jueves, 26 de abril de 2012

El placer de leer

Hasta hace unos pocos años mantenía un vicio malísimo consistente en terminar todos los libros que empezaba a leer. Estoy seguro de que lo adquirí en mi infancia, lo reforcé en mi adolescencia y lo conservé en mi juventud, merced a las prácticas educativas del colegio, el instituto y la facultad, que obligaban a leer los libros contenidos en sus programas, sobre los que luego ponían los exámenes correspondientes. Por eso, si querías aprobar, no digamos ya sacar nota, tocaba leerlos de cabo a rabo y analizarlos detalladamente.

Recuerdo que por aquel entonces no había Internet, así que no existía la posibilidad de buscar resúmenes colgados desinteresadamente por todos aquellos empeñados en hacer de este país una tierra de vagos donde poder tirar pa'lante con el mínimo esfuerzo y, quizás, acabar triunfando en un Ministerio o en un programa de dislate (no, de debate no son) de la tele. Sí quedaba el recurso de pedirle a un compañero que te resumiera el libro (o el de copiar), pero como no me fiaba demasiado de lo que pensaran otros (defecto que aún conservo) prefería leerlos, por muy petardos que me parecieran y muchas horas de sueño que perdiera la noche antes de la prueba de marras.


Total, que mantuve ese cochino vicio, reforzado por el dolor de corazón y cartera que me producía gastarme mil pelas o veinte euros en un libro que no iba a exprimir completamente. Así que hala, a terminarlos, aunque ya en la página diez alguno me pareciera un tostón insufrible y avanzar entre sus líneas fuera como desbrozar maleza en una selva vietnamita minada y llena de charlis.

Hasta que un día, hace tres años, mi razón pudo mostrarme claramente la irracionalidad de mi vicio para así poder vencerlo. Fue culpa de un libro, claro, y escribir aquí su título podría hacer que dejaras de leer ahora mismo por considerarme un imbécil insensible y arrogante que se las da de escritor cuando no sabe apreciar la obra maestra de alguien que lo es con todas las letras. No obstante, me arriesgaré, porque contar una cosa de estas sin ser sincero no vale nada, por muy bien escrito que esté. Ese libro era Rayuela, del gran Julio Cortázar.

Adelante, ya puedes rasgarte las vestiduras, arrancarte los ojos, maldecir mi nombre (por eso uso pseudónimo) y vilipendiar mi obra, pero eso no va a cambiar que una de las más admiradas novelas de nuestro tiempo me resultara un coñazo insoportable. Es verdad que algunos pasajes me deslumbraron, pero no bastaron para animarme a leer las cinco mil millones de páginas que parecía tener el libro. Y entonces fue cuando decidí que no valía la pena sufrir leyendo, que ya supone un esfuerzo bastante mayor que ver la tele, escuchar la radio o jugar a la Play. Uno lee para disfrutar, para pasarlo bien, para vivir una historia entretenida, para degustar una prosa que parece chocolate en la boca, derritiéndose poco a poco a medida que lo repasas con la lengua una y otra vez. 

Por eso mismo un@ no debe obligarse a leer un libro. Seguro que recuerdas alguna vez en el colegio, el instituto o la universidad, en la que empezaste una novela ya desganad@. Estabas a la defensiva con ese montón de papeles pegados que tenía más pinta de lingote de plomo que de lugar de vacaciones. Es lógico que ocurra eso en una etapa de nuestra vida, pero cuando por fin tenemos libertad para elegir qué queremos leer, entonces solo cabe hacer de la lectura una forma de ocio y no un deber. Además, ahora es muy sencillo informarnos un poco sobre ese título que estamos considerando adquirir para que luego no vengan los llantos. Y si aun así nos equivocamos, no pasa nada: déjalo en alguna estantería o un cajón, o préstalo o regálaselo a alguien. Puede que años después te reencuentres con él y lo disfrutes, o puede que a quien se lo pasaste te lo agradezca eternamente porque le descubriste un mundo nuevo que a ti nunca te llamó. 

Hay pocas cosas más estupendas que leer un libro, siempre que te guste. Si no, busca otro. Esa es otra cosa estupenda: hay millones donde elegir. Y que siga así, por favor.

lunes, 23 de abril de 2012

"Hellraiser", terror visceral

Retomo las entradas "normales" después de una semana frenética de publicación y promoción, y lo hago reseñando una de las grandes novelas de terror contemporáneas, Hellraiser (titulada originariamente The Hellbound Heart) de Clive Barker. He leído la segunda edición de La Factoría de Ideas, de 154 páginas traducidas correctamente por Marta García Martínez, con tapa blanda y a un precio de casi 14 euros. Aceptable.

Barker publicó la novela en 1987, y los dos grandes fallos que le he encontrado (si es que pueden considerarse así) son que no ha envejecido demasiado bien y que la peli que él mismo adaptó y dirigió, Hellraiser, es tan fiel a la obra literaria que si has visto aquella te puedes ahorrar esta última. Lo que quiero decir es que yo he tenido la sensación de haber leído la novela dos veces, por lo que me he arrepentido un poquito de comprarla.


Sin embargo, esos fallos no son intrínsecamente de la obra. Es muy probable que los lectores más jóvenes, en la horquilla de los 18 a los 28, no la conozcan, y si les gusta el terror pasaran un "buen" rato leyéndola. Y digo leyéndola porque la prosa de Barker es magnífica, incluso lírica en varios pasajes, lo que me sorprendió muy gratamente. Tal vez no debería, porque tratándose de una historia tan literalmente visceral, es fundamental un buen dominio del lenguaje y las metáforas para conseguir que el lector sienta sensaciones fuertes con todos sus sentidos. Barker logra estimular el olfato, el gusto y el tacto con sus palabras, y doy fe de que eso no es nada fácil. Como lectores estamos acostumbrados a visualizar (más o menos) lo que nos cuenta el autor. Los buenos consiguen que oigamos a los personajes y los ambientes; los mejores nos meten dentro del mundo que nos describen, donde percibimos los estímulos que llegan a los personajes de la historia. Evidentemente, cuando lo que uno huele es sangre y otros fluidos corporales, lo que toca son venas y arterias tensas como cuerdas de violín, y lo que saborea son vísceras humanas y bilis... En fin, es una novela de terror, ¿qué va uno a encontrar si no?

Desde que empecé a leer Hellraiser deseé no haber visto la cinta, ni haber sabido nada de los cenobitas y de la imaginería sadomaso infernal que Barker hizo famosa gracias a su éxito y a sus posteriores entregas, porque entonces habría sido capaz de apreciar mucho mejor su enorme mérito imaginativo, además del narrativo. Si tú tienes la suerte de no tener ni idea de lo que estoy contando y te van las historias truculentas, adelante, ve a tu librería (tradicional o digital) o biblioteca favorita y adquiere un ejemplar de Hellraiser (o The Hellbound Heart). Ahora bien, si el simpático vendedor, vendedora o bibliotecari@ te ofrece también una pequeña caja con forma de cubo de seis caras, no lo aceptes. Hazme caso.

Trama: ***
Emotividad: ****
Lenguaje: ****



viernes, 20 de abril de 2012

Cuando cae la noche III-Apocalipsis

Se acabó. Hasta aquí ha llegado Adrian Wolff, el vampiro que creé siguiendo la tradición del Drácula de Bram Stoker. Él dio vida a un villano inmortal, un ser tan terrorífico como fascinante que bebía de muchas obras y autores anteriores, grandes románticos que convirtieron el mito en personaje literario.

Desde entonces el personaje ha ido cambiando, se ha adaptado a cada época como solo los clásicos pueden hacerlo, manteniendo casi siempre su esencia, los rasgos que son encarnación de los temores y los deseos atávicos del ser humano: el miedo a la muerte, a la sangre y a la oscuridad; y el deseo del poder y de la vida eterna.


A lo largo de su vida literaria, ha pasado de villano a héroe, de monstruo inmoral a criatura trágica; de visión repulsiva a objeto de deseo. Así, es imposible no encontrar un vampiro que no nos atraiga de alguna manera, en nuestros sueños o en nuestras pesadillas.

En esta trilogía que comencé hace más de una década dejo mi visión de este clásico, sabiendo que encantará a un@s y horrorizará a otr@s. Nada me satisfaría más. 

Gracias, Polidori; gracias, Hoffman; gracias, Le Fanu; gracias, Kuttner; gracias, Matheson; gracias, King; gracias, Rice.

Muchas gracias, Stoker, por hacer nuestras vidas un poquito más emocionantes.

miércoles, 11 de abril de 2012

El fin se acerca

No me refiero a la predicción de los mayas, ni al capitalismo como lo conocemos, ni siquiera a la arriesgada situación de España. Me refiero a la saga literaria que tantas alegrías y quebrantos me ha proporcionado a lo largo de muchos años. Todo empezó allá por el 99, con un borrador de una historia sobrenatural muy ambiciosa protagonizada por un vampiro más parecido a Drácula que al Louis de Entrevista con un vampiro. De hecho, el trasfondo bebía de un hipotético triunfo del legendario Conde en su viaje a Londres. ¿Cómo serían las cosas si ese vampiro o cualquier otro hubiera conseguido afianzarse en la sociedad humana?

Hoy, trece años después, me asomó al abismo de la respuesta, en pie sobre el último volumen de "Cuando cae la noche", alegrándome de que todo sea ficción y entristeciéndome porque he llegado al final. No más Adrian Wolff, no más Helena, no más Rodrigo, Castillo y Aristeo. No más Madrid sobrenatural. Pero... Los buenos finales traen también otros comienzos, así que ahora empieza la fase de dar a conocer esa conclusión en la que he puesto lo que sé como escritor y como persona. ¿Mucho? ¿Poco? Otros lo dirán.


1.- Parte de ese conocimiento lo compartiré en la FNAC de Murcia el próximo 19 de abril, víspera del centenario de la muerte de Bram Stoker y del lanzamiento de "Cuando cae la noche III-Apocalipsis". A partir de las siete de la tarde hablaré sobre el vampiro como personaje literario junto a las escritoras Cristina Roswell y Carolina Iñesta, auténticas expertas en la leyenda.

2.- Además, para celebrar el lanzamiento de "Apocalipsis" y el primer aniversario de "Ascensión", esta última novela estará al precio de un euro durante todo el mes de abril, en Amazon y Bubok (no sólo de kindle vive el lector digital).

3.- Por último, todos los miembros (nuevos y antiguos) de la página de "Cuando caen la noche" que me lo soliciten por email, recibirán gratuitamente los tres primeros capítulos de la tercera parte, "Apocalipsis" (pero luego que nadie se queje de spoilers si no había leído los dos primeros volúmenes).

Ya estoy deseando empezar, otra vez.

miércoles, 4 de abril de 2012

Rowling contra Amazon. ¿Va de farol?

El año pasado la best seller J. K. Rowling anunciaba que iba a poner en marcha el sitio web de su famosísima creación, Harry Potter, donde podrían comprarse los títulos protagonizados por él en versión digital. Es más: iba a ser el único sitio donde podría hacerse, además de ser una especie de foro y web de lectura donde los aficionados se reunirían para chatear de su mago favorito, un café virtual donde "juntarse" y compartir ideas, comentarios...

"Mira, Amazon, con esto te voy a dar en toda la boca."

Hace unos días empezó a funcionar la vertiente comercial y, de momento, la autora ha cumplido lo que dijo: sus novelas en ebook sólo pueden comprarse ahí; nada de librerías online, nada de Amazon, nada de otros canales de venta. Sólo en Pottermore puede comprarse Harry Potter literario-digital. Ahora bien: quien vaya a Amazon (o a Barnes & Noble, la grandísima librería yanqui) pidiendo las aventuras del joven mago será redireccionado a Pottermore a cambio de una comisión, de modo que ambos canales de venta sacan tajada (pequeña) de la operación, aunque siempre puede un@ acudir directamente a Pottermore para que los otros dos no se lleven ni un céntimo.

Rowling y su editorial, Bloomsbury, han sido las primeras en hacer algo que ya comenté en su día: que el autor best-seller, harto de ver cómo otros obtienen más ingresos que él por la venta de sus libros, optaría por aprovecharse de las ventajas que ofrece Internet y el ebook para prescindir de distribuidores e intermediarios y vender directamente al público. En el caso del libro tradicional, montar y mantener una cadena de distribución es muy costoso en dinero y otros recursos; pero no lo es tanto cuando hablamos de libros electrónicos. Se requiere una gran inversión inicial, pero una vez hecha, el mantenimiento es relativamente barato y sencillo. Y aquí viene la pregunta del millón: ¿compensa?

Es de suponer que si Rowling y Bloomsbury han decidido pasar de canales de venta es porque sí, compensa. Creen que lo invertido en su plataforma Pottermore no superará lo que perderían (o no ganarían) por dejar que Amazon, Barnes & Noble y cualesquiera otras librerías virtuales vendieran las obras. Por lo que sé, en el caso del libro tradicional, las distribuidoras cobran por su labor entre un 40 y un 50% del PVP de cada libro que se vende; es mucha pasta. En el pastel que supone el ebook el porcentaje será menor, ¿pero cuánto? Sólo las editoriales (y los autores) saben qué porción ceden a las distribuidoras tras arduas negociaciones, porque no es lo mismo negociar con una librería importante que hacerlo con Amazon. Al menos en Estados Unidos, pero creo que aquí pasará lo mismo, si no está pasando ya. Amazon es un gran escaparate, ¿cómo no estar en él, cueste lo que cueste?

Pero, claro, ¿qué pasa cuando quien negocia no es un escritor que vende unos pocos cientos (o unos pocos miles), sino uno que vende millones? ¿Quién tiene la sartén por el mango? ¿Puede permitirse Amazon no tener a Rowling, o a Meyer, o a Follet? Estoy seguro de que en estos casos ambas partes podrían llegar a un acuerdo satisfactorio con sólo poner un poco de voluntad, ¿pero y si no la hay? ¿Y si un@ se planta y decide que no comparte porque es tan aclamad@ que no necesita de intermediarios, de más escaparates que el suyo propio, que ya no es un escritor sino una marca en sí mismo?

Pero no podemos obviar que la misión de una editorial no es vender al público, y la de un escritor tampoco (al menos tradicionalmente); ¿van a hacerlo mejor que el canal correspondiente? ¿De verdad estará el público dispuesto a comprarle a un solo camello? Pongamos que alguien tiene curiosidad por leer un ebook de Rowling y va a su librería online favorita, que es La Casa del Libro o El Corte Inglés. Allí no están, pero ve otro título que le llama la atención y lo compra. Su dinero y su tiempo ese mes (o esa semana) ya no va a las arcas de Rowling y Bloomsbury porque estas no han querido que La Casa del Libro ni el Corte Ingles se lleven su parte del pastel Potter, así que han perdido dinero por esa venta no hecha y por lo gastado en Pottermore, ¿les compensará? ¿No hubiera sido mucho más fácil negociar agresivamente hasta conseguir un acuerdo aceptable con los distribuidores para estar presentes en el mayor número posible de sitios?

Yo creo que sí, entonces, ¿a qué tanto esfuerzo y tanta inversión en Pottermore? ¿A qué meterse en un negocio que no es el tuyo? ¿Sólo por avaricia? Algun@ dirá, con razón, que quieren librarse de intermediarios aprovechando la oportunidad que brinda la tecnología. ¿Pero y si sólo pretenden mostrar que pueden hacerlo? ¿Y si sólo es una amenaza de la editorial sirviéndose de su mayor baza, su best seller? "Amazon, esto es lo que puedo hacer si me aprietas las tuercas con los porcentajes de la tarta que quieres. Si me aprietas mucho haré un Pottermore con cada autor potente que tenga. Es más: o aprendes cuál es tu sitio, o todas las editoriales con un as entre sus filas harán lo mismo." Creo que es una posibilidad.

Lo malo de esto es que no nos enteraremos de lo que ocurra. Los jugadores de este juego saben que tienen que esconder bien sus cartas para que nadie descubra el chiringuito. Por ejemplo, Pottermore dará las cifras de venta que le dé la gana para copar titulares espectaculares en medios generalistas y especializados, y Amazon y nosotros nos los creeremos, o no. ¿Quién podría descubrir si son auténticas? De todas formas, habrá que estar al loro los próximos meses, para ver qué hacen los demás jugadores de la mesa; para ver quién gana la partida: autor, editorial o distribuidor. ¿Y el lector? 

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