martes, 24 de julio de 2012

A "Los Pilares de la Tierra" les sobran metros

Atacar un éxito de ventas suele ser fácil y arriesgado al mismo tiempo. Fácil por la simplicidad de sus técnicas y recursos narrativos, y arriesgado por la legión de seguidores dispuesta a devolver el golpe al crítico en cuestión. El caso de "Los Pilares de la Tierra" es exactamente de libro: la obra es de una sencillez pasmosa y ha vendido millones de ejemplares en todo el mundo.

Tod@s, incluso quienes no habíamos leído esta obra de Ken Follet, sabíamos que trataba de la construcción de una catedral, por lo que abarcaba un periodo bastante largo. El comienzo me pareció realmente intrigante, y las acertadas descripciones me metieron rápidamente en la época y el lugar. Desgraciadamente, pasado un centenar de páginas, la novela va cuesta abajo. En ningún momento volverá a alcanzar ese nivel inicial, sino que la trama se desliza lentamente por el camino del tópico, de la repetición y de un maniqueísmo insoportable e inverosímil, con buenos muy buenos y malos muy malos, todos ellos de una complejidad solo aparente.


Creo que la única metáfora de la novela está en el título, pues entiendo que Follet escribe sobre los impulsos o las razones que mueven al ser humano, y por extensión, las naciones y el mismo mundo. Cosas como el amor, el deseo, la venganza y la perseverancia son los temas fundamentales de la novela, sus pilares, y confieso que recurrí a cada gota de esta última para terminar las 1.357 páginas que tiene la cuidada edición especial de la editorial Debols!llo. A partir de la número 900 fue especialmente duro, porque la repetición de estructura y temas es tan cansina que me llevaba a buscar las últimas línea de texto como quien sale del agua tras una inmersión demasiado larga. Yo buscaba una sorpresa final, un desenlace que justificara tanta palabrería y tanta fama. No lo hubo: los buenos ganan y los malos pierden de un modo que me recordó el viejo chiste, ese del matón que acaba rompiéndose la mano después de golpear hasta la inconsciencia al pardillo de turno.

Este "Los Pilares de la Tierra" me recordó a otro gran éxito, inesperado en aquella ocasión: "El nombre de la rosa", de Umberto Eco. O tal vez esa semejanza fuera intencional; la misma época, una trama histórica de fondo, un monje protagonista, cientos de páginas... Quizá Follet pretendía imitar la fórmula del italiano, o quizá no. Sí consiguió un éxito comparable, y también que dicha trama histórica me importara un comino. Se supone que juega un papel importante en la trama principal, más cercana al individuo, pero me resultó innecesaria. Si esta novela tuviera 300 o 400 páginas menos me hubiera resultado entretenida, que es lo más que se le puede pedir a un libro. Pero, una vez más, me he visto arrastrándome penosamente por un mar de tinta hasta llegar a esa isla desierta llamada "Fin".

Lenguaje: **
Trama: ***
Emotividad: **

sábado, 21 de julio de 2012

"El caballero oscuro: la leyenda renace"; un cóctel desmedido de simbolismo, política y cómic

Creo que tengo el mismo problema que Chris Nolan cuando se puso a escribir su "El Caballero oscuro: la leyenda renace": quiero contar muchas cosas y tengo poco espacio. Si lo meto todo corro el riesgo de aburrir o cansar al personal, aunque habrá quien agradezca mi afán enciclopédico. Sin embargo, en el caso de Nolan, no se trata de hacer referencias a todas y cada una de las obras maestras de los cómics de Batman, sino a su intención de dotar de profundidad política y moral a un relato que no lo necesita. Este es, en mi modestísima opinión, el gran fallo de esta gran película de Batman.


Uno de los grandes aciertos de la primera parte de esta trilogía es que Nolan encontró el equilibrio entre la ingenuidad propia de los cómics y la profundidad de una novela. La trama era relativamente sencilla, y la grandeza la ponían los personajes, sus orígenes y motivaciones. Pero ya en la segunda, el guionista y director  empezó a cambiar las tornas, añadiendo una complejidad a la trama que se le fue de las manos en algunos momentos (lo de las bombas y los barcos con civiles y presos como lección de moral fue un desastre). En la tercera ese fallo se eleva a la enésima potencia, y en su telaraña terrorismo-crisis-revolución-liberación, Batman acaba siendo una mosca con armadura; se pierde en una inmensidad que despista y abruma también al espectador. Me pregunto si no habrá sido culpa de todos los que dijeron que aquella segunda parte fue una obra maestra (que no lo es) y por eso ha intentado clonarla, pero a lo bestia.

Como siempre, soy muy duro con los errores, pero eso no significa que no me haya gustado la peli. De hecho, he disfrutado bastante, de principio a fin, en gran parte por ese afán de Nolan de meter el universo del personaje en la película, porque no me puedo creer que todo haya salido de su cabeza y que los parecidos con cómics clásicos hayan sido casualidades. Hay cosas del "Año uno" y "El regreso del señor de la noche" de Frank Miller, de "The cult", de Jim Starlin y hasta de "Kingdom come" de Mark Waid, por no hablar de cierta escena mítica que todos esperábamos y que, efectivamente, sale. Dos horas y cuarenta minutos dan para mucho, aunque no para condensar con buen ritmo política y cómic.


En cuanto a los actores, paso a comentarlos uno a uno, tras comentar que he visto la peli doblada, y que siendo un firme defensor del doblaje que se hace en nuestro país, esta vez me he llevado algún chasco.

-Christian Bale no aporta nada nuevo a lo que ya le hemos visto hacer en las dos entregas anteriores; quizá exagere algo más la faceta dramática, demasiado, a mi entender. Gana mucho más cuando hace de chulo o cuando se pone la máscara.
-Gary Oldman sigue tan pasado como siempre, más aún por culpa del doblaje. Cada vez estoy más convencido de que este hombre no tiene registros neutros: va del bajo al alto sin pasar por en medio. Si hubiera un regulador de intensidad se lo bajaría dos o tres puntos.
-Morgan Freeman hace de Morgan Freeman y le pagan por ello, pero sus años le ha costado.
-Tom Hardy impone bastante como Bane, la verdad, pero necesito verlo en versión original para olvidarme de esa mezcla de Darth Vader y mr. Crujidor de Danet que le pone el doblador. 
-Anne Hathaway me ha sorprendido gratamente como Catwoman, porque pensé que era demasiado mona y achuchable para estar convincente. Pero está genial, un poco peor cuando le toca repartir estopa.
-Michael Caine es sencillamente el puto amo. Si en la película Bane es el cerebro y Batman el bajo vientre, Alfred es el corazón. Es el único que ha conseguido emocionarme, y el cabrón lo consigue con una simple mirada y un gesto. Otro al que quiero oír en versión original.
-Joseph Gordon-Levitt tiene un papel jodido porque su personaje es una especie de puente entre los demás, pero absolutamente desconocido en los cómics (más o menos). Me pregunto si su acto final justifica toda su existencia en la película.

Mi conclusión es que "Batman: la leyenda renace" gustará a los seguidores del personaje y decepcionará a todos los demás, menos a los más culturetas, que se empalmarán viendo (y analizando) las evidentes connotaciones político-morales de una peli que, al final, se ponga Nolan como se ponga, es una peli de superhéroes que visten mallas y saltan tejados. Si la complicas demasiado te la cargas. Menos mal que el final es épico como pocos.

jueves, 19 de julio de 2012

El ojo y la mano o la importancia de saber qué uso darle a algo

El pasado 17 de julio informaron de que unos investigadores yanquis y otros españoles coordinados por el director del Centro de Medicina Regenerativa, Juan Carlos Izpisúa, habían logrado convertir células de sangre del cordón umbilical en células neuronales en muy pocos pasos, dificultando así que dichas células desarrollaran algún tipo de cáncer a causa de su manipulación. Las aplicaciones futuras de este procedimiento pueden ser realmente positivas... o terriblemente siniestras.

Hace miles de años los antepasados del ser humano se pusieron a utilizar herramientas, básicamente palos y piedras. Unos las empleaban para alcanzar frutos de los árboles a los que no llegaban sin ayuda, y otros decidieron usarlas para arrebatarles las frutas a esos mismos precursores. El mismo utensilio tenía dos aplicaciones diferentes, ambas provechosas, aunque una resultaba bastante perjudicial para las cabecitas de una parte de la comunidad homínida. Con los siglos, el provecho potencial de las herramientas ha ido en aumento, y hemos pasado de coger cuatro peras a cosechar miles de hectáreas. Pero claro, también hemos pasado de romperle la crisma a un neandhertal, a desintegrar a cien mil personas a la vez.


De un tiempo a esta parte damos más importancia al desarrollo de las Ciencias que al aprendizaje de las Humanidades. Cosas como la Historia, la Filosofía o la Ética han sido desterradas al osario del conocimiento inútil, mientras que las Matemáticas, la Física y la Química se ensalzan como saberes deseables por su utilidad material. Dicho en plata: la química puede producir medicamentos y su venta riqueza; la Filosofía solo genera dolores de cabeza y dudas existenciales de nulo valor práctico. ¿Pero qué conocimientos nos dicen cómo emplear los productos obtenidos mediante las Mates, la Física y la Química? ¿Por qué no emplear el procedimiento de transformación de células de cordón umbilical en neuronas para hacerme más listo? ¿O en crear una computadora biológica compuesta de millones de millones de neuronas que haría todo tipo de cálculos en un santiamén? Esto es ciencia ficción de momento, pero también lo fueron los motores eléctricos y de explosión anticipados por Julio Verne que hoy mueven automóviles y carros de combate.

No es buena idea despreciar las Humanidades y dejar que las Ciencias nos dirijan, en vez de ser nosotros quienes las dirigimos por donde creemos oportuno. Hay pocas escenas más desoladoras que la de un pueblo primitivo conquistado por los avances tecnológicos del presente por no haber pasado antes por cada uno de los escalones que llevó hasta la cima. Yo he visto aldeas tailandesas postradas ante el poder hipnótico de la televisión, cuyas antenas sobresalían de las chozas como si fueran las garras metálicas de un dios ciego ansioso de adoradores. No quiero ni pensar lo que ocurriría si les dieran un colisionador de hadrones. El bosón de Higgs sería la menor de nuestras preocupaciones.

martes, 17 de julio de 2012

Mutaciones terroríficas: de escritor a gurú

El pasado 12 de julio di una charla sobre los vampiros en la literatura en la sede madrileña de Ámbito Cultural en El Corte Inglés de la calle de Serrano. Como ponente me resultó muy interesante, como ya me lo parecieron las que di en FNAC de Murcia y Alicante, y me gusta creer que también gustó a los asistentes. Comento esto porque en las charlas que son precisamente eso, y no clases magistrales, siempre hay un enriquecedor intercambio de ideas que ayuda a comprender algunas cosas y "a darle al tarro", gloriosa metáfora de "devanarse los sesos".

¡Qué planta y qué saber estar!

En ese último debate que comento, donde se habló no solo de vampiros, sino también de ebooks, autoedición y del panorama editorial español, uno de los asistentes me preguntó cómo podía lucharse contra la piratería cuando el escritor, al contrario que el músico, no tiene la posibilidad de dar recitales como forma alternativa de obtener ingresos. Después de todo, el escritor gana un porcentaje de los libros que vende, y punto. ¿Seguido? Pues sí, seguido, porque quien escribe también puede hacer "bolos", y sirvan de claro ejemplo mis charlas comentadas. Sus beneficios económicos se derivan por un lado del estipendio acordado con el foro correspondiente y, por otro, de que los asistentes compren los libros del autor para conocer su obra. Total, que una labor genuinamente introspectiva como la de escribir se complementa con una mucho más extrovertida que lleva al autor a convertirse en una de las criaturas más terroríficas e insustanciales de los tiempos que vivimos: el gurú.

Este término religioso tradicionalmente positivo ha acabado formando parte del arsenal de la ironía y el sarcasmo por culpa de unos cuantos genios de la mercadotecnia que se lo adjudicaron para vender aire (o motos) con mayor autoridad. A poco que uno escuchara y analizara los discursos de estos estafadores modernos se daba cuenta de que el contenido útil brillaba por su ausencia. Total, que si a día de hoy a uno le consideran un gurú, pueden estar alabándole o insultándole: o de verdad sabe un huevo de su especialidad, o no tiene ni puta idea de nada pero me está vendiendo lo contrario.

Sea como fuere, uno puede ganar dinero siendo un gurú, bien impartiendo conferencias, bien escribiendo libros sobre cómo sobrevivir a la crisis, o como tertuliano en la tele. Y es muy probable que al escritor no le quede más remedio que convertirse en uno para ganarse la vida. Que nadie piense que los autores viven exclusivamente de sus libros, porque se llevarán un chasco, y no digo esto para desanimar a nadie con aspiraciones literarias. Un escritor y editor español me abrió los ojos hace meses con este ejemplo: un autor recibe un 10% (como mucho) de cada libro que vende; si el libro cuesta 20 euros se lleva 2 euros. ¿Cuántos libros tiene que vender al año para ganar un sueldo bruto anual de 30.000 euros? Pues 15.000 libros, y los escritores españoles que venden eso pueden contarse con los dedos de las manos, aunque ninguna editorial publica los ejemplares vendidos de cada título, quizá para que no estallen las envidias, los odios y las miserias.

Ya me veo en "La noria" explicando por qué Lucy Westenra practicaba el bestialismo o por qué a Adrian Wolff le gustan los garitos de Lavapiés. ¿Querrá el Darwinismo que evolucione de novelista a gurú? Miedito.

miércoles, 11 de julio de 2012

"Odessa", a la veraniega caza del nazi

Si las bicicletas son para el verano, como bien podrían atestiguar los chicos de “Verano azul”, las novelas sencillas todavía más. Con el cerebro aletargado por la canícula y el sonsonete apocalíptico de los telediarios, nada mejor que una lectura facilona para mantenerlo mínimamente despierto, pero sin forzar. Fue lo que me encontré al abrir Odessa, del escritor Frederick Forsyth. Tal y como este explica en el prólogo, el título de la novela no responde al de ninguna ciudad, sino a las siglas de una siniestra organización integrada por miembros de la SS que escaparon de la justicia tras finalizar la II Guerra Mundial. Buen tema para una historia policiaca, aunque protagonizada por un periodista, muy bien condimentada con datos reales. El resultado es una fusión de realidad y ficción que se inclina mucho más hacia el entretenimiento que al historicismo o al periodismo, al contrario que novelas como A sangre fría.



La trama es relativamente sencilla, a pesar de la abundancia de digresiones y descripciones técnicas, aunque no tanto como la prosa utilizada, a un paso de resultar simple. Forsyth es conocido por otras obras policiacas, como Chacal o El cuarto protocolo, y creo que es precisamente la sencillez del lenguaje y la ausencia de todo lirismo (y cinismo) lo que le diferencia de autores como Le Carré. Nada de metáforas ni de imágenes complejas; solo acción y hechos, como en una narración periodística. Supongo que no es casualidad que Forsyth ejerciera de reportero durante varios años.


La historia me ha parecido fascinante, a pesar de que a estas alturas, lejos de su fecha de publicación original (1972) los nazis y el Holocausto ya estén muy trillados. No voy a entrar en si se ha machacado demasiado el asunto ni en los motivos. Soy de los que creen sinceramente que hay que conocer los errores pasados para evitar repetirlos, a pesar de que al ser el hombre el único animal que se golpea dos veces con la misma piedra (dos, dice el cachondo que inventó la frase) no hay muchas garantías al respecto. Los hechos recogidos en el diario que desencadena la acción de la novela son escalofriantes, y leer cómo pudieron tener lugar, ayuda, como mínimo, a estar en guardia. La obediencia por la obediencia y callarse ante quien grita más no son actitudes virtuosas, ni siquiera recomendables, pero nunca produjo consecuencias tan desastrosas como en la Alemania de Hitler. Me parece educativo recordarlo de vez en cuando, y Forsyth contribuye a ello con Odessa, al tiempo que constata que las buenas causas no suelen bastar para que un hombre se juegue la vida.


No voy a contar más para no destripar la novela, y no recomiendo leer resúmenes por ahí porque no todo el mundo es tan respetuoso como yo. Odessa son poco más de 300 páginas (¿por qué ya nadie escribe tan poco y tan bien?) que se devoran tan rápidamente como el Jaguar del protagonista devora kilómetros de asfalto. Feliz lectura y feliz verano.

Lenguaje: **
Emotividad: ***
Trama: ****

martes, 3 de julio de 2012

El arte del balompié

Es posible que algunos puristas pongan el grito en el cielo por esta entrada, parida por un "cultureta" como yo. Quizá se indignen porque yo también haya caído víctima del opio del pueblo de nuestros días, el fútbol. Pero es que estos jodíos que tenemos por jugadores en nuestra selección hicieron que el partido del pasado domingo contra Italia no fuera un deporte, sino un arte. Después de todo, ¿qué define el arte? No voy a meterme en ese jardín porque no conseguiría salir ni armado con dos machetes y la compañía de Sánchez Dragó, pero si entre sus características básicas se encuentra la belleza (para mí, al menos), no hay más cojones que meter esa final de la Eurocopa en el mismo saco que la pintura, la danza, la música y, por supuesto, la literatura.

De fútbol sé más bien poquito, la verdad. No soy aficionado, aunque me encanta jugar desde que era crío (¡qué futbolista se ha perdido el mundo!). Tampoco soy de ningún equipo en particular, lo que me permite disfrutar de este deporte de una manera bastante aséptica y, por ello, menos intensa (pasa como con el sexo, que siempre se disfruta, pero cuando además hay amor ya es la hostia). Ahora bien, cuando juega la selección española me salen los colores y sufro y me alegro como el que más. No tiene por qué ser algo raro: también me indigno enormemente cuando me entero de las barbaridades que hacen algunos con y en este país y comparto los éxitos de cuanto español vaga por ahí, siempre que lo haga limpiamente, como debería hacerse todo (menos, otra vez, el sexo).



Total, que el domingo me lo pasé como un enano viendo a nuestros jugadores meter pases entre líneas, hacer regates imposibles, darse carreras inhumanas y marcar goles antológicos. Todo eso, además, con una frialdad que me desconcierta, porque cada vez que hacían uno de sus ronditos en cuatro metros cuadrados, acosados por los futbolistas italianos, me preguntaba cómo podían arriesgarse a perder un balón con tanta sangre fría. Si eso no es arte, que venga Miguel Ángel y lo vea.

Supongo que el símil de los equipos de fútbol y las orquestas se habrá empleado infinidad de veces por esos grandes pateadores del idioma que son los periodistas deportivos (sí, Sara, estoy pensando en ti, como hace cada noche la mitad de España), y me parece muy acertado. El pizzicato de los violines en el centro del campo, la contundencia de la percusión en la defensa, las filigranas del viento en la delantera, la maestría de la dirección en el banquillo... Y los impresionantes coros en los millones de hogares cantando "¡gooooool!".

Peeeeero... no todo van a ser halagos, porque quiero evitar un final empalagoso. Esta gran victoria deportivo-artística ha tenido sus puntos negativos. El primero es que cada uno de los jugadores de nuestra selección cobrará (o ha cobrado ya) 300.000 euros por ganar la Eurocopa de manos de la Real Federación Española de Fútbol. Ese dinero no saldría de las arcas del Estado (y por tanto de los contribuyentes), pero me pregunto si tal y como están las cosas debe premiarse tantísimo a alguien que, al final, nos representa a los españolitos más que muchas instituciones. El asunto se vuelve más hiriente cuando uno se entera de que, debido a los acuerdos que tenemos con Ucrania y Polonia, los jugadores podrían tributar por esas primas en dichos países en vez de aquí, lo que a ellos les saldría menos gravoso mientras que la Hacienda española no vería ni un euro.

La segunda pega es que, al día siguiente, los telediarios solo "informaban" del partido, como si no hubiera más noticias en España. Yo soy de los primeros que exigen más optimismo en los informativos (entre otras muchas cosas, como imparcialidad, rigor...), pero es exagerado borrar toda la actualidad de un país por una competición deportiva, por mucho arte que tuviera. Así nos marcan los goles que nos marcan.