domingo, 28 de abril de 2013

Hans Zimmer para todos

Hace algunos meses sucedió un curioso fenómeno en las cadenas de televisión: unas cuantas se dedicaron a utilizar piezas del compositor alemán Hans Zimmer para ambientar sus promos. Y no solo lo hicieron los canales generalistas, sino también los temáticos, que anunciaban sus nuevos programas con esa combinación de electrónica y orquesta que tan bien maneja este músico, que a pesar de sus 56 años y sus casi cien composiciones (completas o en colaboración con otros artistas), solo ha recibido un Óscar a la Mejor Banda Sonora.


Entiendo que escogieran sus piezas para realzar sus programas, porque este señor condimenta como pocos esas imágenes que necesitan fuerza para grabarse no solo en nuestras retinas, sino también en zonas menos definidas y que no nombro para que no me llamen cursi. Ya escribí hace tiempo sobre John Barry con motivo de su muerte, otro magnífico compositor que conseguía que se te humedecieran los ojos en cuanto sus violines presagiaban la salida del sol en África. Y me ha dado por escribir sobre Zimmer porque, además de la anécdota señalada, desde hace cosa de tres años inunda con su música buena parte de las salas de cine del mundo entero. La primera vez que supe de él fue precisamente con otra peli ambientada en África, El Rey León, banda sonora que le mereció ese único Óscar, a pesar de que ya llevaba cuatro años de carrera en Hollywood con maravillas tan destacables como la música de Black Rain. Ya entonces apuntaba una grandilocuencia sonora que lograba que fueran las imágenes las que resultaban secundarias. Daba igual quién o qué apareciera en pantalla: los acordes de Zimmer se lo comían todo y te sobrecogían en la butaca.

Esa potencia, esa capacidad para dotar de épica cualquier historia alcanzaría su apogeo en "La Roca", y desde entonces toda productora que tuviera un blockbuster en mente se planteaba contratar a Zimmer para conseguir más posibilidades de reventar la taquilla. Es verdad que músicos como John Williams (reverencia, por favor), ya habían logrado que el espectador corriente se fijara en la música de las películas que no eran musicales, pero me atrevo a decir que él jamás alcanzó la omnipresencia de Zimmer. Y aunque yo creo que este no tiene la musicalidad ni el lirismo de Williams, sería un error afirmar que Zimmer solo sabe "dar caña". Ahí están para rebatirlo "Paseando a Miss Daisy", "Más allá de Rangún" y, por supuesto, "Gladiator" (y mención a Lisa Gerrard, colaboradora habitual).

Pero son sus piezas más épicas las más utilizadas y las más destacadas, y es difícil que no nos suenen a todos las partituras de "Origen" y "Batman", en las que demuestra toda su pericia alquímica para concebir música. Su última mezcla es la banda sonora de "El hombre de acero", el relanzamiento de la franquicia de Superman, que contó en su día con el genio del mencionado John Williams. Las comparaciones son odiosas, pero dejo el enlace al primer tema disponible de Zimmer para que cada cual juzgue si el aprendiz está llegando a la altura del maestro.

lunes, 22 de abril de 2013

¿Feliz día del... ebook?

Creo poder asegurar que desde hace un par de años no es lo mismo decir "me gustan los libros" que "me gusta la literatura". Y puede parecer una chorrada, pero con el Día Internacional del Libro a la vuelta del calendario, esa chorrada adquiere una dimensión muy profunda. Según la Wikipedia (no hay que fiarse de ella para todo, pero para cosillas como esta sí), ese día nació "con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual por medio del derecho de autor." El primer antecedente hispano de esta fiesta nace en 1926, fecha en la que no había libros electrónicos, de modo que era lógico escoger el libro como encarnación material de la literatura y del idioma. ¿Pero qué pasa cuando literatura e idioma ya no se plasman únicamente sobre papel? ¿Sigue teniendo sentido hablar únicamente del Día del Libro?
La resistencia que viene ofreciendo el sector editorial al desembarco del libro electrónico en nuestro país ha sido bien visible en cada una de las Ferias del Libro de Madrid. El que suscribe es testigo de que en las casetas de librerías y editoriales te miraban mal si preguntabas por títulos en ebook. "Esto es la feria del libro", apostillaban. El problema es que el libro, mal que les pese, solo es el soporte del que se servía la literatura para llegar al lector, y no es la literatura en sí. Es evidente que ellos defienden sus garbanzos, que son los libros, no las letras. Es como si se celebrara el Día del Disco en vez del Día de la Música.
Pero las cosas están cambiando, porque es imposible detener la evolución, y el sector está reaccionando para adaptarse a esta "nueva" realidad en la que el objeto libro y la literatura ya no son conceptos siameses. No me extrañaría que dentro de unos años el 23 de abril fuera el Día de la Literatura, independiente del soporte que la sustenta, y esto lleva a otro problema para que se produzca ese cambio: la falta de sustancia.
¿Quien tiene un ebook tiene un tesoro?
Me explico: el libro es un objeto que podemos ver, oler y tocar. Cuando lo compramos sentimos que hemos obtenido algo a cambio de nuestro dinero, pero con el ebook esa sensación se diluye. Se ha hablado mucho de la "Cultura del libro", pero no se habla de la "Cultura de lo material",
de la que surge la anterior. Es verdad que como seres humanos tenemos la capacidad maravillosa de imaginar conceptos abstractos, pero no interactuamos con ellos, sino con representaciones físicas, en un mundo físico. Cuando creemos que algo es importante lo convertimos en algo que todos puedan ver y tocar, ya sea un modelo del ADN, el recuerdo de alguna personalidad, el concepto de la paz mundial o una historia relevante. No es casualidad que la palabra "insustancial" sea sinónimo de "trivial" y "vulgar". Lo que no tiene sustancia no es importante, y así, los relatos dignos se escriben en libros para que perduren.
Pero el ebook es un archivo de texto carente de materia que no podemos tocar. Es cierto que una vez descargado podemos leerlo y apreciarlo, pero solo gracias a su correspondiente soporte, el lector, la tableta o el ordenador.
No valoramos tanto ese archivo como el cacharro donde lo leemos. Y la cosa empeora a la hora de regalarlo, porque un libro siempre es un buen presente (o siempre lo parece), ¿pero cómo coño esperas quedar si regalas un ebook? Precisamente por lo que señalaba sobre la relevancia de lo material, muy pocos considerarán que un libro electrónico sea un regalo digno. ¿Cómo lo entregas, cómo lo envuelves? ¿Cómo le haces sentir al homenajead@ que es importante para ti? 
Un buen porcentaje de las ventas de libros se corresponde con regalos. Seguro que muchos de ellos acaban acumulando polvo en las mesas o estanterías de sus dueños, pero es que poca gente admitirá que no quiere un libro como regalo para no parecer un inculto, o un iletrado, o un sinsustancia. Después de todo, quien obsequia un libro está homenajeando la inteligencia del receptor, y eso nos gusta a todos. Pero lo que también nos gusta es recibir algo, y en el fondo, ¿qué es un ebook? A todos nos ha pasado que hemos celebrado algo y nos ha llegado un cachondo diciendo que su regalo es su presencia; y lo vemos carente de valor. Pues con el libro electrónico pasa igual.
Por tanto, la aceptación del ebook no pasa solo por el sector editorial, sino también por el público lector, y es un cambio difícil, porque implica una transformación de nuestra mentalidad. Estamos demasiado acostumbrados a pagar por el libro, no por lo que contiene. Tenemos que aprender que el ebook tiene valor; tenemos que aprender que el ebook puede regalarse. Y corresponde a las editoriales y librerías digitales facilitar ese aprendizaje si quieren vender.