martes, 12 de febrero de 2013

¿Quién es "Django desencadenado"?

Fue la primera pregunta que me hice cuando vi el tráiler hace ya unos meses. Siempre que el título de una película lleva un nombre propio hay que preguntarse por qué y a quién pertenece. Tras investigar un poco, todo encajó: Django es el nombre del protagonista de un espagueti western de 1966, y cualquiera que haya visto un par de pelis de Tarantino se habrá dado cuenta de que al director le chifla dicho género. Puede que en "Kill Bill" no haya revólveres, ni cantinas, pero sí katanas y restaurantes japoneses, aderezados con mucha sangre y una venganza aparentemente imposible de cumplir. Las diferencias formales no deben despistarnos, porque el fundamento es el mismo. Tarantino no ha inventado nada, sino que lo ha adaptado a los tiempos actuales.


Ya con el contexto claro, comentar que "Django desencadenado" es una buena película, puede que incluso muy buena. Al contrario que muchas otras que se desinflan rápidamente pasados los primeros minutos de metraje, esta consigue mantener la intensidad y el interés después de una secuencia inicial típica de Tarantino, de una violencia repentina y descarnada precedida por unos diálogos extraordinarios y muy bien hilados que sirven de contrapunto y destacan el conjunto. Creo que estos preludios son una de las marcas de fábrica del director, y sirvan como ejemplos los de "Pulp fiction", "Kill Bill" o la fantástica "Malditos bastardos". Y precisamente el encargado de anunciarnos que algo terrible va a pasar en esa primera secuencia, el actor Christoph Waltz, hace lo mismo en "Django desencadenado", luciendo nuevamente su facilidad para los diálogos melifluos que revisten la verdadera naturaleza de sus personajes. Su apariencia civilizada oculta una bestia, metáfora del propio estilo de Tarantino; uno y otro no tardan en mostrarse al público, y entonces la sangre salpica la platea.

Esta última cinta no decepciona en ese aspecto, pero mientras que l@s incondicionales del director disfrutarán a lo bestia, puede que el resto de espectadores no tolere bien su violencia hemorrágica. Además, como ocurre siempre con Tarantino, no se trata solo de la sangre, sino de la crudeza inherente al trasfondo de sus películas, mostrada con todo lujo de detalles: la delincuencia organizada, la II Guerra Mundial, el esclavismo... El director siempre parece querer que concluyamos que, a pesar de nuestros refinamientos y modales, seguimos siendo animales. Tal vez sea esa conclusión, y no los ríos de sangre, lo que lleva al espectador a dejar la sala con mal sabor de boca.

De esa sensación también son especialmente responsables dos personajes de la película, fantásticamente interpretados por Leonardo DiCaprio y Samuel L. Jackson (físicamente irreconocible). Ambos consiguen inquietar al respetable mucho más que asesinos en serie de la talla de Jason y Freddie Kruger, y no diré más.  Por otro lado, Jaimie Foxx en su papel de Django está verdaderamente convincente, especialmente cuando interpreta dentro de la interpretación (atención a la escena con el Django original, Franco Nero). No me extrañaría que para preparar el personaje se hubiera visto todas las pelis de Clint Eastwood en su etapa con Sergio Leone. Esa mirada asesina tiene copyright y está más que justificada en un personaje devorado por el deseo de venganza. Es el bueno, pero los buenos en el cine de este director son tan asesinos como el villano; solo sus motivaciones los diferencian y los hacen merecedores de la aceptación del espectador. 

A destacar también la música de la cinta, otro de los puntos fuertes de Tarantino, que mezcla como nadie clásicos y modernos, independientemente del contexto histórico del film. Desde el homenaje evidente y sincero del tema principal, hasta los guiños al espaguetti western y los tiroteos callejeros a ritmo de rap, la banda sonora es un pastiche de estilos que ambienta y aglomera la película muy eficazmente.

Como conclusión señalaría que ya no necesito más pruebas para afirmar que Tarantino es el director del ritmo y del contrapunto; nadie los maneja como él, y nadie demuestra un estilo tan propio y personal película tras película. Si él rodara una nueva de "La Guerra de las Galaxias" no sería una cinta de ciencia ficción, sino una cinta de Tarantino. ¿Se puede decir algo así hoy día de algún otro cineasta? Pues eso.

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