viernes, 15 de febrero de 2013

¿Por qué no venden ebooks en librerías?

Escribo esta entrada a raíz de una anécdota que me sucedió hace un par de semanas, cuando aproveché que pasaba junto a un punto de venta de ereaders en la sección de libros de El Corte Inglés para preguntarle a una dependienta si podía comprar ebooks allí llevando mi lector. Su respuesta fue que me informara en la sección de informática, porque allí no tenían ni idea y el puesto de venta de ereaders solo era eso, un puesto de venta.

Todos los estudios nacionales y extranjeros sobre libros y lectura señalan que los ebooks ganan fuerza a pasos agigantados, pero resulta que si quieres comprarlos en un comercio tan importante como el mencionado, en la sección de libros no saben asesorarte al respecto. Yo entiendo que el ebook y el libro tradicional no son exactamente lo mismo, ¿pero no están lo bastante emparentados como para que las dudas sobre el primero las respondan donde se vende el segundo?


Bastante indignado decidí acercarme a La Casa del Libro, a ver si tenían el mismo despiste y sus dependientes demostraban la misma intolerancia a la tecnología que los anteriores. En este caso me informaron directamente de que allí no podían comprarse ebooks, pero que en su día contemplaron la posibilidad. Si al final no lo hicieron fue porque <<se formarían unas colas enormes y entonces no se podría hacer lo que hacemos aquí, que es vender libros>>.

En algunas de mis entradas anteriores sobre ebooks he criticado a la industria del libro (editores, libreros y distribuidores) por no hacer los deberes impuestos por el ebook y dejarse arrollar por Amazon. Es cierto que cadenas como La Casa del Libro y la FNAC se han puesto a ello recientemente, pero parecen haberse centrado en "imitar" a Amazon, adoptando como propio un dispositivo de lectura. Sin embargo, creo que han desaprovechado la oportunidad de establecer un espacio físico donde comprar ebooks, ereaders y asesorarse sobre ellos. Seguramente l@s menores de cuarenta años se fían lo bastante de Internet como para manejarse con los libros digitales, sus DRMs, sus actualizaciones... Pero l@s mayores siguen viendo con desconfianza el cacharro, y pedirles que compren los ebooks en Internet me parece un salto de fe demasiado grande. Amazon soluciona esa resistencia con su compra en un clic, pero los demás...

No tengo ni idea de la inversión necesaria para establecer puntos de venta físicos de ebooks en las librerías, pero no parece tan descabellado: un par de pantallas donde consultar los títulos disponibles, conexión wi-fi, puertos a los que enganchar los ereaders para las descargas, un par de muchach@s que resuelvan las dudas... En resumen, un espacio que haga fácil y atractiva la experiencia de comprar un ebook. Sé de gente de cierta edad que, por no pelearse con el cacharro e Internet, deja que amigos o familiares le llenen el aparato con ebooks pirateados. Ya no sé cuantas veces he dicho (y escrito) que una de las claves para reducir la piratería de libros es facilitar el acceso "legal" a los ebooks. Mientras un@ vaya a una librería a preguntar por ellos y le respondan que se vaya a informática, seguirá pensando que no son libros y, como quien va a la frutería pidiendo kiwis y le dicen que allí solo hay naranjas, pues comprará naranjas... o nada en absoluto.

martes, 12 de febrero de 2013

¿Quién es "Django desencadenado"?

Fue la primera pregunta que me hice cuando vi el tráiler hace ya unos meses. Siempre que el título de una película lleva un nombre propio hay que preguntarse por qué y a quién pertenece. Tras investigar un poco, todo encajó: Django es el nombre del protagonista de un espagueti western de 1966, y cualquiera que haya visto un par de pelis de Tarantino se habrá dado cuenta de que al director le chifla dicho género. Puede que en "Kill Bill" no haya revólveres, ni cantinas, pero sí katanas y restaurantes japoneses, aderezados con mucha sangre y una venganza aparentemente imposible de cumplir. Las diferencias formales no deben despistarnos, porque el fundamento es el mismo. Tarantino no ha inventado nada, sino que lo ha adaptado a los tiempos actuales.


Ya con el contexto claro, comentar que "Django desencadenado" es una buena película, puede que incluso muy buena. Al contrario que muchas otras que se desinflan rápidamente pasados los primeros minutos de metraje, esta consigue mantener la intensidad y el interés después de una secuencia inicial típica de Tarantino, de una violencia repentina y descarnada precedida por unos diálogos extraordinarios y muy bien hilados que sirven de contrapunto y destacan el conjunto. Creo que estos preludios son una de las marcas de fábrica del director, y sirvan como ejemplos los de "Pulp fiction", "Kill Bill" o la fantástica "Malditos bastardos". Y precisamente el encargado de anunciarnos que algo terrible va a pasar en esa primera secuencia, el actor Christoph Waltz, hace lo mismo en "Django desencadenado", luciendo nuevamente su facilidad para los diálogos melifluos que revisten la verdadera naturaleza de sus personajes. Su apariencia civilizada oculta una bestia, metáfora del propio estilo de Tarantino; uno y otro no tardan en mostrarse al público, y entonces la sangre salpica la platea.

Esta última cinta no decepciona en ese aspecto, pero mientras que l@s incondicionales del director disfrutarán a lo bestia, puede que el resto de espectadores no tolere bien su violencia hemorrágica. Además, como ocurre siempre con Tarantino, no se trata solo de la sangre, sino de la crudeza inherente al trasfondo de sus películas, mostrada con todo lujo de detalles: la delincuencia organizada, la II Guerra Mundial, el esclavismo... El director siempre parece querer que concluyamos que, a pesar de nuestros refinamientos y modales, seguimos siendo animales. Tal vez sea esa conclusión, y no los ríos de sangre, lo que lleva al espectador a dejar la sala con mal sabor de boca.

De esa sensación también son especialmente responsables dos personajes de la película, fantásticamente interpretados por Leonardo DiCaprio y Samuel L. Jackson (físicamente irreconocible). Ambos consiguen inquietar al respetable mucho más que asesinos en serie de la talla de Jason y Freddie Kruger, y no diré más.  Por otro lado, Jaimie Foxx en su papel de Django está verdaderamente convincente, especialmente cuando interpreta dentro de la interpretación (atención a la escena con el Django original, Franco Nero). No me extrañaría que para preparar el personaje se hubiera visto todas las pelis de Clint Eastwood en su etapa con Sergio Leone. Esa mirada asesina tiene copyright y está más que justificada en un personaje devorado por el deseo de venganza. Es el bueno, pero los buenos en el cine de este director son tan asesinos como el villano; solo sus motivaciones los diferencian y los hacen merecedores de la aceptación del espectador. 

A destacar también la música de la cinta, otro de los puntos fuertes de Tarantino, que mezcla como nadie clásicos y modernos, independientemente del contexto histórico del film. Desde el homenaje evidente y sincero del tema principal, hasta los guiños al espaguetti western y los tiroteos callejeros a ritmo de rap, la banda sonora es un pastiche de estilos que ambienta y aglomera la película muy eficazmente.

Como conclusión señalaría que ya no necesito más pruebas para afirmar que Tarantino es el director del ritmo y del contrapunto; nadie los maneja como él, y nadie demuestra un estilo tan propio y personal película tras película. Si él rodara una nueva de "La Guerra de las Galaxias" no sería una cinta de ciencia ficción, sino una cinta de Tarantino. ¿Se puede decir algo así hoy día de algún otro cineasta? Pues eso.

viernes, 8 de febrero de 2013

Conclusiones erróneas del sector editorial

Cada vez que leo algún artículo o reportaje sobre la piratería cultural me encuentro barrabasadas varias de boca de los editores que el periodista de turno no sabe corregir y que acaba asumiendo como ciertas. La reciente publicación del estudio "Hábitos de lectura y compra de libros 2012" de la Federación de Gremios de Editores de España es interpretado de manera parcial y errónea por el sector y por todos aquell@s dispuest@s a escucharles sin espíritu crítico, siempre list@s a quedarse con el titular olvidándose del texto.


Que quede claro, una vez más, que no defiendo la piratería de ningún tipo. Es evidente que como creador de contenidos estoy especialmente sensibilizado respecto a dicha práctica, pero algunos de l@s que la defienden y promueven tienen además cierta carencia moral, pues ni siquiera son capaces de admitir que está mal. Seguramente esto es lo que más me indigna de los piratas culturales; si al menos reconocieran que no deberían proceder así, habría alguna esperanza de corregir el problema. Pero si además de no avergonzarse lo más mínimo por hacerlo, lo defienden aludiendo a lo cara que está la cultura, a lo mucho que ganan los autores, editores y distribuidores o a cualquier otra razón de este estilo, pues apaga y vámonos. Así que cuando los responsables del sector cultural dicen que falta educación y concienciación respecto a la piratería, tengo que darles la razón. Lo mínimo cuando uno se descarga por la cara un libro, una peli, una serie o una canción es saber que eso no está bien. No digo que tenga que quitarle a un@ el sueño, o que haya que meterl@ en la cárcel por ello; simplemente hay que saber que se está perjudicando a otros, y que hay muchas maneras de obtener libros, pelis, series y canciones gratuitamente sin piratear. Otra cosa es que no obtengas justo lo que quieres.

Después de esta aclaración de mi posicionamiento, retomo el tema de la entrada, que es el de la interpretación interesada de los datos. Esto es algo que se hace en todos los sectores, y cuando sus intérpretes tienen intereses en el campo de estudio, entonces hay que levantar las orejas. Empiezo con un reportaje de ABC del 26 de diciembre del año pasado, titulado "La crisis rompe el suelo bajo unos pocos best sellers", cuya conclusión es que los escritores superventas venden hoy la mitad de hace un año (y probablemente el doble que el año que viene). Para demostrarlo se apoya en los datos de la consultora Nielsen, que dice por ejemplo que la última de Lorenzo Silva ha vendido "solo" 40.000 ejemplares en menos de dos meses (¿cuándo ha vendido más este autor en un periodo similar?); que Elvira Lindo lleva casi 10.000 de su último Manolito Gafotas desde noviembre, cuando ha vendido millones de la serie (exactamente, de toda la serie, cuyo último título había salido en 2001); que desde septiembre se han vendido 18.621 ejemplares de Las leyes de la frontera de Javier Cercas, cuando vendió un millón de sus Soldados de Salamina (¿en cuánto tiempo, habiéndose publicado en 2007?)... Está claro que las comparaciones entre lo que acaban de vender y lo que vendieron no permiten concluir que ahora facturan la mitad, pero la periodista reincide en sus errores y menciona también a Nicole Krauss, cuya última novela antes de La gran casa se publicó en 2006, y a Isabel Allende, entre otros, cuya obra Amor es una recopilación de fragmentos de sus obras (normal que venda menos, ¿no?). Para que una comparación sea válida los elementos deben ser equiparables, y aquí no lo son. Al menos la periodista no atribuye el supuesto descenso a la piratería.

El siguiente reportaje es aún más tendencioso, y corresponde a El País. El titular ya promete: "El sector del libro dejó de ganar 350 millones por la piratería". Este es el ejemplo perfecto de lo que comentaba al principio sobre el vicio de quedarse con el titular y obviar el texto completo. Quien lo lea (y animo a hacerlo) se dará cuenta de que en ningún sitio aclara cómo se han calculado esos 350 millones de pérdidas por la piratería. Lo más que encontrará es que los ingresos del sector editorial en 2012 se han reducido un 12% con respecto al año anterior. Todos los editores consultados por el periodista declaran que la piratería ha aumentado, pero no lo demuestran. Al autor del reportaje no se le ocurre aportar datos sobre el descenso del consumo en otros sectores que quizá prueben que la reducción se debe más a la crisis económica que a los piratas. Es más: que alguien se descargue un libro por la cara no equivale a que el sector no esté ingresando la cantidad correspondiente por su venta, porque es posible que esa persona nunca lo adquiriera si tuviera que pagar. Ojito al sofisma, porque le da la vuelta a la tortilla: no me compro el último de Ken Follet porque me falte pasta para llegar a fin de mes, sino porque tengo un ereader y lo puedo piratear.


Por último, repaso el reportaje "Yo leo, tú descargas, él piratea", publicado también en El País (supongo que formar parte del Grupo Prisa, dueño también de Alfaguara, Aguilar, Altea y alguna más, favorece que el diario tenga el enfoque que tiene). Lo que pretende ser un desglose de las cifras del estudio "Hábitos de lectura y compra de libros 2012" de la FGEE se convierte en un manifiesto contra la piratería por culpa de las declaraciones recogidas por el periodista. Para empezar, un estudio sobre este tema basado en encuestas tiene una precisión limitada. ¿Cuánta gente contesta sinceramente a preguntas como "le gusta leer", "usted piratea" o "cuándo leyó por última vez"? 

Una vez aplicada una sana dosis de escepticismo a la exactitud de los porcentajes reseñados en el estudio, hay que aplicar otra de lógica pura para que no nos den gato por liebre. El caso más flagrante de esto es el que vincula descargar gratuitamente con piratería. Esta relación la hacen el presidente del FGEE, la editora de Salamandra y la Consejera Delegada de Random House Mondadori, que al parecer jamás han oído hablar de los ebooks gratuitos o de la lectura en la nube. Solo Amazon tiene casi 1.500 ebooks gratuitos, mientras que portales como 24symbols ofrecen la posibilidad de leer online sin pagar nada. ¿Quienes han recurrido a estas opciones entran en el saco de los piratas?

Señores editores, yo entiendo que estén preocupados por la piratería (yo también lo estoy), pero hagan el favor de no intentar engañar al personal con razonamientos falsos y conclusiones erróneas; a lo mejor así dejan de tener fama de tremendistas y de censores.

Y a mis colegas periodistas les pido que se documenten más y piensen mejor. Es la única forma de que no te cuelen un discurso interesado y de dejar de ser los voceros de todo tipo de lobbies. Diligencia e imparcialidad, por favor. 

martes, 5 de febrero de 2013

¿Por qué la cultura tiene que ser gratis?

Recomiendo la lectura del suplemento El Cultural de El Mundo de este viernes pasado, muy centrado en la pelea entre tecnología y cultura a raíz de la aparición del libro Parásitos. Cómo los oportunistas digitales están destruyendo el negocio de la cultura, del periodista yanqui Robert Levine. A mí me ha servido, como poco, para entender qué papel juegan las grandes empresas distribuidoras (directa o indirectamente) de contenidos en la Red, como Google, Napster, Megaupload o iTunes. Por resumir muy brevemente, diría que dicho libro expone cómo estas compañías se aprovechan de las empresas creadoras de contenidos, que pagan (invierten) por producirlos, recibiendo muy poco beneficio en comparación con el que perciben esas grandes distribuidoras.

Por tanto, éstas se limitan a aprovecharse de los esfuerzos de otros tras haber invertido en la estructura necesaria para hacer llegar los contenidos a los consumidores finales. Esto creó hace años la ilusión de que estos consumidores obtenían gratuitamente información, cultura y entretenimiento cuando antes tenían que pagar por ellos. Aquí se extendió la falacia de que la cultura tiene que ser gratuita.

Bien, cada uno pensará lo que quiera, pero antes de decidirse por una postura o por otra, hay que hacer precisamente eso: pensar. Por qué no habría que pagar a quienes crean cultura, información y entretenimiento? ¿No es una terrible ironía que paguemos gustosos a quienes han implementado la tecnología de Internet, pero no a quienes la llenan de contenidos? ¿Pagamos sin rechistar 20 euros por el ADSL, pero no por la música, las películas, los libros, la información y los juegos a los que accedemos? ¿O es que presumimos que ya estamos pagando eso al darnos de alta? Si este fuera el caso, ¿no correspondería un porcentaje de cada cuota a las empresas creadoras?

Si bien no creo que la cultura deba ser gratuita, sí creo que los gobiernos deberían facilitar el acceso de todo el mundo a la cultura. Es decir, los creadores deben cobrar por sus creaciones, del mismo modo que el panadero cobra por hacer pan, pero el pago no tiene por qué recaer exclusivamente en el consumidor final. Las bibliotecas me parecen un ejemplo perfecto, y estoy seguro de que pueden crearse equivalentes digitales. Es absurdo pensar que los creadores de cultura y entretenimiento vayan a seguir escribiendo, filmando, componiendo, tocando y programando por amor al arte. Pero hay un problema, y es que hay gente que sí lo hace.

La creación es un acto que puede ser muy placentero y gratificante, e Internet ha permitido a much@s dar el paso siguiente, que es distribuir sus obras libremente. A ell@s no les importa no cobrar, pues crearon por gusto, y ese pequeño (o gran) Narciso que tod@s llevamos dentro les lleva a dar a conocer sus creaciones. De este modo, la Red siempre está llena de contenidos gratuitos que, lógicamente, presionan a quienes sí pretenden ganar dinero con sus obras, obligados a bajar precios para competir con las que no cuestan nada.

Esto refuerza ese lema de la cultura gratis: al acceso fácil y barato gracias a las nuevas tecnologías se ha unido la percepción de que el mero hecho de crear cultura es compensación suficiente para sus creadores. Esto último llevado al extremo ha implicado la creación de empresas generadoras de contenidos que no pagan nada (o muy poco) a sus creadores en plantilla. ¿Y cómo pueden competir periódicos como El Mundo, El País o ABC con un medio que no paga a sus trabajadores? Pues con una cosa: calidad.

Y así llegamos a uno de los meollos de este debate sobre la cultura gratuita: ¿qué es cultura? Esta pregunta podemos aplicarla igualmente al terreno de la información, pues son dos de las patas más afectadas por la irrupción masiva de Internet y las tecnologías que la sustentan. Yo creo que ambas requieren una calidad mínima para considerarse como tales, y la calidad implica una dedicación, un esfuerzo, una diligencia y una revisión ausentes en las creaciones de diletantes. Señalo esto sin intención de ofender, solo para subrayar que los aficionados no tienen la responsabilidad para con su público de los profesionales, que al ganarse la vida con sus creaciones, están obligados a responder por ellas y por tanto a cumplir esos criterios de dedicación, esfuerzo, diligencia y revisión. Hacer eso conforma la parte no placentera de la creación de cultura e información, y puesto que no proporciona placer, habrá que compensarla de alguna forma. 

Mi conclusión es que crear cultura e información es un trabajo y, como tal, debe remunerarse. Por tanto, la cultura y la información gratuitas son imposibles, por mucho que las empresas digitales que las distribuyen mantengan que sí lo son (para ellas sí, está claro). ¿Cuánto y quiénes deben pagar por ellas? Parece ser que, si recurrimos al capitalismo clásico y dejamos que la ley de la oferta y la demanda impere, la cultura y la información pueden darse por muertas. Después de todo, podemos vivir sin ellas, aunque todos vivimos mejor si existen. La cultura la disfrutamos y, junto con la información, nos permite sentirnos parte de un todo y pensar y determinar individualmente qué es mejor para nosotros y qué gobernantes queremos tener, pues ellos influirán mucho en nuestra calidad de vida. Por tanto, no solo hay que facilitar el acceso a la cultura y la información, sino que hay que procurar su misma existencia. Hay que pagar para que alguien las procure, y si nadie paga obtendremos unos meros sucedáneos que no tendremos ningún derecho a criticar.

viernes, 1 de febrero de 2013

Esperemos que nadie vuelva a escribir "El pianista del gueto de Varsovia"

Creo que hay dos elementos fundamentales por los que un@ puede quedar impresionad@ por una novela: por cómo está escrita y por la historia que narra. Y tengo clarísimo que en el caso de El pianista del gueto de Varsovia, que seguramente conozcas por la peli El pianista (protagonizada por Adrien Brody y su nariz), me ha impresionado por lo segundo. Esta novela autobiográfica de Wladyslaw Szpilman cuenta cómo sobrevivió el protagonista en el gueto judío montado por los nazis en la Varsovia ocupada durante la II Guerra Mundial. Poco más que añadir; hemos visto suficientes películas y documentales como para hacernos una idea de lo que se hacía en esos lugares, pero sigue impresionándome que seres humanos corrientes y molientes participaran por acción u omisión en semejante barbarie.


El estilo del escritor es muy sencillo, pero también muy correcto. Szpilman era músico, y se aprecia su sensibilidad en cada capítulo, aunque no haya ninguna floritura lingüística. Se percibe también un esfuerzo por ser ecuánime, casi neutral, y me cuesta horrores entender cómo fue capaz de escribir con esa actitud distante cuando casi acababa de salir de aquel infierno (lo escribió en 1945 con el título original de Muerte de una ciudad). Ese distanciamiento le resta emotividad al relato, y quizá permite que el lector sensible lo termine sin acabar demasiado afectado.

La edición española que he leído está bastante bien, y vale la pena señalar que la novela solo se imprimió en polaco (y con escaso éxito, quizá por la censura) hasta su tardía edición en inglés en 1998. Aquí en España la sacaron al alimón Amaranto Editores y Ediciones Turpial con tapa dura y un par de epílogos bastante interesantes, especialmente el primero, que componen un libro de 221 páginas con mucho aire que se lee muy rápido.

No he leído otras obras sobre el Holocausto, así que no puedo comparar, pero creo que este "Pianista del gueto de Varsovia" debería incluirse en los programas de Historia de los colegios e institutos. Cuando terminé de leerlo no pude evitar pensar que algo así no puede repetirse, y aunque todo el mundo estará de acuerdo en ello, no todos sabemos cómo empieza. Szpilman lo narra muy bien, igual que narra cómo el propio sentido común de las víctimas jugó en su contra, pues eran incapaces de asimilar semejante genocidio y semejantes métodos y, por tanto, fueron incapaces de reaccionar hasta que fue muy tarde. 

Esto no empieza con los alemanes ladrando órdenes para meter a los judíos en trenes rumbo a los campos de exterminio, sino de un modo más sutil, más progresivo, más taimado. Todo comienza separando a la gente "por su propio bien", o para que no haya "problemas de convivencia o de desorden". Luego las mentiras van creciendo, se establecen controles, "aduanas", servidumbre que pasa a ser esclavitud, hambre... Este libro muestra las señales que anuncian la llegada e implantación del racismo como política y sus últimas consecuencias, y hay que conocerlas para detenerlas en el acto. Porque si se deja que "progresen" hará falta una guerra para ponerle fin.

Lenguaje: ***
Trama: **
Emotividad: ****