martes, 5 de febrero de 2013

¿Por qué la cultura tiene que ser gratis?

Recomiendo la lectura del suplemento El Cultural de El Mundo de este viernes pasado, muy centrado en la pelea entre tecnología y cultura a raíz de la aparición del libro Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura, del periodista yanqui Robert Levine. A mí me ha servido, como poco, para entender qué papel juegan las grandes empresas distribuidoras (directa o indirectamente) de contenidos en la Red, como Google, Napster, Megaupload o iTunes. Por resumir muy brevemente, diría que dicho libro expone cómo estas compañías se aprovechan de las empresas creadoras de contenidos, que pagan (invierten) por producirlos, recibiendo muy poco beneficio en comparación con el que perciben esas grandes distribuidoras.

Por tanto, éstas se limitan a aprovecharse de los esfuerzos de otros tras haber invertido en la estructura necesaria para hacer llegar los contenidos a los consumidores finales. Esto creó hace años la ilusión de que estos consumidores obtenían gratuitamente información, cultura y entretenimiento cuando antes tenían que pagar por ellos. Aquí se extendió la falacia de que la cultura tiene que ser gratuita.

Bien, cada uno pensará lo que quiera, pero antes de decidirse por una postura o por otra, hay que hacer precisamente eso: pensar. Por qué no habría que pagar a quienes crean cultura, información y entretenimiento? ¿No es una terrible ironía que paguemos gustosos a quienes han implementado la tecnología de Internet, pero no a quienes la llenan de contenidos? ¿Pagamos sin rechistar 20 euros por el ADSL, pero no por la música, las películas, los libros, la información y los juegos a los que accedemos? ¿O es que presumimos que ya estamos pagando eso al darnos de alta? Si este fuera el caso, ¿no correspondería un porcentaje de cada cuota a las empresas creadoras?

Si bien no creo que la cultura deba ser gratuita, sí creo que los gobiernos deberían facilitar el acceso de todo el mundo a la cultura. Es decir, los creadores deben cobrar por sus creaciones, del mismo modo que el panadero cobra por hacer pan, pero el pago no tiene por qué recaer exclusivamente en el consumidor final. Las bibliotecas me parecen un ejemplo perfecto, y estoy seguro de que pueden crearse equivalentes digitales. Es absurdo pensar que los creadores de cultura y entretenimiento vayan a seguir escribiendo, filmando, componiendo, tocando y programando por amor al arte. Pero hay un problema, y es que hay gente que sí lo hace.

La creación es un acto que puede ser muy placentero y gratificante, e Internet ha permitido a much@s dar el paso siguiente, que es distribuir sus obras libremente. A ell@s no les importa no cobrar, pues crearon por gusto, y ese pequeño (o gran) Narciso que tod@s llevamos dentro les lleva a dar a conocer sus creaciones. De este modo, la Red siempre está llena de contenidos gratuitos que, lógicamente, presionan a quienes sí pretenden ganar dinero con sus obras, obligados a bajar precios para competir con las que no cuestan nada.

Esto refuerza ese lema de la cultura gratis: al acceso fácil y barato gracias a las nuevas tecnologías se ha unido la percepción de que el mero hecho de crear cultura es compensación suficiente para sus creadores. Esto último llevado al extremo ha implicado la creación de empresas generadoras de contenidos que no pagan nada (o muy poco) a sus creadores en plantilla. ¿Y cómo pueden competir periódicos como El Mundo, El País o ABC con un medio que no paga a sus trabajadores? Pues con una cosa: calidad.

Y así llegamos a uno de los meollos de este debate sobre la cultura gratuita: ¿qué es cultura? Esta pregunta podemos aplicarla igualmente al terreno de la información, pues son dos de las patas más afectadas por la irrupción masiva de Internet y las tecnologías que la sustentan. Yo creo que ambas requieren una calidad mínima para considerarse como tales, y la calidad implica una dedicación, un esfuerzo, una diligencia y una revisión ausentes en las creaciones de diletantes. Señalo esto sin intención de ofender, solo para subrayar que los aficionados no tienen la responsabilidad para con su público de los profesionales, que al ganarse la vida con sus creaciones, están obligados a responder por ellas y por tanto a cumplir esos criterios de dedicación, esfuerzo, diligencia y revisión. Hacer eso conforma la parte no placentera de la creación de cultura e información, y puesto que no proporciona placer, habrá que compensarla de alguna forma. 

Mi conclusión es que crear cultura e información es un trabajo y, como tal, debe remunerarse. Por tanto, la cultura y la información gratuitas son imposibles, por mucho que las empresas digitales que las distribuyen mantengan que sí lo son (para ellas sí, está claro). ¿Cuánto y quiénes deben pagar por ellas? Parece ser que, si recurrimos al capitalismo clásico y dejamos que la ley de la oferta y la demanda impere, la cultura y la información pueden darse por muertas. Después de todo, podemos vivir sin ellas, aunque todos vivimos mejor si existen. La cultura la disfrutamos y, junto con la información, nos permite sentirnos parte de un todo y pensar y determinar individualmente qué es mejor para nosotros y qué gobernantes queremos tener, pues ellos influirán mucho en nuestra calidad de vida. Por tanto, no solo hay que facilitar el acceso a la cultura y la información, sino que hay que procurar su misma existencia. Hay que pagar para que alguien las procure, y si nadie paga obtendremos unos meros sucedáneos que no tendremos ningún derecho a criticar.

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