jueves, 5 de junio de 2014

Epitafio

Francisco Umbral escribió mucho sobre sus gatos y gatas. Él decía que eran seres superiores por su belleza y su inteligencia. Otro escritor, William Blake, le dedicó un poema al tigre, y se preguntaba en él "qué mano u ojo inmortal había osado trazar su temible simetría". Esa simetría temible por su belleza ultraterrena nos ha fascinado desde el principio de los tiempos, pero para poder disfrutarla sin temor a perder la vida recurrimos a los gatos, más pequeños pero igualmente hermosos.

Hoy he perdido a la mía, aunque es más probable que fuera ella mi dueña y no al revés. Tenía ese perfil aristocrático que comparten los felinos, y una cola interrogante que me recordaba todas esas preguntas a las que no encuentro respuesta. Ignoro, por ejemplo, adónde vamos cuando nos marchamos de aquí. Ella ha desvelado ese misterio para sí misma, lo que no deja de ser una actitud muy gatuna. Quizá donde está ahora sus zarpas dibujan cometas en el cielo, o tal vez atrapan ratones en una eterna noche de verano.

Yo solo sé que mi marquesa naranja no está conmigo, que su ausencia me deja un nudo en el estómago y una bola de pelo que me angustia la garganta y no logro tragar ni devolver. Me queda su recuerdo, y una pena tan profunda como la alegría de haber disfrutado de su compañía.

Adiós, Gaia.

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