martes, 22 de abril de 2014

La odisea del cuco

Creo que era Rosa Montero (si no lo fue le pido perdón a ella y a quien realmente lo dijera) quien hablaba del “huevo” para referirse a la idea original de la que germina una novela. Yo prefiero la metáfora de la semilla, y la semilla de la que brotó “La odisea del cuco”, mi última novela, fue el amor por los libros.

Desde que empecé a autoeditar la trilogía de “Cuando cae la noche” y este blog, he defendido el ebook y he cantado sus bondades, pero hubo quien entendió esta actitud como un menosprecio del libro tradicional. Me consta que he cabreado a lectores, libreros, editores y autores por apoyar incondicionalmente el ebook y augurarle un negro futuro a su versión analógica. Supongo que es consecuencia de la tendencia del ser humano a etiquetar, simplificar y confundir complementario con opuesto, o a competidor con enemigo.

Así que en 2012 estaba yo buscando una idea para una novela rodeado de esa animadversión por parte de los románticos y acérrimos adalides del libro de Gutemberg, cuando el subconsciente me traicionó y buscó un modo de reconciliarme con ellos, de caerles bien; de encajar.

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“La odisea del cuco” podría catalogarse como novela romántica, porque hay romance, aunque el principal no es entre dos personas, sino entre  dos personas y los libros. Me he criado rodeado de ellos, les tuve (les tengo) un respeto superlativo; pocas cosas me gustaban más de pequeño que abrir un libro nuevo, cuidándome de no separar mucho las tapas, como si temiera desvirgarlo y hacerle perder la magia. A lo mejor creía que si lo abría mucho se escaparían las palabras que contenía.

No solo escribí la novela guiado por ese amor, sino que busqué aquello que, todavía, no puede hacerse con un ebook y sí con un libro. Y esa ventaja comparativa es la palanca que empuja la trama página a página hasta el desenlace. A día de hoy sigo sin saber si alguien tuvo la ocurrencia antes que yo; es muy probable. Si algún lector lo sabe, espero que me lo cuente.

Terminé “La odisea del cuco” el año pasado, y tras reposar en el disco duro y en el cajón, ha llegado el momento de que vea la luz. Ha querido el destino, que al final somos cada uno, que sea entre la muerte de Gabriel García Márquez y la conmemoración del de Miguel de Cervantes. Ambos autores y sus obras aparecen en mi novela, pues sería imposible escribir sobre el amor a los libros sin citar a esos dos gigantes. “Cien años de soledad” y “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” son dos de esas maravillas que consiguen hacerme creer en Dios, porque me parece imposible que algo tan imperfecto, mezquino y egoísta como el ser humano pueda crear algo tan bello. Solo tengo fe cuando leo buena literatura.

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