viernes, 31 de agosto de 2012

"Mercenarios 2": más y mejor cuanto menos te la creas

Cuando vi la primera parte de esta nueva saga, que promete estirarse tanto como las caras de algunos de sus protagonistas, no albergaba expectativa alguna, más allá de la diversión que me produciría ver a los héroes hipervitaminados de mi infancia y adolescencia. Es una sana actitud que permite disfrutar de cualquier actividad sin prejuicios y sin la predisposición al encandilamiento de la que se aprovechan los magos para hipnotizar a sus víctimas. Tanto rollo para admitir que la peli me entretuvo mucho.


Ayer jueves fui a ver la segunda parte, con el imaginativo título de "Mercenarios 2" (no dejo de pensar en el original, mucho más adecuado de "Los Prescindibles") tratando de compensar mi entusiasmo con un escepticismo cimentado en ese sabio refrán de "segundas partes nunca fueron buenas". Lo que no consigo nunca es llegar el estado de encefalograma plano que recomiendan a la hora de ver cine de este tipo para evitar que sus habituales agujeros en el guión me jodan la película; como si el guión no formara parte de ella. Esto es como si vas a ver a un cómico y te dicen que no te preocupes de entender los chistes, porque así lo pasarás mejor.

Nada más empezar ya estoy tirado por los suelos ante una escena introductoria que sigo sin saber si homenajea o parodia los clásicos de acción de los 80, década bendita con un cine de acción sangriento y excesivo que se difuminó ante la llegada de nuevos héroes, más asépticos, más estilizados y más ingenuos. No digo peores, sino diferentes. Lejos de perder fuelle, "Mercenarios 2" se va hinchando a base de batidos proteínicos y frases mitológicas, conformando la cinta con mayor número de guiños por metraje cuadrado que recuerdo. Guiños dirigidos a todos esos espectadores que, como yo, se criaron con "Rambo", "Commando", "Depredador", "Desaparecido en combate" y "Doble impacto". Por esa razón considero improbable que quien tenga menos de 30 años disfrute este despelote de tiros y testosterona como lo hice yo y otros tantos viejunos. Rememorando precisamente el comienzo de la peli, no me extrañaría que un joven sano y actual me tomara por loco al verme muerto de la risa mientras los malos de turno estallaban en una bola de sangre atravesados por las balas de los héroes. No le parecería raro si estuviéramos viendo un "Saw" o un "Hostel", pero esto es otra cosa.

El gran mérito de "Mercenarios 2" es que se trata de una película de acción de las de antes, pero que explota la rica mitología fílmica ochentera como quien hace un chiste privado. Sus protagonistas son una suerte de Quijotes en un mundo creado por y para los personajes que una vez interpretaron. Y así, hacen una parodia y un homenaje inconsciente y tremendamente divertido repitiendo la estructura, los personajes y la trama de ese  cine tan pasado de vueltas como ellos mismos.

Pero hay otra cosa que diferencia a esta "Mercenarios 2" de las cintas de acción de hoy, como "Transformers", "Battleships" y demás basuras: la falta de pretensiones, la carencia de excusas profundas y motivaciones supuestamente complejas. En resumen: la ausencia de disfraces recargados y por ello inverosímiles alrededor de la trama. Y precisamente esa falta de complejidad impide la existencia de agujeros en el guión, cuya brillantez se evidencia cada vez que los protagonistas hacen mención a esos pasados que ya no recuerdan, pero que nosotros sí. 

Nadie en toda la película pretende que te la creas, que pienses que existen tipos como esos, capaces de hacer cosas como esas; no tienes que meterte en ella. Y ahí está lo que la diferencia de las pelis ochenteras que originaron "Mercenarios". Es cuando asumes esa verdad cuando, paradójicamente, la disfrutas plenamente. Y se disfruta mucho.

jueves, 23 de agosto de 2012

Felicidades, maestro Kelly

Hace muchos años, tantos que me doy cuenta de lo viejo que soy, quise ser bailarín y no escritor. Mariconadas, que dirán unos; los niños tenían que desear ser policías, astronautas o bomberos. Sirva en mi defensa que también quise ser todo eso, porque de pequeños queremos ser todo aquello que nos impresione, y a mí me impresionó enormemente un tipo que bailaba en la tele haciendo un ruido mágico con las suelas de los zapatos. 

Por aquel entonces yo no sabía quién era Gene Kelly, como tampoco sabía quién era Fred Astaire, pero cada que vez que la caja tonta (yo juraría que antes no lo era tanto) salía una película de estos dos, yo me pegaba a la pantalla. Recuerdo especialmente unos programas navideños que ambos presentaban al alimón, donde se mostraban algunas de las escenas de los musicales de los años dorados de Hollywood: uno u otro bailaba solo, con mujeres de piernas esculturales o incluso con dibujos animados. Y los cabrones casi parecían volar más que caminar. No había nada mejor.


Siempre pensé que Astaire dominaba más el claqué, mientras que Kelly movía las piernas con tal indiferencia, con tal falta de esfuerzo, que parecían un organismo aparte, independiente del cuerpo. Los dos me gustaban, pero tengo que admitir que la famosa escena que daba título a "Cantando bajo la lluvia" era mi preferida. Aún hoy, veintitantos años después de verla por primera vez, sigue consiguiendo sacarme una sonrisa, por nublado que tenga el día.

Yo creo que alguien tendría que condensar ese número en una píldora que pudiéramos tomar en cualquier momento para así quitarle gravedad a nuestras cuitas diarias, a esas que nos llueven con insistente persistencia desde no se sabe dónde. En vez de valiums y prozac nos tomaríamos una dosis de singinintherain y a correr, o a bailar, vaya.

Finalmente, mis ambiciones como bailarín acabaron bastante antes que las de Billy Elliot, aunque tuve una recaída años después por culpa de MC Hammer y Michael Jackson. De hecho, confieso que jamás me recuperé del todo, y sigo sufriendo ataques de epilepsia bailonga cada vez que uno de sus temazos suena en el garito de turno.

Todo eso lo empezó el maestro Gene Kelly, que hoy 23 de agosto habría cumplido cien añitos. La verdad es que no tengo ni idea de dónde estará, de si su espíritu vagará por ahí, o si se habrá reencarnado, pero sí sé que desde que le vi bailar hace veintitantos años la lluvia repiquetea el suelo de una forma distinta, como si alguien danzara ligero sobre esas dichosas nubes de tormenta.

Feliz cumpleaños.

lunes, 20 de agosto de 2012

Más allá de los Juegos Olímpicos

Una semana después de la clausura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012 me da por comentar algunos aspectos extradeportivos que me han llamado la atención muchísimo más que las payasadas de Usain Bolt o las tropemil medallas del tiburón fumeta de Baltimore.

Ya en la ceremonia inaugural observé que los comentaristas de RTVE iban a dar más juego que las propias olimpiadas: entre lo estupendo que les parecía todo y la GRAN importancia de las mujeres según la Escario (se le vio un poco el plumero), estaba claro que las medallas se las iba a llevar la delegación de esa tele que pagamos todos. Según he leído, 123 profesionales viajaron a la capital británica para informarnos constantemente de todas y cada una de las competiciones, por absurdas que fueran.Y a mí me gustaría saber para qué cojones hacía falta tantísima gente (y en ese grupo no están los "comentaristas técnicos", viejas glorias retiradas que saben un huevo de lo suyo, pero poco o nada de cómo informar).

Claro que algunos de los periodistas desplazados tampoco es que hayan informado muy bien. Cuando en mitad de una retransmisión uno empieza a escuchar cosas como "les está cayendo la del pulpo" o "el estadio está petado", me da por preguntarme qué licenciatura estudié yo y cuál estudiaron ellos. Sé que me hago viejo porque empiezo a contar historias de la mili y a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo me crié con aquello de que los medios estaban para informar, formar y entretener, y desde hace algún tiempo las dos primeras partes de aquel mantra se han disipado en favor de la tercera. Visto lo visto, toca volver a otro viejo clásico como es el de si la sociedad es como es por influencia de los medios, o de si estos son así por influencia de la sociedad. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?

¿Y este cuánto habría cobrado por ir a cubrir los Juegos?

Si los encargados de informar al público son los más preparados, no quiero ni imaginarme cómo son los que trabajan entre bambalinas. Vale que en el terreno del periodismo el deporte es un área tradicionalmente más libre que otras, pero hablar de "la del pulpo" y "estadios petados" me parece llevar el coloquialismo al extremo. Si a esto añadimos las perlas de los comentaristas técnicos, como Almudena Cid, diciendo en directo "cagada" y "otra cagada", pues apaga y vámonos. Luego todo el sector se pregunta, angustiado, que por qué se venden menos periódicos y por qué la gente no confía en los medios tradicionales para informarse.

Otras cifras que llamaron mi atención fueron el número de deportistas de nuestra delegación (entre 282 y 293, la cifra varía según la fuente) y el de técnicos (197). Según la Wikipedia, la nuestra fue la sexta mayor de los Juegos, sin embargo, las 17 medallas que obtuvo la colocan en 21ª posición del medallero. Creo que algo falla, siempre que uno no escuche TVE, para la que todo fue fantástico.

Y concluyo con lo mejor de estos Juegos Olímpicos de Londres 2012 (para mí, claro): la organización empleó a jóvenes psicópatas para portar las medallas en las correspondientes ceremonias de entrega. He buscado imágenes para que lo compruebes, pero solo he encontrado esta, y no es de las más llamativas, pero he visto otras en las que el muchacho de turno avanzaba con la mirada perdida y una sonrisa como la que lucía el bueno de Nicholson en "El resplandor". Miedito.

miércoles, 8 de agosto de 2012

"Prometheus" no robó el fuego, sino mi tiempo y mi dinero

Érase una vez, hace muchos años, un novato director de cine llamado Ridley Scott filmaba una obra maestra del cine de terror y ciencia ficción llamada "Alien, el octavo pasajero". Hay que reconocer que el mérito no fue solo suyo, puesto que en la película confluyeron una serie de factores y personas que contribuyeron decisivamente al magnífico resultado. La interpretación, la música, la iluminación, el diseño y el guión se sumaron a la dirección y el montaje para crear una obra excelente que lo sigue siendo con el paso de los años. No envejece, la jodía.

Su éxito acarreó secuelas diversas, unas mejores y otras peores, pero todas diferentes a la primera que, para mí, seguía observando a las demás desde la cima. Y 33 años después de aquel octavo pasajero, el mismísimo creador, Ridley Scott, estrena "Prometheus", una especie de precuela que prometía mucho en su magnífico tráiler y que me ha parecido infinitamente peor que todas y cada una de las secuelas del problemático alienígena.


Las razones de mi disgusto son diversas, y al igual que Scott no estuvo solo en su primer y brillante "Alien", tampoco lo ha estado en su pretenciosa y vacía "Prometheus". La música de esta, destete de un compositor de cine primerizo (hasta ahora había sido supervisor y editor musical) no le llega a la partitura de Goldsmith ni a la suela de los zapatos. Las interpretaciones de todo el reparto son lamentables, y van de lo pasado de rosca de Noomi Rapace (siempre está intensa) a lo indiferente de Idris Elba (le da igual TODO). Los efectos especiales para las criaturas, tan digitales y tan modernos, son incapaces de competir con un tío flaco vestido con un traje que ponía los pelos de punta (¿alguien más se ha dado cuenta de que la gente de WETA tiene fijación con los gusanos y los calamares?). Y el guión... Creo que "Prometheus" es el ejemplo perfecto de cómo un guión malo implica una película mala; no hay dios creador que la salve: diálogos absurdos, personajes superficiales e incoherentes, actitudes y comportamientos incomprensibles, elementos de la historia que sirven para justificar cualquier cosa, situaciones inverosímiles... Los guionistas Jon Spaihts y Damon Lindelof apenas habían escrito para cine, y espero que dejen de hacerlo después de esto.

Ridley Scott no podía hacer mucho para arreglar el despropósito, y probablemente es quien menos culpa tiene, aunque se ve demasiado que ha seguido la misma estructura que para "Alien", por mucho que diga que son muy diferentes. Supongo que esos parecidos también son culpa de los guionistas, que han tratado de repetir la fórmula añadiendo una profundidad que podría haber resultado en algo bueno si no fuera por todo lo demás. Y así, al final sale uno con una sensación de déjà vu que no le cabe en el pecho, con casi dos horas menos de vida y con ocho euros faltando en la cartera. 

Lo peor de todo: que en el cine nadie pudo oír mis gritos.