domingo, 26 de febrero de 2012

lunes, 13 de febrero de 2012

"La trilogía de Nueva York", el laberinto de Auster

Tras un tardío descubrimiento de Paul Auster a través de su sencilla y natural "Brooklyn Follies", me propuse leer más cosas de este autor que ya es un clásico, y me decanté por la obra que, según la crítica, le catapultó a la cima de la literatura yanqui y mundial, "La trilogía de Nueva York". Me hice con la séptima edición a manos de la editorial Anagrama, en su Colección Compactos, de 335 páginas traducidas por Maribel De Juan con algún pequeño error.


Esta obra se divide en tres novelas cortas, "Ciudad de cristal", "Fantasmas" y "La habitación cerrada", unidas entre sí por el hilo conductor de la confusión de identidades y la ficción disfrazada de realidad, disfrazada de ficción. ¿Extraño, verdad? Esa fue la primera sensación que me produjo su lectura, con sus protagonistas a salvo en sus microuniversos, familiares y monótonos, hasta que las letras los penetran, los envenenan y los transforman.

Auster hace gala del estilo sencillo que caracteriza "Brooklyn Follies" (y toda su obra, según creo), imprescindible también para que las tramas, que se entrecruzan como en un ovillo de lana, no acaben con la paciencia del lector. Sin embargo, las reflexiones y las anécdotas literarias son prolijas (maravillosa la teoría de la autoría de "El Quijote"), liando aún más la madeja. Si a eso añadimos sus detalladas descripciones de Nueva York, leer la obra acaba siendo como recorrer el laberinto de la mano del minotauro. Confieso mis dificultades para continuar en varios momentos, unas veces por aburrimiento, otras por hallarme perdido, pero animado siempre por la esperanza de un final sorprendente, como el de un cuento.

Ese final llega con la última pieza, "La habitación cerrada", de una profundidad psicológica rayana con la clarividencia por la precisión con la que Auster se mete en su propia cabeza, quizá el objetivo final de toda la novela. Su brillantez a la hora de contar cómo puede alguien llegar a vivir la vida de otro es pasmosa y hasta espeluznante, y hubo pasajes en los que creí estar leyendo un relato de Poe, uno de misterio donde el ratón persigue al gato, hasta darse cuenta de que siempre ha sido él el perseguido. Como he comentado, la obra es difícil, pero esa última y magistral "Habitación cerrada" merece el esfuerzo de llegar hasta ella y traspasar su umbral. Aunque quizá nunca logres salir.

Trama: ****
Emotividad: ****
Lenguaje: ***

jueves, 9 de febrero de 2012

Sherlock, Sherlock, y Sherlock. ¡Ah, y House!

Pues parece que este año 2012 no va a ser el año de Drácula (se cumple un siglo de la muerte de Stoker), sino el de Sherlock Holmes. Curiosamente, los creadores de ambas criaturas se conocían (y eran parientes lejanos) y ambos han pasado a la historia de la literatura gracias a ellas.


En estos momentos hay hasta tres opciones (aparte de la literaria) para disfrutar del genial Sherlock Holmes: la serie de televisión de la BBC, la película dirigida por Guy Ritchie y la también televisiva House. Sobre la primera ya escribí una entrada bastante detallada, pero la segunda temporada que están retransmitiendo me está gustando aún más. Un primer episodio algo farragoso que mejora minuto a minuto hasta un fantástico final y un segundo muy logrado han hecho que me maraville el trabajo de adaptación que han hecho los ingleses. La serie se disfruta (Cumberbatch y y Freeman están geniales), pero se disfruta todavía más si se ha leído la obra original (buenísimo el gag del gorro que el Sherlock de Doyle nunca llevó). Muy recomendable.


La segunda adaptación en pantalla (grande esta vez) es el Sherlock de la película "Juego de sombras", segunda parte del éxito que ya huele a trilogía. Paradójicamente, esta versión del personaje, en su época correspondiente, está más alejada del auténtico que la serie antes referida. No es sólo por el considerable peso que tiene la acción física en la película (imprescindible en todo blockbuster que se precie), sino por ese carácter gamberro de niño malo que imprime Robert Downey Jr. a todos sus personajes (será que él es así). Sin embargo, me lo pasé muy bien en el cine, y aquel truco de la cámara lenta con Holmes anticipando los movimientos del rival tiene su plena justificación en una de las últimas escenas de la película (en las mismísimas cataratas Reichenbach), que me pareció fantástica y sorprendente (y la enlazo aquí como spoiler). Me pareció mejor que la primera, y también creo que, curiosamente, seguramente por lo anterior, disfrutarán más de la peli quienes no estén familiarizados con la obra literaria de Doyle.


Y llego a una tercera adaptación de gran éxito, la más longeva de las que comento: el doctor House, que no Holmes, acompañado de su fiel Wilson, que no Watson. Es posible que con este médico misógino (como Sherlock), drogadicto (como Sherlock), arrogante (como Sherlock) y cojo, los yanquis hayan conseguido revisar el personaje con éxito y hacerlo pasar por uno diferente, suyo. Pero tiene gracia que a pesar del empeño del productor de la serie, Bryan Singer, en no contratar a un actor inglés para "su" criatura, fuera el británico Hugh Laurie quien se llevó el papel gracias a su imitación (y supongo que a más cosas) del acento yanqui. A mí la serie me parece brillante, con diálogos que a veces me hacen plantearme si seré tonto del bote, porque no consigo captar toda la información que contienen (me pasaba también con diálogos de "El ala oeste de la Casa Blanca"), lo cual no deja de ser un acierto, ya que la mente Sherlock Holmes tiene que hacernos parecer hormigas. Es cierto que la estructura de los episodios se repite, y casi resultan más interesantes las relaciones entre los personajes y la propia historia de House que los casos médicos, pero ahí sigue la serie. ¿Para cuándo el Moriarty de House? ¿Tendrá lugar el final cerca de una fuente de agua?

En fin, lo bueno de los clásicos es que valen para cualquier época y así, de un personaje único han sacado tres versiones diferentes (o más). ¿No pasó lo mismo con Dios?

viernes, 3 de febrero de 2012

"Farenheit 451". Ya no hace falta quemar libros...

No creo que a estas alturas pueda contar algo nuevo sobre esta novela, casi un relato largo, escrito por Ray Bradbury y publicado por primera vez en 1953. Pero como dicen que los clásicos siempre son actuales voy a intentarlo.

Empezaré por el título, soberbio donde los haya porque casi nos está contando el libro sin necesidad de abrirlo: 451º Farenheit es la temperatura a la que el papel se prende y arde. En inglés es magnífico, pero la traducción que se hizo al español no me convence. Tal vez fue una imposición del autor o de la editorial, porque no entiendo que no tradujeran realmente el título buscando el equivalente en la escala de temperatura Celsius que usamos aquí y en buena parte del mundo, de modo que la novela se llamara "233 ºC" o "233 grados". Creo que incluso me hubiera parecido más correcto titularla "451 Farenheit", puesto que en español se dice primero el número y luego la unidad. Nadie dice aquí "el agua hierve a grados Celsius 100", pero en fin, creo que es un poco tarde para abrir un debate sobre esta cuestión (además, seguro que alguien lo hizo antes, con escaso éxito, evidentemente).


La edición que he leído es la undécima reimpresión de la de Minotauro de 1996, traducida por Francisco Abelenda. Es muy agradecida porque incluye un posfacio del propio Bradbury donde cuenta la génesis de la obra, así como un par de relatos suyos, "El parque de juegos" y "Y la roca gritó". Pero la chicha está en la novela, una de las primeras del subgénero de CF distópica, cuando creo que ni siquiera sabían lo que era eso, como Shelley no sabía que inauguraba la CF cuando escribió su "Frankenstein o el moderno Prometeo".

"Farenheit 451" nos traslada a una sociedad futura donde el ser humano vive en un estado de estupidez y sometimiento permanentes gracias a la retransmisión constante de programas de entretenimiento, a la desinformación absoluta, al miedo, a divertimentos suicidas y a la prohibición de la lectura. Todo narrado desde el punto de vista de un bombero, que en este mundo se dedica a provocar fuegos quemando libros en vez de a extinguirlos. El desarrollo de esta imagen, de esta ironía, da lugar a una profunda reflexión sobre los beneficios de la lectura y su capacidad para "encender" ideas. Los bomberos de la obra extinguen el pensamiento a fuerza de quemar aquello que lo prende: los libros.

Pero no es sólo que estos artilugios contengan conocimientos, es que la manera de extraerlos también es peligrosa en esa sociedad, porque se hace despacio, y al hacerse despacio invita a reflexionar y a hacerse preguntas. El mundo de "Farenheit 451" es rápido y fugaz, lleno de carcajadas estruendosas, de coches veloces, de programas olvidables precedidos y continuados por otros igualmente superficiales. Ese estado de excitación permanente, pero improductiva, es lo que permite a un gobierno del que no se habla reinar sin oposición y sin cuestionamientos. Y si nadie cuestiona nada, todo el mundo es feliz. ¿Por qué querer otra cosa si no me planteo que las hay? ¿Por qué detenerme un rato a pensar sobre mi vida cuando puedo coger un coche de carreras o ver un divertidísimo programa en una tele gigantesca? ¿Por qué esforzarme en algo si ya me esfuerzo en el trabajo? El resto del tiempo es para disfrutar y despreocuparse, para dormir.

Me acongoja pensar que en 1953 Ray Bradbury ya veía ese futuro, tan similar a nuestro presente. La novela está llena de frases precursoras:
-"Los clásicos reducidos a audiciones de radio de quince minutos; reducidos otra vez a una columna impresa de dos minutos, resumidos luego en un diccionario en diez o doce líneas [...] Del jardín de infancia al colegio, y vuelta al jardín de infancia. Ese ha sido el desarrollo espiritual del hombre durante los últimos cinco siglos."
-"Resúmenes, resúmenes, resúmenes. ¿La política? Una columna, dos frases, un titular. Luego, en pleno aire, ¡todo desaparece! ¡Las manos de los editores, explotadores, directores de radio bombean y bombean, y la mente del hombre gira con tanta rapidez que el movimiento centrífugo lo libra de todo pensamiento inútil, de días y días malgastados!"
-"¿Y no era ese mismo compañero brillante al que golpeaban y torturaban al salir de la escuela? Claro que sí. Todos debemos parecernos. No nacemos libres e iguales, como dice la Constitución, nos hacemos iguales. Todo hombre es la imagen de todos los demás, y todos somos así igualmente felices [...] La conclusión es muy sencilla. Un libro, en manos de un vecino, es un arma cargada. Quémalo. Saca la bala del arma."
-"Que la gente intervenga en concursos donde haya que recordar las letras de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de los Estados, o cuanto maíz cosechó Iowa el año pasado. Llénalos de noticias incombustibles. Sentirán que la información los ahoga, pero se creerán inteligentes."
-"El público mismo abandonó la lectura espontáneamente. Ustedes los bomberos dan de cuando en cuando su espectáculo de circo."

Qué más decir cuando Bradbury dijo todo esto hace casi sesenta años, con un lirismo sorprendente en varios momentos de la novela (repletos de una erudición notable y relevante), absolutamente imprescindible porque se disfruta con lo que cuenta y con cómo lo cuenta.

Trama: ****
Emotividad: ****
Lenguaje: ***