topo", la peli de espías de Tomas Alfredson basada en una novela del genial John le Carré, y al jueves siguiente la de "Misión imposible-protocolo fantasma", de Brad Bird. Y creo que ver seguidas dos cintas de espías tan diferentes ha sido más enriquecedor que hacerlo por separado, porque permite compararlas y comparar las épocas y los estilos a que pertenecen.

La primera se ambienta en la Guerra Fría, en la década de 1970, donde todo se hacía de forma soterrada, oculta, porque si no, o te detenían o te pegaban un tiro. Era una época en la que sólo había dos bandos, con ideologías opuestas (¡ay, ganó el capitalismo!), pero con los mismos métodos para defenderlas: ambos mataban, ambos torturaban, ambos escuchaban, ambos maquinaban... Y ambos traicionaban. Pero todo sin alharacas, sin estrépito, sin llamar la atención. La película refleja fielmente ese proceder y a sus personajes, pintándolos con una pátina gris, de miseria interior sempiterna, empezando por el protagonista, George Smiley, magníficamente interpretado por Gary Oldman. Él y toda su panda de espías son hombrecillos tristes, contenidos, cuya vida profesional engulle a cualquier otra, por lo que su felicidad depende directamente de aquella. Al verlos, especialmente a quienes forman parte del alto mando, el espectador tiene la sensación de que han olvidado por qué espían; lo han convertido en un juego y quieren ganarlo a toda costa. No espían por un mundo mejor, su mundo, sino simplemente por derrotar al rival. Y son fríos, fríos hasta el tuétano, porque no hay otra forma de ser si quieres pertenecer al MI5 y ascender por él. Smiley sólo aparenta ser humano cuando cree que tiene que hacerlo; es un acto calculado fríamente también, salvo cuando está solo y nadie mira. Entonces la máscara que tiene por rostro desde hace años se resquebraja un poquito.

Y en ese juego de espías todo es leeeeento, porque todo se piensa muuuuucho. Y así les ha quedado la película: leeeeenta. Mucho primer plano para que veamos los buenísimos actores que son todos al mostrar espléndidamente sus conflictos internos, con escenas de acción que son más bien fogonazos, tiros en a cabeza. No hay acción en la que recrearse, porque si te recreabas entonces la palmabas.

Por su parte, "Misión imposible-protocolo fantasma", es una peli de superhéroes, pero que llevan la ropa interior por dentro, porque no veo otra forma de explicar las proezas que realizan sus protagonistas, empezando por un Tom Cruise pelín viejuno (ya me gustaría a mí), que se ha convertido en el único tío capaz de vencer a Batman en un duelo de machos. Sarcasmos aparte, al director, Brad Bird ("Los increíbles", fantástica fusión animada de James Bond y superhéroes), le importa un carajo la realidad y nos cuenta lo que él cree que tendría que ser el mundo de los espías: tíos guapos y acrobáticos, mujeres guapas y acrobáticas, tecnología avanzadísima, lugares exóticos y planes espeluznantes. Es la visión de la cámara de cine frente a la visión de la máquina de escribir, ya que hasta las novelas de Ian Fleming, creador de James Bond, eran comedidas frente a sus pirotécnicas versiones cinematográficas. En esta cuarta entrega de Misión imposible el mundo peligra, pero es el mundo en general, no una parte. Y es por culpa de un solo hombre, no de un país, o una empresa, o una ideología. Es culpa de un supervillano, el único que puede plantar cara a Cruise y su sonrojante superioridad inhumana (para algo es productor de la cinta). Y es superior en todo, ojo, por dentro y por fuera. He aquí una prueba poco evidente, pero esclarecedora: a George Smiley le abandona su mujer por triste y por vivir para su trabajo; Ethan Hunt abandona a su mujer para no ponerla en peligro por ese mismo trabajo. 

Con esto no quiero decir que la peli sea mala; es una peli de superhéroes buenísima, muy entretenida, con unos efectos especiales asombrosos, unos gadgets chulísimos y unas localizaciones fantásticas. Eso sí: a mí las escenas de acción me parecieron tan largas que me resultaron pesadas, en la misma medida que el ritmo parsimonioso de "El topo" me cerraba los ojos.

Y a modo de conclusión me pregunto: ¿por qué cojones no escogieron a Tom para interpretar al nuevo Superman? ¡Si solo le falta la capa!

miércoles, 11 de enero de 2012

El "histórico" primer encuentro de Rodrigo con Aristeo

En esta entrada adelanto, en exclusiva, cómo se conocieron Rodrigo y Aristeo, dos importantes personajes de mi trilogía, Cuando cae la noche. Podréis leerlo completo muy pronto, en el tercer y último volumen: Apocalipsis.


CAPÍTULO VIII


  Babieca piafaba, nervioso. El enorme caballo norteafricano sangraba por el flanco derecho, donde un virote de ballesta había logrado atravesar la armadura ligera que le cubría parte del cuerpo y de la cabeza. Su jinete, casi agotado,  lo controlaba con una sola mano y con los estribos, volviéndolo a izquierda y a derecha para asestar espadazos a los soldados musulmanes que, armados con lanzas, trataban de desmontarlo.
  Rodrigo resollaba del esfuerzo y buscaba un hueco que le permitiera pasar entre sus emboscadores o alcanzarlos con la espada. Entre él y su pequeño séquito habían matado a cinco infieles, pero quedaban tres, y ahora estaba solo. No cabía culparse por confiar en que los almorávides cejarían en su empeño de recuperar la taifa de Valencia tras la derrota en Sagunto. Ahora tenía que salir del cerco antes de que cayera el sol o estaría perdido; herido y en la oscuridad, Babieca jamás llegaría a la fortaleza. Años antes el castellano hubiera podido prolongar la lucha algo más, pero a sus cincuenta años le pesaban el yelmo y la cota de mallas, y sus mandobles carecían de la fuerza de antaño. No era un hombre joven, pero no quería morir. Aún no.
  A la desesperada espoleó a su montura para que cargara hacia delante y arrollara a uno de los almorávides, pero una lanza se interpuso en la trayectoria, frenando en seco a Babieca, que relinchó asustado. Por el rabillo del ojo Rodrigo vio a uno de ellos agacharse; si estaba recogiendo una de las ballestas del suelo estaba perdido.
  Reculó sin perder de vista a los lanceros y azuzó al caballo, que con una rápida coz golpeó al moro en un costado y lo envió rodando por el suelo. Jinete y montura estaban dando la vuelta para salir al galope cuando uno de los soldados les cortó el paso, lanza en ristre. La punta recogió el último rayo de sol, antes de que se hundiera en el horizonte, llevándose las esperanzas del caballero.
  Pensando en su esposa Jimena y en encontrarse con su hijo caído, Rodrigo picó espuelas para sacrificar a Babieca bajo el acero almorávide y, con suerte, caer sobre el portador. Pero entonces el caballo se encabritó, tirando al suelo a su jinete. Así postrado, Rodrigo creyó que un ángel corría hacia él para salvarlo, pues una cruz lo recorría de arriba abajo.
  Al enfocar la vista distinguió que su protector era un hombre enorme, con una túnica vieja y desgarrada que lucía una gran cruz carmesí. Se movía con velocidad inaudita, trazando arcos mortales con un espadón que descendía del cielo como un rayo divino. Al poco, los gritos de los moros cesaron, y el cruzado envainó el montante y socorrió al caído.
  –¿Os encontráis bien, mi señor? –preguntó con voz algo ronca.
  Tenía el pelo negro, y caía como la melena de un león sobre sus anchos hombros. Su rostro era pálido y lampiño, marmóreo, con ojos oscuros pero titilantes en las cuencas, sombrías como cuevas.
  Rodrigo aceptó la mano que le tendía, más grande que la suya, y notó la fuerza tremenda que lo izaba como quien levanta a un niño.
  –Os agradezco la ayuda, caballero –le dijo solemne–. Me veía derrotado, al fin.
  –Que el Cielo me valga si permito que Rodrigo Díaz caiga estando yo cerca –le correspondió con una amplia sonrisa–. Menos aún bajo las cimitarras de los infieles.

martes, 10 de enero de 2012

"Hoy me ha pasado algo muy bestia"... o no

Hace ya algunas semanas escribía sobre cómo el tipo de soporte (y el lugar) condiciona lo que leemos. Pero es que el tipo de soporte también condiciona lo que se escribe. Las cartas no se redactan como los telegramas, igual que los libros no se escriben como los periódicos... Ni como los blogs. Y Hoy me ha pasado algo muy bestia empezó así, como blog-diario falso donde su protagonista cuenta, muy llanamente, cómo adquiere superpoderes y cómo decide emplearlos. Esta estrategia la usó también el autor de otra "novela" que ya he reseñado, y ambas cosecharon bastante éxito como blogs, con miles de visitantes que querían ver cómo se las apañaban los personajes. Ambos títulos comparten capítulos muy cortos, que se leen muy rápido y un lenguaje muy sencillo, muy de andar por casa, lo que realza la sensación de verosimilitud. En ese sentido, el qué se cuenta, el cómo se cuenta y el dónde se cuenta encajan perfectamente: en el ordenador leemos textos breves, rápidos, que no exijan demasiado trabajo, así que el continente dicta cómo se ha de escribir el contenido.


¿Pero qué pasa si ese texto se traslada al libro? Es más, ¿debe hacerse? La editorial Marge Books lo hizo en este caso, en tapa blanda y de 238 páginas (con una maquetación muy aireada), y para mí el resultado es el esperado: el formato le queda grande a esta obra de Daniel Estorach. La prosa sencilla (vulgar, de hecho), la trama simple, los personajes planos y la ausencia de todo tipo de reflexiones adultas más allá del "síndrome de Peter Parker" (ya sabes, "todo gran poder implica una gran responsabilidad") me dejaron con la sensación de estar leyendo un tebeo sin viñetas. Tópico tras tópico (el héroe torturado por su nueva condición, la novia abnegada, el amigo fiel y el maestro misterioso) paso páginas con la sensación de haber leído (o visto) ya todo eso, pero mejor. Ni siquiera la valentía del autor al trasladar una historia así a Barcelona logra que me interese lo más mínimo nada de lo que se cuenta, porque mi cabecita pide más complicación, más detalles, más metáforas, más psicología, más profundidad... Más de todo, en general.

¿Qué hubiera ocurrido si esta historia hubiera nacido como un libro y no como un blog? Pues que probablemente estaría mejor contado, y que probablemente también habría logrado menos difusión, quedando olvidado el manuscrito en el cajón de editores convencionales, por lo que nunca hubiera llegado al público. ¿O sí?

Trama: **
Emotividad: **
Lenguaje: **